Ayer tuviste uno de aquellos días parlanchines. Las palabras se te amontonaban en los labios para contarme cosas que yo escuchaba con interés. Hablaste de decisiones, de las de tus compañeros de clase, te hablé de la libertad, de lo importante que es ser libre: cada uno escoge lo que quiere y asume luego las consecuencias de su decisión, en eso consiste, eso es lo que nos hace ser humanos.
Nada tiene mayor valor que nuestra libertad, te explicaba. Tanto, que cuando alguien hace lo peor, lo peor de lo peor, el castigo máximo -en nuestro país y en muchos otros países del mundo- es quitarle esta libertad. Es por tanto, lo más valioso que poseemos.
Cada vez que suelto un poquito tu cuerda me recuerdo a mí misma que yo no puedo hacer más que verte volar hacia tu destino, el que sea que tú elijas para ti. Y me maravilla que casi siempre tu elección me parece simplemente perfecta, porque eres libre.
Querido señor madurito,
Me enamora de ti que me aguantes la insolencia de llamarte señor madurito, como si yo fuera una Lolita de uniforme y calcetines, en lugar de la cuarentañera que te da los buenos días todas las mañanas.
Déjame que te cuente algo. Esta mañana me he sentado en el jardín a tomar el tibio sol de invierno y te he visto observándome desde el interior de la casa. He hecho como si no te hubiera pillado en la travesura de mirarme a escondidas; en lugar de eso, he actuado como una adolescente despreocupada. Me he desabrochado un poquito la camisa y he jugado con el mechón de mi pelo, fingiendo ser la jovencita que te conquistó.
Apenas cinco minutos de coquetería, de armas de mujer utilizadas con premeditación y alevosía, han bastado para que abandonaras tu mirador tras la cortina y te dejaras caer a mi lado para besar mi escote templado.
Durante todo el día he estado jugando al escondite con tu deseo, que si mira si me puedes desatar un poco el delantal, que me aprieta, que si cuidado que nos ven los niños. Te he robado algunos besos furtivos cuando nos hemos encontrado en la despensa, como si, en lugar de nuestros hijos, fueran nuestros padres los que estaban en la cocina, como cuando no teníamos descaro suficiente para besarnos ante ellos.
Así, a sorbitos, engañando al paso despiadado del tiempo, ese que nos pinta de blanco las sienes y nos arruga las esquinas de la mirada, vamos cumpliendo amor, como si no costara.
Vemos las barbas de nuestros vecinos pasar por duras separaciones y nosotros nos tomamos de la mano como dos criaturas temerosas, conjurando el deseo de seguir amándonos hasta que la muerte nos separe, porque así lo prometimos. Nos lo prometemos todos los días, incluso en las madrugadas de entrecejos enfurruñados y ante la montaña de ropa por lavar.
A veces me pregunto si encuentras en mí el refugio suficiente, el calor que tu corazón necesita, el reposo para tu cuerpo, tan acostumbrado ya al mío. Y siento un secreto temblor cuando me doy cuenta de que podría haber sido más generosa, como la otra noche, que fingí estar dormida cuando sentí tu respiración en mi pelo.
He esquivado la tentación de olisquear en busca de un rastro de perfume que no fuera el mío en el cuello de tu camisa. Y justo cuando ya casi me enfado, porque has vuelto a llegar tarde del trabajo, encuentro en el fondo de tus pupilas aquel chico que habitó en ti, espiándome tras las cortinas.
A menudo temo que mi vida contigo no haya sido más que un sueño en el que fui inmensamente feliz y del que despertaré con una terrible sensación de ausencia y de nostalgia, así que me agarro con fuerza a la manga de tu pijama mientras duermes, como si eso bastara para invocar a la suerte para que mañana todo siga siendo esa rutina de la que algunos reniegan. Yo, en cambio, bendigo todas las migajas de ese pan nuestro de cada día, agradezco las veladas Aburridas de sofá y manta y la nevera siempre a medio llenar. Y me miro en el espejo de quienes encontraron la felicidad en lo cotidiano porque ese es el lugar en el que quiero vivir contigo.
Cuando nuestros hijos se vayan y volvamos a ser tú y yo los únicos dueños de nuestro tiempo, nos quedará este pacto de amor sencillo y honesto, limpio como el rocío que tintinea sobre la hierba de nuestro jardín. ¿ quieres salir a verlo conmigo, señor madurito?
Siempre tuya,
Una señora de mediana edad.
*carta presentada al concurso de cartas de amor Holiday rural.
Se puso de moda decir, hace algunos años, que el proceso químico que posibilita el amor conyugal o de pareja o cómo demonios quieran llamarlo, tenía fecha de caducidad. Si no recuerdo mal, eran tres años. Luego, semejante sandez se concretó: lo que dura tres años es el enamoramiento. Que a partir de ese tiempo no quedaban en el organismo humano posibilidades de seguir amando a la misma persona.
Francamente, incluso entonces, recién estrenado mi amor, esa teoría me pareció bastante estúpida. Se refería, por supuesto, a atracción sexual, si no, uno dejaría de amar a sus hijos, padres, amigos, a los tres años (?)
Siempre pensé que se lo inventó algún listo para justificar su incapacidad para el compromiso.
Muchos se sumaron al carro ese tan cómodo de "claro, como fisiológicamente es imposible amar más de tres años..."; sin embargo, al mismo tiempo, nuestra sociedad dedica todo un período comercial al tema del amor. Supongo que el establishment ese que nos controla hasta el tiempo que tardamos en hacer la compra en días pares y la hora más frecuente a la que los españoles hacempos pipí, ha encontrado en el amor un filón con el que llenar el espacio entre Reyes y el día del padre, una excusa más para que nuestros pies corran hasta el centro comercial más cercano. Tan rentable debe de ser el asunto que pospusieron dos semanas el reinicio de la serie Velvet para hacer que coincidiera con San Valentín. Teniendo en cuenta que la serie está ambientada en el año 59 en España, me parece que sus guionistas deberían haber tratado de ser un poquito más rigurosos y fieles a la historia. Porque esta celebración aquí es bastante más reciente. En fin, que me disperso.
Sobre el desamor, para evitar que la pasión se desvanezca, yo recomiendo a todo el mundo escribir cartas de amor. Hacen mucho bien a quien las escribe y al destinatario de la misiva. Y alimentan todas las sustancias químicas esas que nos hacen derretirnos de pasión. Todo lo que puede comprarse con dinero vale mucho menos, se lo aseguro.
*edito la entrada para dar cuenta de mi error. Galerías Preciados, en 1948 ya hacía promoción por San Valentín. Gana Cupido (el de los regalos a cambio de amor. O lo que sea.)
Hemos trazado juntos la línea que separa lo bueno de "lo chungo". Claro que, para ello, has tenido que asomarte a ese lado y sentirte despreciable por un momento.
Has aprendido que la fábula de la liebre y la tortuga no era tan absurda como creías, que el mal sabe disfrazarse de bien, que un buen amigo no es el que se mete en un lío por sacarte a ti de él, sino el que te evita meterte en problemas.
Que el camino más corto entre dos puntos es la recta y que los atajos suelen ser peligrosos. Y que las mentiras se convierten en bolas pegajosas de las que uno no consigue librarse más que con la verdad y que sólo el perdón te quita el sabor amargo de la boca.
Nosotros hemos logrado no perder los nervios, sin olvidar imponerte un castigo justo. También nos hemos dado cuenta de que ha acabado nuestra luna de miel: tu infancia ha muerto. Bienvenido al mundo, querido adolescente. Primera tormenta superada, nos agarraremos con fuerza al timón y seguiremos navegando en las aguas bravas de tu juventud.
Soñaba con algo que tenía que ver con una escuela, me parece.
Silencio en la casa, madrugo más que nadie.
Me pregunto si estará nevada la calle.
Me maquillo mirando el reloj, me equivoco y me pongo la crema que debe quitarme la mancha que me dejó el último herpes de antiojeras. Bien, espero que de verdad quite las manchas de ahí.
En el AVE una legión de Mary kays nos acechan con sus maletines y nos confunden con unas de ellas (el "antiojeras" ha debido funcionar)
Amanecer de fotografía en Zaragoza, no podré enfocar, el bus corre a toda prisa.
Trabajo: venas, personas que apestan a sudor a las ocho de la mañana, el cartel detrás del campanario que veo desde la ventana, no me quito el frío de encima, dos mandarinas. Las dos, se presentan todas las visitas, dos treinta, ya falta menos, dos treintaydos, que corra un poco más el reloj.
Libre, menudo frío, me refugio en una tienda, no compro nada, la dependienta de la otra tienda una antipática, me voy sin mirar siquiera.
El bus se me hace eterno, la conductora le grita a un coche al que ha pitado.
Estación del AVE.
Charla sobre adolescencias, bajo la rampa mecánica con ganas de llegar.
La señora del tren que va con una que debe de ser su hermana.
La chica dormida en el pecho de un chico, que va acariciando su cara, yo voy dirección a la salida.
La señora japonesa descalza entre dos vagones haciendo gimnasia agarrada a la barra de la puerta.
Salimos apenas a unos centímetros de la salida de la estación.
Semáforo en rojo.
Apago la radio para escuchar mi pensamiento.
Llego a casa famélica, un bocadillo a la una no ha sido suficiente.
Me emociono con la foto de las hijas de Marta.
Preparo huevos duros y brócoli.
Blog terminado.
Ducha.
Princesa en modo off hasta mañana.
No, llega el peque de inglés. Llegará marido, hay que preparar la cena.
Empieza el año como de costumbre, con unos kilos de más y con buenos propósitos para deshacernos de ellos. Comparto con vosotros este artículo de Gema Lendoiro en el que cuenta con mi opinión como profesional.
Hay que aprovechar el tirón hacia arriba que nos propicia el calendario y poner en forma nuestro cuerpo. Yo misma me propongo firmemente hacer más ejercicio físico, aunque sólo sea caminar más cada dia. Olvidaros del aburrimiento de la lechuga y la plancha, ser creativo ayuda mucho a mantener la dieta a raya más allá del mes de enero.
No recuerdo ya quién era yo antes de ti. Creo que era mucho más frágil e insegura. No sabía que necesitaba tanto escribir. No sabía que casi todo se puede describir con palabras, excepto el amor por un hijo, el dolor por la muerte de alguien a quién amas, o cuánta es la amistad que sale de la nada.
A ti te debo nada más y nada menos que el gran salto al vacío de escribir un libro que ha hecho llorar de emoción y que ha ayudado y confortado, y del que le siguió.
Te debo la compañía de las casi 500.000 visitas que han venido a mi humilde castillo a leer con paciencia cómo me estuve a punto de rendir mil veces.
No puedo prometer ya nada, he aprendido que hay demasiado cariño en juego. Así que me limitaré a repartir tarta entre todos y a invitar a quién te visite hoy a leer alguna de las viejas entradas de este blog; en cada una de ellas hay algo de mí.
Gracias, Princesa del Guisante, alter ego de mis entretelas.
Voy a poner por escrito una teoría bastante absurda (o no) acerca del silencio de los blogs, que están, en su mayoría en fase latente.
Si a todos nos pasa parecido, redactar una entrada desde las tablets se hace muy difícil. Cuesta teclear, cuesta acceder al formato, cuesta colgar fotos... Y dado que las tablets son tan cómodas, tan accesibles, tan de utilizar desde el sofá mientras el señor marido está en el otro sofá y la tele nos ilumina a todos predicando desde su desierto sus miserias... Pues nada, los ordenadores dormitan en la habitación de al lado y los blogs agonizan lentamente.
Yo me he descargado la aplicación de Blogger de la App Store y he mejorado mucho mi accesibilidad. Y por el lento despertar de algunos de los blogs que sigo, parece que no soy la única. ¿Volverá esto a ser lo que fue, o tendremos que cantar aquello de "Tablet killed the blogger stars"?
Cuando era pequeña no había zapatos junto a la puerta ni noche de espera impaciente ni nada de eso. La ventaja de vivir en un lugar pequeño es que los mismísimos Reyes Magos te traían el regalo a casa. Una larga espera después de la cabalgata y hacían su aparición con sus barbas de mentira y sus caras pintadas, las capas decoradas con armiños sintéticos (ecológicos es un eufemismo generoso). Llevaban guantes y anillos de preciosas piedras de plástico que mi abuelo estrechaba con energía. Les invitaban a pasar al salón -en castellano, los Reyes de Oriente no hablaban en catalán- y se les ofrecía una copita de champán que ellos aceptaban. No quiero ni imaginar cómo acababan estos chicos el reparto y la tremenda resaca del día después.
Bueno, realmente, ya no recuerdo cómo se iban. Lo que viene después es una locura de papeles arrugados, de olor de muñeca nueva, de preguntarse si sería posible que ese pelo brillante que tenía Nancy se quedara así de bonito después de peinarlo mil veces. Ese abuelo grande que me salvaba la noche encontrando las pilas necesarias para hacer funcionar la lucecita de la cocinita (oh, era tan bonita que puedo sentir su tacto entre mis dedos), una mirada de reojo a los juguetes de mis primos, que nunca me parecieron mejores que los míos.
Mi noche de Reyes no era de magia. Era felicidad.
Aunque ya hacía tiempo que sabía quién compraba los regalos. Lo supe a los seis años; sé que tenía esa edad, porque había regalos para mi futura hermanita, que iba a nacer esa primavera. Encontré los juguetes escondidos en el altillo del armario empotrado de la habitación de mis padres. Pensé que habrían podido tener más cuidado y mantener mi ilusión un poco más (es que yo nací vieja),y que nadie iba a saber que yo sabía. Porque ver la ilusión de los mayores para organizar ese espectáculo de magia, realmente merecía la pena.
Me encanta la forma que tiene la Vida de ponernos en nuestro sitio. Repaso los propósitos del 14 y me troncho de la risa, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Me deseaba en la felicitación de Navidad el jefe supremo de mi empresa (a todo el personal, nada íntimo ni afectuoso, no vayan a creer) un año cargado de amor, salud y trabajo. Resistí la tentación de decirle que no, gracias, que salud y amor sí, pero que mejor pedirle al año dinero, que de trabajo voy sobradísima.
Sabiendo cómo se las gasta esto del destino, creo que tengo dos opciones. Que me toque la lotería (improbable) y que me dé cuenta de lo poco importante que es tener dinero o que siga con lo mismo. O peor aún, que gane menos dinero o que me quede sin trabajo. O peor aún, sin salud o sin amor. Así que, como decía el chiste, "Virgencita, que me quede como estoy".
En el 14 ha habido mucho de todo, así que el balance es de cero, y eso no estoy segura de que sea bueno. Sea como sea, página en blanco o ...continuará, como dicen las series flojas. Porque, como todos ustedes saben, el año empieza en septiembre, así que los grandes cambios no se producen apartir de hoy, sino que se supone que vienen cambiando desde hace tres meses (¿en serio?).
Nochebuena en el castillo. En la mesa, una vela encendida por cada uno de los que echamos de menos anoche, muchas luces prendidas entre nosotros. Una por ti, querida hermana de vida. Estoy segura de que al final lograste mantener el tipo viendo la ilusión en los ojitos brillantes de tus niños, aunque te retiraras un momento a ahogar una lágrima cuando ellos no podían verte.
Quién sabe si será el último año en que mi pequeño guisante (ya no tan pequeño) crea en la Magia, o el primero en que tu hijo abra ya los regalos sabiendo de quién vienen.
Ayer, mi otro niño, el príncipe, se nos hizo grande, probó el ponche por primera vez, comprendió por qué a los mayores a veces nos nubla la mirada en estas fechas.
Y al final, todo fue sorprendentemente sencillo. Ellos disfrutaron, a nosotras se nos hizo corto. Cuando apagué la luz de la cocina, con todo recogido, pensé que mereció la pena, que el nacimiento del Niño Dios genera una fuerza especial, una Luz. Tal vez la suma de muchas velas encendidas en muchas mesas, como,la tuya y la mía. Un beso, hermana. Feliz Navidad, Blanche.
Hay algo en tu mirada que me recuerda constantemente al mar. No es su color, es más a la forma de observar, como si estuvieras todo el tiempo aguardando la llegada de nuevos mundos, de playas más bellas, del azul más puro para dar felicidad a todos los que te rodean, a cambio de nada más que su compañía.
Tal vez tus ojos, acostumbrados a dejarse llevar más allá del horizonte, escondan en su trastienda la bitácora de una vida de entrega y regalo constante.
En tu barco, el de tierra, descubro los tics de alguien que está acostumbrado a empaquetar cuatro cosas, las necesarias; a bordo, lo imprescindible, ni una silla de más, ni un descuido, nada fuera de sitio. La vista puede perderse en la luz que titila sobre tus cosas, como lo haría en el gran azul, y en cada una de las estancias se cierra el círculo alrededor de lo que de verdad importa: las personas.
Tu potente sentido de la estética, el equilibrio en cada detalle, tu generosidad y amabilidad, las palabras dulces que se escapan directamente desde tu bondad me llevan con tozudez a mirarte más por dentro.
Y leo entre las líneas, que de vez en cuando se hace la tormenta en ti, que sientes demasiados vacíos, a pesar de tantos peces en el mar. Que te falta, en tanto espacio, encontrar el hueco desde el cual puedas volar, como aquella sirenita que soñaba en un mundo distinto. Pensaba que tal vez te gustaría probar el vuelo libre de una gaviota.
Me enamoré de tu casa y sus espacios, de tu gusto exquisito, de tu saber hacer, del café con vidrieras, del encuentro con nuestra amiga y de vuestro abrazo. Y de tu familia. Lo que se respira entre vosotros habla de todo lo que has hecho bien. Me parecieron preciosos y educadísimos.
Me quedé con ganas de que me contaras más cosas de tus orígenes, que al final se nos quedó esa charla a medias. Todas las historias que nos preceden son maravillosas, a pesar de que ellos debían pensar, como nosotras, que sólo salían adelante como podian.
Cuando llegue el buen tiempo nos buscamos una excusa para repetir y continuamos con lo nuestro. Gracias por dejarme pasar contigo ese día precioso.
Guardaré tu llamada de hoy en mi carpeta de relatos de amor.
Te enfadabas conmigo cuando te manifestaba mis dudas razonadas sobre tu matrimonio.
Lo cierto es que no lo veía nada claro porque cuando te rompías por él , yo me dolía contigo.
Sin embargo, a pesar de las pocas esperanzas que guardaba de que pudieras curar tus heridas, me alegra comprobar que el aire, la luz y el amor han curtido vuestras cicatrices.
Mis dudas han sido grandes, lo admito.
Hoy me postro ante tu tesón, tus ganas de amarle a pesar de todo, y siempre, siempre, querida amiga, te repetiré aquello de que mereces ser amada.
Y creo que por fin te lo has creído, ahora sí.
Cuando me has contado el reencuentro de vuestros cuerpos, he vencido mi pudor y he entrado de puntillas en vuestro cuarto. Os he visto, estrenando de nuevo vuestras pieles, volviendo a aprender el sabor del otro, llenando vuestras almohadas de promesas que esta vez sí debéis cumplir y se me ha llenado el corazón de vuestro purito deseo.
Amainó la tormenta, desde esta orilla se refleja la luna sobre la mar salada... Quién sabe hasta qué puerto llegará vuestro barco.
De todo lo que concierne a la maternidad, lo que más disfruto es volver a ver, pero ahora no solo desde mis propios ojos sino también a través del prisma de los vuestros.
Ha soportado muy bien el paso del tiempo la película de Kevin Costner, sobre Robin Hood. Lo vi en el brillo de vuestras miradas, ¡cómo aplaudísteis el primer beso!, cuántas carcajadas con el fraile beodo.
Diría que valió la pena el poquito de miedo que descubrí en vuestras manos aferradas al cojín.
Y esa imagen, que hace más de veinte años fue espectacular, volvió a levantarnos a todos del sofá.
Y lo que representó ese mito del devolver a los pobres la dignidad arrebatada, hoy, en tiempos de estos nuevos nobles indignos de ser llamados así, de esa élite que son los políticos, que viven como reyes a costa del sacrificio de todos los demás.
Pensaba hoy en esa película y los valores que quiero que aprendáis de ella, como el trato de Robin al viejo Duncan, la delicadeza con la que le aparta del peligro, el amor, la fidelidad, el valor, la capacidad de liderazgo, el esfuerzo y el trabajo.
En fin, dentro de nada llega la mamarrachada de la fiesta esa americana que tanto dinero genera. Yo, como siempre, a lo mío, a recordar a nuestros difuntos, a rendirles el homenaje que merecen y enseñaros a respetar la vida porque tiene ese fin inevitable de la muerte.
No sabría decir cómo, cuándo, aquel niño travieso empezó a destruir el proyecto de vida que se esperaba para él. Nada que no soñemos todos para nuestros hijos, estudios, trabajo decente, pareja, familia, comidas de Navidad, un piso arregladito.
No, ella no supo del primer porro, que llevó al segundo, la primera raya, que le llevó a mentir, el dinero, eso sí se notó. La ropa que compraba y desaparecía.
Y la mirada perdida.
Esa madre supo. Y no pudo creer, no quería creer, y se decía, no puede ser, si él es bueno, si mi niño, el que yo tuve en mis entrañas, el que acariciaba mi pelo entre sus dedos,
Y como entonces pensó que había sido culpa suya, de ella y de su marido, trató de ayudarle, y le compraba la ropa, le limpiaba el apartamento de vez en cuando, pensaba que se resolvería, a pesar del pánico que le apretaba las sienes y la desvelaba de forma perenne.
Pero no contaba con el daño irreversible en el cerebro de su niño bueno, que empezó a ser un niño bueno enfermo. Y seguía habiendo demasiado polvo, demasiadas cervezas. E hizo daño a otros y tuvo que dejar el coche, y no se podía pagar lo que se debió, y rompió con todo y con todos, excepto con los malos.
Y ella ya no sabía dónde acudir, rezaba por que no perdiera ese buen trabajo que su niño bueno había conseguido (ella hizo de él un buen estudiante, a pesar de todo, ese mérito sí fue suyo).
Y a día cinco del mes ya no le quedaba sueldo. Esa madre se desesperaba, no quería creer lo que en realidad sabía a ciencia cierta, lo supo cuando él se vendió todo, incluso los zapatos que le compró, que no pierda el trabajo.
Pienso en esta madre que no sabe dónde encontrar a su hijo, que ya no tiene ni móvil, que no sabe dónde duerme, que tiembla cuando suena el teléfono o ve un coche de la policía cerca de casa.
Y me pongo en la piel de esta madre, y no puedo ni imaginar la mirada de cristal en el rostro de uno de mis niños buenos.
Mi abuelabesitos temía que el personal sanitario que la atendía, al ver su avanzada edad -90 años- en su historial clínico, dejara de prestarle el interés debido. Lo contaba aquí
Por lo que leo en la prensa (también aquí) los temores de mi abuela podrían convertirse en realidad. Un sindicato de médicos se ha quejado de la pregunta que les obligan a responder desde el Departament de Salut de la Generalitat: "¿Le sorprendería que este paciente muriera en los próximos 12 meses?". Ante la respuesta, Sí/No, los recursos destinados a su tratamiento podrían verse limitados.
Por lo visto, invertir en una persona a la que le queda menos de un año de vista es poco... rentable. Somos, existimos, en términos de "validez". Esto podría llamarse algo tan horrible como exterminio, genocidio o clasismo puro y duro, pero le llaman política, política de austeridad. ¡Ja!
Los mismos políticos que no tienen límites a la hora de ponerse sueldos inmerecidos, que juegan a la democracia (eso sí, se llenan la boca con esa palabra, siempre que la ley se adapte a lo que les conviene, si no, exigen poder votar -democráticamente- hasta que salga una ley que les guste más), deciden a quién merece o no la pena dedicarle recursos sanitarios. Peor aún, exigen a los médicos que ellos pongan su espada de Damocles sobre la cabeza de sus pacientes.
Me pregunto si ellos mismos juegan con estas reglas. Supongo que no. Ellos no suelen ser usuarios de la Sanidad pública.
Encontré esta postal en una tienda de estas chulas en las que se venden cómics y el propio dependiente esbozaba dibujos increíbles en una Moleskine mientras yo elegía mi compra.
Te dije ¿qué significa? No supiste explicarme, te conté lo que me pareció a mí.
Piensa con el corazón.
Siempre.
Ese es el termostato que te dirá si haces bien o mal. Cuando el camino que tengas que elegir sea duro, pero tu relojito del pecho te diga que eso es lo que toca, tú de cabeza.
Cuando llegue la tarde antes de un examen tu mejor amigo hecho polvo porque ha tenido un problema, y el corazón te diga que te necesita, no te preocupes, tu examen saldrá bien, si tú has hecho lo que debías (por eso hay que llevar las asignaturas al día).
Escucha bien el tictac cálido que llena tu pecho, porque la lógica a menudo no nos sirve a los humanos, no somos matemática pura sino sonrisas, vivencias, piel, atardeceres y una tarde entera viendo fotos viejas.
La imagen de arriba corresponde a mi cuaderno de releer. Me he acostumbrado a llevarlo pegadito al libro de turno para tomar nota cuando encuentro algo que sé que querré volver a leer. Me ayuda a ser consciente de las palabras, de su belleza, del sentimiento que dejan de cómo un autor sabe jugar con ellas y cómo es capaz de traspasar tu corazón o tu cerebro con su impacto.
Comparto una de mis citas favoritas, una reflexión que por varias razones ha aparecido en mi camino últimamente. La quiero dejar escrita en este lugar, que no deja de ser mi cuaderno de notas virtual.
Aunque nada ocurriese luego, aunque se demostrase su inocencia, (...) todo el pueblo envidiaría para siempre a Feng, y a los ojos de todos, los hechos habrían sucedido realmente, por lo que sería odiado y maldito. En ocasiones la maldición es hija del odio y la maledicencia casi siempre de la envidia. La mala gente critica al rico porque tiene lo que los demás no tienen, al honesto porque es lo que los demás no son y al sabio por lo que los demás desearían saber, sin reparar en que el trabajo, la virtud y el estudio, en definitiva el esfuerzo, es la forja en donde crecen los resultados, una forja abnegada y constante que se alimenta de perseverancia, empeño y sudor. Pero la mala gente siempre termina consturyendo verdad de la mentira, a base de repetirla (...)
Del libro Las lágrimas de Henan, de Antonio Gomez Rufo
Aquí la dejo para ti, no como verdad absoluta, sino como punto de partida para tu propia reflexión.
Por cierto, el libro es bueno, aunque me parece una historia tremenda.
Cada vez que trato de entrar a contar algo, una gran bocanada de agua me llena la boca, la nariz, las orejas, se introduce a través de mi pelo y de los poros de mi piel dentro de mi alma, de mi mente.
Paso las páginas de este blog como aquellos cuentos en los que las figuras están dibujadas de forma consecutiva y la imagen se vuelve acción. Así, leo las cosas que me han pasado durante cuatro años y medio, y os encuentro, acompañándome día tras día, post tras post, y entonces comprendo que me debo a alguien, al que me lee. Abro la boca y una gran masa de agua me atraganta una vez más.
Veo el blog con su aspecto nuevecito, con su princesa preciosa, y entonces me recuerdo a mí misma que tengo que contar algo. Y entonces me siento leída, estudiada, conocida, desnuda, y no puedo afrontar el aire seco y punzante, no quiero, no me puedo permitir ser transparente como agua porque siempre hay alguien dispuesto a utilizarte, a lastimarte, a perjudicarte, a darte algo que no quieres porque sabes que tarde o temprano te pasará su factura.
En otras batallas virtuales, en las que se discute sobre todo aquello que sea discutible, por mero deporte. Izquierdas y derechas, tetas y biberones, malas madres (¿?) contra apegadas, pro-animales que defienden que hay que tratar a los animales como personas y a las personas que las zurzan. Los Podemos contra todos, yo contra Podemos, y al final, lo de siempre, se apagan las luces de neón y quedamos los cuatro de pueblo levantándonos a las seis y media para seguir con el mazo dando. Y tú, yo, quiero decir, agotada por haber defendido la causa con la que crees. Creías. Bueno, ni sabes.
Libros (buenos, sé que son buenos) escritos por mí se me pudren en los cajones y en la autoestima porque en el fondo de mi ser me niego a creer que jamás se verán publicados.
Me pregunto si alguna vez volveré a ser lo que era, o si me crecerán algas en las puntas de los dedos de las manos y quedaré atrapada en el fondo del mar. Quizá, si salgo, me convierta en una estatua de sal. Así que permaneceré rodeada del silencio, que al menos, no me ahoga. O sí. Maldita sea.
Termina agosto tal como llegó, como quien entra de puntillas en la habitación de alguien que está dormido. De puntillas paso por las emociones ya conocidas, las ausencias, las discrepancias, que se me hacen tan mayores los niños y se acaba el verano y no tuve tiempo de ir a verla, y que empiezo la última semana de vacaciones y no tendré tiempo de sentarme, así que no hago planes para no tener que comérmelos con patatas. De puntillas afronto mis decepciones, las tormentas en vasos de agua, de puntillas, que empieza nueva vida y estamos navegando entre la ansiedad por que llegue ya y la nostalgia de lo que queda atrás, de puntillas miro a mi niño milagro y sé que a él también le cambiará la vida. Y siento tremenda tristeza por él, porque siempre será una maravillosa pieza cuadrada en un mundo redondo.
Y paso aquí a contar todo esto de puntillas porque me antes me resultaba mucho más fácil.
Si algo de lo que expongo aquí te molesta, te pertenece, o habla de ti y quieres que lo borre, tan solo tienes que pedírmelo. Nunca quise ofenderte, ni plagiarte, ni molestarte... Este es un espacio de libertad y, sobre todo, de respeto.