Se fue un día como hoy, el año pasado. Creo que hacía sol. Hoy llueve, como para acompañar la tristeza de sus hijos, que quedaron huéfanos de su carácter fuerte como una montaña, de aquella cabeza tan alta con la que sacó adelante a su familia y que tapó la boca de todo el que disentía con ella.
La recuerdo enérgica, presumida y sonriendo y se me anuda en la garganta la despedida que no fui capaz de darle y la coincidencia del viaje que tenía programado y que me impidió ir a su entierro.
Y la pregunta que lanzaba al aire su hija, mi amiga, ¿nunca más significa nunca más?
Quisiera cambiar su nunca por un siempre, que sea eterna en lo que ellos son, en su belleza detenida en la cumbre de su vida.
Las calles siguen estando agobiantes por el calor, el sol achicharra las últimas hojas verdes que resisten los embites del verano.
Pero las mañanas son frescas y el cielo ha cambiado su color para recibir a septiembre, que espera allí en la esquina, agazapado entre cuadernos por estrenar.
También las risas de los niños suenan más cansadas y piden acostarse antes. El aburrimiento se ha colado entre sus juguetes y el agua de la piscina les recibe más sucia y más fría.
Sí, quedan algunos días de verano. Muchos, todavía, de calor intenso, de sandalias y de camisetas de tirantes. Pero los escaparates anuncian abriguitos y lanas finas, porque ésto se acaba ya. Así que apuren sus granizados y sus terracitas y estiren la siesta todo lo que puedan.
Damas y caballeros... me complace presentarles la entrada 600 de este blog, en verde guisante.
No, ni mucho menos significará para los anales de la historia el acontecimiento social que supuso la entrada en el mercado automobilístico español del utilitario fabricado por SEAT (le tuve que explicar al little pea que no se pronunciaba "sit" a la inglesa). Pero, a pesar de no ser tan importante, me siento orgullosa de haber llegado, al menos hasta aquí.
Afortunadamente las carreteras están muchísimo mejor que aquellas por las que rodaban los cochecitos cargados de criaturas con padre fumando puro al volante. Tengo un amigo que sufría semejante condición desde Lérida hasta Valladolid. A los 15 km preguntaba si le faltaba mucho para llegar, angelito.
En fin, apretújense en el asiento de atrás, el trayecto será largo y las alforjas, pequeñas (por cuestiones de maletero). Si así lo desean, feliz viaje a bordo.
Tenía el tamaño ideal para convertirse en cortina para la pequeña ventana, pero estuvo guardada en una caja más de una década.
Sólo le echaba un vistazo de vez en cuando, al toparme con ella en los cambios de temporada de armario. Nunca recordaba su contenido y, al abrirla, me asaltaba una punzada del sufrimiento sentido entonces. Nada, apenas un segundo. Más de 10 años de alegrías han logrado borrar la tristeza. Nada queda ya del invierno que bordé aquellas sabanitas de hilo que quedaron sin niño. No pude ponerlas en la cuna de mis hijos, porque no les pertenecía. Era la única posesión de aquella criatura que no fue.
Ya no hay sufrimiento, ni siquiera dolor. Es hora, pues, de aprovechar la oportunidad de darle un sentido a la labor que entretuvo mis manos, y que, hoy, tiene este aspecto.
Me ha sorprendido ver la delicadeza del trabajo que hice, habría sido estúpido dejarlo, también, muerto en un armario.
Nunca he hecho vacaciones en agosto. El mundo se divide en ciudadanos de primera, y los que trabajamos en agosto. Es un hecho. Cuando era estudiante, me tocaba estudiar. No, no tenía suspensos, pero mi madre me hacía preparar el curso siguiente, porque me veía cara de aburrida.
Cuando empecé a trabajar, lo hice entre un curso y otro, así que nanay de vacaciones. Al terminar la carrera, lo mismo, empiezas a trabajar en verano, no vas a pedir vacaciones. Al otro año, me casé, viaje de novios, luego no pidas vacaciones...
En mi trabajo actual, mi compañera veranea a 500km, no vas a fastidiarle las vacaciones, si a ti te da igual.
¿Me da igual?
NOoooo, yo PREFIERO trabajar en agosto. Con este cuento, hago vacaciones en julio, que apetece mucho. Luego, en agosto, se trabaja a medio gas, sin jefes, sin viajes, sin mareo alguno, te cuidan a los niños por la mañana porque estás trabajando y por la tarde, a la piscina.
A demás, me quedan algunos días que voy a hacer a primeros de septiembre, cuando empieza la locura en el trabajo, los niños van a terminar por producir un derrame cerebral a sus abuelos, y hace suficiente buen tiempo para estar en tu casita tan a gusto. Resumiendo, casi dos meses de vacaciones.
Si pudiera, regalaría a mis hijos cada día un cortometraje como La luna, que precede a la última película Disney para niños, Brave.
Sí, hoy me alegro de haber invertido 30 euros en alimentar nuestro espíritu en el cine.
Por la luna cruzando el horizonte sobre el mar. Por el niño que sigue la tradición familiar con orgullo. Por el abuelo, por su trabajo, por el dibujo de los remos sobre el agua al deslizarse el barco.
Y por la niña de pelo rojo despeinado que encuentra el camino correcto. Por la historia, por el paisaje del puerto escocés que parecía una foto. Por la pelea, por la fiesta, por el amor, que mueve el mundo. Por el verde en todo su esplendor, por el bosque, por...
Sí, os lo recomiendo, si pudiera, os invitaría a todos al cine
Parece que fue hace dos días cuando escribí un post sobre mermelada de moras en casa de Mariapi, y ha pasado ya un año. Hemos vuelto a las andadas...
Supongo que debí inspirarme en el color potente de las moras que recogí mano a mano con mi hijo (y pinchazo a pinchazo, vamos a admitirlo). El caso es que tenía unas telas guardadas desde hacía un montón de tiempo que no tenía muy claro cómo utilizar, porque me las regalaron y estaban cortadas en fat quarter (para las que no estáis en el ajo del patchwork, es un pedazo de 45x50, más o menos). Las telas tenían motivos de cocina: peras, manzanas, pollitos, pero eran dibujos grandes difíciles de colocar, porque muchos estaban partidos.
Y como resultado salió ésto...
Por cierto, menos mal que estoy aquí dándole al callo, porque vosotros sois una pandilla de perezosos... ayer hubo casi 300 visitas en el blog y sólo dos comentarios. Ya os vale, así está el país. En fin, al menos venís de vez en cuando, algo es algo.
Ah, que queréis la receta de la mermelada de moras...
He escogido esta imagen de LeaNoticias.com porque me ha parecido perfecta para ilustrar esa Tierra de Nadie que vive un preadolescente, que le arrastra de la carcajada al llanto, como un pequeño payaso.
En esas arenas movedizas camina mi hijo, apurando las últimas luces de su niñez para entrar por la puerta de atrás en una adolescencia que promete ser larga y dura.
Me preocupa mucho el agua de la que beben nuestros hijos. Les oigo (suelo estar de espalda a la tele, no lo veo) las series que ven mañana, tarde y noche. Y sus modelos son horrorosos. Niñas pijas riquísimas, con un nivel de inteligencia inversamente proporcional al dinero que tienen. Por supuesto, los más inteligentes de la serie suelen ser los que fracasan... o los divertidísimos y peligrosos Phineas y Ferb, que siempre se salen con la suya sin que la buena (e histérica) de su hermana pueda delatarles a su madre, que parece haber fumado muchos porros. Críos sexuados de forma aberrante, niñas vestidas como furcias, padres incapaces. En fin, ni un solo valor al que aferrarse, no les aportan NADA.
Ayer me puse en la piel de mi hijo mayor, me fui a su edad, a mi verano, que fue azul. Y les puse la serie que marcó a varias generaciones, que se repuso hasta la saciedad porque era buena, porque tiene todos esos valores que ahora no aparecen por ningún lado, no vaya a ser que salgan niños capaces de pensar y luego no puedan manipular sus cerebros.
Estuvieron pegados a la pantalla viendo Verano Azul durante un episodio y medio, se reían, disfrutaron, entendieron que podían aprender algo de lo que veían.
Aquella serie supuso el retrato de una generación, y más allá. Porque los perfiles personales que se dibujan siguen siendo vigentes: la mujer solitaria que ha sufrido una gran pérdida (que hoy encontraría su compañía probablemente en las redes sociales) y el hombre de mar atascado en tierra que se rodea de la juventud que permanece en su espíritu. Cada uno de los chicos, en esencia: el más presumido y competitivo, el que permanece en segundo término, la guapa, la menos agraciada, el chico de pueblo sin oportunidades, el niño glotón y sabelotodo y el que pone la guinda al pastel con su sinceridad aplastante. Y los padres, con su papel secundario, son una lección en sí misma, aunque, la verdad, se pasan el día bebiendo, fumando y en el chiringuito... ¡Así salimos nosotros!
Cuando era pequeña, mi madre y mis tías compartían un vestido estampado con flores, en tonos desde ocre hasta granate, con manga ancha y corte imperio. Era un el vestido de embarazada. Era sin mangas, así que en invierno lo llevaban con un jersey de cuello cisne debajo.
Yo no soy capaz de recordarlo, pero estoy segura que también compartieron todo lo que pudieron de sus bebés y niños pequeños.
Mis sobrinos nacieron al mismo tiempo que mis hijos y hubo que comprar casi todo nuevo varias veces. Así que me ha hecho especial ilusión esperar al bebé de mi prima con todos los artilugios deliciosos que compré para mis niños.
Desempolvé la preciosa cuna de madera, la canastilla vestida de volantes, la bolsa con el osito bordado. El cambiador sobre el que tantas y tantas veces besé tripitas y pies, cambié pañales y comí deditos de lacasito.
Me sorprendió ver el buen estado en que estaba todo y el acierto en la elección de colores y estampados, porque todo se veía actual a pesar de haber pasado ya 10 años.
Empaqueté mis recuerdos y mis miedos, me hice consejera por un ratito para disimular la amplia envidia que me produjo su gravidez... Y por desgracia viven lejos, así que veré la vida del pequeño J a cámara ultrarápida, me perderé sus piernas de ranita, su primera sonrisa y su gateo patoso. Pasará como con mis propios hijos, a quienes he tenido que explicar con dificultades quién era esa tía a la que a penas han visto tres veces y que se lleva todas sus cosas.
Me alegra poder ceder el testigo de la maternidad a una de las mujeres de mi familia, como hizo en su día mi madre y sus hermanas.
El otro día me llegó un correo que Ana de Punts i Draps mandó a sus clientes y alumnas para contar que su taller se muda de la tienda de la C.Igualada de Lleida, a la C. Democracia 6,3º4ª. Allí seguirá impartiendo clases de patchwork y monográficos sobre muchas cosas a partir del 1 de septiembre.
Siento mucho que el proyecto que tenía haya tenido que cambiar. Las cosas están bien difíciles y yo sé cuánto ha tenido que luchar para salir adelante estos últimos dos años. Recuerdo que me contaba lo que te costó darle a su tienda el aspecto tan bonito que tenía, y sé cuánto lamenta tener que cerrarla. Entiendo que le ha costado mucho tomar la decisión, pero pienso que ha hecho lo mejor. El peso que tenía que soportar era demasiado y me temo que la estaba lastrando.
Si por algo destaca Ana es por su generosidad. Hablando de pesos, ella me regaló el patrón de este peso de puerta en forma de vaca que ella misma ideó y que vende en su tienda-taller. Tenía pendiente hacerlo porque, además de precioso, es muy práctico (mucho más que dejar un par de zapatos para que la puerta de mi habitación no se cierre de golpe).
No estoy segura de que la generosidad sea una virtud en el ámbito de los negocios, lo que sí sé es que no abundan personas como ella, por desgracia, así que deseo de todo corazón que este golpe de timón la lleve a buen puerto. Y también deseo que el día de su boda esté blanca, radiante y feliz. Hasta pronto, Ana.
Hoy me he puesto en modo Dayketing, porque tengo un incorregible espíritu de amor hacia el olimpismo. Hay que ver, que con lo poco deportista que soy... Bien, hoy hace 20 años que se inauguraron los JJOO de Barcelona 92, y cómo no, he querido compartirlo con mis hijos. El pequeño saltamontes ha oído Olim... y ha pegado un bote que le ha dejado sentado frente al ordenador, y su hermano se ha enganchado desde el segundo 0, porque tiene el mismo espíritu marcial que me engancha a mí.
Yo me he emocionado. Sí, lo digo sin tapujos, he llorado como una magdalena desde el primer momento, porque me emociona cómo trataban de vender mi país en aquellos años. Y me ha emocionado la soberana estupidez que nos rige ahora. Voy a tratar de explicarme, porque los sentimientos han sido intensos y se me amontonan las palabras en los dedos.
Desde que empieza el acto, cuando las banderas de la ciudad de Barcelona, la catalana y la española cruzan con un silencio respetuoso todo el estadio, y cómo se recibe en Cataluña con su himno a los Reyes de España, que presiden el Himno al que Matías Prats nombra "nacional" sin que a nadie se le atragante la cucharada de sopa.
No se me ocurre mejor forma de saludar que aquel Hola que se dibujó en el centro del estadio:
Luego, la ceremonia empieza con una representación de la música de nuestro país: sardana, los tambores de Aragón, jotas, sevillana, copla, y también de las danzas que los acompañan.
Hoy dudo que todo lo que nuestros ojos han visto en ese viaje al pasado fuera posible. Mientras siguen desfilando los atletas (estamos pasando Laos, tengo que explicarles que está en Asia), me preguntan por las capitales de los países. Y me escucho a mí misma hablándoles de la extinta URSS, con la que competían los países como Ucraina, Estonia, Letonia, Lituania, de los cuales ellos ya conocen la capital, incluso a algunas personas de aquellos países que ahora viven aquí.Yo misma he tenido que informarme para saber que algunas de las antiguas repúblicas soviéticas compitieron bajo un Equipo Unificado. Hemos hablado del Muro de Berlín, de la II Guerra Mundial, de lo bonito que fue que las gimnastas abrieran paso a la bandera olímpica, de cómo latía nuestro corazón, como aquel que dibujaron los voluntarios. Hubo miles, miles de jóvenes que colaboraron en aquel renacer de la ciudad de Barcelona, que se reinventó.
No estoy segura que hoy pudiera hacerse nada parecido en ninguna ciudad aquí, ni siquiera Madrid. ¿Os imagináis el ridículo del público pitando para tapar el himno? Yo me niego. Prefiero el dulce recuerdo de la sardana Benvinguts.
Sé que las peleas entre los niños son necesarias para aprender a resolver los problemas de los adultos.
Que todos los hermanos del mundo se pelean.
Lo sé, sé que cuanto más se pelean, más se quieren en realidad.
Que no hace daño a nadie, que en un rato estarán dándose abrazos y perdonándose, incluso se van a apoyar entre sí cuando imponga el merecido castigo.
De hecho, ya hace un minuto les he tenido que sacar de la piscina por ahogamientos mutuos y arañazos varios, y ahora mismo están en el ordenador jugando juntos.
Nos tomamos unos días de vacaciones. Ellos, de actividades, cuadernillos, horarios y rutinas. Nosotros, de nuestra vida.
No fui tan valiente como para dejarme el teléfono y la conexión con el mundo terrenal, algunas adicciones son demasiado fuertes, pero sí dejé todo lo demás, desde la costura hasta la cocina (benditos precocinados).
Las vacaciones cobran vida propia. Uno planifica hacer determinadas cosas y la realidad toma las riendas y suele llevarnos por donde le da la gana. Así, yo me llevé dos libros para bucear en ellos. Uno, del que no voy a decir el nombre, se quedó allá por la página 50, abandonado en el apartamento de la playa, a ver si le interesa a alguno de mis cuñados más que a mí. El otro me tiene algo más atada, cuenta una historia algo más interesante. Nada, que yo quería leer apasionadamente, y me aburrí como una ostra.
Otra cosa que no me esperaba es que, a pesar de querer cambiar de actividad, nos tocó hacer bricolages varios y la compra, los niños nos hicieron madrugar y trasnochar sigue sin ser lo nuestro. Y yo sigo encontrando guisantes bajo todas las camas. Al menos, los de la mía los tengo algo más controlados.
Hemos vuelto ya a casa, con la conclusión de que la playa se parece siempre a sí misma, pero que la vida nunca es igual. Ahora me espera lo de siempre: descongelar la nevera y descolgar las cortinas. Nunca es igual, pero se parece.
No sé por qué a veces no somos capaces de dirigir nuestra ira hacia quien la causa, y lo pagamos con otros. Algún desaire, una patada a algún objeto para reprimir el deseo de pegársela a quien nos lastima el alma.
Esa ira injusta, que no resuelve, pero que vacía y descarga y obliga, casi siempre, a pedir perdón, no me causa sensación de enfado, ni siquiera cuando cae sobre mí (a menudo, maldito don de la ubicuidad). Cuando alguien ataca de forma desproporcionada a otro porque sufre o porque, simplemente no tiene otra forma de expresarse, me causa dolor, dolor por empatía del sufrimiento ajeno.
Suelo leer a grandes cucharadas, como muchas de las cosas que hago. Me tomo los libros a pecho, me introduzco en ellos, los vivo con intensidad, pero deprisa, como suelo hacer casi todo en esta vida.Así, cuando un libro me gusta, o me impresiona, o me impacta, o simplemente tengo ganas de acabarlo porque es un bodrio, lo devoro a toda velocidad.
Esta semana he terminado dos novelas que giraban alrededor de la adolescencia, pero en décadas tan dispares como la de los cincuenta, en el caso de Primera memoria de Ana M. Matute, y la adolescencia de los noventa que narra La soledad de los números primos de Paolo Giordano. No voy a resumidos los libros, podéis consultar sus resúmenes o críticas o leerlos, si lo deseáis. Quiero limitarme a exponer aquí la sensación que me ha quedado una vez digerido y asimilado el contenido.
Si tienen algo en común -y quizá sea debido a que la adolescencia es un período de tiempo bastante convulso- es que me han dejado el alma con un sentimiento de desazón inconsolable. Primera memoria es una novela ambientada en la Guerra civil española, lenta como sucedía todo antes. Con una maravillosa escritura, la Matute se ganó el Premio Nadal narrando todo aquello que de forma despiadada, cruel y sin sutileza quiere mostrarnos la novela de Giordano, a su manera, mucho más brusca y rápida.
Porque si algo creo que distingue nuestra juventud, y me refiero a la mía y a la que será de mis hijos, respecto de la anterior, y ahora quiero señalar la de mis padres y abuelos, es la rapidez y la falta de sutileza.
Siempre ha habido chicos que han salido de los límites establecidos, siempre se ha tratado de ir un poco más allá, siempre se ha coqueteado con el alcohol, con las drogas, con el sexo, se ha mirado de tú a tú a la muerte, pero ahora es distinto. Y no sabría decir si eso es mejor, o es peor.
Me esperan unos días de lectura y muchas horas de reflexión. Seguramente archive las novelas que acabo de dejar en el departamento de "Leídos", pero no descarto retomarlas para poder saborearlas como no me han permitido hacerlo mis urgencias lectoras.
El más oscuro es el mío. Lo llevo con orgullo desde hace unos días. El segundo lo hice con los retales que me sobraron del primero, y aún me ha quedado tela para otro, que está en el horno de coser, y ojalá me hubieran quedado más señoras, pero la tela se agotó. Me estoy planteando seriamente venderlos, así que si alguien quiere comprar uno, que se ponga en contacto conmigo.
En fin, os dejo algunos detalles, para poneros los dientes bieeen largos.
Detalle de la cremallera:
Aquí, las señoras, de cerca. La de verde lleva un poquito de pedrería, le quedaba perfecta:
Y detalle de las asas de mi propio bolso. Si os cruzáis con un bolso así a lo mejor la dueña soy yo.
Me las daba de hermética. Nadie, más que yo, podía entrar en lo más azul de mi miedo al rechazo. Nadie podía saber que yo no merecía ser querida, porque así me lo habían hecho saber.
Asi que andaba, por lo visto, rechazando el cariño que me llegaba sin darme cuenta. No, no vi la protección que blindaron para mí, las dos, abriendo su círculo sólo para mí. Ni aproveché el hombro del alma gemela que apareció también lastimada, como yo.
Estaba yo buscando inspiración en la adolescencia narrada en libros para adolescentes, y lo único que necesitaba era un espejo y unas viejas fotografías con niñas de uniforme. Tan fácil...
Veinte años después el reencuentro ha sido sorprendente, el mismo cariño sin reproches. Y ahora ya he aprendido a querer.
Yo siempre habría dicho que el mejor verano de mi vida fue aquel, el de mi amiga Gemma y Verano azul, de los baños en la piscina verdosa de casa del panadero por la mañana y en la piscina del otro pueblo, por la tarde. Del huerto de tomates, de la bicicleta, también azul, que cabalgaba por las callejas polvorientas del pueblo de mis abuelos. De los calcetines calados y los vestidos de algodón. De las bailarinas con goma que te permitían trotar, subir, bajar, correr, volar. Del parchís y la pelota, de las muñecas y sus papillas de barro. Del Pop-eye de limón y la bolsa de pipas en la plaza.
Ayer os acompañé en vuestra tarde. Me hizo gracia que os hiciera tantísima ilusión el montón de cuadernos de vacaciones, que empezasteis con ganas y buena voluntad. Luego fuimos al rescate de mi vieja guitarra y las partituras que no te han enseñado en el conservatorio, las de canciones de kumbayá, nunca habías tocado tan a gusto. Por el camino encontramos el Atlas de Europa que nos permitirá viajar gratis todo el año, ¡nunca os había visto con los ojos tan abiertos! Merienda de colacao fresquito, y piscina al último mordisco.
Mientras preparaba la comida de hoy, estuvisteis montando maremotos, persiguiendo a los gatitos, secándoos al sol para entrar en calor, para volveros a meter al cabo de un segundo (qué tentación, el agua). Risas, gritos y felicidad.
Nunca seréis tan iguales como ahora, con 6 y casi 10 años. Dentro de nada llegará la mirada de desprecio de la adolescencia hacia este tiempo maravilloso de la infancia, en el que el hallazgo de una pequeña maleta de juguete es un tesoro.
Devorasteis la cena con apetito de cachorro, os acostasteis entre risas tras haberos escondido (otra vez) los dos en la cama de uno, con la piel suave por el sol y el largo baño, agotados, pero felices.
Guardad este verano en el recuerdo, porque, quién sabe, quizá sea el mejor de vuestra vida. Quién sabe, porque yo pensaba que el mío fue aquel Verano azul, y resulta que es éste, en que mis ojos se llenan de vosotros.
Si algo de lo que expongo aquí te molesta, te pertenece, o habla de ti y quieres que lo borre, tan solo tienes que pedírmelo. Nunca quise ofenderte, ni plagiarte, ni molestarte... Este es un espacio de libertad y, sobre todo, de respeto.