De todo lo que concierne a la maternidad, lo que más disfruto es volver a ver, pero ahora no solo desde mis propios ojos sino también a través del prisma de los vuestros.
Ha soportado muy bien el paso del tiempo la película de Kevin Costner, sobre Robin Hood. Lo vi en el brillo de vuestras miradas, ¡cómo aplaudísteis el primer beso!, cuántas carcajadas con el fraile beodo.
Diría que valió la pena el poquito de miedo que descubrí en vuestras manos aferradas al cojín.
Y esa imagen, que hace más de veinte años fue espectacular, volvió a levantarnos a todos del sofá.
Y lo que representó ese mito del devolver a los pobres la dignidad arrebatada, hoy, en tiempos de estos nuevos nobles indignos de ser llamados así, de esa élite que son los políticos, que viven como reyes a costa del sacrificio de todos los demás.
Pensaba hoy en esa película y los valores que quiero que aprendáis de ella, como el trato de Robin al viejo Duncan, la delicadeza con la que le aparta del peligro, el amor, la fidelidad, el valor, la capacidad de liderazgo, el esfuerzo y el trabajo.
En fin, dentro de nada llega la mamarrachada de la fiesta esa americana que tanto dinero genera. Yo, como siempre, a lo mío, a recordar a nuestros difuntos, a rendirles el homenaje que merecen y enseñaros a respetar la vida porque tiene ese fin inevitable de la muerte.
Ando pensando en una forma de celebrar el fin de año como a mí me guste, que sea algo bonito e inolvidable para mis hijos, crear una tradición familiar. No han leído mal, he dicho celebrar el fin de año, porque al Año Nuevo no lo conocemos aún y necesito que el que ha pasado se vaya de una vez.
Ha hecho honor a su fama de gafe el 13, y se ha llevado por delante a muchas personas cercanas a mí, tantas como seis, convirtiendo las visitas al tanatorio de turno en una triste costumbre.
Ya, ya, toca hacer balance. En el haber de lo positivo, principalmente, el nacimiento del último sobrinito. Eso sí es motivo de alegría.
De momento no me tiren más de la lengua, que soy optimista de nacimiento y me chafarán el post.
Hablaba al principio de la tradición: la costumbre en España consiste en gastarse un dineral cenando en un lugar atestado de gente vestida de lentejuelas y, luego, baile, bebiendo como si no hubiera mañana (que lo hay, son memorables las resacas del día 1 de enero viendo el salto de esquí recién levantado a mediodía). El año que me quedé embarazada, con el cuento de que había nevado mucho, había hielo por todas partes y yo tenía miedo de resbalar y romperme la crisma y perder el bebé, dejamos de salir fuera para celebrar el Año Nuevo. Era mucho más soso, pero como en la fecha de hoy celebramos también el principio de nuestro noviazgo (felicidades, cariño), pues nada, la celebración era más íntima. El primer fin de año de mi bebé estaba con lactancia materna, así que no bebí nada. El segundo año tampoco. Bueno, casi. Diré que se me complicó, que yo no quería beber tanto, pero a Marido no le gusta el champagne, y estaba tan fresquito. No me extenderé, pero esa fue la causa de mi primera y única rescaca con niños, y la última vez que bebí de más.
Luego está lo de las uvas de la suerte. Para empezar, no es verdad que traiga mala suerte no comer uvas en Nochevieja. En serio. Se habría extinguido la vida más allá de los Pirineos. Es una costumbre que nació a partir de un sobrante de cosecha de uvas. Punto.
¿Y si fuera verdad? Pues nada, toda mi vida poniéndo platitos para las uvas, contando doce y luego dejando una masa informe de uva sin piel ni pepitas porque a todos nos molestan. Peor aún, mi marido detesta las uvas, se las come con cara de asco y empieza el año con cara de asco.
Pues se acabó.
De todas las costumbres me voy a quedar con una: esperar a las 12 para asegurarme de que se marcha, ya saben, a enemigo que huye, puente de plata. Leí en algún lugar una idea que voy a adoptar para mi familia: escribir en un papel un deseo para el 2014, y colgarlo en el árbol. La Nochevieja siguiente se abre el sobre y se descubre ante los demás ese deseo. Otra costumbre que voy a instaurar, más que otra cosa, para hacer tiempo para no quedarnos dormidos a las 10, es ir al cine con los niños por la tarde. Sigo pensando en un menú apañao pero ligerito. Las lentejas que se comen en Italia me parecen demasiado, la verdad.
Mi deseo para este Año va a ser difícil de sintetizar, hay muchas cosas que me gustaría que pasaran, algunas de ellas, bien complicadas de explicar.
Y a ustedes, les deseo felicidad. Así. Desde ahora hasta el infinito. Hagan lo que hagan, que sepan darle la vuelta y ver la cara amable de la vida. No se hagan daño a sí mismos y no lastimen a los demás. Dejen los juegos psicológicos y las adivinanzas: si necesitan un abrazo, abracen ustedes primero. Cómprense algo que les dé alegría si pueden permitírselo y, si pueden, compártanlo, les va a saber mucho mejor. Y aprendan a quererse y a repetarse, es el primer paso para conseguir el respeto y el amor de los demás.
Nada más deseable cuando una se entrega durante más de dos horas (137minutos) a una película que sentir emoción al verla.
Ayer vi Criadas y señoras. Debo confesar que la escogí porque me sentí atraída por el ambiente de los 60, con sus fantásticos vestidos, los peinados divinos, el ambiente del Mississipi espléndido que destilaba.
Pero esta película es mucho más una estética cuidada. A pesar de algunos errores y de ciertas carencias que le impiden ser una grandísima película, es muy interesante. Una joven universitaria trata de escribir un libro acerca del punto de vista de las criadas de raza negra, descendientes de aquellos pobres esclavos que tanto sufrieron en América. Este planteamiento, de por sí, supone quebrantar muchas leyes de su Estado, así que de forma clandestina y con grandes dificultades para conseguir que las criadas quisieran hablar, se reúne con dos de ellas para trazar una historia que destripa algunas de las mezquindades de las señoras del entorno al que ella pertenece.
Me cautivó la fragilidad de alguno de los personajes y la fortaleza de otros. El vacío que el ser humano es capaz de alcanzar y la grandeza con que otros seres humanos llenan ese vacío.
Una buena historia, sin duda. Me emocionó, me arañó el corazón, me parecieron interesantísimos todos los personajes secundarios, más incluso que los principales, y la gran interpretación de todas esas mujeres me reconcilió con el cine de siempre.
Si pudiera, regalaría a mis hijos cada día un cortometraje como La luna, que precede a la última película Disney para niños, Brave.
Sí, hoy me alegro de haber invertido 30 euros en alimentar nuestro espíritu en el cine.
Por la luna cruzando el horizonte sobre el mar. Por el niño que sigue la tradición familiar con orgullo. Por el abuelo, por su trabajo, por el dibujo de los remos sobre el agua al deslizarse el barco.
Y por la niña de pelo rojo despeinado que encuentra el camino correcto. Por la historia, por el paisaje del puerto escocés que parecía una foto. Por la pelea, por la fiesta, por el amor, que mueve el mundo. Por el verde en todo su esplendor, por el bosque, por...
Sí, os lo recomiendo, si pudiera, os invitaría a todos al cine
He escogido esta imagen de LeaNoticias.com porque me ha parecido perfecta para ilustrar esa Tierra de Nadie que vive un preadolescente, que le arrastra de la carcajada al llanto, como un pequeño payaso.
En esas arenas movedizas camina mi hijo, apurando las últimas luces de su niñez para entrar por la puerta de atrás en una adolescencia que promete ser larga y dura.
Me preocupa mucho el agua de la que beben nuestros hijos. Les oigo (suelo estar de espalda a la tele, no lo veo) las series que ven mañana, tarde y noche. Y sus modelos son horrorosos. Niñas pijas riquísimas, con un nivel de inteligencia inversamente proporcional al dinero que tienen. Por supuesto, los más inteligentes de la serie suelen ser los que fracasan... o los divertidísimos y peligrosos Phineas y Ferb, que siempre se salen con la suya sin que la buena (e histérica) de su hermana pueda delatarles a su madre, que parece haber fumado muchos porros. Críos sexuados de forma aberrante, niñas vestidas como furcias, padres incapaces. En fin, ni un solo valor al que aferrarse, no les aportan NADA.
Ayer me puse en la piel de mi hijo mayor, me fui a su edad, a mi verano, que fue azul. Y les puse la serie que marcó a varias generaciones, que se repuso hasta la saciedad porque era buena, porque tiene todos esos valores que ahora no aparecen por ningún lado, no vaya a ser que salgan niños capaces de pensar y luego no puedan manipular sus cerebros.
Estuvieron pegados a la pantalla viendo Verano Azul durante un episodio y medio, se reían, disfrutaron, entendieron que podían aprender algo de lo que veían.
Aquella serie supuso el retrato de una generación, y más allá. Porque los perfiles personales que se dibujan siguen siendo vigentes: la mujer solitaria que ha sufrido una gran pérdida (que hoy encontraría su compañía probablemente en las redes sociales) y el hombre de mar atascado en tierra que se rodea de la juventud que permanece en su espíritu. Cada uno de los chicos, en esencia: el más presumido y competitivo, el que permanece en segundo término, la guapa, la menos agraciada, el chico de pueblo sin oportunidades, el niño glotón y sabelotodo y el que pone la guinda al pastel con su sinceridad aplastante. Y los padres, con su papel secundario, son una lección en sí misma, aunque, la verdad, se pasan el día bebiendo, fumando y en el chiringuito... ¡Así salimos nosotros!
Muchas coincidencias me llevan a hablar hoy de esta película del año 1991, protagonizada por Anna Chlumsky y Macaulay Culkin. No fue una gran película para la mayoría excepto por su memorable banda sonora. Y para mí.
La protagonista de esta película es una niña huérfana de madre desde su nacimiento, que vive con su padre en una casa-funeraria y con su abuela enferma de Alzheimer. Esta convivencia tan peculiar con la muerte, la lleva a padecer toda clase de enfermedades imaginarias y a convivir con un hueso de pollo atragantado en la garganta, según ella, claro.
Y yo no tenía nada de eso, excepto las enfermedades imaginarias que yo padecía sin saberlo, hasta verme reflejada en el espíritu de esa niña extraña llamada Vada Sultenfuss. Con dolores imposibles de demostrar, como dolor de rodillas o de ojo (¡!), yo conseguía que mi padre dejara su trabajo y si hacía falta me cargaba en brazos hasta el piso de mi pediatra, amigo de la familia que me miraba con escepticismo y me trataba con muchísimo sentido del humor.
Como decía al principio de este post, algunas coincidencias me han llevado a mi pasado, al de cuando yo era una criatura necesitada de brazos fuertes que subieran escaleras y al de mis tiempos de universidad, cuando yo me hice "fans" de la película por haber abierto mis ojos. La primera coincidencia, que la emitieron en televisión. La segunda, una chica con migraña que me preocupa por esa válvula que no sabe soltar y que probablemente le provoca todos los males del mundo. Y la tercera, un hueso que tengo atragantado en mi garganta desde que la salud de mi abuela empezó a empeorar.
Si no habéis visto la película, os recomiendo una escena en particular, la de la niña que aprende a utilizar la telepatía en clase de escritura creativa, y como ella hace lo que mejor saben hacer los niños: darle la vuelta a mi corazón.
Una amiga lo ha colgado en su Facebook. A decir verdad, no somos amigas-amigas, nos conocemos a través de internet, pero nos tenemos aprecio por nuestra manera parecida de pensar.
Esta vez me has tocado una fibra de las que te hacen saltar, porque en esos 90 segundos se ha pasado la vida de una criatura. De hecho, si nos ponemos a contar, si ese tiempo equivale a, pongamos, 20 años, la vida de mi hijo mayor ha pasado hasta el segundo 45, y sólo me quedan 45 más. No sé, querida, a lo mejor tener cuatro veces más hijos que yo, te da otra perspectiva de lo que son sus vidas, lo disfrutas todo x8, y yo apenas he dejado de cambiar pañales y ya estoy preparando su primera comunión. Y cuando prepare la del pequeño, el mayor estará ya en el instituto. Y yo, definitivamente, no estoy preparada para desprenderme en un minuto y treinta. Ni hablar.
Ah, por cierto, gracias por compartirlo, que me haya descompuesto el corazón no quiere decir que no me alegre haberlo visto. Me ha parecido muy, muy bonito. Gracias, de verdad.
Aunque los nubarrones de anoche dejaran el corazón empapado.
Aunque la montaña que lo oculte sea la más alta de todas.
Aunque nuestros ojos estén nublados por todo lo que se pone delante.
Siempre sale, después de la niebla, cuando el viento de marzo arrecie, cuando la canícula de agosto nos fría el cerebro. Siempre ahí, con un tinte de esperanza que transforma lo azul en rosa, o en naranja.
Venga, que no nos pille con la guardia baja, levanta la mirada hacia el Sol, que empieza a amanecer.
Tocaste fondo, era necesario encontrar el suelo para volver a empezar a caminar hacia arriba, como la pobre ovejita del vídeo:
... y si no encuentras ningún conejílope, ya sabes dónde estoy.
Escuché en la radio, hace ya un par de años, la crítica de esta película alemana, dirigida en 2008 por Dennis Gansel, basada en el libro La tercera ola, de Morton Rhue (1981), basada, a su vez en hechos reales sucedidos en California allá por el año 1967.
¿Podría suceder una dictadura, como la del Tercer Reich, otra vez? Esta es la pregunta que el profesor ,que accidentalmente debe dirigir un proyecto sobre la Autocracia en un instituto, realiza a sus alumnos de unos 15 o 16 años.
Desde este punto de partida, ponen en práctica el proyecto, en el que se nombra al líder de este sistema autocrático, marcan sus normas e imponen la disciplina necesaria para que éstas sean acatadas.
Todo ello pone los pelos de punta porque en un momento determinado se les escapa de las manos. Y porque se habla de temas reales y tangibles, porque te das cuenta que PUEDE SUCEDER. Puede suceder aquí, porque la base, lo que un sistema autocrático necesita para plantar sus raíces es una sociedad en crisis, en la que el desempleo y la injusticia han hecho mella en sus ciudadanos.
Si no pudisteis verla anoche en La 2, os recomiendo que la veáis, especialmente si tenéis hijos adolescentes. De hecho, tal como dijeron en aquél programa de radio, debería ser materia obligatoria en todos los centros educativos.
La compañía de teatro Festuc Teatre ha tenido el acierto de presentar un espectáculo precioso de títeres llamado La princesa y el guisante (título original La princesa i el pèsol).
Por supuesto, no me la perdí. Bien realizada, con un buen guión, bien interpretada (con música de piano en directo). Logró la participación del pequeño público desde el minuto 0 y mantuvo su atención hasta el aplaudidísimo final feliz.
Los títeres eran muy bonitos y la escenografía inteligentemente sencilla... ¿se puede pedir más? Combinaba el cuento tradicional con aventuras a través del desierto y de los mares, los piratas de las dunas con las serpientes hipnotizadoras.
Mis felicitaciones, de una princesa del guisante, a otra.
¿A qué edad creéis que uno es capaz de reconocer cuáles son sus carencias?
Yo me he llevado una gran sorpresa. He visto con mis hijos El mago de Oz. Llevaba muchos años sin ver la película, de hecho, no la vi entera, sino entrando y saliendo, sentándome con ellos, dejándome impresionar por la capacidad de asombro y de cuestionarse las cosas. Y también su capacidad de ilusionarse sin más.
La infancia es maravillosa, uno pasa todo su tiempo descubriendo cosas... ¿recordáis la primera vez que visteis esta película? ¿no os defraudó lo pequeño que era el mago? ¿no soñabais con unos zapatitos de rubíes como los de Dorita?
Bueno, pues yo sí. Y me encanta ver películas o series de antes con los niños, porque ellos también me dan su particular versión de los hechos. Y su condición masculina me hace fijarme en cosas que a mí no se me habrían ocurrido.
Me desvío de lo que quería contar.
El argumento de esta película radica en que el único camino para encontrar las soluciones a los problemas de uno, está dentro de uno mismo. Así de fácil, caray, si lo sabemos desde siempre. Una vez presentados todos los personajes principales, los de la foto,
les hago un resumen:
- Veis, Doroty busca el camino a Kansas, el hombre de hojalata va a pedir un corazón, porque no tiene (aunque fijaos qué bonitos sentimientos tiene, sin embargo). El león quiere ser más valiente (él lo es, pero no sabe que lo es), y el hombre de paja necesita un cerebro (aunque realmente él está teniendo todas las ideas). Marlin, hijo ¿tú cuál de estas cosas pedirías?
- (risas)¡Yo un cerebro!
-Hijo, pero si tú tienes uno, y muy listo por cierto.
-Ya, pero quiero ser MÁS listo.
-Vale, vale. -miro a mi pequeño Bufón. Es un cagao, con perdón, le asustan las gallinas de mi vecino, a pesar de que aparentemente es un milhombres- Bufón, ¿y tú?
- Yo quiero ser más valiente.
De acuerdo, uno a los 5 años es capaz de reconocer aquello que le falta. Hale, ya lo sabéis.
Ah, y yo... yo querría volver a casa, y un cerebro, y ser más valiente, y no, no más sentimientos, por favor, ya soy lo suficientemente llorona.
Ha sido una semana complicada, no por nada malo, sino algunas reuniones poco habituales, trabajo, tareas pendientes, fiestas (no, de eso no me quejo) y lo corriente: cocinar, planchar, ya conocéis el concepto: liberación de la mujer.
Ayer me tomé unos minutos para ver este corto que me recomendó mi hermana y yo quería compartirlo con vosotros. Feliz domingo.
Coser requiere un cierto grado de atención, aunque deja espacio suficiente para los pensamientos y, si te organizas, puedes hacer algo con tu mirada. Con tus manos no, obviamente, las tienes ocupadas.
Suelo coser junto a mi ordenador, desde el que escucho la radio, o me pongo música, o veo alguna película. Claro, que la película tiene que ser una ya conocida, para no distraerte demasiado de las labores.
Este fin de semana, en tres plazos, he visto otra vez Cuatro bodas y un funeral, dentro del (auto)ciclo Hugh Grant... digo lo del autociclo porque la semana pasada le tocó el turno a Notting Hill.
En fin, a lo que iba. Esta película marcó un hito en la historia de las comedias románticas. Inolvidables diálogos, situaciones inverosímiles, despertadores sonando en vano, parejas imposibles o no. Recuerdo la pregunta estúpida que le hice a mi hermano antes de verla por primera vez... ¿De qué va?. Respuesta. De cuatro bodas, y un funeral. Vale, me la había ganado.
Os dejo con un fotograma precioso del film y con la sugerencia de que aprovechéis una sobremesa de vacaciones para verla enredando vuestros pies con algún ser querido, os va a dejar un buen sabor de boca.
Título original: Four Weddings and A Funeral
Director: Mike Newell
Gran Bretaña 1994.
Intérpretes: Hugh Grant (Charles), Andie MacDowell (Carrie), Simon Callow (Gareth), James Fleet (Tom), John Hannah (Matthew), Charlotte Coleman (Sacrlett), David Bower (David), Rowan Atkinson (Padre Gerald), Kristin Scott-Thomas (Fiona).
Nominada al Oscar 1994 a la mejor película y al mejor guión original.
Ah, se me olvidaba, su BSO es fabulosa, no dejéis de escucharla.
Seguro que los seguidores que vieron la serie que emitía TV3 en los años 80 sabe de quién estoy hablando.
A su lado, Pepe Gafez era un tipo con suerte. Estoy hablando de Frank Spencer, protagonista de la serie británica Some mothers Do'Ave'm, traducida como N'hi ha que neixen estrellats. Toda una generación nos partimos la caja a su costa. Era torpe, tierno y comprendido únicamente por su dulce y paciente mujer, Betty.
Si podía romper algo, lo rompía, si se podía caer, lo hacía y de la forma más aparatosa... sólo tenéis que ver el vídeo como ejemplo.
El episodio que me impactó más fue uno en el que se fueron a Australia a buscar alguna forma de subsistir, y le dejaron al cargo de un rebaño de 10.000 ovejas. Y llegó a casa con la noticia:
-Ohhh, Beeetty, les he perdudes... Totes! (Oh, Betty, las he perdido... TODAS).
¿Se puede perder un rebaño de diez mil ovejas? Frank Spencer sí. Intentó entrar en el ejército, pero era daltónico, sordo, tenía pies planos, y la columna desviada....
¿Recordáis? A final de los 80 vimos crecer a Kevin, afrontar el final de su niñez y su adolescencia y escuchábamos de su ser adulto, narrándonos sus pensamientos en forma de voz en off. No es éste el recuerdo que tenía para hoy. Aunque al escribir el título de este post, inevitablemente me he acordado de la serie.
Después de esconderme tras la cortina de la nostalgia y de tratar de huír de los recuerdos tristes, quería ser justa, y dejar en esta bitácora un recuerdo hermoso de mi adolescencia. Los hubo. Muchos.
Recuerdo las tardes con pandilla -y sin reloj- en la piscina. Las primeras miradas tímidas a un chico que fueron correspondidas. Ese fue el preludio de una decepción, sí, de la primera decepción. Pero entonces no lo sabía; sólo existían briznas de hierba buscando cosquillas ingenuas. Ni siquiera había un pensamiento impuro, más allá de la incógnita del sabor del primer beso. Aquella fiesta en casa de mi amiga N... Puedo recordar con nitidez la ubicación de la mesa, del equipo de música, de las butacas que nadie se atrevió a ocupar. Y cada vez que escucho esa canción siento el palpitar de mi corazón desbordándose por el primer botón de mi camisa. Say you, say me...
Y el beso, un beso con sabor a limonada. Capaz de levantar mis pies del suelo diez centímetros solo por la sensación se saberme querida, como sólo se puede ser querida a los 14 años, cuando el contacto de tu mano con la mano de un chico era agradable, extraño y sensual al mismo tiempo.
Y llegar a casa sonriendo, y querer escribir su nombre en tu carpeta, junto a un corazón. O mil. Y deshojar margaritas imaginarias, y enfadarte con todo el mundo porque entraban en tu burbuja de felicidad con vanalidades como guardar la ropa en el armario, o estudiar. ¿Estudiar? No, mucho mejor ponerse la música que ha estado latiendo en tu piel toda la fiesta... Si había un cielo, tenía que ser así.
The wonder years terminó con esta frase:
"Crecer sucede en un latido. Un día estás en pañales, al siguiente ya no estás aquí. Pero los recuerdos de la niñez permanecen contigo todo el camino. Recuerdo un lugar, un pueblo, una casa como muchas casas, un patio como muchos patios, una calle como muchas otras calles. Y el asunto es que, después de todos estos años, sigo mirando hacia atrás, maravillado."
Las mañanas frescas de abril ceden, si hay suerte, y las nubes no se presentan a aguar las tardes, dejando un sol insultantemente agradable.
Hay que vestirse a capas: camiseta o blusita, una chaqueta fina, un abrigo de primavera y un pañuelo fino.
O una infatigable rebeca.
El término Rebeca se acuñó a raíz del inquietante film de Hitchcock llamado de la misma forma. La chaqueta que lucía Joan Fontaine, fue imitada por generaciones, a pesar de su macabro papel, que vivía obsesionado por la ausencia de la primera mujer, fallecida, de su marido. Tan cruel era la situación, que en ningún momento de la película llega a conocerse el nombre del papel que interpreta.
Imagino el impacto que ocasionaron aquellas películas en los ojos de las mujeres coquetas de nuestro país. Tanto como para adjudicar el nombre Rebeca a una determinada forma de chaqueta.
Hoy día nos pretendemos más chic, y las compramos con jersey a conjunto, y las llamamos Twin set. Pero no lo hemos inventado ahora. Sigue siendo una buena opción para vestir.
Todos los signos del zodíaco y los del horóscopo chino, las musas, las hadas, los dioses, grandes y pequeños, los santos de mi cielo, incluso todos los animales del arca de Noé están alineados para hacer que todo lo que me tiene que pasar me pase del día 4 de marzo hasta el 7 de mayo. Con puntos de confluencia especiales marcados en el 16 de marzo, 9 de y 14 de abril.
Yo me pongo el formato Scarlett O'Hara y afirmo con descaro, que mañana, mañana será otro día. A tomar vientos que se lleven los problemas. Por mucho que nos aprieten el corsé un par de centímetros más.
Me presta esta imagen Carme Sala. Una artista finlandesa se dedica a crar ambientes mientras su hija duerme. En esta foto, como veis, salgo yo, en persona, durmiendo en una cama incomodísima a causa de un guisante. Habréis podido apreciar lo bien que me conservo...
Estos días estoy reflexionando acerca de la juventud, a causa de haber visto la última película Disney, Enredados. La película se basa en la historia de Rapunzel, la niña encerrada en la torre que, con su larga melena mágica, era capaz de devolver la juventud a la malvada que la secuestró, Madre Gothel, que, como podréis apreciar, es calcadita a Cher.
Observo mi propia maduración con sorpresa, porque por dentro me siento como una jovencita, pero la admito dentro del proceso normal. No voy a ceder ni un ápice, así que guerra a las canas, a la flacidez, a la celulitis y a las arrugas. Pero si alguna vez pierdo la cabeza y se me olvida la edad que tiene mi cuerpo, y me empeño en no ser normal, que alguien me dé dos aspirinitas y me meta en la cama, y no me deje salir hasta que entre en razón.
Por cierto, la película es muy bonita, divertida, interesante. Una pequeña obra maestra que me quedo con ganas de volver a ver para apreciar distintos matices.
Hace un año y medio nació un programa de radio nocturno, que, como aquel que salía al final de la película Frankie&Johnny, (Michelle Pfeiffer y Al Pacino) huye de los deportes, de la política, de la economía, y se sumerge en un tema tan profundo como desconocido, el amor.
Podeis acompañar vuestra lectura con la música de Debussy en la escena final de esa película.
El alma mater de ese programa, Ayanta Barilli, con su voz increíble y su generosidad, lee las cartas de amor que participan en el concurso, finalidad última de ese programa. Conduce el programa con inteligencia, paciencia y cercanía; los oyentes llaman para hablar con ella en directo y ella les acoge con ternura y delicadeza.
Pero Es amor es mucho más que eso. Es una apuesta por el amor. Creer en el amor de verdad, en que cada uno de nosotros tenemos el derecho a ser amados, y acompañar a aquellos que en este momento se sienten dejados de la mano de Eros. ¿Se puede generar amor? Sí. Os aseguro que el mero hecho de intentar sacar lo bueno del ser amado, de tu marido, de tus hijos te hace darte cuenta de lo profundo que es ese amor. Querer irte de viaje con el otro. Querer que te bese hasta agotarte. O simplemente esperar con confianza la llegada de ese amor cuando no lo tienes.
En la trastienda, Eva e Isaac, con una labor impecable en la búsqueda de las canciones solicitadas por los oyentes y atendiendo las llamadas en directo. Porque además, se nos acerca a la música, a la literatura, a la poesía, al cine, y a todo aquello susceptible de generar amor.
El programa se emite de lunes a jueves, de 12 a 2 de la madrugada, y los martes, de 11 a 12, momento en el cual se comunican los ganadores del concurso.
Durante el mes de febrero se añade un nuevo concurso, de Declaraciones de amor. Se elige una carta cada semana, y el premio es un viaje de fin de semana romántico al Balneario Hotel Palacio de las Salinas (Medina del Campo). Un día de estos me voy a llevar a Marido, porque hoy he ganado ese maravilloso premio, con esta declaración de amor. Podéis dejar comentarios en el Blog de El Mundo, estoy segura de que a Ayanta le gustará poder leerlos también.
Pon amor donde no hay amor, y sacarás amor San Juan de la Cruz.
El amor es la herramienta más poderosa, no dejéis de utilizarla
Empiezo este post con la banda sonora de la película Armas de Mujer (Working girl), de Mike Nichols (1988). Vi esta película a principios de los 90. Yo era, por aquel entonces una mujer a medio formar. Estaba cursando mis estudios universitarios, estaba cabalgando sobre los últimos años de mi adolescencia, y tenía una pareja que, aunque yo no lo sabía, hoy día sigue siendo la misma.
La vimos mi madre y yo. Imagino que en su inquietud por que yo llegara a buen puerto, intentó sacar para mí lo mejor del guión. Hace poco volví a verla, y la complicada estética de los ochenta, con sus pelos cardados, sus cinturones sobaqueros y las hombreras desorbitadas me sobrepasó. Pero sigo recordando las cosas que me sirvieron del filme.
En primer lugar, el tesón de Tess McGill, el personaje interpretado por Melanie Griffith. Su valentia para buscar su lugar en la vida. Algunas de las mejores frases de la película ("si quieres parecer seria, necesitas un peinado serio") siguen siendo útiles y válidas.Y algo que no hubiera sabido reconocer de no haberla visto con mi madre: ella me dijo: "Fíjate cómo intenta imitar lo bueno de su jefa, la impostación de la voz, la forma de vestir, la forma de tratar a los demás..." y especialmente, me recomendó observar cuál era la actitud.
Esa actitud de seguridad, y de lucha la necesité poco después, para obtener mi permiso de conducir. Como referencia, la banda sonora de esta película, que, casi 20 años después sigo escuchando mentalmente cada vez que tengo que enfrentarme a un reto.
Hoy he estado TODA la mañana viendo los cástings de Operación Triunfo 2011, y, curiosamente, esta promoción tiene la canción Let the River Run, como banda sonora.
Soy una seguidora aférrima de OT. No soy fan de nadie en concreto, ni siquiera (y ya me disculparán ustedes) me gusta Bisbal. Yo admiro este programa porque me gusta ver qué es lo que lleva a una persona a superarse, cuáles son sus herramientas para motivarse, como a Melanie Griffith en Armas de Mujer. Ver la evolución, comprobar cómo los profesores, los directores del cásting, Nina, y todos los que conviven con los estudiantes, utilizan mecanismos para lograr que alguno brille entre todos los demás.
No todos tendrán las mismas posibilidades. Muchos, incluso, las desperdiciarán. Pero en cuanto detecte algún momento que pueda servir de modelo a mí o a mis hijos, quiero estar delante. Además, me encanta la música, aprendo canciones nuevas, rememoro las antiguas, me emociono con algunas, y cuando la ocasión lo merece, me parto de la risa con los gallos de alguno muerto de nervios. Soy incapaz de recordar los nombres de la inmensa mayoría, y mi gusto nunca coincide con la del gran público, pero eso lo tengo ya asumido.
Hola, me llamo Ana del guisante, y ME ENCANTA OT. ¿Sorprendidos?
Si algo de lo que expongo aquí te molesta, te pertenece, o habla de ti y quieres que lo borre, tan solo tienes que pedírmelo. Nunca quise ofenderte, ni plagiarte, ni molestarte... Este es un espacio de libertad y, sobre todo, de respeto.