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jueves, 23 de abril de 2026

Mi amiga

La conozco desde hace tantos años que apenas tengo recuerdos de cuando no la conocía. Bueno, no siempre fuimos amigas íntimas, eso es cierto. Íbamos juntas al colegio cuando éramos muy pequeñas, compartimos juegos en la calle y, ya de adultas, yo iba a menudo a comprar a una tienda en la que ella trabajaba. Nos saludábamos: que si los niños, que si el tiempo, que si puedo llevarme una caja de cartón para mi gata que acaba de parir.

Tiene la risa siempre a flor de piel. Es pura amabilidad, con esa generosidad de quien se interesa antes por los demás que por sí misma. Un día dejé de verla y me resultó extraño. La respuesta de su compañera fue demasiado breve:
—Ah, es que... está de baja.
No añadió nada más, pero apartó la mirada apenas un instante, y a mí se me heló la sangre.

No pasó mucho tiempo hasta que me la encontré con un pañuelo en la cabeza. Parecía una muñeca, con el rostro sembrado de pecas enmarcado por una piel pálida. Pero la sonrisa… la sonrisa seguía intacta. Y su amabilidad, también.

Con voz firme, me explicó sin rodeos qué estaba pasando: la quimio por aquí, la quimio por allá. Ambas callamos lo que de verdad pensábamos —ay, sus hijos—. Esta enfermedad infame perdona a las madres: le toca a quien le toca, sin más.

—¿Qué puedo hacer por ti?
—Nada, gracias.
—¿Si se te ocurre algo, me lo dirás? ¿Te importa si rezo por ti?

Ella, con la energía de quien conoce el verdadero valor de la vida, se aferra a ella con todas sus fuerzas y la apura hasta la última gota. El año en que cumplimos cincuenta, la enfermedad estaba bajo control. Y lejos de rendirse, tomó la iniciativa y organizó cenas, salidas, celebraciones, llenándolo todo de vida, ¡éramos setenta y seis! No siempre se encontraba bien, yo lo sé, pero cuando planta cara a la enfermedad, consigue que se haga más pequeña.

Mi amiga mira al cáncer de frente. Por eso, cuando regresó por segunda vez, volvió a plantarle batalla. No le importa tener que ir cada semana al hospital, ni perder otra parte de su cuerpo, ni que esta vez sea más duro, si cabe que antes. Más cabrón. Perdonadme, pero no encuentro una palabra más suave: no es justo.

Le esperaba más cirugías, y aún le quedan muchos viajes para dejar que le inoculen veneno en las venas. Hará lo que sea necesario para estar el mayor tiempo posible junto a sus hijos.

Y yo,
—¿Qué puedo hacer por ti?
—Nada, gracias. Estoy muy bien acompañada, me cuidan mucho.

No conocen a su marido, señoras y señores. ¡Qué hombre! No solo por su pinta, que también, sino por la manera en que la mira. La cuida como un ángel de la guarda. Estoy convencida de que esa fuerza inmensa que ella tiene nace de ese amor. Él sabe estar, sabe cómo sostenerla.

Los demás observamos desde fuera y siempre sentimos que nos quedamos cortos, porque no sabemos cómo ayudar. Si pudiéramos arrebatarle la enfermedad, lo haríamos con nuestras propias manos.

Ha sido tan generosa conmigo que me avergüenza no poder corresponderle. Ha leído mis libros, me ha acompañado en momentos importantes, ha estado a mi lado cuando casi nadie más lo estaba.

Cada vez que nos encontramos por la calle nos fundimos en un abrazo. La estrecho entre mis brazos, pesa como una pluma, y me quedo apretando un poco más de lo necesario, como si pudiera llevarme sus preocupaciones y dejarle algo de mi energía. Ella se deja, y yo tengo miedo de hacerle daño. Nos abrazamos, hablamos. 

La última vez, las noticias no eran buenas y el corazón se nos encogió, porque el miedo, a veces, se escapa de su jaula.

Venga, me digo, no tengamos miedo, nos robaría demasiado tiempo. No voy a llorar.
—¿Qué puedo hacer por ti?
—Nada. Te quiero mucho.
—Yo también te quiero mucho.

De todo lo que puedo hacer por ella, lo que mejor sé hacer es escribir. Escribirle. Y entonces ella me da las gracias. Y aunque le diga que no, que soy yo quien debería darlas, no acaba de entenderlo. Porque no sabe cuánto bien me hace tenerla como amiga.

___________________________________


 

LA MEVA AMIGA

Fa tants anys que la conec, que no me’n recordo de quan no la coneixia. Bé, no sempre hem estat amigues properes, diguem. Anàvem juntes a l’escola quan érem molt petites, vam compartir jocs de carrer i, ja d’adultes, anava a comprar sovint a una botiga on ella despatxava. Ens saludàvem, que si els fills, que si el temps, que si puc agafar una caixa de cartró per la meva gata que ha criat.

Té la rialla espontània als llavis. És tota amabilitat, sempre amb l’actitud generosa de ser qui primer s’interessa pels altres. Un dia vaig deixar de veure-la i se’m va fer estrany. La resposta de la seva companya em va semblar massa breu:

—Ah, és que... està de baixa.

No va dir què li passava, però va esquivar la meva mirada durant una mil·lèsima de segon i se’m va glaçar la sang.

No va passar gaire temps quan me la vaig trobar amb el mocadoret al cap. Semblava una nina, amb les set-centes pigues de la seva cara emmarcades per la pell esblanqueïda. Però, ah, la rialla i l’amabilitat, això no s’havia mogut de lloc.

La veu valenta, explicant sense embuts què i com, i que si la químio cap aquí i cap allà. Vam callar totes dues el que pensàvem —ai, la seva canalla—. Aquesta malaltia infame no perdona les mares, toca qui toca i tots hi som al bombo.  

—Què puc fer per tu?

—Res, gràcies!

—Si penses en alguna cosa m’ho faràs saber? Et fa res si reso?

Ella, amb la força de qui sap quin valor té la vida, s’hi agafa amb totes dues mans i se la beu. L’any que en vam fer cinquanta, el mal va estar controlat. Lluny de fer-se la fleuma, va passar davant dels setanta-sis quintos que érem, va preparar sorpreses, va organitzar sopars, sortides, festes. No sempre es trobava bé, jo les sé aquestes coses, però si li gira la cara a la malaltia, se li fa petita.

La meva amiga se’l mira de tu a tu el càncer, així que quan li va arribar per segona vegada, el va tornar a lluitar. Tant li fa si cal anar cada setmana a l’hospital, si li han de treure un altre bocí de cos, si aquest cop el mal és més punyetero. Millor dit, més malparit. Ja em perdonareu, però no trobo una forma més suau de dir-ho, això no és just.

Li esperaven més cirurgies i encara li queden molts viatges a deixar-se posar verí a les venes. Farà el que calgui per estar el màxim de temps possible amb els fills.

I jo,

—Què puc fer per tu?

—Res, gràcies! Estic molt ben acompanyada, m’ajuden molt.

No el coneixeu, el seu d’home, senyores i senyors, quin tros d’home! No per ben plantat, que també, sinó per com se la mira. La protegeix com l’àngel de la guarda.  Jo n’estic segura que la força descomunal que té, li dona aquest amor. Ell sap què fer i com fer-ho.

Els altres ens ho mirem i quedem sempre curts, perquè no sabem com ajudar. Si poguéssim treure-li el mal, li arrancaríem a queixalades.

Ha estat tan generosa amb mi, que gairebé em fa vergonya de no poder-li compensar. Ha llegit els meus llibres, m’ha acompanyat si jo tenia algun acte important, ha estat amb mi quan no hi havia gairebé ningú més.

Cada cop que ens trobem al carrer ens abracem. La prenc entre els meus braços, ara que només pesa tres unces i m’hi estic una mica més de temps del compte, per emportar-me els seus neguits i per deixar-li una mica de la meva energia intacta. Ella es deixa fer, jo pateixo per si li faig mal. Ens abracem i parlem. L’últim cop que ens vam trobar no tenia massa bones notícies i se’ns va fer una mica petitet el cor, perquè la por de vegades s’escapa de la gàbia.

Vinga, penso, no en tinguem de por, perquè ens faria perdre massa el temps. No penso plorar.

—Què puc fer per tu?

—Res! T’estimo molt.

—Jo també t’estimo molt.

De totes les coses que jo puc fer per ella, la que sé fer millor és escriure. Escriure-li. I llavors, ella em dona les gràcies. I encara que li expliqui que no, que soc jo qui li ha de dir gràcies, ella no ho acaba d’entendre, perquè no sap el bé que em fa que sigui la meva amiga.

 


domingo, 6 de abril de 2025

La vida a grandes cucharadas

Me hubiera cambiado por ti mil veces en el colegio. Aspiraba a tener tu carisma, tu verbo y tu desparpajo, incluso tu pelo. Me habría gustado que las profesoras se dirigieran a mí como lo hacían contigo. Claro, te conocían desde hacía años, fuiste de las primeras alumnas en vestir el uniforme granate y yo acababa de llegar. Yo, en cambio, pertenecía a ese grupúsculo social, un poco paria, de las "nuevas" o las "de pueblo", que llegábamos para cursar BUP y eso, entre otras cosas, resultaba una barrera infranqueable para aspirar siquiera a ser amiga tuya. No lo digo como un reproche, era lo que había, y ya. 

En aquel tiempo no era consciente de eso, ni era una obsesión ni nada parecido, pero si lo pienso, me doy cuenta de que me habría gustado ser tú y tener el afecto de todas las demás. Todo el mundo te quería y te respetaba, eras, como buena Leo, la reina de nuestra selva. Nada desea más el ser humano, que tener el aprecio de los de su entorno. Como ser tú no era posible, me habría conformado con ser tu amiga, porque tú eres de las amigas que se dan, que están y que permanecen. 

No, no fuimos amigas, éramos únicamente compañeras, y no recuerdo que nos lleváramos mal. Al contrario, todas las veces que coincidimos después del colegio nos hemos estudiado con cierta sorpresa, nuestros ojos se han mirado con cierta sinergia que no he sabido describir y que me ha hecho lamentar que las circunstancias y esos mundos nuestros tan lejanos nos impidieran ser amigas.

Han pasado mil años y yo ya he aprendido a quererme y a ser yo, y a no necesitar ser otra persona, pero sigo sintiendo por ti esa admiración secreta, heredada de aquel tiempo de la adolescencia en la que la vida se movía bajo mis pies como una charca de arenas movedizas. 

Quiso el azar que nos cruzáramos el otro día. Salías de la librería, acababas de comprar mi último libro. Me emocionó mucho saber que habías leído mi novela... Que alguien dedique su tiempo a leer algo que tu escribes es indescriptible, ya me lo dirás. Ayer yo me leí tu historia, tu vida. Sí, es vida. Así se llama tu libro. 

Lo primero que te voy a contar de la vida de escritora que acabas de estrenar es que cuando uno escribe algo, las palabras dejan de pertenecerte y pasan a ser propiedad de quien las lea. Así que, ya que las palabras de tu libro son ahora mías, voy a decirte algunas cosas. 

La primera, es que ahora te admiro más que entonces todavía. Qué mujerón eres, Bea. Qué valiente ¡qué enorme has sido! No creo que te des cuenta... Yo sé de lo que hablo porque mi trabajo como enfermera es hablar con gente enferma. Y la enfermedad o la circunstancia que te ha tocado es dura de narices. Y tú lo has superado con matrícula de honor.

Qué suerte tuviste de tener una madre como la tuya. Que la tuviste poco tiempo, sí. Pero ella te cedió el sitio para que tú fueses grande por ti misma. Ella no pudo completar su camino, es una injusticia, porque a ti te hacía mucha falta, pero para que tú alcanzaras la luz que tienes ahora, debía ser necesario que lo hicieras sin ella. Tenías que brillar y te ha tocado hacerlo dándonos lecciones a las demás, que nos pensamos que la vida es fácil. 

Y ese hombre, ese que con tan buen criterio supiste que era tu mitad cuando eras una cría, ese... Qué grande, también. Os merecéis el uno al otro. 

Y por último, respecto a este libro. Sé que necesitabas romper la presa de todo lo que has ido guardando en tu ser desde que tu madre murió, has soltado toda la hiel y el dolor y la tristeza. Ahora te has limpiado. Me vas a permitir un acto de honestidad que creo que te ayudará mucho más que cualquier peloteo, tú también serías sincera conmigo (eso, eso es lo que tú y yo tenemos en común, que vamos de frente y a bocajarro). Este libro tiene mucho hígado y poco temple. Escribes muy bien, te animo a que vuelvas a escribir, y cuando lo hagas, dedica a cada idea el tiempo necesario. Sé que cuando una ha estado a punto de morir se come la vida a grandes cucharadas, por si acaso. Pero no te vas a morir. Tómate tu tiempo para leer, para reescribir, para expresar cada concepto, rasgándonos el corazón como has hecho con el tuyo en este libro. Antes de publicarlo busca un corrector de estilo, alguien que no te conozca mucho y que pase la tijera sin piedad, te hará ser mejor escritora. Porque tú tienes una contadora de historias dentro de ti, no lo dudes ni un momento. Yo me ofrezco a ser tu lectora cero y, si quieres, tu amiga. Ahora que nos hemos leído estamos mucho más cerca. Y me hace MUY feliz tener un cameo en tu libro. ¿Sigues llevando el piercing que te hice? Yo me dejé tapar los tres que llevaba en la época en la que me tocó pasar a menudo por el hospital, cada vez que pasaba por un quirófano era un palo tener que quitarme todos los abalorios y terminé por simplificar.

Vivamos, Bea, nos lo merecemos. Te abrazo.


jueves, 28 de mayo de 2015

Nacer mujer

Cuando supe que iba a tener un segundo hijo varón quedé, de una parte, muy consternada (debía ser el último, por mi salud). Tener hijas que sean la prolongación de tu cuerpo, y que ellas traigan al mundo a tu estirpe se me antoja algo sencillamente precioso. 

En fin, luego pensé que me alegraba por ellos. Porque sus vidas resultarían, sin ninguna duda, mucho más sencillas que las de sus compañeras del género femenino. Seamos realistas, ser mujer nunca fue una ganga. 

Ahora tampoco, a pesar de que nos creemos super poderosas. Hemos adquirido un poder como nunca, nuestra voz es escuchada, ganamos nuestro propio dinero, nos realizamos como personas, como mujeres, como madres. Alcanzamos nuestra plenitud una década más tarde cada lustro, ¿no os habéis fijado que las mujeres de sesenta ahora lucen como las de cuarenta de hace nada? Pero todo a costa de un gran esfuerzo. A menudo, fruto de tener que aparcar alguna de esas parcelas, posponer la maternidad hasta edades ridículas, o enfrentarse a un mundo que sigue siendo patriarcal. 

Bla bla bla. Lo de siempre ¿verdad? Pues no, hoy vengo dispuesta a demostrar que tenemos todavía mucho camino que recorrer en términos de dignidad y de igualdad. 

Os dejo dos noticias que me han dejado un nudo en la garganta del que no consigo librarme. 

Primera: Existen datos que ponen en evidencia que en España se están practicando abortos selectivos de niñas. Si el aborto en sí me parece un acto lamentable y triste, el hecho de que alguien no pueda existir porque es una mujer y a sus padres no les viene bien tener una fémina me parece sencillamente vomitivo. Dejo el enlace de la fuente de Europa Press para que podáis leer la noticia entera. 

La segunda la he escuchado en la radio. No daba crédito. Al parecer, una niña gitana de 11 años (por el amor de Dios, como mi sobrina) de padres rumanos, fue vendida por sus padres por 17.000€ a un marido. Abusó de ella y dejó que sus padres abusaran también. Convertida en una esclava sexual durante años por un hijo de la grandísima. Se lo he escuchado a Expósito en la COPE esta mañana, y la pregunta que ha lanzado, hoy a las 8:05 debería hacer caer la cara de vergüenza a nuestra sociedad henchida de soberbia:

¿Te imaginas la cara de esa chica? 


No he podido, no he querido, me ha producido vergüenza, siquiera imaginarla. De repente se me figuraban rostros de las niñas que me rodean y a ninguna he podido imaginar mirándome preguntándome por qué en su mundo, en el mío, pasan estas cosas a las mujeres. 

Imagen de aquí

Nosotras, que nos creemos tan guapas, tan listas, en este mundo tan solidario y estupendo, que en los programas en primetime buscan hogares para perritos maltratados, no tenemos ni la más puñetera idea de qué significa ser mujer y olvidamos agradecer que pertenecemos a un mundo en el que se nos respeta y en el que tenemos lugar. 

Ah, no. 

Que esas dos noticias han pasado en España, Europa, el primerísimo mundo. 
Sólo se me ocurre una cosa: rezar.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Delicadeza


Descansa dormida su camisa sobre la silla, con la misma elegancia serena de sus palabras dulces y suaves. 
Ahora la tendremos que buscar en otros lugares, en el gesto heredado, en los pinceles mudos, en los silencios de luz tamizada en la vieja casa del pueblo.

Siento tu tristeza hecha nudo en mi garganta, apenas un temblor, porque te intuyo valiente, tras la delicadeza de esa forma de encontrar belleza vuestra. 

Cómo se parecían nuestras reinas madres, y se han ido casi al mismo tiempo, ¿cuánto tendremos de lo que fueron ellas? 

Te acompaño, ya lo sabes. Te quiero, guapa


miércoles, 14 de agosto de 2013

Adiós, Reina.


La enfermedad maldita dejó tu cajón de imprenta inacabado. Y aún así, mira cuánta belleza atesora en cada una de las ventanitas que sí terminaste. Trabajabas con delicadeza, a pesar de encontrarte mal muchas veces. Eres Diamante, lo sigues siendo, porque no creo que por que tu cuerpo haya perdido la guerra contra el cáncer tu alma haya dejado de existir.
Espero que te reencuentres en el cielo con esa abuela cosedora y juntas terminéis el proyecto de esa vida tuya segada de forma tan prematura.
Adiós, querida Montse.

jueves, 31 de enero de 2013

De aquí al cielo

Me enteré de su enfermedad hace apenas un mes. Mal nombre, mal apellido, mal pronóstico. Una flor de cristal más, maldita sea la Enfermedad maldita.

En sus clases aprendí a hacer bordado con cintas de seda, hace casi 12 años. Fue responsable de que yo cayera de cuatro patas en el mundo del patchwork, aunque yo no sabía que iba a gustarme y me negaba a introducirme en estas labores (-las agujas pinchan, tengo pesadillas- le decía).

Ayer se fue, después de un proceso duro y doloroso. Hoy, muchas personas en Lleida la lloramos. Quede aquí mi recuerdo para M.Ángeles, de aquí, al cielo.



viernes, 19 de octubre de 2012

Rosa esperanza

Hoy el castillo se llena de lazos rosa, una por cada flor de cristal, porque hoy es el día Internacional del Cáncer de Mama. Muy importante recordar que cualquiera de nosotras puede padecerlo, que es necesario hacerse autoexploración mamaria y las revisiones recomendadas por los ginecólogos, porque su esperanza es la DETECCIÓN PRECOZ.


Y os quiero hacer partícipes de la iniciativa que hoy Cadena Cien ha lanzado para echar una mano, con dinero, que es lo que cuentan. Una oyente con cáncer mandó un mensaje diciendo que escuchar el programa de Javi Nieves y Mar Amate era lo que le daba energía mientras recibía la quimio. Recibió un montón de mensajes de apoyo, que Robert Ramírez ha transformado en canción. Si la descargáis de iTunes, por menos de un euro, toda la recaudación se destinará a la Asociación española contra el Cáncer, asi que os dejo el enlace para que no os perdais por el camino.

http://www.cadena100.es/noticia_extendida_musical.php?id=47137;

jueves, 30 de agosto de 2012

¿Nunca más significa nunca más?



Ella también fue una flor de cristal, una Rosa.

Se fue un día como hoy, el año pasado. Creo que hacía sol. Hoy llueve, como para acompañar la tristeza de sus hijos, que quedaron huéfanos de su carácter fuerte como una montaña, de aquella cabeza tan alta con la que sacó adelante a su familia y que tapó la boca de todo el que disentía con ella.

La recuerdo enérgica, presumida y sonriendo y se me anuda en la garganta la despedida que no fui capaz de darle y la coincidencia del viaje que tenía programado y que me impidió ir a su entierro.

Y la pregunta que lanzaba al aire su hija, mi amiga, ¿nunca más significa nunca más?

Quisiera cambiar su nunca por un siempre, que sea eterna en lo que ellos son, en su belleza detenida en la cumbre de su vida.

jueves, 14 de junio de 2012

Hablamos



No salía una conversación sobre tu enfermedad desde hacía algunos meses. Supongo que para ti, para todos los que habéis sufrido un cáncer, normalizar al máximo la situación es fundamental. De hecho, tú dices no estar mal por la enfermedad, pero te quejas de no haber aprendido nada de ella, y esa afirmación me dejó descolocada. 

No estoy segura de que padecer una enfermedad (curable o no, crónica o aguda) te haga mejor persona. Ni siquiera pienso que sea obligatorio cambiar por haber padecido una enfermedad. Pero me parece triste que el sufrimiento inmenso que supuso para ti, las secuelas que arrastras, no te sirvieran para nada. No sé exactamente si lo que te pasa es el proceso de adaptación propio de tu regreso a la adolescencia de los 50, o simplemente, que esperabas otra cosa en tu paso por este mundo. Percibí, si acaso, un leve matiz de envidia por todo lo que yo hago.

Yo te dije sin titubear que nunca más en toda mi vida me sentiría con tanta energía como la que tengo ahora, nunca podré hacer tanto, por el simple hecho que la capacidad física de la treintena que apuro no puede ser la misma que a los 40 o más. De hecho, hace algunos días que tengo una sensación de agotamiento a la que no estoy acostumbrada, y contra la que tengo que luchar, me guste o no, porque la marea me arrastra todo el tiempo. Sí, mi propia marea, la que yo he creado, la que ahora me ahoga un poco. 

sábado, 4 de febrero de 2012

Me das miedo

Sería falso negar la realidad. Sí, me das miedo. Temo tus silenciosas garras anclándose en los cuerpos de los que queremos, mayores, ancianos, madres, hermanos, tíos y pequeños... de los pequeños. Cómo puedes ser tan cruel, cómo puedes siquiera atreverte a ser mal de la infancia, tú, que causas muerte, y dolor y sufrimiento, cómo puedes dejarnos huérfanos. Tanta es tu maldad, que incluso tu remedio es causa de más dolor. 

Invades nuestras almas con tu miseria, siembras lágrimas en cada familia, plantas jardines de flores de cristal en cada uno de nosotros. He querido dejar para los diamantes que nacieron de ti, éste recuerdo, para que sepan que estamos con ellos, que pensamos plantarte cara. Así te esperamos




Hoy se ha celebrado el día mundial de la lucha contra el cáncer. Por desgracia, una de las personas entrevistadas en el periódico de aquí, es alguien a quien conozco. Hoy día esta maldita enfermedad acecha a otros conocidos míos. Otros tantos siguen luchando, otros ya no pueden. Mi fuerza y mi cariño para todos ellos.

viernes, 3 de junio de 2011

Tu regreso

He tenido que digerir tu regreso, casi con tanto dolor como tuve que asumir tu partida. Parece absurdo, pero he tenido que hacerte el sitio que el cáncer te quitó. Llené tu ausencia con palabras e ideas, con emociones y sentimientos. Completé tu vacío con una tú de mentira, con sólo una cara amable. Y volviste.

Te empeñaste en volver al trabajo, a pesar de no estar rehecha del todo. Todos te aconsejamos que no lo hicieras, de ahí mi rechazo, supongo.

No quiero verte sufrir, no estábamos preparados para recibirte con los honores que mereces porque fuiste muy valiente.

Aquí estás, y tres semanas después estoy preparada para darte la bienvenida como es debido:




No seremos las mismas. Habrá que construir un nuevo espacio. Busco generosidad en mi corazón, y me cuesta... qué estúpida.

jueves, 5 de mayo de 2011

Has dicho que pasarías por aquí

...y sé que lo harás. Lo sé, porque no has cambiado apenas desde la última vez que nos vimos, hace ya 14 años.

He encontrado en tus ojos el cariño de tu mirada amiga. Fuiste una de mis primeras compañeras de trabajo, y te recuerdo como una persona eficiente, eficaz y laboriosa. Y te costaba mucho, mucho quejarte. Así que cuando tú también has pronunciado la palabra maldita, me ha dado un vuelco el corazón. "Estás aquí", he logrado balbucear, como si el hecho de decirlo te hubiera podido ahorrar el camino lastimoso que has vivido.




Han sido apenas unos minutos de sonrisas, de vida vivida -¡qué a puntito estás de estrenarte como abuela!-, de niños grandes, de libros, de hobbys, de trabajo.

Me alegra haber decidido a última hora cambiar mis pasos hacia el párquing, así el azar ha cruzado tu camino con el mío. De vuelta al trabajo se me ha erizado la piel... tú también eres una Flor de Cristal. Y estás aquí, dolorida pero con una sonrisa en los labios. Bienvenida al castillo. Espero que te guste y que llenes tus horas de palabras, labores y compañía.

jueves, 28 de abril de 2011

Válvulas

Has venido a verme esta mañana, y no me he andado con rodeos. -¿Cómo estás? De aquí,- te he dicho, señalándome la frente.

Ya sé como está tu cuerpo: magullado y malherido, cicatrizando, y con secuelas permanentes. Has meneado la cabeza, midiendo medio segundo y me has dicho que regular. Aunque me hubieras asegurado que estabas estupenda no me lo habría creído.

Ponerle palabras al miedo siempre viene bien. Tú me has contado cuál es la fuente de tu temor: el cansancio. Estás tan agotada por haber pasado tantas cosas, que tienes miedo de que te vengan más, y que te encuentren con la guardia baja.

Cuando estás en el otro lado, ves las cosas más fáciles. Tú decías que no querías siquiera plantearte estar débil, porque ese es tu caballo de troya, tu fortaleza. Te admiramos todos por ella, incluso algunos te envidiamos. Y yo te he dicho que vale, que ya sabes que eres fuerte, pero que tienes derecho a no serlo, que poder soltar la válvula y liberar la presión interior que tienes no sólo era bueno para ti, sino que es algo imprescindible.


Le contaba a mi amiga M, hablando sobre el duelo, que las malas cicatrizaciones traen problemas. Y lo que te ha pasado es muy grave. Si no te vas dando treguas emocionales para compadecerte a ti misma, para felicitarte por lo valiente que has sido y a lamentarte por la mala suerte de haberte puesto enferma, no podrás darte el empuje suficiente para flotar, para ver que, a pesar de lo malo, has vencido ese cáncer, y que aunque tengas una secuela, podrás seguir con tu vida prácticamente con normalidad.

Llora, mécete un poquito en los brazos de quienes te queremos, y al poco, enjuaga tus lágrimas y grita al cielo que ya vale, que ahora ya has demostrado que eres fuerte y valiente, y que no necesitas más dolor.

jueves, 3 de febrero de 2011

Ayer salimos de compras

Te encuentras tan bien que te apeteció dar un último repaso a las rebajas... ¡y qué chaqueta tan bonita te compraste!

Pasaste a recogerme como una jovencita, con las mejillas rosadas por el frío, y el ánimo burbujeante. Me hizo gracia cómo sigues administrando tus tiempos con amplios márgenes, como si nunca hubiera prisa. Eso está bien. Tú que te has tomado un café con la Dama de Negro, vives tu vida al mismo ritmo, retándola, pasándole por las narices tu reloj, el que no consiguió parar.



Luego un café, y cuatro tiendas. Y muchas conversaciones trascendentales. Sobre la enfermedad, sobre la vida y sobre la muerte. Esa muerte que se lleva a la gente demasiado pronto. Sin ir más lejos, tuve que contarte que nos dejó, por un cáncer, un compañero en apenas un mes. Esas noticias te tocan lo más hondo, y te hacen ponerte triste, pero yo pienso que tienes motivos para sentirte muy afortunada. Ellos están del lado de las estadísticas en los que no queremos estar.

Me hablabas de tus hijos adolescentes. Y yo te expliqué que pienso que Dios no nos manda un cáncer para enseñarnos nada. Que queda en nuestras manos sacar buenas lecciones de lo que pasa por nuestra vida. O no. Habrá quienes, después de una experiencia tan tremenda sigan siendo tan ruines como antes. Nadie merece sufrir lo que tú has sufrido, ni para aprender ninguna lección. Si de lo malo eres capaz de sacar una lectura, dichosa tú.

A mí me ha servido para varias cosas vivir de cerca tu enfermedad. La primera, para darme cuenta de que tu compañía y apoyo me hacen mucha falta. La segunda, para aprender de tu valor: no te han flojeado las piernas, y si lo han hecho, has sabido no hacerte la mártir. La tercera, que me podría haber pasado a mí. Y que me aterra ponerme en tu pellejo. Tú sólo has temido algo, y bastante razonable, por cierto: temías faltarle a tus hijos, como te faltó a ti tu padre, de forma prematura. Pero estás aquí. Nos haces mucha falta.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Fragilidad y lágrimas



Cuando se pasa por un trance como el tuyo, en el que la muerte flirtea contigo durante un tiempo, o cuando pierdes a alguien importante, o cuando tienes una experiencia traumática o muy dolorosa a cuestas, es inevitable experimentar un cambio en tu manera de ser.

Algunas personas se sumergen en un pozo depresivo del cual no les es posible salir por más que lo intenten, o simplemente dejan de intentarlo. Otras no dejan aflorar sus sentimientos, y los esconden bajo un manto ácido y duro, bajo el cual se encuentra, sin duda, un corazón lastimado.

Y otras, como tú, como yo, vamos cicatrizando la herida con sus más y con sus menos, pero en ello estamos. 
El 'pero' es que la cicatrización es un proceso lento, en el que, al principio, queda una fina capa de células en la parte superior que se desgarra con el más suave roce de cualquier cosa. Así, las lágrimas no tardan en brotar ante cualquier estímulo que te produce un sentimiento. Tú te enfadas un poquito contigo misma por no ser capaz de hacerte fuerte, dices que te sientes como si tuvieras un telón ante ti que se desmorona por cualquier cosa.

Yo ya me he acostumbrado a mi emotividad, y estoy empezando incluso a quererla. Cuando escucho la voz de un niño, explicando algo bonito, lloro, cuando veo a mis hijos o a los hijos de otros interpretando cualquier clase de función, lloro. Cuando escucho a sus maestras contándome cuáles son los proyectos para el curso, también. Si escucho una declaración de amor, si veo un anuncio bonito, si me abraza alguien a quien quiero y no suele hacerlo, si veo un paisaje conmovedor... Es como si se me hubiese abierto una capacidad secreta para conmoverme. Como encontrar el guisante bajo los 7 colchones. 


jueves, 21 de octubre de 2010

Las fases del duelo

El duelo es el proceso por el cual los humanos tenemos que acabar pasando por el aro de tragarnos lo que no nos gusta. Bien sea una separación traumática, una enfermedad, una muerte, etc. Vamos, lo "mejor" de cada casa. Este proceso tiene cinco fases, de duración variable, que son éstas:

Negación
Ira
Negociación
Depresión
Aceptación






No tienen por qué suceder en este orden ni darse todas, pero lo habitual es que sean éstas.

Recuerdo que tú no negaste la enfermedad al principio; te tragaste el duro diagnóstico con la única preocupación por el tratamiento y por los niños. Al principio estabas muy deprimida, y tú misma dabas la guerra por perdida. Hablabas de ti casi en pasado. Y recuerdo mis esfuerzos por quitarte esa idea absurda (¿?) de la cabeza. Prohibido hablar de no ver la próxima primavera.

Llegaron los problemas más serios, las complicaciones quirúrgicas, la UCI, y sobrevivivir, con la fuerza tozuda que has tenido siempre. Te aferraste a la vida, y empezaste a negociar. Empezaste a aprender los entresijos de estar en el lado de los enfermos, de horarios de consultas médicas, de especialistas y efectos secundarios.

Y llegó, por fin, tu ira. Te enfadaste con razón, aquél maldito fallo en el quirófano que te va a dejar secuelas de por vida. Yo ya estaba enfadada antes, pero claro, yo no estoy debilitada por tres intervenciones, por un cáncer, por la quimio y por la radio. Yo me cabreé muchísimo antes que tú, así que, cuando te vi enfadada, me alegré un poco. Porque si te cabreas, es porque estás convencida de que tienes que salir de esta.

Ayer pasé un ratito contigo, y me di cuenta de cuánto echo de menos tu compañía. Hablamos un poco de todo: de política, de libros, de labores, de hijos, de trabajo. Y también de citas médicas, de malestares y de analíticas. Contemplé con preocupación la fragilidad de tu cuerpo. Parece que alguien estuviera robándote trocitos de salud por fases, como si quisiera debilitarte.
No quiero que estés enferma. No quiero no tener nuestras charlas, no quiero que empeores. Negación.

sábado, 16 de octubre de 2010

Sólo palabras

Cuando hablo de ti, de mi relación contigo desde tu enfermedad, siempre digo que luchamos juntas, que yo te apoyaré, que lloraré contigo...  Pero no es verdad. Claro que quisiera poder cargar parte de tu dolor, claro que me gustaría ser tu alivio. Pero son sólo palabras.
Cuando se apaga la luz de tu habitación quedas tú sola, con tus miedos, con tu dolor, con tus angustias, y tus fantasmas reales, y soñados. Te debe reconfortar cuando oyes palabras de aliento, pero tú y yo sabemos, que, en el fondo, ésta es tu guerra, y nadie más que tú puede lucharla, sino tú. Y que tu espíritu valiente te ayudará a mantener tu cuerpo más fuerte en el proceso, pero que no te curará.

Tengo miedo, no quiero que estés enferma, no quiero que sufras. Y no puedo hacer nada, más que sonreírte y rezar.
Maldita sea.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Enemigos inesperados.

No estábamos preparadas para esto. El enemigo a batir era el cáncer y no esto. De repente, te encuentras con un obstáculo no esperado en tu camino.
No hay derecho. Pediremos el libro de reclamaciones al Jefe y le diremos que ya está bien. Que nosotras ya sabemos valorar lo bueno de la vida, como comerse un plato de ensalada o poder ir a dormir a casa todos los días, y no necesitar ayuda para hacer lo más básico.
Esto no se hace, ahora no. Necesitamos estar relajadas y concentrar todas las fuerzas contra el mal de males, y plantarle cara.
Como ves, me sumo a tu lucha. Yo no tengo tu enfermedad, pero quiero estar pegada a ti para hacerle frente. Si toca llorar, lloramos; si toca enfadarse, nos ponemos hechas unas hidras. Y si toca decir basta, nos ponemos como Agustina de Aragón en la Puerta del Carmen. Y, por aquí, no pasará.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Futuro

Alguien llamó de una forma inconfundible, la tuya.

Aparecieron tus ojos azules tras la puerta, inundados de emoción. Y el abrazo que me dio un vuelco al corazón... cuánto me gusta verte así.

Con la piel a jirones, y el alma en carne viva, hubo tiempo para recibir visitas, no todas oportunas, para solucionar algún que otro problema, y para hablar de cosas íntimas.

Hablamos de cómo no había que plantearse la justicia o la injusticia de la enfermedad... si las enfermedades dependieran de la justicia divina, todos los asesinos en serie morirían de un mal dolorosísimo y duradero, pero no es así.


Tú ya le has plantado cara. Has decidido que de ésta no te piensas morir. Estábamos. De aquí no te echa un maldito bicho con nombre de cangrejo. Ni una peritonitis insignificante. No hemos luchado toda la vida como jabatas para que vengan a quitarnos de aquí antes de tiempo. Del tiempo que nosotras creemos que nos pertenece... Ni hablar.



Y también de cómo ese telón tuyo, ese escaparate de fuerza que es real, pero que no deja de ser un mero trozo de tela sujeto por cuatro alfileres, y que de vez en cuando se cae un alfiler, y se desmorona... pero que luego vuelves a colgar con paciencia.

Te he dicho, porque así lo siento, que eres fuerte, y que ese es el requisito primordial para que todo se pase. Y hemos recordado juntas que hace apenas cinco años, cuando tu niña pequeña tenía aquel bultito, que al final no fue nada, pero no tenías la certeza de qué era, entonces hubieses cambiado tu salud por su enfermedad, y cómo seguro, tu madre hoy cambiaría su salud por la tuya.

Cómo me ha gustado verte, enseñarte fotos de los niños, de la casa de mi nueva amiga, a la que te he presentado virtualmente, de nuestros proyectos, los que tenemos juntas.

Estoy intentando convencerte para que retomes el arte que aprendiste de tu abuela: el encaje de bolillos. Llenaría tus horas de ese maravilloso sonido que siempre he imaginado que se parece al de las patitas de las arañas cuando están urdiendo su red. Y de paso, que tejiendo desenredes tus hilos y alejes angustias.



¿Lo ves? sólo futuro.

jueves, 19 de agosto de 2010

No, no he dejado de pensar en ti

Mientras yo quedé de guardiana en el castillo, tú te fuiste unos días a tu pueblo, para llorar -y espero que también reír- en los regazos de quienes más te quieren. Busco el mejor momento para llamarte, pero nunca parece ser el adecuado. ¿Estarás bien?

Hoy vuelves a tu realidad, que te recibirá entre las blancas paredes de la consulta de un médico. Él te devolverá la vida, envuelta en un recipiente con el símbolo de veneno estampado en su etiqueta.

Las cicatrices de tu vientre estarán sanando con la energía de tu cuerpo, y las de tu corazón, con los abrazos de tus hijos, y los cuidados de tu marido. Le imagino callado, con el ceño ligeramente tenso, tejiendo un mundo más cómodo para ti, y deshaciendo los nudos de sus hilos, con alguna lágrima furtiva que se escapa por la noche, cuando tú duermes a su lado.

A veces el amor queda oculto en una niebla, formada por las cenizas que desprende la rutina que arde durante años. Es preciso, entonces, que sople un viento fuerte que despeje esas cenizas y reavive las llamas del amor. De ese amor por el que lo dejaste todo atrás, incluso a ti misma.


No dejo de pensar en ti, y todavía soy incapaz de ponerme bajo tu piel para tratar de sentir como tú te sientes. Pero intuyo que sin haber protestado ni un solo momento por lo crudo de tu situación, estás subiendo con tesón esa montaña. Un pie delante del otro. Recuerda que puedes apoyarte en mí, aunque rechazas mi ayuda cada vez que te la ofrezco, te aseguro que estoy ahí, queriendo hacer algo por ti.
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Por favor,

Si algo de lo que expongo aquí te molesta, te pertenece, o habla de ti y quieres que lo borre, tan solo tienes que pedírmelo. Nunca quise ofenderte, ni plagiarte, ni molestarte...
Este es un espacio de libertad y, sobre todo, de respeto.