“La enfermera es temporalmente, la conciencia para el inconsciente; el apego a la vida para el suicida, la pierna para el amputado; los ojos para quien acaba de perder la vista; un medio de locomoción para el recién nacido; el conocimiento y la confianza para la joven madre; la voz de los que están demasiado débiles para hablar o se niegan a hacerlo”
Virginia Henderson.
Recuerdo perfectamente el día que oí por primera vez la frase de la Henderson, de la boca de una de las mejores profesoras que he tenido. Recuerdo que de repente sentí la responsabilidad sobre mis hombros, pero, a la vez, supe que esa era la única forma de ejercer una profesión como la de enfermera.
Esta semana mi abuelabesitos ha estado en el hospital. Tiene un problema crónico que necesitaba una prueba que tardaron media hora en realizarle. Se decidió ingresarla para evitar la larguísima espera ambulatoria que estaba contraindicada por unos vómitos incoercibles.
No voy a detallar aquí las múltiples incomodidades que suponen estar en un hospital, para quien está enfermo y para el que acompaña, y que son inevitables.
Sobre lo que se podría mejorar, los profesionales que la atendieron, ciertamente lo hicieron tan bien como sabían, como les dictaba el protocolo. Ni una sola vez se desviaron de él. Pero debió de haber algo que se hizo mal, muy mal. A lo mejor el protocolo no es lo suficientemente amplio para atender a una anciana de 90 años igual que a un chaval de 35 o a un señor de 55. Seguro que no.
Porque mi abuela, en un momento en le recordé su longevidad me confesó:
-Yo no me creo que tenga 90 años...
-¿No?, -le dije, sonriendo por su coquetería- ¿y cuántos diría que tiene?
-Pues... no sé, 78. 78 está bien. Además, cuando los médicos ven mis papeles, y un "90", dejan de hacerme caso.
Me conmovió.
No voy a detallar aquí su peregrinación que ha acabado con un conato de úlcera por presión, sobreinfectada con una candidasis, en apenas tres días. Ha sido una pesadilla en toda regla.
Y lo único que puedo decir a mis compañeras de profesión es que siguieron a la perfección su protocolo, pero que no deben olvidar jamás que ellas también pueden tomar decisiones. Deben tomarlas, teniendo en cuenta que la persona que tienen delante es única, y su circunstancia, también. Un anciano de 90 años es un ser frágil y delicado.
Tres días sin comer, sin beber, sin más líquido que dos botellas de suero en 24 horas, no son suficientes. Un anciano se queda sin masa muscular en muy poquito tiempo. Y a lo mejor consideráis que ya ha vivido bastante, que su vida llega a su fin, pero no por ello debemos dejar de atenderle y acompañarle.
La familia hicimos cuanto supimos y pudimos. Hasta donde alcanzábamos, aplicamos crema hidratante, pusimos protecciones en los tobillos, besamos y abrazamos, dimos palabras de consuelo, y contamos las horas que faltaban para el alta.
Acabamos comprando un flan en la cafetería porque la ambulancia que se la tenía que llevar llevaba dos horas de retraso.
Ya en casa, el personal que la atiende la alimentó, la hidrató, la lavó, peinó, maquilló y la trataron como un ser humano.
Tengo un nudo en el estómago. Nunca me había sentido tan impotente, porque de sus ojos había desaparecido toda la esperanza. No habría muerto de su enfermedad, pero no creo que hubiera sobrevivido dos días más al hospital.