Tiene gracia que usted venga a mi puerta a entregarme su currículum para que yo le ayude a mejorar su puesto de trabajo.
Un curriculum interesante, por cierto, con una formación -si la tiene- que nada tiene que ver con el cargo que usted ocupa o que muchas veces se comprueba que está generosamente magnificado (nadie conoce a alguno de ustedes en las facultades de las que dicen proceder).
Su experiencia laboral hasta la fecha ha consistido, básicamente, en mantener su puesto de trabajo: tener buena labia y don de gentes, sin perder de vista a su contrincante, a la vez que amigo, que lo único que quiere -como usted mismo- es quedarse con esa codiciada silla del poder y, sobre todo, con la llave de los dineros de todos nosotros. Como los señores feudales, ustedes nos tienen al pueblo llano para producir y con nuestro diezmo (¡quién lo pillara!) vivir como eso, como señores. Coches de lujo, casas en selectas urbanizaciones, tiendas de la calle Serrano, servicio, colegios exclusivos para sus hijos, en fin, no digo que no se lo merezcan ustedes más que otras profesiones como los médicos, los maestros, pero no deja de avergonzarme la falta de pudor con la que aprenden a manejarse en las altas esferas.
De hecho, me sorprende que pongan para nosotros, gente preparada y formada, esos sueldos tan modestos y que en cambio, los suyos dan para ese tren de vida de élite. Porque yo quiero entender que si usted viene a pedirme que le vote mirándome a los ojos, que no ha inflado esa nómina ya espléndida con dietas, para redondear, que jamás se habrá aprovechado de su cargo para enriquecerse de forma fraudulenta, que no ha empleado a su pariente inútil antes que a un tipo con buenas notas en la universidad.
Lo que usted ofrece a su futuro empleador -yo- son promesas. Me imagino a mí misma acudiendo a un departamento de recursos humanos con el aval de lo buenas que son las promesas que yo les haga.
Pero no puedo compararme con usted. Usted no cumplirá la mayoría de esas promesas, es imposible, no son ustedes Dios. Mi profesora de lengua me decía que el futuro no se promete, se asegura. Una promesa es algo muy serio, es un compromiso. No puedo prometer el futuro porque puedo morirme dentro de una hora.
A pesar de no cumplir con sus promesas, en el caso de que ganara las elecciones, su despido sería un poco de risa, perdería el cargo, es decir, la posibilidad de decidir qué hacer con el dinero del pueblo, pero no su propio estatus social. Usted seguirá siendo rico.
Voy a darle un poco de esa realidad que usted no conoce, y conste que yo me considero una privilegiada.
Mis padres fueron autónomos. Con esfuerzo y sacrificio y muchas horas de sufrimiento para hacer frente a las terribles cargas impositivas con las que ustedes viven a todo trapo, crearon empresas para ganarse el pan, crearon empleos para algunas familias más, trataron de garantizarse una jubilación digna -¡ja!-y nos dieron aquello que para ellos tenía más valor, la formación académica.
Yo estudié y saqué muy buenas notas. Dos carreras, de las de antes. Mientras estudiaba la segunda, empecé a trabajar. Durante los primeros años sólo conseguí un trabajo de media jornada, luego un contrato de interinidad. Con él llevo ya 16 años. Siempre con la amenaza de que no tengo nada asegurado, que tengo poco contenido y trabajando en dos provincias a la vez. Tengo un sueldo medianito, y dando gracias todos los días por no perderlo. A pesar de todo, busco desesperadamente una forma de ganarme la vida que no suponga estar todos los días en la cuerda floja, pero vivir en una provincia pequeña ofrece pocas opciones laborales, las editoriales no se interesan por libros de no famosos y para vender las creaciones que coso necesitaría tener tiempo para coserlas.
Mi marido es autónomo. Tiene que tener una salud de hierro, puesto que no puede estar de baja y atender a su empresa a la vez. De lo que él gana, ¡la mitad! Es para ustedes, bueno, para que ustedes lo repartan y lo inviertan en esos grandes proyectos (aeropuertos fantasma incluidos).
Tengo un hijo en la ESO al que trato de motivar para que estudie mucho, no voy a poder legarle más, en mi periplo por la vida, me quedan unos 20 años para terminar de pagar la casa en la que vivimos. No resulta fácil para mi. Me avergüenza abocarle a esta vida de sacrificio y trabajo para que otros, como usted, se lo lleven crudo. Quizá debira proponerle que se apunte al casting del reality show de turno. O mandarle de aprendiz este verano a la sede de algún partido político.
No, eso no podrá ser, ustedes no tienen los valores que yo quiero inculcarles a mis hijos.















