© de la imagen La meva maleta

jueves, 23 de abril de 2026

Mi amiga

La conozco desde hace tantos años que apenas tengo recuerdos de cuando no la conocía. Bueno, no siempre fuimos amigas íntimas, eso es cierto. Íbamos juntas al colegio cuando éramos muy pequeñas, compartimos juegos en la calle y, ya de adultas, yo iba a menudo a comprar a una tienda en la que ella trabajaba. Nos saludábamos: que si los niños, que si el tiempo, que si puedo llevarme una caja de cartón para mi gata que acaba de parir.

Tiene la risa siempre a flor de piel. Es pura amabilidad, con esa generosidad de quien se interesa antes por los demás que por sí misma. Un día dejé de verla y me resultó extraño. La respuesta de su compañera fue demasiado breve:
—Ah, es que... está de baja.
No añadió nada más, pero apartó la mirada apenas un instante, y a mí se me heló la sangre.

No pasó mucho tiempo hasta que me la encontré con un pañuelo en la cabeza. Parecía una muñeca, con el rostro sembrado de pecas enmarcado por una piel pálida. Pero la sonrisa… la sonrisa seguía intacta. Y su amabilidad, también.

Con voz firme, me explicó sin rodeos qué estaba pasando: la quimio por aquí, la quimio por allá. Ambas callamos lo que de verdad pensábamos —ay, sus hijos—. Esta enfermedad infame perdona a las madres: le toca a quien le toca, sin más.

—¿Qué puedo hacer por ti?
—Nada, gracias.
—¿Si se te ocurre algo, me lo dirás? ¿Te importa si rezo por ti?

Ella, con la energía de quien conoce el verdadero valor de la vida, se aferra a ella con todas sus fuerzas y la apura hasta la última gota. El año en que cumplimos cincuenta, la enfermedad estaba bajo control. Y lejos de rendirse, tomó la iniciativa y organizó cenas, salidas, celebraciones, llenándolo todo de vida, ¡éramos setenta y seis! No siempre se encontraba bien, yo lo sé, pero cuando planta cara a la enfermedad, consigue que se haga más pequeña.

Mi amiga mira al cáncer de frente. Por eso, cuando regresó por segunda vez, volvió a plantarle batalla. No le importa tener que ir cada semana al hospital, ni perder otra parte de su cuerpo, ni que esta vez sea más duro, si cabe que antes. Más cabrón. Perdonadme, pero no encuentro una palabra más suave: no es justo.

Le esperaba más cirugías, y aún le quedan muchos viajes para dejar que le inoculen veneno en las venas. Hará lo que sea necesario para estar el mayor tiempo posible junto a sus hijos.

Y yo,
—¿Qué puedo hacer por ti?
—Nada, gracias. Estoy muy bien acompañada, me cuidan mucho.

No conocen a su marido, señoras y señores. ¡Qué hombre! No solo por su pinta, que también, sino por la manera en que la mira. La cuida como un ángel de la guarda. Estoy convencida de que esa fuerza inmensa que ella tiene nace de ese amor. Él sabe estar, sabe cómo sostenerla.

Los demás observamos desde fuera y siempre sentimos que nos quedamos cortos, porque no sabemos cómo ayudar. Si pudiéramos arrebatarle la enfermedad, lo haríamos con nuestras propias manos.

Ha sido tan generosa conmigo que me avergüenza no poder corresponderle. Ha leído mis libros, me ha acompañado en momentos importantes, ha estado a mi lado cuando casi nadie más lo estaba.

Cada vez que nos encontramos por la calle nos fundimos en un abrazo. La estrecho entre mis brazos, pesa como una pluma, y me quedo apretando un poco más de lo necesario, como si pudiera llevarme sus preocupaciones y dejarle algo de mi energía. Ella se deja, y yo tengo miedo de hacerle daño. Nos abrazamos, hablamos. 

La última vez, las noticias no eran buenas y el corazón se nos encogió, porque el miedo, a veces, se escapa de su jaula.

Venga, me digo, no tengamos miedo, nos robaría demasiado tiempo. No voy a llorar.
—¿Qué puedo hacer por ti?
—Nada. Te quiero mucho.
—Yo también te quiero mucho.

De todo lo que puedo hacer por ella, lo que mejor sé hacer es escribir. Escribirle. Y entonces ella me da las gracias. Y aunque le diga que no, que soy yo quien debería darlas, no acaba de entenderlo. Porque no sabe cuánto bien me hace tenerla como amiga.

___________________________________


 

LA MEVA AMIGA

Fa tants anys que la conec, que no me’n recordo de quan no la coneixia. Bé, no sempre hem estat amigues properes, diguem. Anàvem juntes a l’escola quan érem molt petites, vam compartir jocs de carrer i, ja d’adultes, anava a comprar sovint a una botiga on ella despatxava. Ens saludàvem, que si els fills, que si el temps, que si puc agafar una caixa de cartró per la meva gata que ha criat.

Té la rialla espontània als llavis. És tota amabilitat, sempre amb l’actitud generosa de ser qui primer s’interessa pels altres. Un dia vaig deixar de veure-la i se’m va fer estrany. La resposta de la seva companya em va semblar massa breu:

—Ah, és que... està de baixa.

No va dir què li passava, però va esquivar la meva mirada durant una mil·lèsima de segon i se’m va glaçar la sang.

No va passar gaire temps quan me la vaig trobar amb el mocadoret al cap. Semblava una nina, amb les set-centes pigues de la seva cara emmarcades per la pell esblanqueïda. Però, ah, la rialla i l’amabilitat, això no s’havia mogut de lloc.

La veu valenta, explicant sense embuts què i com, i que si la químio cap aquí i cap allà. Vam callar totes dues el que pensàvem —ai, la seva canalla—. Aquesta malaltia infame no perdona les mares, toca qui toca i tots hi som al bombo.  

—Què puc fer per tu?

—Res, gràcies!

—Si penses en alguna cosa m’ho faràs saber? Et fa res si reso?

Ella, amb la força de qui sap quin valor té la vida, s’hi agafa amb totes dues mans i se la beu. L’any que en vam fer cinquanta, el mal va estar controlat. Lluny de fer-se la fleuma, va passar davant dels setanta-sis quintos que érem, va preparar sorpreses, va organitzar sopars, sortides, festes. No sempre es trobava bé, jo les sé aquestes coses, però si li gira la cara a la malaltia, se li fa petita.

La meva amiga se’l mira de tu a tu el càncer, així que quan li va arribar per segona vegada, el va tornar a lluitar. Tant li fa si cal anar cada setmana a l’hospital, si li han de treure un altre bocí de cos, si aquest cop el mal és més punyetero. Millor dit, més malparit. Ja em perdonareu, però no trobo una forma més suau de dir-ho, això no és just.

Li esperaven més cirurgies i encara li queden molts viatges a deixar-se posar verí a les venes. Farà el que calgui per estar el màxim de temps possible amb els fills.

I jo,

—Què puc fer per tu?

—Res, gràcies! Estic molt ben acompanyada, m’ajuden molt.

No el coneixeu, el seu d’home, senyores i senyors, quin tros d’home! No per ben plantat, que també, sinó per com se la mira. La protegeix com l’àngel de la guarda.  Jo n’estic segura que la força descomunal que té, li dona aquest amor. Ell sap què fer i com fer-ho.

Els altres ens ho mirem i quedem sempre curts, perquè no sabem com ajudar. Si poguéssim treure-li el mal, li arrancaríem a queixalades.

Ha estat tan generosa amb mi, que gairebé em fa vergonya de no poder-li compensar. Ha llegit els meus llibres, m’ha acompanyat si jo tenia algun acte important, ha estat amb mi quan no hi havia gairebé ningú més.

Cada cop que ens trobem al carrer ens abracem. La prenc entre els meus braços, ara que només pesa tres unces i m’hi estic una mica més de temps del compte, per emportar-me els seus neguits i per deixar-li una mica de la meva energia intacta. Ella es deixa fer, jo pateixo per si li faig mal. Ens abracem i parlem. L’últim cop que ens vam trobar no tenia massa bones notícies i se’ns va fer una mica petitet el cor, perquè la por de vegades s’escapa de la gàbia.

Vinga, penso, no en tinguem de por, perquè ens faria perdre massa el temps. No penso plorar.

—Què puc fer per tu?

—Res! T’estimo molt.

—Jo també t’estimo molt.

De totes les coses que jo puc fer per ella, la que sé fer millor és escriure. Escriure-li. I llavors, ella em dona les gràcies. I encara que li expliqui que no, que soc jo qui li ha de dir gràcies, ella no ho acaba d’entendre, perquè no sap el bé que em fa que sigui la meva amiga.

 


lunes, 20 de octubre de 2025

¿Qué estamos haciendo mal?


Periódicamente aparece en la prensa algún caso que estremece a la opinión pública. Un chico o chica, apenas un crío, se quita la vida porque se siente incapaz de seguir aguantando la presión de sus acosadores. No es nuevo, qué va. Recuerdo con claridad como un día empecé a meterme con una chica de mi clase, porque sí. Estaba ya en secundaria, aquel BUP de entonces. Maduré, por suerte, y un día ella me recordó que me había portado mal con ella y, aunque le pedí perdón, nunca pude remediar el mal que entonces le causé. No fue mucho, la verdad, la llamaba tonta con una cancioncilla totalmente estúpida y de forma absolutamente inmerecida. En ese momento no tenía ni idea del mal que causé, pero ahí estaba.

Cuando fui consciente de la posibilidad de que mis hijos fuesen acosados y yo no me enterarse, escribí Magdalenas con problemas (Proteus 2012) para poner sobre la mesa que tras una víctima existen uno o varios acosadores que probablemente no sean conscientes de lo que están haciendo. Y probablemente un entorno que mira hacia otro lado porque mojarse por el otro supone un esfuerzo. El libro ayuda a aprender a detectar y a prevenir y, muchas veces, a resolver.

El libro acabó descatalogado y durante mucho tiempo algunos padres desesperados me pedían si me había quedado algún ejemplar, así que decidí reeditarlo de forma independiente. Desde entonces he dado charlas sobre acoso escolar partiendo de la lectura del libro en algunas escuelas. 

A principio de curso mandé un dosier con la información de la charla sobre el bullying a todas las escuelas de primaria de la zona donde resido, tanto públicas como privadas. De las más de 60 escuelas, sólo una me ha respondido, para decirme que su situación es tan crítica —es un barrio muy conflictivo del centro de la ciudad —que no tienen presupuesto para ello. Y os puedo asegurar que el precio es razonabilísimo (charla de dos horas gratuita con la compra de libros con descuento). Los otros colegios nada. Ni siquiera el acuse de recibo de la información, un “tenemos que valorarlo”.


La semana pasada en una de estas localidades se suicidó una niña de 14 años. No salió en la tele, como la de Sevilla, pero imagino la impotencia de esos padres. Y yo me pregunto, como siempre, si las escuelas podrían hacer más. Me da muchísimo pudor hacer un post ahora, porque puede parecer oportunista, pero me da rabia tener una herramienta realmente útil, porque la información es prevención, y que todos miren hacia otro lado.

No sé si la lectura de la novela serviría para abrir los ojos a futuros acosadores acerca de cómo se sienten sus víctimas, quiero pensar que sí. Este es mi grano de arena para hacer prevención. Me queda claro que los adultos estamos haciendo algo muy mal con este problema social cronificado, habría que saber qué, para poner remedio. 

Propuesta taller

sábado, 9 de agosto de 2025

Cantabria y la lluvia

De una mesa repleta en que los ejemplares eran más de lo mismo, elegí este libro porque hablaba de la Cantabria que adoro y en la que he pasado algunas vacaciones. Tengo ganas de poder volver pronto a la casa de mi querida Angélica en Muñorodero, 

Además de mi propia nostalgia, tras leer la sinopsis me pareció muy interesante para una lectura de verano, prácticamente mágica, rayando la leyenda, pensaba. Y en la primera cata, me encandilaron los diminutivos en -uco, el registro literal, la oralidad.

Sin embargo, debo admitir que leer Calabobos me resultó francamente incómodo, porque todo el texto es así, plagado de localismos, de diálogos ásperos, de expresiones mal construidas (“la mi pobre”) y de “cagos”. Y, sin embargo, como aquella tierra verde de cielo gris y mar, de playas que desaparecen de vacas y bañeras en los prados, Calabobos te atrapa y te enamora. Con cierta resignación tienes que comprender que sus protagonistas no podrían hablar de otra forma, porque lo que sucede es demasiado grande. Porque yo, razón pura, apostaría que son ciertas las habladurías que afirman que Mariuca nació de un mejillón. 

La forma de escribir de Luis Mario, a caballo entre la fábula y el caos, plagada de repeticiones, de historias negras y trágicas, de personajes oscuros, te empapa, como la lluvia incesante que termina por embarrarte el alma. Mientras la lees no es posible ver el sol, todo está teñido de un gris marrón del que sólo quieres huir.

Y lejos de ahuyentarte, quieres más, quieres saber, quieres encontrar a Mariuca, quieres seguir volviendo a la cuna del mundo que es Cantabria. 

¿Es esta una lectura para todos los públicos? Ni de lejos. No es una novela fácil de leer, no es ni siquiera un lugar acogedor en el que descansar tu mente cansada. Pero si eres valiente y te atreves con cualquier tipo de escritura, mi recomendación es que te tires de cabeza y te sumerjas en las peligrosas aguas en las que sólo se atreven agarrarse los percebes que es este libro. 

"

Desde aquí yo sé que a Mariuca la gusta mirar al mar también por la noche. Por las noches, desde aquí, si tienes suerte, se puede ver, sobre el horizonte del mar alguna estrella si s’habría caído, alguna que s’haya estrellao sobre la superficie del mar y quede flotando. Eso la contaba yo a Mariuca, que son las estrellas que llevan muchos deseos de la gente y que pesan mucho y que por eso se caen y s’estrellan y sobre la mar pueden tardar una noche entera en apagarse. Se lo conté a Mariuca de bien criuca y desde entonces ella me pidió siempre ir hasta’l acantilao de noche, me daba con sus puñucos en las costillas haciendo mañucas hasta que yo me giraba y la decía que esa noche no, que iríamos a la noche siguiente. Y luego ya de mayor sé que entonces ella s’escapa sola, cuando mi madre y el Viejo duermen, s’escapa y se tumba entre las uñas de gato, hasta que ve alguna estrella sobre la mar y entonces ya se vuelve. Cuando la cuento la historia a Mariuca, cuando se la contaba, bien sabía yo que esas estrellas eran pesqueros, barcos en alta mar que encendían sus focos pa ver lo que arrastraban en sus redes pero ahora ya no sé, que hay dios, qué va a saber ya uno de lo que es verdá y lo que no…"

domingo, 6 de abril de 2025

La vida a grandes cucharadas

Me hubiera cambiado por ti mil veces en el colegio. Aspiraba a tener tu carisma, tu verbo y tu desparpajo, incluso tu pelo. Me habría gustado que las profesoras se dirigieran a mí como lo hacían contigo. Claro, te conocían desde hacía años, fuiste de las primeras alumnas en vestir el uniforme granate y yo acababa de llegar. Yo, en cambio, pertenecía a ese grupúsculo social, un poco paria, de las "nuevas" o las "de pueblo", que llegábamos para cursar BUP y eso, entre otras cosas, resultaba una barrera infranqueable para aspirar siquiera a ser amiga tuya. No lo digo como un reproche, era lo que había, y ya. 

En aquel tiempo no era consciente de eso, ni era una obsesión ni nada parecido, pero si lo pienso, me doy cuenta de que me habría gustado ser tú y tener el afecto de todas las demás. Todo el mundo te quería y te respetaba, eras, como buena Leo, la reina de nuestra selva. Nada desea más el ser humano, que tener el aprecio de los de su entorno. Como ser tú no era posible, me habría conformado con ser tu amiga, porque tú eres de las amigas que se dan, que están y que permanecen. 

No, no fuimos amigas, éramos únicamente compañeras, y no recuerdo que nos lleváramos mal. Al contrario, todas las veces que coincidimos después del colegio nos hemos estudiado con cierta sorpresa, nuestros ojos se han mirado con cierta sinergia que no he sabido describir y que me ha hecho lamentar que las circunstancias y esos mundos nuestros tan lejanos nos impidieran ser amigas.

Han pasado mil años y yo ya he aprendido a quererme y a ser yo, y a no necesitar ser otra persona, pero sigo sintiendo por ti esa admiración secreta, heredada de aquel tiempo de la adolescencia en la que la vida se movía bajo mis pies como una charca de arenas movedizas. 

Quiso el azar que nos cruzáramos el otro día. Salías de la librería, acababas de comprar mi último libro. Me emocionó mucho saber que habías leído mi novela... Que alguien dedique su tiempo a leer algo que tu escribes es indescriptible, ya me lo dirás. Ayer yo me leí tu historia, tu vida. Sí, es vida. Así se llama tu libro. 

Lo primero que te voy a contar de la vida de escritora que acabas de estrenar es que cuando uno escribe algo, las palabras dejan de pertenecerte y pasan a ser propiedad de quien las lea. Así que, ya que las palabras de tu libro son ahora mías, voy a decirte algunas cosas. 

La primera, es que ahora te admiro más que entonces todavía. Qué mujerón eres, Bea. Qué valiente ¡qué enorme has sido! No creo que te des cuenta... Yo sé de lo que hablo porque mi trabajo como enfermera es hablar con gente enferma. Y la enfermedad o la circunstancia que te ha tocado es dura de narices. Y tú lo has superado con matrícula de honor.

Qué suerte tuviste de tener una madre como la tuya. Que la tuviste poco tiempo, sí. Pero ella te cedió el sitio para que tú fueses grande por ti misma. Ella no pudo completar su camino, es una injusticia, porque a ti te hacía mucha falta, pero para que tú alcanzaras la luz que tienes ahora, debía ser necesario que lo hicieras sin ella. Tenías que brillar y te ha tocado hacerlo dándonos lecciones a las demás, que nos pensamos que la vida es fácil. 

Y ese hombre, ese que con tan buen criterio supiste que era tu mitad cuando eras una cría, ese... Qué grande, también. Os merecéis el uno al otro. 

Y por último, respecto a este libro. Sé que necesitabas romper la presa de todo lo que has ido guardando en tu ser desde que tu madre murió, has soltado toda la hiel y el dolor y la tristeza. Ahora te has limpiado. Me vas a permitir un acto de honestidad que creo que te ayudará mucho más que cualquier peloteo, tú también serías sincera conmigo (eso, eso es lo que tú y yo tenemos en común, que vamos de frente y a bocajarro). Este libro tiene mucho hígado y poco temple. Escribes muy bien, te animo a que vuelvas a escribir, y cuando lo hagas, dedica a cada idea el tiempo necesario. Sé que cuando una ha estado a punto de morir se come la vida a grandes cucharadas, por si acaso. Pero no te vas a morir. Tómate tu tiempo para leer, para reescribir, para expresar cada concepto, rasgándonos el corazón como has hecho con el tuyo en este libro. Antes de publicarlo busca un corrector de estilo, alguien que no te conozca mucho y que pase la tijera sin piedad, te hará ser mejor escritora. Porque tú tienes una contadora de historias dentro de ti, no lo dudes ni un momento. Yo me ofrezco a ser tu lectora cero y, si quieres, tu amiga. Ahora que nos hemos leído estamos mucho más cerca. Y me hace MUY feliz tener un cameo en tu libro. ¿Sigues llevando el piercing que te hice? Yo me dejé tapar los tres que llevaba en la época en la que me tocó pasar a menudo por el hospital, cada vez que pasaba por un quirófano era un palo tener que quitarme todos los abalorios y terminé por simplificar.

Vivamos, Bea, nos lo merecemos. Te abrazo.


domingo, 16 de febrero de 2025

Un saco de palabras

Hace algunos días cayó en mis manos un libro de poesías que escribí en el año 2000, encuadernado en espiral. No lo busquen, fue una edición limitadísima, tres ejemplares, solo. 
Entre sus páginas se escondía, en un folio suelto, un texto mío de 1990, manuscrito con una perfecta letra inmaculada, minúscula, delicada. Escrito, sin duda, con pauta, todas las líneas perfectamente alineadas. 


Le adivino a la autora, aquella yo de mis diecisiete años, un mundo interior intenso, un conocimiento profundo de la vida, a pesar de la juventud, y el amor por las palabras y por su significado. Jugaba con ellas, las medía, las regalaba. Eran lo mejor que tenía. Y mi letra de entonces, tan bonita... redonda, ordenada. Y con toda la inseguridad que yo era dibujada en los diminutos palitos de las eles, las tes, las bes y las des. Mis letras apenas se levantaban, por no molestar, por no ser vistas. Creo que no estaba segura de escribir bien, pero lo que tenía claro era que yo estaba hecha para ello. 
Hablaba de silencio y de música, de soledad y de pasión. Hablaba, por hablar, porque en el fondo no soy más que un saco de palabras. 
Me gustaría poder contarle a aquella niña, (no, a la niña no, a la mujer que ya era), que la vida le salió bien, que seguimos escribiendo, que el silencio se fue, que llegó el amor (apenas un mes después de aquello) y que los libros se hicieron verdad, con nuestro nombre escrito en la portada. 
La ditada Ana Bergua

Esta semana he publicado La ditada, esta vez en catalán, y en prosa poética. Aunque es un libro corto, cuenta la vida abierta en canal. No es apto para cualquiera, no es un menú del día, es un plato degustación, no lo recomiendo para quienes tienen prisa. 

Si me permiten que les sea sincera, he hecho lo que me ha dado la gana con las palabras, porque me pertenecen. Son mías, hasta que caen sobre el papel y entonces pasan a ser propiedad de quien las lee. 
Me temo que no va a ser posible traducirlo, así que tendrán que conformarse con esta edición. Si saben catalán, me atrevo a sugerirles que lo lean en voz alta, como si recitaran poesía y entonces, es posible que encuentren entre sus páginas sus propias infancias, las manos de sus abuelos, el sabor de su primer beso y la mirada de sus hijos cuando los conocieron por primera vez. 

Respecto a aquel primer libro de poesías que escribí y que se titulaba Desde cer0, tiene, para mi gusto, algunas poesías bastante buenas, otras muy cursis, casi infantiles, un poco Gloria Fuertes, pero en cobarde. Tal vez algún día me atreva a publicarlo, quién sabe. 


viernes, 20 de septiembre de 2024

Cuando te toca

En la Nochebuena de 2010, recién publicado La abuela necesita besitos, Paloma Torres nos regaló este artículo, la crítica literaria más emocionante que recibiré jamás, en el suplemento cultural de ABC. Por lo que decía sobre nuestro cuento, se intuía el peso del Alzheimer sobre alguien cercano a ella, eso me pareció entonces.

Yo lo había escrito desde la memoria inventada de alguien que ha estudiado, como enfermera, cómo es la enfermedad, de alguien que imaginaba cuánto le costaría explicar a sus hijos por qué su abuelita ya no sostiene la cuchara, no sabe atarse los zapatos, no se acuerda de que su hija es su hija, si eso pasara.

He reeditado el libro porque, lejos de desaparecer, la enfermedad se ha convertido en la plaga más tremenda de nuestra generación. A diferencia de otras enfermedades horribles que hemos conseguido amarrar con medicinas, esta sigue siendo sentencia de muerte, mueres, porque dejas de ser de lo que fuiste. En cuanto se presenta, te diriges a un punto de no retorno que terminará por desahuciar toda tu vida.

El Alzheimer es una enfermedad triste. No te duele nada, no a ti. Dueles a los demás. Se lleva lo que fuiste a zarpazos. Tiñe de niebla el fondo de tus retinas y barre los estantes de tu memoria dejando un páramo en tu memoria.

Cuando te toca vivirla de cerca, que te acabará tocando, puedes necesitar el abrazo de este libro.

Mando un abrazo a todos los que vivís el Alzheimer de cerca. Y, por supuesto, también un besito para vuestros familiares enfermos.

#diainternacionaldelalzheimer #21deseptiembre #diadelalzheimer #laabuelanecesitabesitos

Gràcies Carme Sala, com sempre.

la abuela necesita besitos

domingo, 7 de julio de 2024

Ansiedades y ñus.

      Imagen de aqui
Los seres humanos tenemos agazapado en nuestro interior un mamífero huidizo, pongamos un ñu, cuyos propósitos básicos —como los de cualquier ser vivo— son conservar la vida y perpetuar la especie. Ahí tendríamos que estar, rumiando hierba y echándoles miraditas a los ñus del sexo que toque. Pero el mundo es un lugar hostil.


Para ayudar a nuestra supervivencia se nos dotó de un instinto que activa todos los mecanismos necesarios para salir corriendo cuando somos atacados, digamos que por un oso —ya sé que ñus y osos no conviven, pero ustedes ya me entienden—. La cosa funciona así. Cuando vemos que algo que remotamente se parezca a un ser que se nos quiere comer, salimos corriendo. Para eso, el corazón late, se acelera la respiración, se tensan los músculos, se dota de glucosa a la sangre, se detiene la digestión, se constriñen los vasos sanguíneos.  

 

Pero no somos ñus sino hombres, y cuando sentimos que algo nos agrede nos tenemos que quedar. Cuando vamos al trabajo y nos ponemos nerviosos porque no damos abasto, queremos salir corriendo, pero el humano que nos gobierna nos recuerda que tenemos que pagar la hipoteca. Cuando nos metemos en un metro lleno de personas están invadiendo nuestro espacio vital y, quién sabe, podrían ser potenciales agresores, nos recordamos que no pasa nada, que son ñus como nosotros y que van a su campo de hierba a pacer. Y nos quedamos.

 

Y así vamos acumulando tensiones y estrés. En algunas ocasiones nuestro cerebro se hace un lío y se prepara para salir huyendo… de ningún oso. Así se genera un ataque de ansiedad.

 

Cuando uno aprende a identificar los síntomas puede tratar de calmar al ñu haciéndole ver que todo está en orden, que lo que nos había parecido un oso no era más que una sombra imaginaria, que buscaremos soluciones para los problemas o que el oso no está ahí. Podemos ayudar a ralentizar la respiración, podemos refugiarnos en nuestro lugar seguro y esperar a que amaine.

No siempre funciona, pero esa actitud de tratar de calmar, en efecto, ayuda.

 

Lo que está pasando ahora me ha llevado a una reflexión. Desde la pandemia nos hemos vuelto una manada de ñus. En cuanto vemos a alguien moverse, salimos despavoridos ante un peligro que no existe y salimos en estampida, una estampida que arrastra con todo lo demás y que nos lleva a ponernos en peligro.

Por mi trabajo, hablo a diario con varias personas que afirman tener ansiedad. Oiga, como yo. Como todo hijo de vecino. Me pongo nerviosa si llego tarde al trabajo, si mi hijo viaja de madrugada o si a alguien de mi familia le llega una enfermedad grave. Se me disparan todos los mecanismos que me preparan para actuar y proteger mi vida y la de mi prole, porque soy una ñu estoy diseñada para ello. Pero tengo que seguir adelante. De hecho, la función de la ansiedad es tenernos en vilo para que no nos atropellen los osos, o los coches.

 

Los casos de ansiedad que justificarían una incapacidad laboral se pueden contar con los dedos de una mano y, sin embargo, algunas de las personas con las que hablo en mi trabajo están de baja porque se han enfrentado con un jefe, o con un compañero o porque tienen una sobrecarga de trabajo. Eso no es una crisis de ansiedad, eso es la vida. De hecho, es mucho más práctico recuperar la serenidad que nos ayude a tomar buenas decisiones que quedarse mordiéndose las uñas. 

Una crisis de ansiedad incapacitante es algo mucho más grave que eso.

 

En 2017 durante un programa de televisión con una audiencia de 2,6 millones de espectadores, un chaval de 20 años sufría en pleno directo y en prime time una crisis de ansiedad. No la vimos, claro, la magia de la tele, pero ahí estaba. Era el mismo Alfred García, el novio de España que nos llevó a Eurovisión aquel año. Ante la gran curiosidad del público (¿dónde estaba Alfred? ¿por qué se ausentó durante la gala?), un par de días después y con una valentía y una templanza admirables, se plantó ante la pantalla para contar que había sufrido una crisis de ansiedad que llevaba años en tratamiento, que incluía la terapia psicológica y el consejo que le había hecho salir a flote: "aunque te cueste la p...vida, hazlo".  Aprovecho esta ventana para demostrarle mi admiración por su música y por ese valor que tira de él hacia arriba.

Era curiosamente también el tiempo de la moda de los carteles que rezaban “Keep calm and…” Manten la calma, eso es.

 

Hace siete años no se hablaba de ansiedad en la calle. Por supuesto la ansiedad existía, como ahora, pero no estaba de moda. Ahora está tan de actualidad que la industria del cine ha dirigido al público infantil una película que habla de ella. La he visto y me ha parecido muy buena. Al estilo de Érase una vez el cuerpo humano, explica a los chavales cómo se genera la ansiedad y, lo más importante, cómo se combate. En Inside out 2, La joven Riley cuando se siente desbordada cierra los ojos y para su mente controlando su respiración. Llora y se apoya en su entorno. Claro que la vida le cambia, y no será la misma, pero sale adelante, aunque le cuesta un esfuerzo. Fin de la ansiedad. 


Por supuesto, mi máxima comprensión y deseos de recuperación a quienes no pueden llegar a controlarla, a quienes realmente esa ansiedad les incapacita para las actividades de la vida diaria. Pero el resto de nosotros, tenemos que dejar de ser ñus y retomar el control sobre nuestro animalito agazapado. Nuestro humano debe retomar el dominio. 

 

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Por favor,

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