¿Hasta qué punto nos sacrificamos por los demás?
El amor consiste en eso, precisamente, en pequeñas renuncias, en tomar decisiones que cuestan, en aguantar cosas que dan pereza, en alargar una conversación sólo por dar placer.
No sé si es posible amar sin sacrificarse, sin entregar tu tiempo a los tuyos. No me refiero sólo a los hijos, o a la pareja. Amar a la familia implica optar por pasar la tarde del domingo viendo un viejo álbum de fotos, sin ganas. O ir a otra fiesta de cumpleaños porque ese es tu lugar, igual que otros vinieron a las de tus hijos para hacerles felices.
Amar a tu pareja supone la obligación de hacerlo incluso cuando le pegarías una torta. La ventaja es que si tienes paciencia, te darás cuenta que, después de todo, es mucho más lo que os une que lo que os separa y si afinas un poquito la memoria, verás que tú también eres un callo de vez en cuando.
Dejo ya el sermoncito que os he soltado (gratis), y que ha surgido de una conversación. Después de haberlo puesto por escrito, sigo pensando que para amar, es necesario sacrificarse, y que el fruto de ese sacrificio siempre se recibe en forma de más amor. Casi nada.












































