© de la imagen La meva maleta

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domingo, 26 de abril de 2015

El boli azul



Debió empezar como un juego. Se te cayó el boli al suelo y alguien lo hizo correr con una patadita hasta que desapareció de tu alcance y de tu vista. La profesora, quién sabe si harta ya de bromas de adolescentes,  te ordenó que te sentaras y tú te apañaste con un cacharro que soltaba tinta a ratos para terminar la clase.

Perdiste por siempre el bolígrafo por no desobedecer a la maestra, y por falta de picardía no le pediste el boli a la chica que hizo que tú perdieras el tuyo. El boli... El que tú te habías comprado con tu dinerito con tu paga para caprichos, en lugar de pedírmelo a mí. ¡Ah, amigo! Eso te dolió más aún, era TU boli, nuevo de hacía dos días.

Te pedí que la próxima vez te enfrentaras a la situación con agallas. Si tú considerabas que la profesora debería haber resuelto el problema de otra forma, deberías haberle planteado la cuestión de forma educada. Está bien la resiliencia, pero no dejes que abusen de ti.  Porque al final, resulta que a los que son buena gente que nunca se quejan de nada, todos le pueden hacer de todo. Y los que son unos bichos, para que no se reboten, a esos no les toca nadie. 

Porque no es la primera vez. Te bajaron tres puntos de un trabajo en el que tenías un merecido 10 porque alguien te rompió la estructura de madera. Y los autores del estropicio quedaron impunes. En cambio, te culparon a ti por no cuidar tu material, en eso estuve de acuerdo. Pero no proporcionan taquillas ni armarios suficientes a los alumnos. Ni siquiera las aulas se encuentran cerradas fuera de las horas de clase. Era difícil que tú pudieras hacerlo, aun así, aceptamos y aprendimos.

Yo voy a apoyarte de forma incondicional si tú te defiendes con inteligencia y sensatez. Porque creo que en la escuela uno no debe de aprender sólo matemáticas y ciencia. La forma de enseñar a los niños conceptos como la justicia, la lealtad, la honestidad, la ecuanimidad y el respeto es poniéndolos en práctica. 

Además, sé que sabes hacerlo. Lo demostraste el otro día. Me dijiste que te habían pedido  aprender de memoria un himno para cantarlo, y te contaron una patraña politizada sobre su origen. Por esa razón te negabas a cantar. Te dije que era tu decisión, que íbamos a apoyarte escogieras lo que escogieras. Sin embargo, si tú tomas el himno sin la cuestión política, te expliqué, no pondrás en riesgo tus notas (y no te lo dije, pero pensé también que evitabas enemistarte con la profesora). Estoy de acuerdo hagas lo que hagas, te aseguré. Porque sabía que no me fallarías. 

Sacaste la nota más alta de la clase, a pesar de la maestra, que sospechaba de tu intención por razones que no vienen al caso. La dejaste con la boca abierta. Y me dejaste muy clarito que sabes donde pisas. Me dijiste que te sentías orgulloso de lo que habias hecho, porque si el himno que hubieran pedido aprender fuera el del "equipo contrario" vamos a decirlo así, habrían habido pitos y abucheos. En cambio tú les habías dado en toda la boca callándoles con tu nota. 

Tu compañera de clase te debe un boli nuevo, no tengas miedo de exigírselo. Yo te apoyo. Soy tu fan n#1.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Una luz encendida


Nochebuena en el castillo. En la mesa, una vela encendida por cada uno de los que echamos de menos anoche, muchas luces prendidas entre nosotros. Una por ti, querida hermana de vida. Estoy segura de que al final lograste mantener el tipo viendo la ilusión en los ojitos brillantes de tus niños, aunque te retiraras un momento a ahogar una lágrima cuando ellos no podían verte.
Quién sabe si será el último año en que mi pequeño guisante (ya no tan pequeño) crea en la Magia, o el primero en que tu hijo abra ya los regalos sabiendo de quién vienen. 
Ayer, mi otro niño, el príncipe, se nos hizo grande, probó el ponche por primera vez, comprendió por qué a los mayores a veces nos nubla la mirada en estas fechas. 
Y al final, todo fue sorprendentemente sencillo. Ellos disfrutaron, a nosotras se nos hizo corto. Cuando apagué la luz de la cocina, con todo recogido, pensé que mereció la pena, que el nacimiento del Niño Dios genera una fuerza especial, una Luz. Tal vez la suma de muchas velas encendidas en muchas mesas, como,la tuya y la mía. Un beso, hermana. Feliz Navidad, Blanche.



lunes, 17 de noviembre de 2014

Para mi colección

Guardaré tu llamada de hoy en mi carpeta de relatos de amor.
Te enfadabas conmigo cuando te manifestaba mis dudas razonadas sobre tu matrimonio.
Lo cierto es que no lo veía nada claro porque cuando te rompías por él , yo me dolía contigo.
Sin embargo, a pesar de las pocas esperanzas que guardaba de que pudieras curar tus heridas, me alegra comprobar que el aire, la luz y el amor han curtido vuestras cicatrices.
Mis dudas han sido grandes, lo admito. 
Hoy me postro ante tu tesón, tus ganas de amarle a pesar de todo, y siempre, siempre, querida amiga, te repetiré aquello de que mereces ser amada.
Y creo que por fin te lo has creído, ahora sí. 



Cuando me has contado el reencuentro de vuestros cuerpos, he vencido mi pudor y he entrado de puntillas en vuestro cuarto. Os he visto, estrenando de nuevo vuestras pieles, volviendo a aprender el sabor del otro, llenando vuestras almohadas de promesas que esta vez sí debéis cumplir y se me ha llenado el corazón de vuestro purito deseo. 

Amainó la tormenta, desde esta orilla se refleja la luna sobre la mar salada... Quién sabe hasta qué puerto llegará vuestro barco. 

Nunca me supo tan bien equivocarme.



miércoles, 10 de septiembre de 2014

Me ahogo

imagen de aquí

Cada vez que trato de entrar a contar algo, una gran bocanada de agua me llena la boca, la nariz, las orejas, se introduce a través de mi pelo y de los poros de mi piel dentro de mi alma, de mi mente. 

Paso las páginas de este blog como aquellos cuentos en los que las figuras están dibujadas de forma consecutiva y la imagen se vuelve acción. Así, leo las cosas que me han pasado durante cuatro años y medio, y os encuentro, acompañándome día tras día, post tras post, y entonces comprendo que me debo a alguien, al que me lee. Abro la boca y una gran masa de agua me atraganta una vez más. 

Veo el blog con su aspecto nuevecito, con su princesa preciosa, y entonces me recuerdo a mí misma que tengo que contar algo. Y entonces me siento leída, estudiada, conocida, desnuda, y no puedo afrontar el aire seco y punzante, no quiero, no me puedo permitir ser transparente como agua porque siempre hay alguien dispuesto a utilizarte, a lastimarte, a perjudicarte, a darte algo que no quieres porque sabes que tarde o temprano te pasará su factura. 

En otras batallas virtuales, en las que se discute sobre todo aquello que sea discutible, por mero deporte. Izquierdas y derechas, tetas y biberones, malas madres (¿?) contra apegadas, pro-animales que defienden que hay que tratar a los animales como personas y a las personas que las zurzan. Los Podemos contra todos, yo contra Podemos, y al final, lo de siempre, se apagan las luces de neón y quedamos los cuatro de pueblo levantándonos a las seis y media para seguir con el mazo dando. Y tú, yo, quiero decir, agotada por haber defendido la causa con la que crees. Creías. Bueno, ni sabes.

Libros (buenos, sé que son buenos) escritos por mí se me pudren en los cajones y en la autoestima porque en el fondo de mi ser me niego a creer que jamás se verán publicados. 

Me pregunto si alguna vez volveré a ser lo que era, o si me crecerán algas en las puntas de los dedos de las manos y quedaré atrapada en el fondo del mar. Quizá, si salgo, me convierta en una estatua de sal. Así que permaneceré rodeada del silencio, que al menos, no me ahoga. O sí. Maldita sea. 



martes, 25 de marzo de 2014

De energía


Me sorprendes por la enorme fragilidad que encierra ese verbo rápido y elegante en el que te envuelves. Sin embargo, a pesar de tu admirable capacidad de autogestionar tu vida, tu forma de contactar con los demás, tu magnetismo, tu poder, llega él y te rompe en mil pedazos de un soplido.

Te quebranta, y no te das cuenta, porque se introduce en las más diminutas fisuras de tu alma y, como agua que se hiela, rompe la piedra más dura. Porque no te dice que no te quiere, sino lo contrario. Con esa suavidad logra llegar a lo más profundo de tu ser; y allí siembra su indiferencia y te fractura, de la forma más dolorosa y terrible.

Por eso te insisto tanto en que interpongas una distancia entre vosotros, para que no pueda herirte más. Así, rota, no puedes ver con claridad. Si cruzaras a este lado, lo verías nítido y cristalino.

Parece una simple cuestión de energía. Bien sabes que la energía no se crea de la nada. Digamos que tu fuente de energía sería esa fractura del alma que él te ha causado ya –dices que sin querer, y yo te creo-. Al principio no era más que dolor, tristeza, un sufrimiento profundo e inconsolable que te bloqueaba. Ahora esa energía es rabia, fuerza incontrolada que, lejos de servir para nada, te desgasta y te deja el corazón en carne viva, que, sin querer, hiere al pobre que pasa por allí (un hijo, un buen amigo).

¿Imaginas poder transformar toda esa energía en luz, en movimiento, en impulso? Tal vez en lugar de quedarte firme, de pie, esperando a que él vuelva o cambie –y no cambiará porque no admite ser el problema- deberías dejar que la energía fluya a través de ti y se transforme. Debes hacerte porosa a aquellos que de verdad quieren, queremos lo mejor para ti; relájate y disfruta del vaivén suave, como quien se mece en un columpio. Ninguna sensación se puede comparar a la brisa que se enreda en el pelo cuando vuelas impulsado por alguien que sólo quiere verte feliz. Venga, sube, ahora doy yo.



Foto de aquí

domingo, 2 de marzo de 2014

Pasos firmes



Así de feliz estabas cuando diste tus primeros pasos. Estabas feliz porque eras libre, porque tú ya podías caminar solo. 

Hoy hemos visto la escuela a la que vas a ir a cursar la secundaria. Vas a cambiar de compañeros, de maestros, de estilo de estudio, incluso de ciudad. Vas a tomar todos los días el transporte hacia tu destino, tendrás que afrontar la soledad, exámenes, planes de estudios que van más allá, comerás fuera de casa, abandonando el privilegio de comer todos los días con tu familia del que has disfrutado doce años.

Escuchábamos a tus nuevos profesores, y tú estabas muy contento, porque vas a dar tus primeros pasos en tu vida. Todo te ha gustado mucho, un montón de promesas por estrenar, tanto que aprender, tanta vida por delante. 


Yo te miro y me siento feliz y aliviada. Ya, ya sé que te espera una lucha titánica, pero yo sé que tú serás valiente, mi niño. Sigues teniendo la mirada de la luna en el negro oscuro de tus ojos, a pesar del vértigo de mirar hacia abajo desde el nido. 

Venga, que sabrás volar, lo sé. Sólo tienes que recordar quién eres. 

viernes, 21 de febrero de 2014

Empieza a ser verdad

Para los incrédulos que se acomodan en la oscuridad.
Para todos aquellos que creen que nada saldrá bien.
Para los que lloraron o siguen haciéndolo.
Para quienes no tuvieron la caricia reciente del amor.
Para los hartos de frío y lluvia


Está a la vuelta de la esquina.
Id desempolvando vuestra mejor sonrisa, abrillantad los escarpines de rubíes y empezad a andar por el sendero de losas amarillas.
Yo voy delante, para desbrozar el camino para vosotros.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Puñetazo en la mesa

Siempre le resultó más cómodo que otros decidieran por él, no tanto por pereza como por no buscar un enfrentamiento. 
Nunca dijo que su boca era suya porque temió que los demás le confirmaran que había elegido mal, o que no había sido capaz, o que había luchado en vano. 
Y lo único que los demás podían echarle en cara es que nunca se atreviera a dar un puñetazo en la mesa. 
A lo mejor creía de veras que a nadie, más que a él, le cuesta tomar decisiones, pero tras cada uno de los aciertos de una persona existe un rosario de caminos equivocados, de puertas que se cerraron sin haberse asomado lo suficiente, de fracasos superados.  
Le faltó valor para pararle los pies a ella. Y cometerá el mismo error, de nuevo, por lo mismo: exceso de amor. Tal vez ahora sí, haría bien en dar ese golpe de timón y empezar a gobernar su vida. 
Haber fallado no sirve para justificar un ataque de ira o hundirse en el desánimo, sino para aprender cuál ha sido el error y empezar a construir de nuevo. Y se empieza por abajo, comprendiendo cuáles son los cimientos, y eso implica valor. Ahora sí, no le queda otra. 

lunes, 13 de enero de 2014

Como un dejà vu

Como siempre tengo la sensación de que leo poco, porque siempre me quedo con ganas de leer más, hoy he hecho una lista de los libros que leí el año pasado. Así he tropezado con el recuerdo de uno de mis favoritos, no sólo de este año sino de toda mi vida El abanico de seda, de Lisa See, que me prestó mi madre, ávida lectora. 

La historia de este libro es trágica y bella a partes iguales, trata de las mujeres con pies de loto de la China de otros tiempos. 

Imagen de aquí

A las niñas, cuyo destino deseable era casarlas bien, las mutilaban, dejándolas prácticamente inválidas, convirtiendo sus pies en unos muñones deformes y delicados a los que llamaban lotos dorados. De esta manera les resultaba bastante difícil escapar de los hombres con quienes las casaban siendo apenas unas niñas, lo cual las hacía deseables y sumisas. 

En nuestro tiempo, cuando nos parece inconcebible semejante clase de maltrato y desprecio a la condición humana, se me ocurren otras formas de tortura, si no parecidas, primas hermanas. Hoy somos esclavas de una talla, de unos cánones estéticos imposibles, de una posición social determinada, de una carrera, un máster, maquillajes y botox y tintes que nos atan igualmente los pies. 

Esto se me acaba de ocurrir, en realidad, a medida que escribía lo de que nos parece inconcebible el maltrato y bla bla bla. El Dejà vu con este libro me vino ayer, cuando hablaba con Gema Lendoiro de algo que me parece muy curioso. Me anticipo a pedir a las defensoras a ultranza del Porteo y otras virtuosas autodenominadas Criadoras con apego, que bajen sus hachas. No es nada personal, no tengo nada en contra de su filosofía, siempre y cuando no me la impongan a mí. Vaya eso por delante. Permítanme apoderarme de su apego, que es exactamente el mismito con el que yo crié a mis hijos, a pesar de que ellos aprendieron a dormirse solos y en sus camas (no se atrevan ni siquiera a insinuar que yo les quiero menos sólo por ello).

Observo con preocupación a algunas de estas madres, que, aferradas a la convicción (¡que no cuestiono en absoluto!) de que los niños están mucho mejor en contacto con la piel de su madre, recorren distancias infames a través de la ciudad correosa con sus niños a cuesta.

La imagen, en las mujeres de América del Sur, de África, asiáticas, me parecía igual de sacrificada, a pesar de la belleza estética con que lo pintó aquí mi amiga Carme Sala.



Pero, fuera de ese ambiente rural, pobre, en el que estas madres tienen que cargar con sus criaturas porque no les queda otro remedio, no puedo evitar recordar los pasitos minúsculos que daban Lirio Blanco y Flor de Nieve en aquella época en la que el valor de una mujer se medía por lo doblegada que estaba al arbitrio de los demás. Me pregunto cómo nos verían las mujeres sin recursos retrocediendo cincuenta o setenta años en la historia, volviendo a cargar nuestros hijos sobre las espaldas. Y no me vengan con lo de que los padres también portean. No me refiero a eso. 

Yo defiendo a ultranza el valor de la mujer en sí, sin tener que ser abogada, maestra, médico o modelo para ser grande. Porque la mujer tiene el poder de la vida en sus credenciales, y la mejor cuidadora de su familia es, sin ninguna clase de duda, la mujer. Pero no es necesario que volvamos a la "pata quebrada" para justificar que lo que realmente nos realiza como personas es ser mujeres. Yo soy la primera que se siente estafada con el timo de la estampita de la liberación femenina. Pero no es necesario retroceder hasta perder la libertad. Eso es otra cosa. 



lunes, 28 de octubre de 2013

La pregunta que te he hecho



Me hace ilusión que hayas empezado esa relación. Te mereces sentirte amada, después de todo lo que te pasó. Nunca me libraré de esa sensación de angustia por no haberme enterado de lo que te pasó cuando aquel inmaduro te dejó de aquella forma. En fin. No, no puedo cambiar el pasado, y me guardaré mucho de interferir en tu futuro. Así que me gusta saber cómo te vas abriendo a él, me emociona ver cómo te libras de esas barreras de gata escaldada. Bien, lo haces muy bien. Has logrado alguien que te quiere y respeta, que quiere y comprende a tu hija, que es bueno para ambas.

Así que observo con avidez el nacimiento de vuestra historia, desde la comodidad y la rutina y toda mi experiencia de 22 años de monotonía, y te hago la pregunta que a estas alturas me parece básica: ¿te llena?

Y has dicho que sí.

Y yo he medido el tiempo que tus ojos han tardado en encontrar la respuesta.

Volveré a preguntarte. Esta vez no pienso fallarte.

lunes, 5 de agosto de 2013

Por fuera... y tras la fachada.



Estoy acostumbrada a mirar debajo. Lo hago de forma inconsciente, sin más intención que saciar esa curiosidad que me produce el ser humano en todas sus dimensiones. En las circunstancias que rodearon esa comida nuestra, con tantos niños gritando y con esos pobres cuatro maridos sufridores, fue más difícil, pero lo hice igual.

Supongo que mi chicaespejo se dio cuenta, ella es también analítica y está acostumbrada a hacer radiografías del alma tanto com yo. En fin, bastante tenía ella con explicar ante los ojos de las que llevaba tantísimos años sin ver, una historia suavizada de esa vida que ha dejado tantas huellas en su piel, y que la convierte en el ser precioso que es.

A ratos se palpaba el "¿Y ahora de qué hablamos?" entre las más tímidas. A ella, la más reservada, la vi demasiado delgada, tanto que me preocupó, aunque no se lo dije. Su criatura de mofletes mordibles y mirada curiosa me cautivó por su autonomía, por esa belleza de los bebés que todavía lo son. No pude, no supe rascar en las fisuras de esa coraza, ha pasado demasiado tiempo para recuperar la confianza que pudimos haber tenido en el pasado. Y lo cierto es que nunca fui buena en lo que a relaciones sociales se refiere, a mí se me dan mejor las distancias cortas y la paciencia. Me manejo mal en grupos, así que esa adolescencia que compartí con vosotras fue... bastante convulsa (como todas, claro).

De hecho, no fue en aquel tiempo cuando conocí mejor a la más sonriente y sorprendida del grupo. Fueron los tiempos de compartir universidad y luego los encuentros que nos han ido poniendo al día de lo que somos cada una. Yo no sé si tú me ves cambiada a mí, después de tantos años, pero tú sigues siendo tú. Todas te reconocimos tal cual eres, así que nos resultó fácil ubicarnos contigo.

En cambio, con la que terminó encontrando el local me costó mucho más, porque la conocí menos en aquel entrañable BUP que compartimos. La recuerdo inteligente y dulce, y así volví a percibirla, y no entiendo por qué, de forma involuntaria, levanté un muro invisible ante ella para resguardarme tras él. Supongo que si pudiésemos haber hablado desde más cerca, quiero decir, desde ese lugar íntimo en el que yo me siento más cómoda...

Pero aún así no reniego de nuestro encuentro en grupo. Lo cierto es que ellas, las gemelas revoltosas que tuvieron la deferencia de venir desde Madrid para reunir a nuestro grupo de cuarentonas, lo hicieron todo fácil. Ellas siguen siendo como siempre, casi. Casi, casi, la niña azul, sigue siendo observadora y perspicaz, sigue siendo la que tiene los pies en el suelo, la que es el norte de la de rojo. No, a ti no te he reconocido, porque no te había visto nunca sufrir y ahora se intuyen cientos de lágrimas encerradas en la trastienda de tus ojos cristalinos. No quise que me contaras nada ante tanta gente, pero lamento profundamente no tenerte más cerca para arrancarte cada una de tus espinas y besar tus heridas frente a un café dulce y largo.

A sus "ellos" no pude conocerles apenas, y a sus hijos, poco. Los niños suelen ser la manifestación clínica, el síntoma, de lo que nos sucede a los padres. Me quedé con ganas de sentarme también un poquito en la mesa de los chavales, que, siendo niños y revoltosos, aguantaron más que bien.

No deberían pasar tantos años sin vernos, pero pasará demasiado tiempo, por más que digamos que tenemos que repetir. Porque nos da pánico a todas que salga de nuestro interior la niña insegura que se esconde tras el maquillaje y nuestro aspecto de madurita bien conservada. ¿Lo veis? con lo mal que se me da hablar cuando os tengo a todas delante, y lo mucho que me fijé en todas vosotras. Gracias por haber hecho el esfuerzo, gracias por haber tenido la idea, gracias por haber reservado el local perfecto, gracias por la magnífica sobremesa, gracias, gracias.

jueves, 25 de julio de 2013

A mi querida fauna del AVE

Desde el año pasado me he convertido en pasajera frecuente del tren de Alta Velocidad, aunque mi destino jamás ha sido en tierras gallegas. 

Esta mañana mi primer pensamiento (y mi primera conversación) ha viajado con las personas que volverían a subir a un AVE. He pensado en sus miradas perdidas, en los saludos tristes a los empleados de RENFE, en los nudos en las gargantas al conocer la noticia, el número alto, altísimo de fallecidos.

Imagen de AQUÍ

He recordado con angustia todas las veces que he deseado que el maquinista apretara el botón para correr más los días que llegábamos con retraso. He visualizado mentalmente los ojos de las personas a las que he observado con codicia para escribir algo de ellas en el blog. He imaginado a mis compañeros de viaje habituales sentados en esos vagones, incluso he tenido la osadía de valorar cuáles serían para nosotros los vagones más seguros y he pensado que siempre nos sentamos bastante cerca, así que de haber sufrido un accidente como ese, habríamos volado todos por los aires. 

Y me he acordado del personal amable y sencillo que atiende a diario esos trenes. En su mayoría personas jóvenes con jornadas laborales duras, que tienen una sonrisa y un gesto de ayuda para todo el mundo, que nos permiten, a los que repetimos, hacer alguna que otra trampa para llegar a tiempo a nuestros propios puestos de trabajo. 

No conozco los nombres de todos vosotros, los de mis mañanas de buenosdías ojerosos y los de mis mediodías con demasiadas ganas de volver a casa. Pero os he visto trabajar helados de frío en una estación diseñada pensando más en trenes que en personas, e incluso a alguna aguantar en su puesto con lágrimas en los ojos por una lumbalgia. Os dejo aquí mi abrazo y mi recuerdo para esos compañeros vuestros que han perdido sus vidas y para los que hayan sobrevivido que tendrán que afrontar su futuro después de un trago tan amargo. 


viernes, 26 de abril de 2013

Su valor

Me ha costado mucho encontrar la serenidad que necesitaba para poder contaros lo que me pasó el día del libro. No estoy segura de tener un vocabulario de sentimientos suficiente, pero trataré de compartirlo con vosotros.

Una escuela de primaria de una población de la provincia de Barcelona me pide una colaboración para explicar a niños de quinto y sexto mi libro Magdalenas con problemas. Decido con las tutoras que vamos a hacer una sesión en la que las preguntas de los alumnos me servirán para profundizar en el tema del acoso escolar. Pero, advierto, no soy más que madre, enfemera, dietista, escritora, si me apuran, incluso bloguera, pero no soy psicóloga ni experta en el tema, más allá de la documentación que utilicé para escribir el libro.

En cuanto llegué a la escuela me avisan, los de quinto, de ambas líneas, eran... bueno, moviditos. Así lo comprendí cuando oí su trote desbocado por las escaleras. A pesar de ello, se sentaron respetuosos y saludaron con cortesía generosa al entrar en la biblioteca.

Me parecieron todos deliciosos, me recordaban a mi hijo mayor, que es de su edad. Les estudié en su infancia que ya parecía dura, aún sin saber nada de ellos. Intuición de gato escaldado, supongo.

Empecé presentándome, como madre, como enfermera, como escritora. Sobre todo, madre. La madre angustiada por aquella manía de los chicos que no cuentan los problemas que les surgen en su recién estrenada libertad y con su mínima experiencia en el caminar por la vida. Defino acoso escolar distinguiéndolo de enfrentamiento entre dos iguales y empiezo a responder a sus preguntas. Muy interesantes.

Que si pienso que a muchos niños les pasa lo que a Pablo. Sí, por eso escribo el libro, para ayudar. 



Que si es una experiencia personal. No pero podría.

Que por qué se llaman hienas... ¿Acaso en la selva existe un animal más despreciable? Veo de reojo a una profesora asintiendo con la cabeza.

A medida que avanza el interrogatorio se van caldeando los ánimos y empiezan a nacer reproches y quejas de víctimas, surgen dedos acusadores y los culpables -el juicio exprés de profesores y compañeros me dice que lo son- disparan las alarmas en mi interior, las que me dicen que el dolor y el miedo están ahí, al acecho.

Es el momento de pasar a la acción y decido meter el dedo en la llaga: pido a todos que cierren los ojos y miren hacia adentro. No saben ni siquiera a qué me refiero, un ganso me pone unos grimosos ojos en blanco y me aguanto las ganas de darle una colleja.

- Quiero que tratéis de recordar si en algún momento algún compañero os ha hecho sentir mal, os ha causado angustia, bien por violencia, insultos, rechazo,

Observo sus rostros, la mayoría parece hacer la introspección que le pido. Otros se despistan, otros ríen por lo bajinis. Los de la fila de atrás. Esos son el objeto de la segunda parte del ejercicio que les pido.
- Ahora quiero que cada un de vosotros haga un ejercicio de sinceridad y piense si cree que ha hecho sentir mal a alguien por lo que ha dicho o hecho.

Se cambian las tornas, los que antes se reían por lo bajinis ahora se dividen en dos grupos: los arrepentidos y los que se sienten orgullosos, los de la fila de atrás de nuevo.

A pesar de mi advertencia sobre mi falta de formación, las maestras se agarran con fuerza al clavo ardiendo de mi presencia y me piden soluciones para combatirles. Bien, aprovechamos el carácter carroñero y miserable y tracemos la línea: Tú, ¿qué quieres ser, hiena o un chico normal? El acoso suele acabar cuando los espectadores dejan de ponerse de perfil o del lado de los malos y defienden a la víctima.

Cuando ya parece todo en calma, se me ocurre ofrecer a todos la posibilidad de exponer a sus compañeros lo que les plazca. Un chico se levanta. No entiendo nada. Quiero decir, estaba hablando de los que se autoacusan de haber causado mal, pero él no me cuadra en el perfil imaginario que yo me hago sobre ellos. 

Me fijo en su pelo rubio, en sus ojos azules, en sus mofletes que inmediatamente imagino mordisqueados por una madre apasionada como yo. Y él empieza a hablar. Me siento medio mareada, entre la emoción, el rato que llevo hablando seguido, la tensión que se ha acumulado en la sala. Tensión. Se siente el palpitar de sus corazones en sus gargantas, lo juro.

Y ese chico junto a mí, articulando la serie de palabras más dolorosa que una madre, aunque no sea la suya, puede imaginar. Cuenta que una vez hizo algo, cursaba segundo:

- Desde entonces, me molestaban todos los días, y se reían de mi. Me hacían sentir tan mal, que yo pensé incluso en cambiar de colegio...

El relato nos estaba dejando a todos los presentes un surco de compasión por aquel niño tan valiente y que tantísimo dolor había sufrido. Y no había terminado de contarnos, lo supe cuando su rostro enrojeció de sufrimiento, se llenaron sus ojos de lágrimas, y con ellos, los míos, los de las maestras, los de otros niños. 

- ...incluso pensé en suicidarme. 

Me rompí con el en mil pedazos. Por un instante, ese hijo de una madre a la que no conocía se convirtió en el mío y lloré con él, porque nada más podía ofrecerle que mi regazo. 

Tratamos de reponernos para continuar, pero una grieta se había abierto bajo nuestros pies. Los acosadores fueron despojados de inmunidad, se les invitó a ser valientes como había sido su compañero (¡¡cuánto teníamos que aprender todos de él!!) y a hablar a todos de cómo creían que se sentían los demás al sufrir sus constantes agresiones.

Lo cierto es que algunos de ellos parecían niños enfermos de un mal difícil de curar: la falta de caridad, de compasión, de amor, de compañerismo, de empatía.

Agradezco a esa escuela que contara conmigo y auguro a esas maestras un final de curso apoteósico. Creo que van a poder presenciar cómo muchos de esos potrillos atemorizados van a convertirse en auténticos pura sangre. Porque la casta a la que pertenecen, lo es. Los que están predestinados a ser caballos salvajes tendrán que ser aislados del resto, quién sabe si la vida les dará un rival más fuerte que ellos y perezcan arrollados por la fuerza del mal, el mismo que ellos un día causaron.

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