... a ser la mejor madre del mundo.
Tendrás que reconocer que te liaste, que no supiste reconocer tus propios límites, a pesar de que todos te recordábamos que había algo en tu plan que no podía funcionar bien.
Dios me libre de cortar tus alas o de crearte falsos techos, pero cuando nos dijiste que pensabas vender accesorios y complementos hechos con cápsulas de café recicladas y te preguntamos si sabías cómo ibas a hacerlo, tuve muchas dudas. Porque, en realidad yo sabía que tú nunca habías hecho algo parecido.
Tú no. Tú tenías claro que querías venderlas y trazaste tu plan como en el cuento de La lechera. Aseguraste que en la escuela aprendiste a hacer cosas con las cápsulas y dijiste que harías unos collares, unos clips y no sé cuántas cosas más. Vale, vale, está bien, te dijimos mientras pensábamos que ya se te pasaría.
Pero apareciste al día siguiente con una larga lista de solicitudes de tus compañeras de clase. A pesar de los precios que tú mismo habías decidido poner a tus creaciones, las debiste convencer bien de tus capacidades: 2 euros el clip, 6 euros el collar, no sé cuántos la diadema. Ah,. y para su desgracia, tenías intención de cobrar por adelantado, no fuera a estropeársete el negocio.
Es verdad que yo ya me veía cosiendo y pegando y comprando cosas para ti. Lo tuve aún más claro, como el agua que viene lloviendo todo el día, que ibas en serio cuando te vi salir del cole removiendo monedas en tu bolsillo.
Tu padre te sugirió que bajaras los precios un poco, y dos niñas te confiaron su dinero. A la hora de la comida, tras un intento fracasado de hacer un collar, supongo que te diste cuenta que te metiste en un lío.
Al salir de clase, pregunté a las mamás de tus compañeras si alguna sabía algo de unas compras y nos estuvimos riendo de tu picardía al pedir dinero por adelantado... y de paso, me comprometí a hacer que la inversión de sus hijas no fuera dinero perdido.
Bien, al llegar a casa y verte con el fracaso de no saber cómo salir adelante, te eché una mano. Le hice un buen lavado de cara al proyecto que habíais empezado papá y tú a mediodía, y con un poco de pegamento de contacto, unos cierres que tenía, unos cordoncitos para hacer collares y mucha paciencia, te saqué del fregado en que te metiste solito.
No te salió gratis, te llevaste una lección de gestión de empresa: primero planificar, calcular los gastos, los beneficios esperados y, sobre todo, medir bien tus propias capacidades para fabricar por ti mismo el producto.
Ambos aprendimos: tú a ser prudente, yo, que eres muy valiente y decidido. Te felicito por ello y te animo a continuar. Aunque ahora ya te han salido imitadores: charlatanes que venden dibujos a 60 céntimos y pulseras de cuentas con goma.











































