© de la imagen La meva maleta

martes, 29 de abril de 2014

De amores y suertes

A veces pienso que tuve suerte de encontrarte en mi camino. Y te lo digo, y me miras desde el otro lado de tu muralla sin agujeros y me dices que es verdad, que tuvimos suerte los dos. Y yo sé que yo tengo más suerte, que yo sin ti...
Y entonces entro al lugar ese tan secreto de tu coraza, donde estás desnudo y sin huesos, y nos hacemos un ovillo como dos gatitos recién nacidos, y pienso que los dos, los dos tuvimos suerte. 

Alguien se preguntaba, en qué nos basamos para elegir al padre de nuestros hijos. 
Yo te encontré con la adolescencia a medio construir, la mía y la tuya. Recuerdo cuánto me resistía a aquello que me empujaba a no poder no amarte. No quería saber con tanta certeza que tú eras mi yo. Pero era una verdad que echaba raíces sobre mis pies en ti. Y me resigné a ese amor inevitable porque, sencillamente, era perfecto.

Si tú eras todo aquello que me faltaba, sólo podríamos crecer hacia otros, hacia esos hijos que tendíamos que tener. Y cuando los niños no llegaban, o llegaban y se iban, y cuando llegaron y por fin se quedaron para siempre, nunca dudé de que nadie podría ser el padre de mis hijos si no eras tú. 

Así que tengo la respuesta a la pregunta: te elegí como padre de mis hijos, porque eras perfecto para mí, para nosotros. Además, ¿les ves? son todo lo mejor de ti y de mi. Y saben que nos queremos y que, en el fondo, ellos son lo primero pero se irán y nos quedaremos queriéndonos cuando ellos encuentren a sus ellas.

No me hagas mucho caso, estoy tonta, te veo enamorándote de mi, y de repente me acuerdo de cómo era al principio, se me para a ratos el corazón.
Me voy a hacer la cena.

jueves, 24 de abril de 2014

De cómo os imagino

Hoy la  hemos despedido, tu amiga, tu amiga del alma, ha aguantado casi un año más que tú, a pesar de que su salud siempre fue mucho más delicada que la tuya. Yo siempre la conocí mayor, pero las fotos que he visto suyas me hablan de una mujer de una belleza digna de formar parte del elenco de una película de Mastroianni.
No sé cuándo os conocisteis exactamente, pero viendo vuestras fotos de juventud os imagino con los vestidos de corte perfecto, las faldas al bies, los bolsitos de piel, los zapatos de salón, el pelo impecable, como recién sacadas de un episodio de Velvet, sentadas junto a ellos, vuestros guapísimos maridos que os trataron  como reinas toda su vida. 
Hoy imagino vuestro reencuentro, en el más allá, despojadas de vuestros achaques de ancianas, de vuestras arrugas, de la tristeza que produce hacerse mayor y perder a quienes amas. Habéis colgado vuestro envoltorio nonagenario para regresar a lo más amable de la larga vida que compartisteis puerta con puerta. Imagino las confidencias en voz queda ante una taza de Nescafé, las carcajadas producidas por esa capacidad tan valiosa de reírse de vuestras propias penas, que sólo vosotras dos teníais. Cuánto bien nos hizo a todos vuestra amistad, vuestra compañía y vuestro apoyo mutuo. 
Sí, es cierto, seguramente para ella el reencuentro con su amor, que se marchó hace ya cuatro años, ha sido muchísimo más esperado y emocionante. Pero a ti te necesitará para compartir aquellas confidencias que uno sólo puede decir a un amigo de verdad: los miedos, las tristezas, lo que acarició su corazón, decirte cuánto echó de menos tu presencia, cuánto le habría gustado pasar sus últimos años junto a ti. 

Cada vez queda menos para que os podáis reunir los cuatro y reír juntos como siempre. Estoy segura de que cuando le llegue el momento al abuelo, se cerrará para vosotros el círculo de amor. Regresaréis al inicio de vuestro tiempo, a las pequeñas casas de la carretera que albergaron el nacimiento de vuestras familias. Fuisteis irrepetibles, os echo mucho de menos.



miércoles, 16 de abril de 2014

Érase una vez,

Si te cuentan alguna vez la historia de la Princesa del guisante, te hablarán de reinos, de una princesa que se perdió. Bueno, te explico, por lo visto, encontró un hogar humilde y como estaba desaliñada y harapienta, no podían comprobar si pertenecía o no a la realeza (no se fiaban un pelo, la verdad). Para poder constatarlo, la pusieron a dormir sobre una pila de colchones enorme, bajo la cual dejaron un guisante. La princesa no pudo pegar ojo en toda la noche, tan delicado era su dormir. 

Ya he contado alguna vez que yo no soy exactamente la mismísima princesa del guisante, sin embargo, soy COMO ella, con un dormir delicado y la necesidad constante de demostrar a todos quién soy yo (aunque tal vez sólo tenga que demostrármelo a mí misma). 

Desde hace más de cuatro años comparto desvelos con una buena amiga, Carme Sala. No, no es solo una amiga más. Ella es mi media-yo, la comadre de nuestros dos libros, mi confidente y mi consuelo. Y yo espero que ella sepa -creo que así es- que yo estoy siempre preparada para escuchar, para ayudar, para reír y para llorar con ella cuando lo necesite. Carme tiene algo que sabe que envidio desde lo más verde y profundo del guisante del colchón: la capacidad de convertir el mundo en dibujos. Eso, y un gusto finísimo que convierte el mundo en un lugar plagado de delicatessen para los sentidos. A ella debemos la imagen hasta hoy, de este blog. Y hoy me ha hecho el regalo más bonito y delicioso que me han hecho en muchísimo tiempo. 

Mientras empiezo a limpiar el polvo de los rincones y a empapelar la pared del fondo, podéis ir abriendo boca con esta delicia.



... permíteme felicitarte y agradecerte el regalazo de dos formas: La frase impagable de Dindón, el reloj de cuco rococó de La Bella y la Bestia de Disney: 
"Si no es barroco, es barraca" 
y con esta canción, que está para siempre ligada a la amistad. 


http://youtu.be/2YP9SwSX980

Y te lo digo otra vez: t'estimo molt, guapa.


domingo, 13 de abril de 2014

Fachadas e interiorismos? III

Ésta ha sido una entrada sorpresa. Será una entrada festiva, porque con ella recibiré al visitante número 400.000 al castillo. En realidad, ese es el número contabilizado, porque los primeros seis meses del blog, no existía el contador de visitas en Blogger. Sea como sea, tú, que me lees esta mañana de domingo, eres el afortunado que ganará un aplauso virtual (la crisis es tremenda, recuérdalo)

Bueno, el post, la sorpresa prometida. Me la dio ella, porque no esperaba encontrarla tan vital y lúcida. Hoy voy a permitirme la licencia de cambiar el símil de la casa por la de un coche. Su cuerpo es una vieja furgoneta familiar con demasiados baches por el camino. Aunque su chasis no tiene demasiados golpes, el eje de la distribución la obliga a caminar con andador. Sus faros apenas le muestran el camino. Le fallan el carburador, la culata, el ventilador y hay que andar rellenándole el depósito cada dos por tres,  porque es una golosa, no vayan a creer que pierde aceite. Pero, ah, su interior. Bellas incrustaciones de madera en el volante y en el salpicadero, asientos tapizados de piel, luces brillantes por todas partes, sin duda, que hacen que ovides que estás sentado en una máquina de 84 años. 

Ese portento de mujer es mi abuela, la que fue, la que es, maestra. Es una lástima que no la tenga más cerca, y que el teléfono me impida establecer una conversación civilizada, -tenemos que hablar a gritos- porque hablar con ella te obliga a desempolvar ese espíritu marcial que te inculcó cuando te enseñaba a tensar las sábanas y a frotarte detrás de las orejas cuando eras una cría.  

Está tan informada, que me preguntó sobre una noticia que todavía no había salido en mis últimas noticias de Facebook, no digo más. Admiradora ferviente del Papa Francisco, casi tanto como lo fue de Benedicto, preocupada por la política, indignada por la poca vergüenza de quienes nos gobiernan que tienen los bolsillos llenos de nuestro dinero. 

Salí de allí con una lista (literal) de encargos que tengo que hacer para ella: una copia de la foto de su Virgen (la otra la perdió, dice, creo que se la regaló a su amigo del alma), una funda para colgar su móvil, una cinta (otra) para las gafas de cerca, unas fotocopias de algo que tengo escrito, unos patucos para que ella pueda regalarle a la directora de su centro... Y para pagar lo que vale todo eso, una frase que ella entonó como quien eleva una oración: ¡qué suerte tenemos de tener esta vida interior tan grande! 


viernes, 11 de abril de 2014

Fachadas e interiorismos. II

La historia de hoy tiene también relación con el hogar que nos viste, aunque nada tiene que ver con la anciana que pintaba y repintaba su fachada.
A ella, le pareció que su casa necesitaba con urgencia una renovación. Fue hace muchos años, cuando liquidó la tienda y volvió a hacerse cargo de su familia. Desmanteló cada una de las habitaciones, lavó lámparas, colchones, cortinas, rincones, pintó paredes, cambió alfombras, cojines y cuadros. Nada estaba lo suficientemente limpio, pasó intendencia general sobre los servicios mínimos que había podido cumplir su madre, ya anciana, mientras ella trabajaba fuera de casa por primera vez en su vida.
Su madre falleció este verano, siendo muy muy viejita, casi centenaria. Durante los primeros meses la tristeza la mantuvo distraída, pero hace unas semanas empezó a encontrar la pintura de las paredes y techos sucias, las cortinas dejaron de gustarle buscó un armario nuevo para poder ordenar su interior de nuevo. 
En ninguna de las dos ocasiones la suciedad era tan importante como para organizar el zafarrancho general, pero en los dos casos, ella, sin duda, necesitaba acicalar y ordenar su corazón. Estoy segura que encontrar luz y belleza le hará bien, se encontrará a sí misma. 

jueves, 10 de abril de 2014

Fachadas e interiorismos. I

A todo el mundo le llama la atención que una persona tan mayor, 88 años, tenga la fachada de su casa tan limpia y cuidada. Dejó de pintarla personalmente cansada de que la gente hablara de si era capaz de hacerlo, porque si por ella fuera, seguiría ocupándose de esa tarea. A pesar de las habladurías, con el pincel pequeño sigue dando su toque impecable a la barandilla de su balcón y a la puerta de madera de la entrada. Cada año se ocupa de las pequeñas reformas de su casa, para que se vea bien.
Vive sola, su única hija le insiste en que deje el pueblo y se vaya con ella a la capital, en su cómodo duplex hay siempre lugar para su madre. Pero su yerno le gusta lo mínimo, seguramente percibe su hostilidad cuando la salud la obliga a hospedarse en su casa. 
Será por eso que ahora, más que nunca, dedica todo el esfuerzo en procurar que su aspecto exterior esté inmaculado. Y nadie se preocupa de ver que hay tras ese exterior impoluto. 

domingo, 6 de abril de 2014

Claro que voy a escribir sobre nuestro encuentro

Me resistía a acudir a la cita, porque me sentía totalmente incapaz de resumir los últimos 26 años de mi vida, el tiempo que había pasado desde la última vez que coincidía con vosotros. Me superaba la sensación de que, además, entre algunos de vosotros sí habíais mantenido un contacto habitual.

Pensé que poco quedaba en mí de la niña que fui, y a duras penas recordaba algo de quienes fuisteis vosotros, de algunos, ni el nombre (perdona, Ramón). Pero algo tras tu petición insistente me hizo aceptar.  

Me has preguntado qué ha sido exactamente lo que has dicho para convencerme. Y creo que ya sé. Has estado tan enferma, que ya no sólo te limitas a ir viviendo. Tú devoras la vida a grandes bocados, con la fruición del que sabe que hay que vivir cada día como si fuese el último. De lo que me has contado (un infarto a los 33, doce intervenciones quirúrgicas, cáncer de tiroides, el fallecimiento tristísimo de tu padre hace cinco años, embarazos ectópicos, como yo...) ciertamente se podría escribir un libro, como te he dicho. Pero a mí me gusta mirar más allá, y me ha divertido que todos vosotros, que me conocíais siendo una cría, ya os habíais dado cuenta de esta manía mía de observarlo todo.

Me ha llamado la atención que te preocupara tu cicatriz (te aseguro que no la he visto hasta que me la has señalado), porque yo miraba tus ojos, esos ojos, esa mirada de haberle mirado de frente a la muerte que disimulas con tanto desparpajo pero que a mí no se me escapa. Bueno, yo no sólo a los tuyos. He visto muchas cicatrices del alma entre nuestros compañeros, ¿sabes? Casi todas, heridas sanadas, porque estábamos alegres como aquellos cachorritos que jugaban en el pequeño patio del colegio. He visto miradas curiosas, divertidas, tímidas, la mirada desconfiada de aquel niño con el que discutía, la barriguita cervecera de nuestro espíritu rebelde, que aún lo es. Incluso he encontrado una mirada tan triste que ha arañado mi corazón. Esa la guardo para mi colección de momentos en los que he sido demasiado cobarde para preguntar, porque temía no estar a la altura con mi respuesta.  

Me he quedado con ganas de un café largo y tendido con cada uno de vosotros, para conoceros, para volveros a conocer, porque, en realidad, todos somos un poco aquello que fuimos. Brindo por el reencuentro, y brindo por ti, por haberme dado ese tironcito en el alma, niña valiente. 





jueves, 3 de abril de 2014

Negocios de familia

Este post no habla de nada que tenga que ver con empresas ni dinero. 
Otros negocios subyacen en el seno de cada una de las familias del mundo, de las parejas, en las relaciones  entre padres e hijos, nietos y abuelos, incluso en las amistades
He tenido la oportunidad de pasar largos espacios de tiempo en hogares que no eran el mío propio: en casa de mis abuelos, de cada uno de mis tíos, de amigos de los de verdad. Curiosa desde siempre por todo aquello que define a las personas, por conocer cómo vencen sus dificultades y superan sus diferencias, curiosa a secas, me fijaba en cuáles de las relaciones no cabian en el mapa de lo que para mí hubiera sido deseable, aceptable, tolerable, acaso. 
Y entonces me planteaba si esas dos personas entre las que había algo que a mí no me cuadraba, desde la libertad para entrar en la intimidad, hasta el reparto de las tareas domésticas, pasando por quedarse en la cama holgazaneando mientras el otro madrugaba para ir a trabajar, estaban aceptando  su parte del negocio. 
Cuando desde nuestro palco de espectadores de la realidad de los demás algo no nos convence, creemos que uno de los dos miembros de una relación se aprovecha o abusa de su posición respecto del otro; tendríamos que plantearnos si ese es su negocio, el que ellos tienen entre manos. 

martes, 25 de marzo de 2014

De energía


Me sorprendes por la enorme fragilidad que encierra ese verbo rápido y elegante en el que te envuelves. Sin embargo, a pesar de tu admirable capacidad de autogestionar tu vida, tu forma de contactar con los demás, tu magnetismo, tu poder, llega él y te rompe en mil pedazos de un soplido.

Te quebranta, y no te das cuenta, porque se introduce en las más diminutas fisuras de tu alma y, como agua que se hiela, rompe la piedra más dura. Porque no te dice que no te quiere, sino lo contrario. Con esa suavidad logra llegar a lo más profundo de tu ser; y allí siembra su indiferencia y te fractura, de la forma más dolorosa y terrible.

Por eso te insisto tanto en que interpongas una distancia entre vosotros, para que no pueda herirte más. Así, rota, no puedes ver con claridad. Si cruzaras a este lado, lo verías nítido y cristalino.

Parece una simple cuestión de energía. Bien sabes que la energía no se crea de la nada. Digamos que tu fuente de energía sería esa fractura del alma que él te ha causado ya –dices que sin querer, y yo te creo-. Al principio no era más que dolor, tristeza, un sufrimiento profundo e inconsolable que te bloqueaba. Ahora esa energía es rabia, fuerza incontrolada que, lejos de servir para nada, te desgasta y te deja el corazón en carne viva, que, sin querer, hiere al pobre que pasa por allí (un hijo, un buen amigo).

¿Imaginas poder transformar toda esa energía en luz, en movimiento, en impulso? Tal vez en lugar de quedarte firme, de pie, esperando a que él vuelva o cambie –y no cambiará porque no admite ser el problema- deberías dejar que la energía fluya a través de ti y se transforme. Debes hacerte porosa a aquellos que de verdad quieren, queremos lo mejor para ti; relájate y disfruta del vaivén suave, como quien se mece en un columpio. Ninguna sensación se puede comparar a la brisa que se enreda en el pelo cuando vuelas impulsado por alguien que sólo quiere verte feliz. Venga, sube, ahora doy yo.



Foto de aquí

viernes, 21 de marzo de 2014

Supongo que me comprenderéis

No paso tan a menudo por el blog, es cierto. No tengo más trabajo (aunque no me aburro, a decir verdad), ni menos cosas que contar. 
Pero mis hijos se hacen mayores y, más que nunca, aquello que les pasa, que dicen, que hacen, pertenece al ámbito de su intimidad, y ya no quiero contarlo aquí. Porque recuerdo cómo me sentía yo cuando mi madre contaba -cuenta- cosas de mi vida; creo que ha llegado el momento de interiorizar lo que ellos son y aprender, y volver a crecer un poco más como persona.

Podría volver a escribir a diario y hacer una entrada "de charla de ascensor" que si el tiempo, que si la crisis, pero eso es tan socorrido como vacío. 

O contaros lo último que he leído (La verdad sobre el caso Harry Quebert) o lo que estoy leyendo ahora (Romeo y Julieta).

O explicaros que por fin aprendí a hacer punto, y que también eso me hace feliz.

Quisiera poder decir sobre qué estoy trabajando, pero es más de lo mismo, ando poniendo velas para que se haga la luz y por fin todo mi esfuerzo fructifique, aunque estoy a nada de terminar perdiendo la esperanza. Yo, que soy incombustible. 

Y la realidad de mis mayores es que el paso del tiempo es implacable, no quiero hablar de ese camino, que se me anuda en la garganta. 

Espero, pues, que me perdonéis los silencios. Me encanta comprobar cómo, a pesar de todo, seguís viniendo a esta casa. Dejo a todo el personal de castillo a vuestro servicio para que sigáis encontrándoos aquí como en vuestro propio hogar. 

Yo sigo, aprendiendo. 




lunes, 10 de marzo de 2014

Como nunca antes



Como nunca antes me dedico a la nada. A ver series de televisión, a leer, con calma, antes de acostarme, a escribir, a pensar. A escuchar el silencio, a tomar el sol encerrada en mi habitación, a pasear por el jardín, a observarles, a fotografiar atardeceres y bancos bajo el sauce. Ando a caballo entre rendirme ante la evidencia de que no puedo llegar más arriba, de que ya toqué el techo, y seguir luchando por conseguir seguir subiendo.
Mientras, la primavera anticipada me envuelve entre flores y palabras. Y yo, sigo soñando que tanto esfuerzo mereció la pena. 

martes, 4 de marzo de 2014

domingo, 2 de marzo de 2014

Pasos firmes



Así de feliz estabas cuando diste tus primeros pasos. Estabas feliz porque eras libre, porque tú ya podías caminar solo. 

Hoy hemos visto la escuela a la que vas a ir a cursar la secundaria. Vas a cambiar de compañeros, de maestros, de estilo de estudio, incluso de ciudad. Vas a tomar todos los días el transporte hacia tu destino, tendrás que afrontar la soledad, exámenes, planes de estudios que van más allá, comerás fuera de casa, abandonando el privilegio de comer todos los días con tu familia del que has disfrutado doce años.

Escuchábamos a tus nuevos profesores, y tú estabas muy contento, porque vas a dar tus primeros pasos en tu vida. Todo te ha gustado mucho, un montón de promesas por estrenar, tanto que aprender, tanta vida por delante. 


Yo te miro y me siento feliz y aliviada. Ya, ya sé que te espera una lucha titánica, pero yo sé que tú serás valiente, mi niño. Sigues teniendo la mirada de la luna en el negro oscuro de tus ojos, a pesar del vértigo de mirar hacia abajo desde el nido. 

Venga, que sabrás volar, lo sé. Sólo tienes que recordar quién eres. 

domingo, 23 de febrero de 2014

Mientras esperas



Historia de un adiós, segunda parte.

No sé por qué me contaste aquella historia triste de tu niñez, que anudó tu garganta y veló tus ojos menudos con un paño de tristeza sólo de pensarla, aunque lo cierto es que yo nunca la olvidé. No nos escatimabais la dureza de la vida a los niños de antes.

Debías ser un mocico de pantalón corto. Te imagino espabilado, de carnes fuertes, magro y curtido por el aire limpio de la montaña que te parió. Tenían tus padres un pequeño corral, en el que hiciste a tu mejor amigo, una oca, que te seguía a todas partes, tal vez fueras lo primero que viera al romper su huevo. 

Dondequiera que tu fueras, corría ella, moviendo la colita tras de ti, por no perderte de vista. Si me dijiste su nombre no lo recuerdo, pero te imagino llamándola para que acudiera presta a tu vera. Te advirtieron de que no era una buena idea, te regañaron incluso por ello, pero desobedeciste, ¡maldita la hora! 

Apurabais un verano de agua fresca de arroyo, los árboles se envolvieron de frío y dejaron bajo vuestros pies un manto de hojas secas. Tus huellas crujían junto a su caminar lento, refunfuñaba gruñona con un "macmacmacmac" -¡Cuídate siempre del mal carácter de las ocas, que pican!-. Sin embargo tu amiga de mirada altiva era dócil como un perrito, y se hizo mayor pisándote los talones con sus patas palmeadas, si se lo pedías apoyaba la cabeza en tu regazo y se dejaba acariciar por ti. 

Cuando Padre te dijo que ya había crecido demasiado, que habría que comerla antes de que se hiciera dura, que tenías que acabar con ella, saliste corriendo de la casa, deprisa, para que no te siguiera. Nublaban tus ojos las lágrimas que enjugaste con la manga de tu jersey, negabas con tu cabeza, con  tu corazón, con tu boca, que gritaba: "Nunca, nunca, NUNCA". 

No volviste hasta que se cerró la noche sobre el bosque, Madre te esperó con un plato de caldo y el ceño fruncido, pero te protegió del gran enfado de su marido, al que llenó dos veces el vaso de vino para que se quedara dormido en el sillón junto al hogar y no te viera llegar. Daba lo  mismo, igualmente amaneció; Madre te dirigió una mirada severa que te advirtió de que ya no podrías volver a escapar. Atendía ya a que le trajeras el ave muerta, calentaba el agua para escaldar sus plumas. 

-Venga, vamos. -Le dijiste a tu oca. Y ella te siguió, una vez más. Entre sollozos le pediste, como tantas veces, que apoyara la cabeza. Y te ofreció su cuello para que le segaras la vida. 

Nunca pregunté si el filo del hacha llegó a reflejar tus lágrimas o si huiste de nuevo, enfrentándote al bofetón de tu padre con valor, pero quise pensar que sí fue así. 


Ayer te vi, vi tu fragilidad, tu piel anciana, tu espalda curva, tu mirada apagada, tu vejez sobre ti, y comprendí que, aunque llegó tu hora y llevas ya tiempo con tu cabeza en el regazo del Señor, a Él parece  temblarle el pulso, como si no pudiera llevarte aún. 

(No quisiera que te fueras nunca, abuelo, pero puedes irte tranquilo, estaremos bien, has dejado un legado muy bello en nosotros, gracias por el camino recorrido. Te quiero mucho, mucho.)



viernes, 21 de febrero de 2014

Empieza a ser verdad

Para los incrédulos que se acomodan en la oscuridad.
Para todos aquellos que creen que nada saldrá bien.
Para los que lloraron o siguen haciéndolo.
Para quienes no tuvieron la caricia reciente del amor.
Para los hartos de frío y lluvia


Está a la vuelta de la esquina.
Id desempolvando vuestra mejor sonrisa, abrillantad los escarpines de rubíes y empezad a andar por el sendero de losas amarillas.
Yo voy delante, para desbrozar el camino para vosotros.

domingo, 16 de febrero de 2014

Fábulas y palabras

Tiene mi lengua materna, el catalán, una expresión intraducible, al menos en español, que encierra, en sus modestas dos palabras y cinco letras, el paradigma de lo que está sucediendo en este país.

¡TÚ RAI!

En realidad, el tú se escribe sin tilde, pero se la he puesto para que sea más comprensible su función de pronombre personal en la frase. Vendría  resumirse, en pocas palabras, en algo así como: tú no puedes quejarte porque tú sí que tienes suerte (obviamente, más que yo, que mira qué desgraciadico soy). Sí, es tan difícil de traducir como parece.

Para poder explicar su significado, voy a utilizar la fábula de la cigarra y la hormiga. La conocen, ¿verdad?

Bien, la hormiga pasa afanosa el verano, trabajando como una burra, para que cuando llegue el invierno no le falten reservas, y cuando la cigarra, que se la había pasado tocándose las puntas de las alas todo el tiempo, a ver si las bendiciones le caían del cielo, se da cuenta de todo lo que tiene la hormiga, y meneando la cabeza, 

-Hola, Hormiga, ¿qué tal te va?
-Bien, aquí, descansando en mi casita, como una reina. 
-¡Tú rai!

"Tú rai" encierra la envidia y el desprecio por lo que el otro ha trabajado, lo que ha hecho para lograr conseguir su objetivo, su estatus actual. A la vez, confiere a quien la pronuncia una palmadita en el hombro de la autocompasión (tú rai, pero yo, no) y le niega a su interlocutor, la posibilidad de réplica: tu rai, yo no, así que no puedes quejarte, porque tú rai, como si la suerte se hubiera cebado en él. 

"Tú rai", que tienes tiempo para todo... Claro, levántate, como yo, antes de las siete todos los días, y verás como también tú tienes tiempo.

"Vosaltres rai", que sois jóvenes. Sí, claro, es una gran ventaja, pero tú también tuviste tu juventud y, por lo que dices, no la aprovechaste tan bien como era esperable.

"Tú rai", que tienes trabajo... Sí, claro. Tengo dos carreras y un contrato eventual desde hace quince años, y un puesto de trabajo a extinguir, que igual me dejan en la calle con 45 años, y entonces, vaya usted a saber. Claro que los habrán en paro, pero los hay, también, que ganan tres veces más que yo. ¡Ellos rai! Mira, visto así, los banqueros y los políticos, RAI. Pues, qué quieren que les diga, tal vez sea por mi educación y por mi forma de ver la justicia, que no siento envidia de estos dos gremios. Ellos rai, sí, son afortunados porque ganan mucho dinero, pero lo que ellos hacen para ganarlo no creo que yo estuviera dispuesta a hacerlo. (yo rai, que tengo principios).

Cada una de las decisiones que tomamos en la vida comporta una consecuencia. ¿La suerte? Pasa, pero para que te toque, tienes que ponerte en primera fila. Y entonces, sí, tú rai, que te ha tocado.


LA CIGARRA Y LA HORMIGA
Cantando la cigarra
pasó el verano entero,
sin hacer provisiones
allá para el invierno.
Los fríos la obligaron
a guardar el silencio
y acogerse al abrigo
de su estrecho aposento.
Vióse desproveída
del precioso sustento,
sin moscas, sin gusanos,
sin trigo y sin centeno.
Habitaba la hormiga
allí tabique en medio,
y con mil expresiones
de atención y respeto
le dijo: “Doña Hormiga,
pues que en vuestros graneros
sobran las provisiones
para vuestro alimento,
¡TÚ RAI!

prestad alguna cosa
con que viva este invierno
esta triste cigarra
que, alegre en otro tiempo,
nunca conoció el daño,
nunca supo temerlo.
No dudéis en prestarme,
que fielmente prometo
pagaros con ganancias,
por el nombre que tengo.”
La codiciosa hormiga
respondió con denuedo.
ocultando a la espalda
las llaves del granero:
“¡Yo prestar lo que gano
con un trabajo inmenso!
Dime, pues, holgazana:
¿Que has hecho en el buen tiempo?”
“Yo -dijo la cigarra-.
A todo pasajero
cantaba alegremente,
sin cesar ni un momento."
"¡Hola! ¿Con que cantabas
cuando yo andaba al remo?
¡Pues ahora que yo como,
baila, pese a tu cuerpo!"
Samaniego

miércoles, 12 de febrero de 2014

Puñetazo en la mesa

Siempre le resultó más cómodo que otros decidieran por él, no tanto por pereza como por no buscar un enfrentamiento. 
Nunca dijo que su boca era suya porque temió que los demás le confirmaran que había elegido mal, o que no había sido capaz, o que había luchado en vano. 
Y lo único que los demás podían echarle en cara es que nunca se atreviera a dar un puñetazo en la mesa. 
A lo mejor creía de veras que a nadie, más que a él, le cuesta tomar decisiones, pero tras cada uno de los aciertos de una persona existe un rosario de caminos equivocados, de puertas que se cerraron sin haberse asomado lo suficiente, de fracasos superados.  
Le faltó valor para pararle los pies a ella. Y cometerá el mismo error, de nuevo, por lo mismo: exceso de amor. Tal vez ahora sí, haría bien en dar ese golpe de timón y empezar a gobernar su vida. 
Haber fallado no sirve para justificar un ataque de ira o hundirse en el desánimo, sino para aprender cuál ha sido el error y empezar a construir de nuevo. Y se empieza por abajo, comprendiendo cuáles son los cimientos, y eso implica valor. Ahora sí, no le queda otra. 

domingo, 9 de febrero de 2014

Señora,

Esa es la forma en que debiera dirigirme a ti, pero yo voy a permitirme la licencia de tutearte.  Es bien notorio que nosotros, los Guisante, no tenemos el abolengo de la dinastía a la que perteneces, pero, al fin y al cabo, este es mi castillo. 

Tenéis, tu familia y tú, a todo el mundo revolucionado como consecuencia de cómo manejáis vuestras economías.  Fíjate, mi padre, el rey, como el tuyo, a veces ha hecho cosas que tal vez no pertenecieran a su regia condición. Sin embargo, yo, que he sido educada en una familia como Dios manda, nunca he dado un ruido para honrar el trabajo que ellos han hecho para que yo sea una mujer de bien. 

Yo no entiendo de números, ni de facturas, ni nada. Pero sé con quién me casé. Mi señor esposo es un hombre bueno y trabajador. Un padre excelente. Nos amamos, qué quieres que te diga. Y una gran parte de este amor se sustenta en no tratar de ser quienes no podemos ser y de no vivir por encima de nuestras posibilidades. Si hoy él viniera a casa con la escritura de una mansión bajo el brazo, lo primero que le preguntaría es cómo pensaba pagar la hipoteca. 

¿Sabes una cosa? Cuando era niña, soy algunos años más joven que tú, me miraba secretamente en ti, en tu porte elegante, en tu discreción. Cuando yo estaba en el colegio tú eras universitaria. No sabes cuánto me alegré de que tu hermana y tú rompieseis de una vez con el concepto de consorte inauguradora y os procuraseis un futuro en el mercado laboral. Fue un guiño que vinieses a vivir tan cerca de mi castillo, te tenía por una ciudadana moderna y libre. Aunque hubiera dado mi reino entero por optar a un puesto de trabajo tan cómodo y bien remunerado como el tuyo, me conformé con conseguir una plaza que quince años después todavía no tengo asegurada. 

Tú, como yo esperaba poder hacer también, te casaste con un plebeyo, por amor. Y qué decirte de la envidia sana que me suscitaron esos cuatro niños, ¡y esa muñequita que la naturaleza me ha negado con tozudez!

Y hoy, en cambio, me avergüenza pertenecer a la realeza y no sólo porque tú hayas sido tan deshonesta como para haber metido la mano en el bolsillo de los españoles para vivir a todo trapo, sino por algo mucho más sutil y que no he oído decir en todos estos días. 

Fíjate, qué matiz, que hilo tan fino has sido capaz de romper. Con tu actitud deshonrosa has anulado de un manotazo el esfuerzo titánico de toda una generación de mujeres que con sacrificio, horas extra, jornadas laborales dobles, reivindicaciones para ocupar el lugar en la historia que nos corresponde, has encarnado la figura de la mujer sumisa, abnegada y estúpida que no entiende nada de lo que su marido hace con el dinero, has fingido que tú no sabías qué hacía él (quiero pensar que sólo estabas interpretando el papel, que no eres tonta, en realidad), porque, como le pasaba a las mujeres en tiempo de mi abuela, él era el que tenía la llave de la caja en que se guardaban los dineros. 

Ten en cuenta que para salir del pozo al que nos has devuelto con tu soberbia, muchas mujeres han recibido la violencia física y psicológica, se han oído llamar marimachos y marimandonas, se han tenido   que dividir entre su familia y su trabajo, han tenido que luchar, por ti y por mí, para que los sueldos que nos dan cuando salimos de casa, se parezcan. 

No es sólo por que hayas robado dinero, que me pareces despreciable, nos has robado la dignidad. 

Hoy  Gema Lendoiro ha escrito esta maravilla de post, en la que se hablaba, precisamente, de esto de lo que te estoy hablando. Cuando lea lo que acabo de escribir, te detestará tanto, como lo hago yo, estoy convencida. 


domingo, 2 de febrero de 2014

Flexibilidad







Hay que ver cómo la gente de Pixar sabe sacarle la punta a esto de la psicología. ¿No? ¿Les parece una coincidencia que hayan elegido en el papel de madre a Elastigirl?

Ya no lo digo únicamente por su habilidad para convertirse en paracaídas cuando sus hijos corren peligro, 





para protegerles y arroparles,


No, no es eso.
Cualquiera de vosotras, que tenéis hijos, tenéis un par de ojos en el cogote, un pabellón auricular extraplástico que se estira por las noches. Sois capaces de cargar con un rorro a horcajadas sobre vuestra cadera, tres bolsas de la compra en la mano y buscar las llaves en el bolso con la otra. Si tenéis más de un hijo, bueno, entonces los pies cobran una capacidad de manipulación que parecen manos, se lo aseguro.

Y voy más allá
Cualquier madre de las aquí presentes puede confirmar cuántas veces ha tenido que morder su lengua, que hacer malabarismos con horarios y con sobras de nevera, que ingeniar fantásticos vericuetos para hacer que se cumpliera una promesa hecha firmemente, o simplemente, cambiar un poco la literatura de esa promesa que no se pudo cumplir para no echar a perder su honorabilidad.

Esa flexibilidad debe ser aplicada necesariamente a la toma de decisiones. Para que las leyes que rigen el matriarcado o, por extensión, cualquier familia en el que uno de sus miembros asuma el rol materno, deben ser por fuerza flexibles, reversibles, tener un amplio margen de error, que nos permita recular cada vez que se produzca un cambio.
Porque la realidad, es que la vida de nuestros hijos cambia constantemente. Sus necesidades intelectuales, afectivas, de educación, físicas, sensoriales, de comunicación, de movimiento, de percepción, cambian a gran velocidad a lo largo de sus vidas. No sólo eso. Cuando tienes más de un hijo, sus cambios no se producen al unísono.
Y para mayor alegría, no hay una ley válida, única, indiscutible. No nos sirve la experiencia de nuestros padres ni la de nuestros abuelos, no hay libros que te digan cómo, hacia dónde se dirige la persona libre, independiente y única que es tu hijo.
Así que lo único que nos queda es ser flexibles y moldeables. Y cuanto mejor sepamos amoldar nuestro cuerpo a la forma que tome el suyo, más sabremos amarles.


viernes, 31 de enero de 2014

Escandalizada estoy

No comprendo nada de lo que está pasando hoy día con las mujeres. En serio. ¿Ya tenemos el rol por el que toda la puñetera historia hemos estado luchando?

Mi indignación se cuece a fuego lento desde la primera vez que vi el anuncio de la pizza de una conocida empresa catalana, seguro que lo habéis visto, el de la cocina. 

Iba a enlazarlo, pero me niego a darles publicidad, así que hago un pequeño resumen. En el moderno interior de una masía, con la intención de combinar la idea de comida casera de toda la vida con  un plato actual, una mujer introduce una pizza en el horno, mientras se ve a la niña pequeña jugando. Siguiente plano todos sentándose a la mesa, que está puesta, la madre se levanta por agua, y cuando vuelve, sus hijos y su marido o parejo o lo que sea, le han dejado un trozo de pizza, y ella, muerta de amor se debate entre darle su comida a los sátrapas de sus hijos o comérsela. Parte en cuatro trozos, y el gañán de su marido se quiere apropiar de la miserable cuña de pizza que los niños dejan a su madre.

Y, sorprendentemente, ninguna asociación en pro de la dignidad de la mujer, ha levantado la liebre. Ni ministerio de igualdad, ni siquiera la liga de la leche ha sacado pecho para esta ocasión, nunca mejor dicho.

Pues déjenme que les diga una cosa. Detalles como este vídeo nos devuelven a las mujeres a la época de las cavernas, a la mentalidad arcaica de que nuestra dignidad no merece, ni siquiera que nos dejen comida en el plato. ¿No? 

Lo correcto, en una sociedad moderna, sería no sólo que no le quitaran la comida, sino que el hombre velara para que sus hijos no empezaran a comer sin su madre en la mesa, en el caso de que ella se levantara para servir agua a todo el mundo. Hoy, que nos las damos de listas y de guays, y de liberadas, y de que todo lo controlamos y que estamos en todas partes nos dan sopas con hondas en un anuncio publicitario, y tragamos, como si nos hiciera mejores personas que nos falten al respeto. 

Eso sí, los anuncios de detergentes, que haya siempre un varón remangado, para que se vea que las tareas domésticas ellos también saben hacerlas.

Y en los mentideros, en la corrala de internet, las mujeres entretenidas en el asalto constante leche materna-leche artificial, incapaces de ver cuál es nuestro problema real, el valor que la sociedad nos otorga. 








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