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miércoles, 16 de febrero de 2022

Obligaciones y lastres

 A cuento con la entrada anterior, tener, mejor dicho, mantener un blog diario es muy sacrificado. Ocupa gran parte de tu tiempo pensar en algo que contar. Se reprograma tu mente para estar alerta a imágenes con que ilustrarlo, curiosidades, anécdotas y filtros. No hablar de política, de intimidades inconfesables, de proyectos demasiado inmaduros para dejar de ser secretos, de temas tabú. Para desnudar el alma, pero con recato. 

Y entonces llega un momento en que deja de ser divertido. Pasa de ser una mera obligación (de ti contigo misma y von tus lectores) a ser un lastre. Como en muchas otras cosas en la vida. Esto he aprendido, me quedo con las obligaciones adquiridas de forma voluntaria y suelto los lastres que me ahogan en el fondo de mi mar. A veces el lastre tiene forma de madre o de suegra o de empresa o de trabajo y uno tiene que andar braceando y pataleando para mantenerse a flote. De eso no puedes desprenderte. Lo que no tiene sentido es cavarse su propia tumba, cargarse de pequeñas ataduras que terminan por impedir tu vuelo.

Y lo cierto es que las peores ataduras nos las ponemos nosotros mismos. La ilusión de tantas visitas al blog, de tantos seguidores en instagram, de recibir comentarios alentadores, de ver ascender la curva de las estadísticas, la drogablanda de la popularidad en redes. Decir algo ocurrente o incluso escribir algo realmente bueno y releerlo mil veces hasta memorizarlo, porque te hace sentir bien. 

He puesto como ejemplo este blog, pero me sirve para todo lo demás. Me he propuesto hacer limpieza de lastres, incluso con lo que más me cueste, precisamente con lo que más me cueste. Deberíamos hacer todos limpieza de recuerdos, de personas, de todo aquello que no nos aporte nada y que nos ate sin necesidad y empezar a vivir de nuevo (y a buscarnos otros lastres nuevos, que en el fondo, la cabra siempre tira al monte).

Vamos a soltar lastres y a volar



miércoles, 9 de febrero de 2022

Querida princesa,

Esta mañana he enlazado un artículo de este blog en Twitter, quería explicar un recuerdo. Me he dado cuenta de que mi memoria de los años de la infancia de nuestros hijos están escritos aquí, a modo de bitácora. Me ha sido muy útil encontrarnos, leernos, reconocernos. A ti y a mí. Mi alter ego y yo. Tú, hecha delicadeza, ingenio, creatividad. Yo, mucho menos refinada, agazapada tras tus palabras, cual guisante bajo un montón de colchones, insegura e introvertida. Nuestra fuente principal de inspiración, nuestros hijos, crecieron lo suficiente como para que no les gustara que invadiésemos su intimidad. Ya no nos sentíamos cómodas. Por eso nos fuimos. No queríamos ser leídas por ciertas personas, volvimos al caparazón. Te maté, princesa.

Hoy me he dado cuenta de que es tremendamente injusto porque en realidad te debo mucho. Te debo nada menos que mi memoria, haber conocido a personas muy especiales y haber reencontrado a otras. Te preguntarás qué fue de ellas. Algunas de las asiduas se me escaparon como arena entre los dedos. Ya sabes, la vida. Otras me decepcionaron. Otras siguen ahí, siendo mi mayor sostén cuando hemos naufragado. Son imprescindibles y te las debo a ti.

Querrás saber qué ha sido de nosotras. Cuando escribí por última vez acabábamos de cumplir 42 años y descubrimos que habíamos dejado de ser jóvenes, así que colgamos los patines que acabábamos de comprar con tanta ilusión y nos pusimos un poco serias. El intento de dedicarnos a la nutrición no salió tan bien como esperábamos. En el fondo, la dietética nos gusta pero nos aburre mucho. Fueron los tiempos del Facebook. Querer agradar, esperar el agua de mayo de los Likes, ser fuente de inspiración es agotador. Poner tu confianza en manos de alguien y sentir la traición. Encontrar amigos y perderlos. Y eso también nos cansó, nos agotó.

Pero nunca se nos ha dado bien quedarnos quietas, así que seguimos haciendo cositas, jugando a las mamás, siendo las amantes esposas de nuestro hombre bueno, escribiendo, cosiendo, y liándonos a la más mínima, como con la tienda online de broches que también fracasó ¡Dichosa hiperactividad! Mucho trabajo y éxito, a ratitos, más bien poco.

Ahora somos huérfanas de abuelos y también de padre, que se fue tras dos años de lucha contra el maldito cangrejo. Cuando se muere tu padre ya no eres la misma persona. Tu mano busca agarrarse a la de alguien cuando viene una ola grande y ya no hay nada allí. Vienen los problemas feos, preparar un funeral, decir las palabras que curan cuando tú estás sujetándote las paredes del corazón con tiritas de papel, notarios y cosas de mayores que, como el cáncer, hasta este momento siempre les pasaban a los demás. 

Uf, y la pandemia. Eso no te lo voy contar porque no quiero que me robe ni un segundo más de paz. Si te interesa lee los periódicos. 

No obstante, debes saber que lo esencial sigue intacto. Nuestra familia, Señor Madurito y los chicos, que ya no son niños. Madurito y yo hemos cumplido 31 años juntos, con un amor limpio y sólido y hemos creado una familia que trata de ser hogar para quienes nos rodean. El mayor ha aprobado tres semestres de su ingeniería y el pequeño acabará este la ESO con una señora matrícula de honor ganada a pulso con su trabajo. Estamos muy orgullosas porque todo lo que pasó aquí cuando no eran más que unos niños que me daban un montón de trabajo sirvió de algo. Ellos me han devuelto con creces todo lo que les di entonces. Son buenas personas, se quieren infinito, nos respetan y vemos en ellos un futuro prometedor. 

No puedo prometerte un regreso al cien por cien, pero me doy cuenta que algún día querré saber cómo me sentía cuando tenía 48 años, mis hijos seguían en casa y yo tenía proyectos e ilusiones que nunca acaban de llegar. 

Este es un tiempo de crisis, como cuando empecé el blog en 2009. Llegué para deshacer nudos, como los que ahora me ahogan un poquito. Espero poder deshacerlos escribiéndolos, contigo. Hola, Princesa del Guisante. 



sábado, 7 de marzo de 2015

Carta al político que va a venir a pedir mi voto

Tiene gracia que usted venga a mi puerta a entregarme su currículum para que yo le ayude a mejorar su puesto de trabajo. 
Un curriculum interesante, por cierto, con una formación -si la tiene- que nada tiene que ver con el cargo que usted ocupa o que muchas veces se comprueba que está generosamente magnificado (nadie conoce a alguno de ustedes en las facultades de las que dicen proceder). 

Su experiencia laboral hasta la fecha ha consistido, básicamente, en mantener su puesto de trabajo: tener buena labia y don de gentes, sin perder de vista a su contrincante, a la vez que amigo, que lo único que quiere -como usted mismo- es quedarse con esa codiciada silla del poder  y, sobre todo, con la llave de los dineros de todos nosotros. Como los señores feudales, ustedes nos tienen al pueblo llano para producir y con nuestro diezmo (¡quién lo pillara!) vivir como eso, como señores. Coches de lujo, casas en selectas urbanizaciones, tiendas de la calle Serrano, servicio, colegios exclusivos para sus hijos, en fin, no digo que no se lo merezcan ustedes más que otras profesiones como los médicos, los maestros, pero no deja de avergonzarme la falta de pudor con la que aprenden a manejarse en las altas esferas. 

De hecho, me sorprende que pongan para nosotros, gente preparada y formada, esos sueldos tan modestos y que en cambio, los suyos dan para ese tren de vida de élite. Porque yo quiero entender que si usted viene a pedirme que le vote mirándome a los ojos, que no ha inflado esa nómina ya espléndida con dietas, para redondear, que jamás se habrá aprovechado de su cargo para enriquecerse de forma fraudulenta, que no ha empleado a su pariente inútil antes que a un tipo con buenas notas en la universidad.

Lo que usted ofrece a su futuro empleador -yo- son promesas. Me imagino a mí misma acudiendo a un departamento de recursos humanos con el aval de lo buenas que son las promesas que yo les haga. 

Pero no puedo compararme con usted. Usted no cumplirá la mayoría de esas promesas, es imposible, no son ustedes Dios. Mi profesora de lengua me decía que el futuro no se promete, se asegura. Una promesa es algo muy serio, es un compromiso. No puedo prometer el futuro porque puedo morirme dentro de una hora. 

A pesar de no cumplir con sus promesas, en el caso de que ganara las elecciones, su despido sería un poco de risa, perdería el cargo, es decir, la posibilidad de decidir qué hacer con el dinero del pueblo, pero no su propio estatus social. Usted seguirá siendo rico. 

Voy a darle un poco de esa realidad que usted no conoce, y conste que yo me considero una privilegiada. 

Mis padres fueron autónomos. Con esfuerzo y sacrificio y muchas horas de sufrimiento para hacer frente a las terribles cargas impositivas con las que ustedes viven a todo trapo, crearon empresas para ganarse el pan, crearon empleos para algunas familias más, trataron de garantizarse una jubilación digna -¡ja!-y nos dieron aquello que para ellos tenía más valor, la formación académica. 

Yo estudié y saqué muy buenas notas. Dos carreras, de las de antes. Mientras estudiaba la segunda, empecé a trabajar. Durante los primeros años sólo conseguí un trabajo de media jornada, luego un contrato de interinidad. Con él llevo ya 16 años. Siempre con la amenaza de que no tengo nada asegurado, que tengo poco contenido y trabajando en dos provincias a la vez. Tengo un sueldo medianito, y dando gracias todos los días por no perderlo. A pesar de todo, busco desesperadamente una forma de ganarme la vida que no suponga estar todos los días en la cuerda floja, pero vivir en una provincia pequeña ofrece pocas opciones laborales, las editoriales no se interesan por libros de no famosos y para vender las creaciones que coso necesitaría tener tiempo para coserlas.

Mi marido es autónomo. Tiene que tener una salud de hierro, puesto que no puede estar de baja y atender a su empresa a la vez. De lo que él gana, ¡la mitad! Es para ustedes, bueno, para que ustedes lo repartan y lo inviertan en esos grandes proyectos (aeropuertos fantasma incluidos).

Tengo un hijo en la ESO al que trato de motivar para que estudie mucho, no voy a poder legarle más, en mi periplo por la vida, me quedan unos 20 años para terminar de pagar la casa en la que vivimos. No resulta fácil para mi. Me avergüenza abocarle a esta vida de sacrificio y trabajo para que otros, como usted, se lo lleven crudo. Quizá debira proponerle que se apunte al casting del reality show de turno. O mandarle de aprendiz este verano a la sede de algún partido político. 

No, eso no podrá ser, ustedes no tienen los valores que yo quiero inculcarles a mis hijos. 




jueves, 9 de octubre de 2014

A esa madre

No sabría decir cómo, cuándo, aquel niño travieso empezó a destruir el proyecto de vida que se esperaba para él. Nada que no soñemos todos para nuestros hijos, estudios, trabajo decente, pareja, familia, comidas de Navidad, un piso arregladito.
No, ella no supo del primer porro, que  llevó al segundo, la primera raya, que le llevó a mentir, el dinero, eso sí se notó. La ropa que compraba y desaparecía.
Y la mirada perdida.
Esa madre supo. Y no pudo creer, no quería creer, y se decía, no puede ser, si él es bueno, si mi niño, el que yo tuve en mis entrañas, el que acariciaba mi pelo entre sus dedos, 
Y como entonces pensó que había sido culpa suya, de ella y de su marido, trató de ayudarle, y le compraba la ropa, le limpiaba el apartamento de vez en cuando, pensaba que se resolvería, a pesar del pánico que le apretaba las sienes y la desvelaba de forma perenne.
Pero no contaba con el daño irreversible en el cerebro de su niño bueno, que empezó a ser un niño bueno enfermo. Y seguía habiendo demasiado polvo, demasiadas cervezas. E hizo daño a otros y tuvo que dejar el coche, y no  se podía pagar lo que se debió, y rompió con todo y con todos, excepto con los malos. 
Y ella ya no sabía dónde acudir, rezaba por que no perdiera ese buen trabajo que su niño bueno había conseguido (ella hizo de él un buen estudiante, a pesar de todo, ese mérito sí fue suyo). 
Y a día cinco del mes ya no le quedaba sueldo. Esa madre se desesperaba, no quería creer lo que en realidad sabía a ciencia cierta, lo supo cuando él se vendió todo, incluso los zapatos que le compró, que no pierda el trabajo. 
 Pienso en esta madre que no sabe dónde encontrar a su hijo, que ya no tiene ni móvil, que no sabe dónde duerme, que tiembla cuando suena el teléfono o ve un coche de la policía cerca de casa.  

Y me pongo en la piel de esta madre, y no puedo ni imaginar la mirada de cristal en el rostro de uno de mis niños buenos. 

No puedo quitar el dolor de esa madre de mi garganta. 

domingo, 10 de agosto de 2014

Espectadora

No todos los momentos vividos te tienen como protagonista absoluto. En determinadas ocasiones, uno deja de ser protagonista, ejecutor, actor en su propia vida y se convierte en espectador. Las decisiones no son propias, sino de los demás, a pesar de que te atañen con rigor. Y te ves comprando cosas que no te gustan tanto, postergando actividades que realmente te apetecerían y quisieras estar con gente que no está.

Y vas acumulando resignaciones, porque no queda otra. Porque ellos crecen, porque los afectos de los demás no dependen de ti, porque hay cosas que son inevitables. Y porque muchas veces, tú mismo has colocado en el escenario todos los ingredientes que terminan por apartarte de él, y entonces hay que sentarse en el patio de butacas y aguardar al desarrollo de la función, esperando, al menos, que no sea un drama, sino una comedia ligera.

Y no hay programa de mano.


domingo, 9 de febrero de 2014

Señora,

Esa es la forma en que debiera dirigirme a ti, pero yo voy a permitirme la licencia de tutearte.  Es bien notorio que nosotros, los Guisante, no tenemos el abolengo de la dinastía a la que perteneces, pero, al fin y al cabo, este es mi castillo. 

Tenéis, tu familia y tú, a todo el mundo revolucionado como consecuencia de cómo manejáis vuestras economías.  Fíjate, mi padre, el rey, como el tuyo, a veces ha hecho cosas que tal vez no pertenecieran a su regia condición. Sin embargo, yo, que he sido educada en una familia como Dios manda, nunca he dado un ruido para honrar el trabajo que ellos han hecho para que yo sea una mujer de bien. 

Yo no entiendo de números, ni de facturas, ni nada. Pero sé con quién me casé. Mi señor esposo es un hombre bueno y trabajador. Un padre excelente. Nos amamos, qué quieres que te diga. Y una gran parte de este amor se sustenta en no tratar de ser quienes no podemos ser y de no vivir por encima de nuestras posibilidades. Si hoy él viniera a casa con la escritura de una mansión bajo el brazo, lo primero que le preguntaría es cómo pensaba pagar la hipoteca. 

¿Sabes una cosa? Cuando era niña, soy algunos años más joven que tú, me miraba secretamente en ti, en tu porte elegante, en tu discreción. Cuando yo estaba en el colegio tú eras universitaria. No sabes cuánto me alegré de que tu hermana y tú rompieseis de una vez con el concepto de consorte inauguradora y os procuraseis un futuro en el mercado laboral. Fue un guiño que vinieses a vivir tan cerca de mi castillo, te tenía por una ciudadana moderna y libre. Aunque hubiera dado mi reino entero por optar a un puesto de trabajo tan cómodo y bien remunerado como el tuyo, me conformé con conseguir una plaza que quince años después todavía no tengo asegurada. 

Tú, como yo esperaba poder hacer también, te casaste con un plebeyo, por amor. Y qué decirte de la envidia sana que me suscitaron esos cuatro niños, ¡y esa muñequita que la naturaleza me ha negado con tozudez!

Y hoy, en cambio, me avergüenza pertenecer a la realeza y no sólo porque tú hayas sido tan deshonesta como para haber metido la mano en el bolsillo de los españoles para vivir a todo trapo, sino por algo mucho más sutil y que no he oído decir en todos estos días. 

Fíjate, qué matiz, que hilo tan fino has sido capaz de romper. Con tu actitud deshonrosa has anulado de un manotazo el esfuerzo titánico de toda una generación de mujeres que con sacrificio, horas extra, jornadas laborales dobles, reivindicaciones para ocupar el lugar en la historia que nos corresponde, has encarnado la figura de la mujer sumisa, abnegada y estúpida que no entiende nada de lo que su marido hace con el dinero, has fingido que tú no sabías qué hacía él (quiero pensar que sólo estabas interpretando el papel, que no eres tonta, en realidad), porque, como le pasaba a las mujeres en tiempo de mi abuela, él era el que tenía la llave de la caja en que se guardaban los dineros. 

Ten en cuenta que para salir del pozo al que nos has devuelto con tu soberbia, muchas mujeres han recibido la violencia física y psicológica, se han oído llamar marimachos y marimandonas, se han tenido   que dividir entre su familia y su trabajo, han tenido que luchar, por ti y por mí, para que los sueldos que nos dan cuando salimos de casa, se parezcan. 

No es sólo por que hayas robado dinero, que me pareces despreciable, nos has robado la dignidad. 

Hoy  Gema Lendoiro ha escrito esta maravilla de post, en la que se hablaba, precisamente, de esto de lo que te estoy hablando. Cuando lea lo que acabo de escribir, te detestará tanto, como lo hago yo, estoy convencida. 


domingo, 5 de enero de 2014

Corrala 2.0.

Parece ser que en esta, nuestra España profunda, el papel que los balcones de las corralas tradicionales tenían en el entretenimiento de la gente, lo ha asumido internet. 

¿No os habéis enterado? Una conocidísima periodista emparejada con un todavía más conocido futbolista ha dado a luz en un portal de internet en una archiconocida clínica del Madriz de las corralas.

Por esa razón, los mentideros virtuales se han creído con derecho a valorar la oportunidad del método por el que esa afortunada criatura (¡mi reino entero por esos genes!) ha llegado a este mundo, a saber, una cesárea. 

Dada la profesión del padre, y sus oportunas fechas de vacaciones, se ha dado por supuesto, por supuestísimo, que el nasciturus fue arrancado antes de tiempo, de forma programada, de las entrañas de su madre, por un equipo médico que, de forma totalmente inconsciente y por cochino dinero (no lo digo yo, conste, sino los expertos en el tema que han salido como setas estos días en la red) y con el método cafre de abrir el vientre con un cuchillo cebollero.

Exagero, sí, pero os prometo que he leído barbaridades de semejante tamaño desde que nació el niño Martín, nombre que, desde ya, va a ser el más puesto para varoncitos nacidos en la España cañí.

Si se abre en este blog el debate de si cesáreas excesivas, o convenientes, o la necesidad de que se respeten los partos o de las bañeras para dar a luz, borraré automáticamente los comentarios. Por favor, os lo suplico, necesito una terapia de choque desde que lo leí. 

¿Que por qué escribo este post entonces? Porque si algo me llama la curiosidad es la forma en que nos relacionamos en todos los ámbitos de la vida, tanto real como virtual. Uno se pone a hablar, pongamos de que ha pasado una noche de perros porque el niño tiene tos. Al minuto, se abre un debate con la interlocutora, en la que durante un tiempo comprendido entre diez minutos (si cambias de tema) o cinco horas (si tienes ganas de discutir), cada una de las dos partes defenderá su postura sin escuchar a la otra.  Una postulará en pro del colecho y la otra del método Estevill (HE NOMBRADO A HERODES, ya veréis como tengo que borrar comentarios, apuesto medio Roscón). Ninguna de las dos cambiará su método y ninguna de las dos entenderá cómo la otra madre puede estar tan desquiciada como para aplicar su sistema. Y continuará con una infinitud de terapias para paliar la tos, que pasará desde el jarabe, al supositorio Pilka, a la cebolla en la mesilla y al Vicksvaporup en la planta de los pies (sí, funcionan, todas ellas, a alguien, en algún momento. Me imagino cuan desesperada estaba la madre que le puso el vicks a su hijo en el pie, y su cara de pasmo cuando vio que le funcionó)

Así sucede en Internet, hasta el infinito y más allá, con TODOS los temas que tengan que ver con la crianza, el colecho, la alimentación, el porteo/cochecito,  el aborto, los sistemas educativos, y podría seguir un buen rato nombrándolos.

En este blog nunca he defendido otra postura que no sea la que sea válida para cada cual. Nadie debería de dar explicaciones de por qué toma sus decisiones con sus hijos. Señoras (sí, esto sólo pasa con mujeres), son ustedes aquellas suegras de antes, que no se callaban ni debajo del agua, todo el día metiendo la nariz en el puchero de sus nueras… Se debería tratar de compartir experiencias, y no de juzgarlas, cuestionarlas, criticarlas y mucho menos, de crucificar y tratar con desprecio a los que, valoradas todas las opciones, decidimos la que vamos a elegir. Y si nos equivocamos, lo hacemos nosotros con NUESTROS hijos, así que bastante tendremos con cargar con ello como para ver sus miradas despectivas. 

Qué a gustico me he quedado.

jueves, 19 de diciembre de 2013

No le veo la gracia.

Acabo de recibir un chistecillo de esos que corren por Whatsapp



Vaya por delante que admiro profundamente la Profesión de Maestro. Valoro muchísimo el trabajo de quienes enseñan a mis hijos y su dedicación a sus necesidades especiales y a sus personas en general. Y ya sabéis que pertenezco a una familia en la que esta profesión es mayoritaria. 

Sin embargo, los firmantes, Los Maestros, que se encargan de hacer circular sin pudor esta notificación, no creo que merezcan el título que ostentan. Para empezar, está claro que ellos mismos desprecian su trabajo si consideran que sus alumnos hacen lo mismo en su casa que en la escuela. Los niños para ellos, son mercancía de la que "hacerse cargo". Punto. Mireusted, ni hablar. Ya me gustaría a mí disponer de sus diecinueve días seguidos de vacaciones de Navidad para hacerme cargo, con todas las consecuencias, de mis hijos e intentar que no pierdan el ritmo de trabajo y estudio que tantísimo nos ha costado adquirir desde el último puente hasta ahora. Perdón, no, hasta ahora, no, que ya llevamos varios días preparando la víspera de las vacaciones que en nuestro caso es mañana, y no ha habido clases normales desde ni me acuerdo.  No podré hacerlo, mi colectivo, a diferencia del suyo, no dispone de sus jornadas laborales ni de sus períodos de merecidísimas vacaciones.

Por ello, en lugar de "hacerme cargo" "sin contar con el apoyo docente", tendré que hacer que Benditos Abuelos se "hagan cargo", porque soy afortunada y los tengo. Porque gran parte de mis conocidos tienen que hacer encaje de bolillos con sus horarios y sus sueldos para buscar alternativas. Ya, ya, haberme hecho maestra, y haberme sacado una oposición. Me sé de memoria todas las coletillas con las que adornan sus exabruptos.

No nos hacen ustedes ningún favor por tener en la escuela a nuestros hijos, porque su función es tratar que ellos desarrollen al máximo sus capacidades, darles los conocimientos que ellos van a necesitar para ser personas adultas aptas para desempeñar un puesto de trabajo de calidad. Créame, las cinco horas al día, 175 días al año, que tienen mis hijos colegio no alcanzan mi jornada laboral, así que "colocar" a los niños en la escuela no tiene esa finalidad, al contrario de lo que a usted pueda parecerle. 

Mi necesidad de dejarles en la escuela no es porque yo tenga el vicio de trabajar once meses al año cuarenta horas semanales, sino porque creo que ese es el lugar donde mis hijos tienen que ir para aprender. 

Es más, si tuviera la desgracia de estar en el paro, o la suerte de no necesitar trabajar para ganarme el pan que me como, también pensaría que el lugar más adecuado para mis hijos es la escuela para aprender. Bien, si usted, el Maestro firmante está en ella, mejor no, mejor que se queden en casa dando mal, que es lo mejor de la infancia.

Me avergüenza que su colectivo sea tan indigno y que a su vez tenga el poder porque tiene de rehenes a nuestros hijos. Y los gobiernos, a quienes conviene una generación de ignorantes que no sepan pensar para poder pensar por ellos, se ponen de perfil y menean la cabeza cuando todos los informes revelan la realidad de que las criaturas españolas son las que están peor preparadas.


lunes, 16 de diciembre de 2013

Sin conexión

Un cambio de compañía telefónica me ha dejado prácticamente desconectada por unos días. Vuelvo con las manos llenas de palabras que parecen no atreverse a asomar después de tantos días de silencio. Tantos, como la niebla que ha envuelto en humedad y frío el lugar en que vivo y que nos ha dado apenas un respiro hoy, no me he podido resistir a tomar una foto del cielo.



Es antipático nuestro clima. Eso hablaba con una señora hace algunos días. La niebla nos vuelve huraños, nos recluye en nuestros hogares y enmudece las risas de los niños. La semana pasada el suelo llegó a estar completamente mojado, como si hubiera llovido, tanto, que las maestras de mis hijos optaron por no dejarles salir al patio dos días.
La buena mujer, algo mayor, me comentaba que ella tenía que huir todos los inviernos a su hogar en la montaña, en busca de un frío más seco que el de aquí.  Y sonrió cuando le dije que el clima del "Pla de Lleida" era tan inhóspito como sus habitantes. No, no se puede generalizar, pero es cierto que en esta lugar cuesta mucho traspasar el umbral de un hogar ajeno y sentirse como uno más. Las gentes de aquí hemos aprendido a aprovechar las oportunidades, como los escasos rayos de sol que nos corresponden en invierno y que únicamente se van del todo azuzadas por el cierzo que llega malhumorándonos a todos en febrero. Un horror, vamos. De hecho, a los dirigentes romanos a quienes se quería castigar lo destinaban aquí, y no me extraña nada. 

En fin, vuelvo. No creo que pueda comentar en vuestros blogs, aunque procuraré leeros. Dicen que volverá a estar cubierto de niebla mañana. No hay mal que cien años dure, pero algunos males se hacen bien pesados 

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Antropometría

Una parte importante de mi actividad laboral consiste en realizar reconocimientos médicos. Es un trabajo que no me gusta. Nada. Lo realizo de forma muy profesional, con la mejor atención hacia la persona que tengo delante, porque entiendo que, para ella, ese es un día importante. Pero cuando has tomado doce tensiones y has medido todo lo medible, y escuchado doscientas veces en un mes la misma línea del optotipo C N F M O H Z T R, terminas por detestar tu trabajo.


(He tenido que eliminar la imagen porque me llegaban comentarios spam sobre productos para perder peso!)

Dentro de esa rutina tan organizada (analítica, tensión, peso y talla, espirometría, audiometría, control visión y electrocardiograma si procede) suelo practicar un juego que consiste en calcular la edad de la persona que tengo delante de mis ojos. Me equivoco mucho. En lo que no fallo demasiado es en el cálculo del peso. Antes de que suban a la báscula pongo la pesa en el valor que creo que les corresponde, y suelo tener buen tino. Lo sé es un juego absurdo, pero me ayuda a mantener mi cabeza entretenida. Esto no se parece a la enfermería que a mí me gustaría practicar. 

Sé que en éstos tiempos es una temeridad querer introducir cambios en ejercicios tan rutinarios como la antropometría a la que me estoy refiriendo. Pero si me dejaran decidir a mí, valoraría el estado físico de los trabajadores desde otros criterios menos objetivables, por ejemplo, un cuestionario emocional.

Me explico. A menudo, al terminar de tomarle la tensión a alguien e infomarle de que se encuentra dentro de los límites normales, me pregunta "¿Pero está descompensada, no?". Otros, en cambio, tratan de quitarle importancia a algún problema real de salud porque no pueden permitirse el lujo de estar enfermos y no trabajar. Siempre son los mismos los que llegan tarde a la cita, te cambian cincuenta veces la hora o, simplemente no acuden. Los mismos, siempre, los que se disculpan por no haber podido venir recién duchados, y siempre, los mismos, los que llevan la camisa sucia desde hace, al menos tres días. 

Sólo si pudiésemos escuchar cinco o diez minutos lo que nos dicen sus palabras, el lenguaje no verbal, nos daríamos cuenta de cómo se encuentra en realidad la persona que tenemos delante y cual es su verdadero estado de salud. Claro, que eso no cambiaría la realidad de su cuerpo.

O sí.

domingo, 6 de octubre de 2013

Tanto que contar...

Me ha vencido otra semana, y no he dicho esta boca es mía, o este blog es mío, mejor. La culpa la tiene el cachivache este que tan feliz me hace, la preciosa tablet de mis entretelas. Es casi perfecta, pero como ha sido siempre costumbre aquí colgar una foto, pero Blogger me obliga a hospedarla en Google, pues nada la casa sin barrer.
Pero de hoy no podía pasar ya, aunque se me han ido secando las ideas en el tintero. No os he contado cómo han aleteado las últimas mariposas de la boda del año en mi clan. Ni la visita de un personaje importantísimo en el castillo, ¡mi queridísima Marta de piesdescalzos! No, no he podido colgar aquella imagen que me dejó perpleja, ni cómo he tenido que luchar por contener mis lágrimas de emoción con los amaneceres que me ha regalado la semana. Ni cuánto me impactó encontrarme con ella, que tiene mis ojos de ayer.
Es tiempo de trabajo, de cosechar los últimos rayos de luz antes de hibernar en el castillo. Cuando se imponga el otoño, ese de los días sin sol y las noches eternas, tendré que buscar otra forma de dibujar aquí mis palabras, o de esforzarme en hacerme entender sin imágenes. Me sabe mal no haber dejado todas esas huellas aquí...


miércoles, 11 de septiembre de 2013

Desde el exilio

Hoy he pasado el día en Zaragoza, la ciudad que tiene la mitad inexacta de mi corazón. Allí está mucha de la gente que necesito para respirar y, a pesar de mis dudas respecto de lo que siento por ella, siempre me recibe con esa hospitalidad incomparable de los aragoneses.

Hoy no necesitaba renovar mi armario, ni habíamos hecho grandes planes, pero me he encontrado con los regalos inesperados de unas nuevas gafas y el regazo de mi padre. en él, mis hijos se sienten respetados e importantes y yo vuelvo a la adolescencia en la que él me compraba perfumes y otros enseres que terminaron por desterrar al patito feo y destaparon a la Princesa que no sabía que había dentro de mí.

Hemos hablado mucho en el trayecto. De por qué nosotros, que somos catalanes, no queremos no ser españoles. De por qué la fecha de hoy, que conmemora la derrota en la guerra de Sucesión, en la que no se quitó ninguna independencia a nadie sino que se determinó que el rey de España no iba a ser un Austria sino un Borbón. De por qué nuestra bandera es la Senyera y no la estelada y que amamos también la rojigualda, pero que no somos libres para ponerla en nuestra casa porque nos dan miedo posibles represalias.

Hemos hablado de qué es la libertad para elegir y de la obligación de aceptar después las consecuencias, esas que a veces se disfrazan de Bien, pero que esconden el mal y viceversa.

Del significado de Democracia y de la Dictadura.

De cómo nos preocupa que se haga una lista con lo que algunos consideran "buenos catalanes", a saber, numérense los que vayan a la cadena catalana, y de cómo se parece eso a las estrellas de David que se pintaban en los escaparates de los judíos en la Alemania nazi.

Y les he enseñado a callar. Les he pedido que se muerdan la lengua cuando su maestra les hable de la corona catalano-aragonesa, que ellos ya saben que el Rey de la Corona de Aragón, y del Comptat de Barcelona, entre otros, era Fernando el Católico pero que tienen que aprenderse de memoria lo que su maestra les diga y mentir en el examen.

Hoy me he llevado a mi familia al exilio. No, no me siento libre. Ni siquiera me siento segura escribiendo estas palabras en mi blog.


miércoles, 29 de mayo de 2013

Libertad, versión 2013

Quino la dibujó sabiamente pequeña e inteligente. La llamó Libertad. Corria el año 1970, por aquel entonces nuestro 2013 sonaba a ciencia ficción.



No es una coincidencia que la dibujara la más pequeña de su grupo.

No, en aquel 1970 no existía demasiada libertad en su país de nacimiento, Argentina.


Pero lo que a mí me preocupa, me preocupa mucho, es que en España, en pleno siglo XXI, tengamos que seguir cuestionándonos cuánta libertad nos queda.




En España, año 2013, la Ley de Enjuiciamiento criminal, permitirá sancionar a aquellos medios de comunicación que se atrevan a informarnos de los saqueos realizados por los políticos. La excusa es que los jueces podrían ser imparciales al ser vulnerables al ser sometidos a la malvada y  perversa opinión pública.

Sólo espero que queden personajes pequeños pero valientes, como lo fueron en su tiempo Mafalda y Libertad.



viernes, 15 de febrero de 2013

Profesionalidad


“La enfermera es temporalmente, la conciencia para el inconsciente; el apego a la vida para el suicida, la pierna para el amputado; los ojos para quien acaba de perder la vista; un medio de locomoción para el recién nacido; el conocimiento y la confianza para la joven madre; la voz de los que están demasiado débiles para hablar o se niegan a hacerlo”
Virginia Henderson.

Recuerdo perfectamente el día que oí por primera vez la frase de la Henderson, de la boca de una de las mejores profesoras que he tenido. Recuerdo que de repente sentí la responsabilidad sobre mis hombros, pero, a la vez, supe que esa era la única forma de ejercer una profesión como la de enfermera. 



Esta semana mi abuelabesitos ha estado en el hospital. Tiene un problema crónico que necesitaba una prueba que tardaron media hora en realizarle. Se decidió ingresarla para evitar la larguísima espera ambulatoria que estaba contraindicada por unos vómitos incoercibles. 

No voy a detallar aquí las múltiples incomodidades que suponen estar en un hospital, para quien está enfermo y para el que acompaña, y que son inevitables. 

Sobre lo que se podría mejorar, los profesionales que la atendieron, ciertamente lo hicieron tan bien como sabían, como les dictaba el protocolo. Ni una sola vez se desviaron de él. Pero debió de haber algo que se hizo mal, muy mal. A lo mejor el protocolo no es lo suficientemente amplio para atender a una anciana de 90 años igual que a un chaval de 35 o a un señor de 55. Seguro que no.

Porque mi abuela, en un momento en le recordé su longevidad me confesó:

-Yo no me creo que tenga 90 años...
-¿No?, -le dije, sonriendo por su coquetería- ¿y cuántos diría que tiene?
-Pues... no sé, 78. 78 está bien. Además, cuando los médicos ven mis papeles, y un "90", dejan de hacerme caso.

Me conmovió.

No voy a detallar aquí su peregrinación que ha acabado con un conato de úlcera por presión, sobreinfectada con una candidasis, en apenas tres días. Ha sido una pesadilla en toda regla.

Y lo único que puedo decir a mis compañeras de profesión es que siguieron a la perfección su protocolo, pero que no deben olvidar jamás que ellas también pueden tomar decisiones. Deben tomarlas, teniendo en cuenta que la persona que tienen delante es única, y su circunstancia, también. Un anciano de 90 años es un ser frágil y delicado.

Tres días sin comer, sin beber, sin más líquido que dos botellas de suero en 24 horas, no son suficientes. Un anciano se queda sin masa muscular en muy poquito tiempo. Y a lo mejor consideráis que ya ha vivido bastante, que su vida llega a su fin, pero no por ello debemos dejar de atenderle y acompañarle. 
La familia hicimos cuanto supimos y pudimos. Hasta donde alcanzábamos, aplicamos crema hidratante, pusimos protecciones en los tobillos, besamos y abrazamos, dimos palabras de consuelo, y contamos las horas que faltaban para el alta.

Acabamos comprando un flan en la cafetería porque la ambulancia que se la tenía que llevar llevaba dos horas de retraso.

Ya en casa, el personal que la atiende la alimentó, la hidrató, la lavó, peinó, maquilló y la trataron como un ser humano.

Tengo un nudo en el estómago. Nunca me había sentido tan impotente, porque de sus ojos había desaparecido toda la esperanza. No habría muerto de su enfermedad, pero no creo que hubiera sobrevivido dos días más al hospital. 

martes, 4 de diciembre de 2012

Luego te extrañas...

Cuando este lugar dejó de ser un refugio para mí, cuando dejé de ser anónima ante tus ojos, me planteé seriamente cerrar el blog. Lo que más miedo me daba era, precisamente, lo que ha terminado por pasar. 
Lo cierto es que cada vez que alguien te lee, lo hace desde su punto de vista, con sus ojos, con su mente, con su corazón. Desde el momento que tú lanzas tu pensamiento al mundo, tus palabras no son tuyas, son de quien las tiene en su poder. Pero nunca nadie había utilizado mi blog para manipular mis palabras para lastimar a otra persona deliberadamente, sin razón y sin permiso.

Sólo tú, desde tu egoísmo centrípeto que da por bueno únicamente tu punto de vista, podrías haber sacado mis palabras de contexto para herir a alguien en un momento de fragilidad grande.

Yo me reafirmo en lo que hice porque sé que hice lo que debía, y si volviera a empezar, haría lo mismo, porque esa fue mi decisión, porque la tomé pensando en el beneficio de quien tenía prioridad absoluta y nunca, jamás, con la intención de perjudicar a nadie, y mucho menos en beneficiarme a mí misma 

Y podría estar equivocada (que no lo estoy). En ese caso, una persona con dos dedos de frente, en lugar de sembrar el mal sacando una oscuridad desconocida de mis palabras, como has hecho tú, habría intentado enmendar la plana. O a lo mejor habría bastado con que preguntaras por qué hice lo que hice.

Claro, es que olvidé algo que tengo que tener presente siempre contigo: Cualquier cosa que diga puedes utilizarla en mi contra (sí, incluso esto que digo ahora puede tener consecuencias)
Luego te extrañas de que te pongamos barreras. En la mía acabo de poner otra piedra.



viernes, 30 de noviembre de 2012

Se hizo solo

Sé que Marlin tiene muchos defensores en el castillo, así que voy a tratar de daros argumentos en su contra y pediros que me deis vuestra opinión sobre lo que pasó con el agujero que veis en el pantalón (bueno, bajo el bolsillo derecho hay otro agujero, pero "sólo" mide unos 5cm, vamos a referirnos al de la izquierda).




Él no puede defender aquí su versión. Creo que no os serviría de nada escucharle, porque yo traté ayer de sonsacarle durante toda la tarde, con la advertencia de que el castigo sería muchísimo peor por mentir que por decir la verdad dolorosa.

La única conclusión a la que llegó es que el agujero, que tiene el tamaño asi de un lápiz, SE HIZO SOLO. Máximo, máximo, admitimos que a lo mejor era pequeño y se ha hecho caminando. Así, sin intervención dactilar ni instrumental alguna.

Vale, los que automáticamente os colocáis de parte del pobre
ChicoNoTePasesQueSoloTieneDiezAñosYElPantalónEstabaGastado
deberíais saber que esta semana ha sido gloriosa: ha roto, además de éste, dos pantalones más, concretamente ha agujereado las rodillas de los dos pantalones del chándal que tiene. Y para rematar -y esto efectivamente no es culpa suya- otro pantalón, tipo chino superponible en beige, se le ha quedado corto. En resumen, cuatro pantalones a la basura en una semana, sólo de un niño.

Ahora, con toda la información que os he dado os hago la pregunta: Además de ir corriendo a comprar pantalones nuevos, que hace demasiado frío para hacerle shorts con los rotos, ¿qué hago con Marlin? (que sea legal, ético, educativo y práctico, a ser posible)


lunes, 5 de noviembre de 2012

Ha sido un día "de esos"

Las mujeres sabemos qué quiero decir. No, no tengo la regla, que ellos lo resumen todo en eso. Ha sido un día de los que se espesan solos, como la bechamel cuando se enfría. 
Ha empezado como algo amable, hasta que he salido de la oficina. He pasado por la frutería antes de comer, así que he llegado a casa un poco más tarde, y he comido. Antes de ir a recoger a los niños, he puesto una lavadora y he fregado la terraza, que los gatos han dejado asquerosa. Luego, corre que te corre, sin poder aclarar la terraza como Dios manda, he recogido a los niños al cole, y les he hecho la merienda. Mientras ellos comían, he hecho la comida de mañana, he tendido la ropa, he comprobado que la terraza seguía hecha una porquería.
Nada, así, con este baile un pasito p'alante, un pasito p'atrás, tres lavadoras después, supervisión de deberes, recogida de niños, bañeras, preparar cenas, recoger cocina, planchar lo de ayer, ya sabéis.

Ha habido muchas cosas buenas, también. Os regalo una de ella, otoño en su máxima expresión. No me he podido resistir a sus rojos y amarillos colgados de los árboles. 
Mañana será otro día. 





lunes, 8 de octubre de 2012

Cuentos

Comentaba en su blog Mariapi de la crudeza que empleaban los cuentos antiguos para los niños.
Cierto, ese temor que hacía que te taparas con la sábana (ojo, que si viene un psicópata con un cuchillo una sábana es súper útil...), era el mismo que te hacía pedir más, porque aquello que nos asusta también nos atrae un poco


Imagen sacada de aquí


Ayer estuve viendo una representación de El soldadito de plomo. El cuento en sí tiene un sabor agridulce, aquel amor eterno del plomo fundido con el papel, para siempre... saquen ustedes mismos las conclusiones.

El montaje me llamó la atención. Eran tres mendigos que se encontraban en la calle y se ponían a contar el cuento. Como material, dos contenedores, una tabla, unas latas, unas bolsas de basura. Como espectadores, papás de niños pequeños y esos niños pequeños que aplaudían entusiasmados.
Y la realidad de fondo. ¿Cuántos de ellos tuvieron dificultades para rascarse el bolsillo para cotizar los escasos 5 euros por persona que costaba la entrada? ¿Es ese escenario de miseria -los tres mendigos- el que amenaza hoy día a esos sobreprotegidísimos niños?

Los cuentos no tienen nada que ver con la realidad, a veces. No, no es probable que mandemos a nuestra niña de trenzas doradas a casa de la abuelita a través del bosque y se encuentre con un lobo. Pero sí tenemos que advertirles de los peligros del mundo. El patito feo se encuentra encerrado en el corazón de muchos cisnes que no saben lo que valen. Y el País de Nunca Jamás... bueno, lo de los polvos dorados para hacer volar cada vez me suena más a apología de las drogas.

Quien sabe, a lo mejor el lobo feroz de nuestros hijos se llame Paro o Crisis. Estoy convencida de que los cuentos seguirán sirviendo para contar realidades y yo sí creo que es necesario mostrar el lado duro de la vida a los niños, porque está ahí, y dentro de nada serán adultos.

jueves, 6 de septiembre de 2012

A mí nunca me engañó


Quizá no era un lobo con piel de cordero, pero su abrigo de D&G o de CH, vaya usted a saber, no disimulaba su ambición desmedida, sus ganas de más, tantas, que sería capaz de pisar a quien quiera que se interpusiera entre su enorme ego y el resto del mundo.
Ahora asoma la patita, con artimañas, traiciones y mentiras. No, a mí nunca me engañó, pero eso no impide que me duela, porque su enemigo es alguien a quien yo quiero. No le deseo ningún mal, pero no merece salirse con la suya. Ojalá tropiece con su misma trampa.

martes, 7 de agosto de 2012

Tierra de nadie



He escogido esta imagen de LeaNoticias.com porque me ha parecido perfecta para ilustrar esa Tierra de Nadie que vive un preadolescente, que le arrastra de la carcajada al llanto, como un pequeño payaso.
En esas arenas movedizas camina mi hijo, apurando las últimas luces de su niñez para entrar por la puerta de atrás en una adolescencia que promete ser larga y dura.

Me preocupa mucho el agua de la que beben nuestros hijos. Les oigo (suelo estar de espalda a la tele, no lo veo) las series que ven mañana, tarde y noche. Y sus modelos son horrorosos. Niñas pijas riquísimas, con un nivel de inteligencia inversamente proporcional al dinero que tienen. Por supuesto, los más inteligentes de la serie suelen ser los que fracasan... o los divertidísimos y peligrosos Phineas y Ferb, que siempre se salen con la suya sin que la buena (e histérica) de su hermana pueda delatarles a su madre, que parece haber fumado muchos porros. Críos sexuados de forma aberrante, niñas vestidas como furcias, padres incapaces. En fin, ni un solo valor al que aferrarse, no les aportan NADA.

Ayer me puse en la piel de mi hijo mayor, me fui a su edad, a mi verano, que fue azul. Y les puse la serie que marcó a varias generaciones, que se repuso hasta la saciedad porque era buena, porque tiene todos esos valores que ahora no aparecen por ningún lado, no vaya a ser que salgan niños capaces de pensar y luego no puedan manipular sus cerebros.

Estuvieron pegados a la pantalla viendo Verano Azul durante un episodio y medio, se reían, disfrutaron, entendieron que podían aprender algo de lo que veían.

Aquella serie supuso el retrato de una generación, y más allá. Porque los perfiles personales que se dibujan siguen siendo vigentes: la mujer solitaria que ha sufrido una gran pérdida (que hoy encontraría su compañía probablemente en las redes sociales) y el hombre de mar atascado en tierra que se rodea de la juventud que permanece en su espíritu. Cada uno de los chicos, en esencia: el más presumido y competitivo, el que permanece en segundo término, la guapa, la menos agraciada, el chico de pueblo sin oportunidades, el niño glotón y sabelotodo y el que pone la guinda al pastel con su sinceridad aplastante. Y los padres, con su papel secundario, son una lección en sí misma, aunque, la verdad, se pasan el día bebiendo, fumando y en el chiringuito... ¡Así salimos nosotros!


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Si algo de lo que expongo aquí te molesta, te pertenece, o habla de ti y quieres que lo borre, tan solo tienes que pedírmelo. Nunca quise ofenderte, ni plagiarte, ni molestarte...
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