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miércoles, 9 de febrero de 2022

Querida princesa,

Esta mañana he enlazado un artículo de este blog en Twitter, quería explicar un recuerdo. Me he dado cuenta de que mi memoria de los años de la infancia de nuestros hijos están escritos aquí, a modo de bitácora. Me ha sido muy útil encontrarnos, leernos, reconocernos. A ti y a mí. Mi alter ego y yo. Tú, hecha delicadeza, ingenio, creatividad. Yo, mucho menos refinada, agazapada tras tus palabras, cual guisante bajo un montón de colchones, insegura e introvertida. Nuestra fuente principal de inspiración, nuestros hijos, crecieron lo suficiente como para que no les gustara que invadiésemos su intimidad. Ya no nos sentíamos cómodas. Por eso nos fuimos. No queríamos ser leídas por ciertas personas, volvimos al caparazón. Te maté, princesa.

Hoy me he dado cuenta de que es tremendamente injusto porque en realidad te debo mucho. Te debo nada menos que mi memoria, haber conocido a personas muy especiales y haber reencontrado a otras. Te preguntarás qué fue de ellas. Algunas de las asiduas se me escaparon como arena entre los dedos. Ya sabes, la vida. Otras me decepcionaron. Otras siguen ahí, siendo mi mayor sostén cuando hemos naufragado. Son imprescindibles y te las debo a ti.

Querrás saber qué ha sido de nosotras. Cuando escribí por última vez acabábamos de cumplir 42 años y descubrimos que habíamos dejado de ser jóvenes, así que colgamos los patines que acabábamos de comprar con tanta ilusión y nos pusimos un poco serias. El intento de dedicarnos a la nutrición no salió tan bien como esperábamos. En el fondo, la dietética nos gusta pero nos aburre mucho. Fueron los tiempos del Facebook. Querer agradar, esperar el agua de mayo de los Likes, ser fuente de inspiración es agotador. Poner tu confianza en manos de alguien y sentir la traición. Encontrar amigos y perderlos. Y eso también nos cansó, nos agotó.

Pero nunca se nos ha dado bien quedarnos quietas, así que seguimos haciendo cositas, jugando a las mamás, siendo las amantes esposas de nuestro hombre bueno, escribiendo, cosiendo, y liándonos a la más mínima, como con la tienda online de broches que también fracasó ¡Dichosa hiperactividad! Mucho trabajo y éxito, a ratitos, más bien poco.

Ahora somos huérfanas de abuelos y también de padre, que se fue tras dos años de lucha contra el maldito cangrejo. Cuando se muere tu padre ya no eres la misma persona. Tu mano busca agarrarse a la de alguien cuando viene una ola grande y ya no hay nada allí. Vienen los problemas feos, preparar un funeral, decir las palabras que curan cuando tú estás sujetándote las paredes del corazón con tiritas de papel, notarios y cosas de mayores que, como el cáncer, hasta este momento siempre les pasaban a los demás. 

Uf, y la pandemia. Eso no te lo voy contar porque no quiero que me robe ni un segundo más de paz. Si te interesa lee los periódicos. 

No obstante, debes saber que lo esencial sigue intacto. Nuestra familia, Señor Madurito y los chicos, que ya no son niños. Madurito y yo hemos cumplido 31 años juntos, con un amor limpio y sólido y hemos creado una familia que trata de ser hogar para quienes nos rodean. El mayor ha aprobado tres semestres de su ingeniería y el pequeño acabará este la ESO con una señora matrícula de honor ganada a pulso con su trabajo. Estamos muy orgullosas porque todo lo que pasó aquí cuando no eran más que unos niños que me daban un montón de trabajo sirvió de algo. Ellos me han devuelto con creces todo lo que les di entonces. Son buenas personas, se quieren infinito, nos respetan y vemos en ellos un futuro prometedor. 

No puedo prometerte un regreso al cien por cien, pero me doy cuenta que algún día querré saber cómo me sentía cuando tenía 48 años, mis hijos seguían en casa y yo tenía proyectos e ilusiones que nunca acaban de llegar. 

Este es un tiempo de crisis, como cuando empecé el blog en 2009. Llegué para deshacer nudos, como los que ahora me ahogan un poquito. Espero poder deshacerlos escribiéndolos, contigo. Hola, Princesa del Guisante. 



sábado, 6 de junio de 2015

Midiendo el tiempo, segunda parte

Mi hijo mayor tiene ahora exactamente la edad que tenía yo cuando tú te fuiste. Le miro en su belleza imperfecta de cisne a medio construir, con sus debilidades y su frágil seguridad en sí mismo y me traslado sin querer al momento en que se me rompió la vida en dos. Parece, en las personas que tenemos naturaleza alegre, que nada perturba el cascabel de nuestra risa. Claro, nadie hablaba en el 86 del duelo en la infancia. Mi madre nos dijo que ibas a ser una estrella, y con eso habría que conformarse. Bastante trabajo tenía todo el mundo para aprender a vivir sin ti como para acordarse de aquella niña que, a pesar de todo, seguía jugando a las muñecas (eran, insisto, otros tiempos).

Lo que sucedió en nuestra familia en el tiempo posterior a tu muerte voy a omitirlo por vergüenza. Solo diré que, para mí, la niña que perdió a su mediopadre, -cualquiera que nos conociera puede corroborar que te quise tanto como a mi padre de verdad, y eso es mucho-, perder al mismo tiempo el derecho al cariño de su tía y de los únicos primos de su edad, fue una dosis de dolor inconmensurable.

Me reia, sí, y luego me castigaba a mí misma por ser feliz sin ti. Dejé de ir a tu casa porque se me hacía indigno que la vida siguiera sin ti como si nada hubiera pasado. Me escapé -hasta que me pillaron- a ver a mi tía a escondidas, pero lo cierto es que no conseguíamos articular palabra, nos abrazábamos y llorábamos todo el rato.

Recuerdo que me regañaron durante la cena de Nochebuena de ese año porque me levanté para irme al salón a llorar, con un presunto ataque de adolescencia. Lo único que me pasaba es que fui consciente de que nunca volverías y en aquel momento no comprendía por qué todos parecían tan ajenos al dolor. Así dejé de llorarte en público. Tardé años en poder ir al cementerio a verte.

He caminado sin tu mano fuerte y rugosa todo este tiempo. Terminé mis estudios, me enamoré de un hombre bueno y me casé con él. Construimos una casa, un hogar y una familia. Tuvimos unos hijos que te habrían vuelto completamente loco de amor. A ellos les hablo de ti. El mayor tiene 12 años y 9 meses, no quiero, no puedo ni imaginarme la angustia en sus ojos si perdiera al puntal de su vida. Ahora ya es infinitamente tarde para que nadie venga a acordarse de mi dolor.



Esta es mi medida del tiempo: nunca es un buen momento para despedir a los seres queridos. Mi abuelo materno falleció a los 66 años sin cumplir, después de un calvario de dolor. El paterno, con 93, entre algodones y sin sufrir. El sí fue testigo de todas las cosas que me han hecho ser la mujer que soy. También de las menos buenas. La providencia quiso que coincidiera prácticamente en el mismo día. Nunca os olvidaré a ninguno de los dos y haré lo imposible para que, desde donde estéis, os sintáis orgullosos de vuestro patito feo.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Me ahogo

imagen de aquí

Cada vez que trato de entrar a contar algo, una gran bocanada de agua me llena la boca, la nariz, las orejas, se introduce a través de mi pelo y de los poros de mi piel dentro de mi alma, de mi mente. 

Paso las páginas de este blog como aquellos cuentos en los que las figuras están dibujadas de forma consecutiva y la imagen se vuelve acción. Así, leo las cosas que me han pasado durante cuatro años y medio, y os encuentro, acompañándome día tras día, post tras post, y entonces comprendo que me debo a alguien, al que me lee. Abro la boca y una gran masa de agua me atraganta una vez más. 

Veo el blog con su aspecto nuevecito, con su princesa preciosa, y entonces me recuerdo a mí misma que tengo que contar algo. Y entonces me siento leída, estudiada, conocida, desnuda, y no puedo afrontar el aire seco y punzante, no quiero, no me puedo permitir ser transparente como agua porque siempre hay alguien dispuesto a utilizarte, a lastimarte, a perjudicarte, a darte algo que no quieres porque sabes que tarde o temprano te pasará su factura. 

En otras batallas virtuales, en las que se discute sobre todo aquello que sea discutible, por mero deporte. Izquierdas y derechas, tetas y biberones, malas madres (¿?) contra apegadas, pro-animales que defienden que hay que tratar a los animales como personas y a las personas que las zurzan. Los Podemos contra todos, yo contra Podemos, y al final, lo de siempre, se apagan las luces de neón y quedamos los cuatro de pueblo levantándonos a las seis y media para seguir con el mazo dando. Y tú, yo, quiero decir, agotada por haber defendido la causa con la que crees. Creías. Bueno, ni sabes.

Libros (buenos, sé que son buenos) escritos por mí se me pudren en los cajones y en la autoestima porque en el fondo de mi ser me niego a creer que jamás se verán publicados. 

Me pregunto si alguna vez volveré a ser lo que era, o si me crecerán algas en las puntas de los dedos de las manos y quedaré atrapada en el fondo del mar. Quizá, si salgo, me convierta en una estatua de sal. Así que permaneceré rodeada del silencio, que al menos, no me ahoga. O sí. Maldita sea. 



sábado, 23 de agosto de 2014

Un jarro de agua fría y mi corazón dividido


No sé si me gusta demasiado la moda de ducharse en cubitos de hielo y pasarle el encarguito a otro para que haga lo mismo. 

Conozco la gran obra de caridad que se esconde detrás de esta chorrada: dar visibilidad a una enfermedad tan dura como la ELA a partir de una iniciativa solidaria. Eso es lo que divide mi corazón. 

Porque si bien es cierto que muchos de los que se han grabado en vídeo en semejante tesitura, antes o después habrán realizado el ingreso en la cuenta bancaria (ES09 - 2038 - 1923 - 156200003135), parece que la mayoría de los que se han prestado a aceptar la cadena que circula con fuerza por la red, no han aportado dinero, que es lo que puede ayudar.

Voy a abstenerme aquí de decir qué es lo que pienso de la mayoría de políticuchos que ganan sueldos que ruborizarían a cualquier persona decente por ejercer un trabajo bastante mediocre, algunos de ellos sin formación académica siquiera, mientras que nuestros mejores cerebros tienen que ir al extranjero a ganar el dinero que debieran. 

El dinero que los sucesivos gobiernos se ahorran en investigación es el que los enfermos de ELA (et al.) y sus familiares necesitan, no el mío. Bueno, si después de que los politicuchos dejaran de robarse lo que se pueda faltara más dinero, yo pondría todo lo que estuviera en mis manos, lo que quedara después de la siega de Hacienda-somos-todos-menos-ellos. 

En fin, yo venía aquí a dar un jarro de agua fría a los que se pasean por la Plaza Mayor Internet para que todos les vean el gesto sin dejar su dinerico. 

Y, de paso, recordarles el Evangelio de San Mateo (6:3-13)

3 Pero tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, 4 para que tu limosna sea en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará . 5 Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas; porque a ellos les gusta ponerse en pie y orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. 6 Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. 7 Y al orar, no uséis repeticiones sin sentido, como los gentiles, porque ellos se imaginan que serán oídos por su palabrería. 8 Por tanto, no os hagáis semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes que vosotros le pidáis. 9 Vosotros, pues, orad de esta manera: "Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. 10 "Venga tu reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. 11 "Danos hoy el pan nuestro de cada día. 12 "Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores. 13 "Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino y el poder y la gloria para siempre jamás. Amén."

Imagen Vermeer,  Mujer con una jarra de agua

martes, 15 de julio de 2014

Como si hubieses estado hoy conmigo

Llevaba unos días buscando zapatillas sin que me gustara ninguna demasiado. En fin, quería zapatillas, abiertas, con suela de goma, un poquito de tacón, en tela y estampado más o menos decente, sin que fueran de señora mayor. Sin embargo, me he enamorado de éstas, de precio razonable -de rebajas-, color monísimo, a la vista está, y muy confortables.


Ni siquiera recuerdo si tú tenías unas como estas, pero en cuanto he calzado mis pies en ellas he pensado en ti, en tu coquetería, he sabido a ciegas que te habrían gustado ¿acaso no tenías unas parecidas? No puedo recordarlo, porque hace casi veinte años desde la última vez que te vi. Pero al ponerme las chanclas que no se parecen en nada a lo que yo pretendía, con las uñitas pintadas de rojo y, a pesar de que mis pies no se parecen a los tuyos (o si, tampoco sabría decirlo con seguridad), tu ausencia ha palpitado en mi memoria. 

Me arrebataron poder despedirme de ti. Nadie, nunca, podrá devolverme ese momento. 

domingo, 6 de julio de 2014

Te lo dejaré escrito aquí

A pesar de que sabes que puedes llamarme cada vez que necesites consuelo, yo quiero que te grabes esta entrada y que no se te olvide nunca lo que te repito, básicamente porque son verdades irrefutables.

- No has hecho nada malo. ¿Te equivocaste? Puede ¿Le pediste disculpas? Mil veces ¿No puede aparcar su rencor? Ese es SU problema, no el tuyo. 

- Tienes derecho a ser amada. Con tu metro setenta y cinco y tu pelo, con tu tozudez, con tu empuje, con tu risa contagiosa, con tus altibajos, con tus gritos (que aprenderás a controlar en la medida de lo posible), con tu mente clara, con tu facilidad para conocer gente. Si yo, que soy tu amiga, te quiero conociendo todas esas cosas, la persona que se casó contigo te tiene que amar así. Y si no puede quererte aceptándote es que no te quiere, por más que se empeñe en decirte lo contrario.

- No tienes que suplicarle un beso. Los besos nacen del afecto, de la ternura, del deseo. Negarte el contacto físico es una forma de desprecio vil y miserable por su parte. No le des la oportunidad de volver a hacerlo. No te lo hagas a ti misma. 

- Que vuestra relación no haya salido bien no significa el fin del mundo aunque ahora no te lo parezca. La soledad te asusta y te hace mucho daño, pero ahora, al fin y al cabo, también estás sola, a pesar de él. Suelta el lastre de sus promesas vacías, de sus traumas no resueltos, de sus reproches, de su ni-contigo-ni-sin-ti, y administra tu tiempo y tu espacio. Estarás igual de sola pero podrás respirar. 

- Cuanto antes empieces a reconstruir tu interior, mejor para ti. No dejes que la pena se te coma la energía, no vuelques en él la esperanza de que vuelva, porque no te conviene. Ya nada podrá a ser lo que fue antes. No debes dejar que él ignore tus sentimientos, ridiculice tus problemas, te aparte de su vida social, priorice a sus padres y hermana frente a su familia, que eres tú, que te desacredite, que te margine, que te menoscabe. 

Voy a estar a tu lado y te voy a repetir todas estas cosas hasta la saciedad, hasta que tú comprendas que mereces un hombre que te quiera de verdad, que te haga brillar, que te haga el amor, para quien tú seas la mañana y la noche, que trabaje para su familia, que sea un hombre-hombre, que sabe manejar las cosas que pasen en vuestro hogar. Que sea el lugar al que puedas volver cuando termine tu día. Y si no es éste, que tengas libertad para llegar a conocer a uno que sea todas esas cosas. 

viernes, 30 de mayo de 2014

Curando

Quisiera poder aliviarte el dolor que late con arrogancia bajo tus sienes, pero poco puedo hacer, más que sentarme al otro lado a poner por escrito algunas de las cosas que el teléfono me ha impedido decirte.

Se asemejan las heridas del alma a las de la piel. Cuando una herida no se cierra, después de tanto tiempo de haberse producido, probablemente se limpió  mal. Los bordes quedaron mal delimitados, nadie supo qué debía hacer, proliferaron las malas palabras como si fueran microbios y gérmenes. No te estoy diciendo que sea imposible volver a conseguir una piel sana, pero requiere varias cosas de las que no sé si dispones.

En primer lugar, necesitarías una buena encarnadura. Una buena alimentación y una hidratación adecuada harán que tu piel cierre mejor. Así, una relación que se nutre de lo básico, de lo realmente importante, afrontará mejor la recuperación cuando las cosas van mal. 

Luego, como te decía, en caso de haberse lastimado (¡nos pasa a todos!), habría que haber limpiado  bien la lesión: resolver el bache antes de acostarse si es posible, y muchísimo mejor un polvo de aquellos que te reconcilian con la vida misma (perdón por la imagen gráfica, pero ya no estamos en horario infantil). Claro, eso se hizo mal. Así que quedó suciedad que hace que supure la herida cada dos por tres. Se acumularon capas y capas de reproches sobre los que el perdón encontraba una costra purulenta que no hacía más que crecer y crecer.

Así no hay manera de curar nada. La única opción que se me ocurre es una  cura radical, de quirófano. Primero, dejar que corra el aire sobre esa herida, poner distancia y dejar que el flujo sanguíneo  deje que vaya muriendo el rencor. Y luego viene la parte más dura, la que tenéis que saber que duele más, desbridar la herida, es decir, recortar el tejido muerto y cuidar mucho la carne nueva que nacerá en su lugar.

No hay garantía alguna de que la infección no haya pasado al torrente sanguíneo, de hecho, lloramos porque tememos que tendremos que dar sepultura a ese amor que agoniza en vuestras manos. Y, si se pudiera desechar ese rencor, el agujero que hay que cerrar es grande y dejará una cicatriz tremenda, que quizá vuelva a infectarse. Sólo tú sabes, bueno, vosotros sabéis, si la piel, vuestro tejido será capaz de superar la cirugía y si sereis lo suficientemente fuertes como para dar un buen tijeretazo a lo que la infecta. 


Sea lo que sea, estoy aquí para aguantar tu mano mientras corra el bisturí, mientras te pongan los puntos de sutura  y para acompañarte en el duelo si finalmente no lograrais superarlo. Va a doler, pero debes ser muy valiente, porque ahora el mal ya está hecho, hay que curar, sí o sí.


miércoles, 7 de mayo de 2014

Marcando tendencias

No me lo puedo creer, ¡¡he acuñado un neologismo!! 

Hoy en su post, Gema Lendoiro vuelve a hablar de la Corrala 2.0.  que presenté aquí.

¿La razón? Pues otro parto de famosa a la cual ni siquiera le dieron la oportunidad de esperarse a ver si le hacían la cesárea o no para criticarla. 

Me pregunto si es que estas mujeres no tienen nada mejor que hacer con sus vidas. El otro día una me  decía en una conversación de Facebook que si se ponía como una hidra en favor del parto vaginal y prolactancia o no sé qué era en defensa de mis partos y de mis lactancias. Os juro que no daba crédito. No sabía yo que algo que mis senos y mi útero hicieron por su cuenta fantásticamente programados por la Madre Naturaleza, necesitara abogados. 

No me atreví a decirle a esa amazona, a esa Juana de Arco, que, salvo sorpresas de última hora, no tengo intención de procrear más.

En fin. Me pregunto si no sería un acierto contratar a estas graciosas Cheerleaders de la teta para causas tan saludables como exigir que se reduzcan los contenidos de sal, azúcares y grasas de los alimentos, o que se prohíba la exhibición de cuerpos enfermos a las pasarelas. Eso también es defender la salud.  

domingo, 9 de febrero de 2014

Señora,

Esa es la forma en que debiera dirigirme a ti, pero yo voy a permitirme la licencia de tutearte.  Es bien notorio que nosotros, los Guisante, no tenemos el abolengo de la dinastía a la que perteneces, pero, al fin y al cabo, este es mi castillo. 

Tenéis, tu familia y tú, a todo el mundo revolucionado como consecuencia de cómo manejáis vuestras economías.  Fíjate, mi padre, el rey, como el tuyo, a veces ha hecho cosas que tal vez no pertenecieran a su regia condición. Sin embargo, yo, que he sido educada en una familia como Dios manda, nunca he dado un ruido para honrar el trabajo que ellos han hecho para que yo sea una mujer de bien. 

Yo no entiendo de números, ni de facturas, ni nada. Pero sé con quién me casé. Mi señor esposo es un hombre bueno y trabajador. Un padre excelente. Nos amamos, qué quieres que te diga. Y una gran parte de este amor se sustenta en no tratar de ser quienes no podemos ser y de no vivir por encima de nuestras posibilidades. Si hoy él viniera a casa con la escritura de una mansión bajo el brazo, lo primero que le preguntaría es cómo pensaba pagar la hipoteca. 

¿Sabes una cosa? Cuando era niña, soy algunos años más joven que tú, me miraba secretamente en ti, en tu porte elegante, en tu discreción. Cuando yo estaba en el colegio tú eras universitaria. No sabes cuánto me alegré de que tu hermana y tú rompieseis de una vez con el concepto de consorte inauguradora y os procuraseis un futuro en el mercado laboral. Fue un guiño que vinieses a vivir tan cerca de mi castillo, te tenía por una ciudadana moderna y libre. Aunque hubiera dado mi reino entero por optar a un puesto de trabajo tan cómodo y bien remunerado como el tuyo, me conformé con conseguir una plaza que quince años después todavía no tengo asegurada. 

Tú, como yo esperaba poder hacer también, te casaste con un plebeyo, por amor. Y qué decirte de la envidia sana que me suscitaron esos cuatro niños, ¡y esa muñequita que la naturaleza me ha negado con tozudez!

Y hoy, en cambio, me avergüenza pertenecer a la realeza y no sólo porque tú hayas sido tan deshonesta como para haber metido la mano en el bolsillo de los españoles para vivir a todo trapo, sino por algo mucho más sutil y que no he oído decir en todos estos días. 

Fíjate, qué matiz, que hilo tan fino has sido capaz de romper. Con tu actitud deshonrosa has anulado de un manotazo el esfuerzo titánico de toda una generación de mujeres que con sacrificio, horas extra, jornadas laborales dobles, reivindicaciones para ocupar el lugar en la historia que nos corresponde, has encarnado la figura de la mujer sumisa, abnegada y estúpida que no entiende nada de lo que su marido hace con el dinero, has fingido que tú no sabías qué hacía él (quiero pensar que sólo estabas interpretando el papel, que no eres tonta, en realidad), porque, como le pasaba a las mujeres en tiempo de mi abuela, él era el que tenía la llave de la caja en que se guardaban los dineros. 

Ten en cuenta que para salir del pozo al que nos has devuelto con tu soberbia, muchas mujeres han recibido la violencia física y psicológica, se han oído llamar marimachos y marimandonas, se han tenido   que dividir entre su familia y su trabajo, han tenido que luchar, por ti y por mí, para que los sueldos que nos dan cuando salimos de casa, se parezcan. 

No es sólo por que hayas robado dinero, que me pareces despreciable, nos has robado la dignidad. 

Hoy  Gema Lendoiro ha escrito esta maravilla de post, en la que se hablaba, precisamente, de esto de lo que te estoy hablando. Cuando lea lo que acabo de escribir, te detestará tanto, como lo hago yo, estoy convencida. 


domingo, 19 de enero de 2014

A ver cómo lo diría

Cuesta escribir sobre la suerte sin parecer una presuntuosa o una desagradecida. Vayamos primero a dar gracias, a Dios. Todos los días de la vida de mis hijos conmigo son un regalo. Desde el día bendito que supe que existían hasta ahora mismo, que están jugando en su habitación. Le doy gracias por haberme dado dos  niños tan. Tan. Todo lo que son es maravilloso, y no exagero: su salud, su temperamento, su fuerza su belleza, sus cabellos y sus dientes. Su tozudez y sus ganas de jugar, su desorden y su apetito. Todo. Son inteligentes y buenos. Y guapos. Y todo. 

En lo que a ser su madre se refiere, no me han dado demasiado trabajo extra. Lo hice tan bien como supe: orden en horarios y sensatez en casi todo. El sentido común ha sido la moneda de cambio corriente en el castillo. No obstante no todas mis decisiones han sido aplaudidas por los aledaños de quienes también quieren a mis hijos. Siempre hay alguien dispuesto a poner en jaque tus habilidades como madre contradiciendo tus órdenes, metiendo la nariz en tus decisiones, juzgando y cuestionando.

Tiene, sin embargo, el tiempo la manía de poner a todo el mundo en su sitio, y hasta ahora, la mayor parte de las cosas que he hecho para y por mis hijos están dando unos frutos estupendos y magníficos. Insisto en lo de dar gracias a Dios, porque sembrar en la tierra fértil que son mis hijos es lo más gratificante que haya hecho jamás. Pero ya saben como funciona, ser padre se parece un poco a disfrazarse de sargento. Se pasa uno el día dando órdenes e instrucciones: recoge los zapatos, límpiate la  nariz, termina tus deberes, te he dicho que recojas los zapatos, lee cada día, no te quedes hasta las tantas a leer, son las tantas y no has terminado tus deberes, son las tantas y estás todavía sin acostarte,... 

Cierto es que a lo mejor también saldría de su instinto todo lo que rezo yo durante el día. El caso es que, como sea, me hace mucha gracia cuando algunas veces -suele coincidir que quienes te lo dicen son los mismos que te critican por mandar tanto- te dicen:

- ¡Qué suerte tienes de que te hayan SALIDO unos niños tan educados!

Cualquiera argumenta que no ha sido cuestión de suerte, porque, efectivamente, he tenido toda la suerte del mundo con ellos. 

jueves, 16 de enero de 2014

Sobre responsabilidad

Cada día estoy más convencida de que la mayor parte de los problemas sociales que padecemos tienen su raíz en la falta de responsabilidad. No nos hacemos responsables de las consecuencias de nuestros actos, de las decisiones que hemos tomado y las que no, de nuestras omisiones, de nuestra pereza, de nuestra forma de vestir y de cómo educamos a nuestros hijos.

No son responsables nuestros líderes políticos porque no actúan de forma transparente ni honesta. No son responsables los jueces porque manipulan la lectura de las leyes en función de quienes son los políticos que les colocan en sus sillas. No son responsables los medios de comunicación, que tapan y destapan las vergüenzas de quienes les pagan, también del gremio que acabo de mencionar.

No se estila el asumir aquello que se deriva de nuestros actos. En cuanto tuve uso de razón me enseñaron que la consecuencia de una relación sexual podría ser un embarazo. Así que no comprendo tanto aspaviento, si tomas la decisión de acostarte con un hombre tienes que saber que eso puede ser el origen de una criatura. Y no estaría de más que le preguntaras al señor donante si él se hará cargo de la consecuencia de su acto responsable.

Asumir la responsabilidad es el acto que nos hace distintos de los animales.


Dedicado a Tomás, que se lo preguntaba

sábado, 11 de enero de 2014

Disfraces

Leía el otro día que el exceso de maquillaje, de cirugía estética, vestirse con extravagancias que tratan de llamar la atención hacia lo externo, se utilizan con la finalidad  _consciente o no_ de disimular alguna carencia interior. Como el intento infantil de señalar al cielo cuando nos dicen algo que no nos gusta.

Los niños disimulan muy mal. Sin querer, esconden su travesura de nuestros ojos tapándola, de forma que únicamente hay que seguir el camino de sus manos para descubrir su engaño. De la misma forma, los adultos que no aceptan en quiénes se están convirtiendo o simplemente quienes son, crean una máscara que no siempre es tan ajena a nuestros ojos como ellos creen, un disfraz. Cuando lo que hay que tapar es poco, pasa con una forma de vestir, con un porte, con esgrimir la posición que se ocupa, una forma de hablar particular, nada que llame excesivamente la atención. Una barba, unas gafas llamativas, un collar de fantasía.

Suele pasar, sin embargo, que la vida se  nos complica, y el pudor interior va añadiendo a ese kit básico una americana floreada, un bolso XXL, una camisa estrafularia, un coche enorme, colorete,  pendientes de diva. O todo lo contrario, se aferran a la dejadez, y convierten la mugre en su careta. Estoy exagerando, en realidad, es todo mucho más sutil. Sólo que a mí me parece igual de estridente. Lo que para ellos es una posición cómoda, segura, dentro del escondite de su alma, a mí me hace desconfiar tanto, como cuando me hablan con las gafas de sol puestas, y no puedo leer en el interior de las pupilas de mi interlocutor, haciéndome sentir desvalida. Con los de las gafas, sé como actuar: me pongo yo las mías y me hago igual de hermética, para dialogar con igualdad de condiciones.

Pero a mí no me gustan los disfraces, huyo del Carnaval como de la peste. Y en tiempos de crisis (no, no estoy hablando de la económica, sino de la moral), es la fiesta de moda. Se quedan felices ellos, exibiendo su disfraz, y yo no hago más que buscar a la persona que hay dentro. 


jueves, 19 de diciembre de 2013

No le veo la gracia.

Acabo de recibir un chistecillo de esos que corren por Whatsapp



Vaya por delante que admiro profundamente la Profesión de Maestro. Valoro muchísimo el trabajo de quienes enseñan a mis hijos y su dedicación a sus necesidades especiales y a sus personas en general. Y ya sabéis que pertenezco a una familia en la que esta profesión es mayoritaria. 

Sin embargo, los firmantes, Los Maestros, que se encargan de hacer circular sin pudor esta notificación, no creo que merezcan el título que ostentan. Para empezar, está claro que ellos mismos desprecian su trabajo si consideran que sus alumnos hacen lo mismo en su casa que en la escuela. Los niños para ellos, son mercancía de la que "hacerse cargo". Punto. Mireusted, ni hablar. Ya me gustaría a mí disponer de sus diecinueve días seguidos de vacaciones de Navidad para hacerme cargo, con todas las consecuencias, de mis hijos e intentar que no pierdan el ritmo de trabajo y estudio que tantísimo nos ha costado adquirir desde el último puente hasta ahora. Perdón, no, hasta ahora, no, que ya llevamos varios días preparando la víspera de las vacaciones que en nuestro caso es mañana, y no ha habido clases normales desde ni me acuerdo.  No podré hacerlo, mi colectivo, a diferencia del suyo, no dispone de sus jornadas laborales ni de sus períodos de merecidísimas vacaciones.

Por ello, en lugar de "hacerme cargo" "sin contar con el apoyo docente", tendré que hacer que Benditos Abuelos se "hagan cargo", porque soy afortunada y los tengo. Porque gran parte de mis conocidos tienen que hacer encaje de bolillos con sus horarios y sus sueldos para buscar alternativas. Ya, ya, haberme hecho maestra, y haberme sacado una oposición. Me sé de memoria todas las coletillas con las que adornan sus exabruptos.

No nos hacen ustedes ningún favor por tener en la escuela a nuestros hijos, porque su función es tratar que ellos desarrollen al máximo sus capacidades, darles los conocimientos que ellos van a necesitar para ser personas adultas aptas para desempeñar un puesto de trabajo de calidad. Créame, las cinco horas al día, 175 días al año, que tienen mis hijos colegio no alcanzan mi jornada laboral, así que "colocar" a los niños en la escuela no tiene esa finalidad, al contrario de lo que a usted pueda parecerle. 

Mi necesidad de dejarles en la escuela no es porque yo tenga el vicio de trabajar once meses al año cuarenta horas semanales, sino porque creo que ese es el lugar donde mis hijos tienen que ir para aprender. 

Es más, si tuviera la desgracia de estar en el paro, o la suerte de no necesitar trabajar para ganarme el pan que me como, también pensaría que el lugar más adecuado para mis hijos es la escuela para aprender. Bien, si usted, el Maestro firmante está en ella, mejor no, mejor que se queden en casa dando mal, que es lo mejor de la infancia.

Me avergüenza que su colectivo sea tan indigno y que a su vez tenga el poder porque tiene de rehenes a nuestros hijos. Y los gobiernos, a quienes conviene una generación de ignorantes que no sepan pensar para poder pensar por ellos, se ponen de perfil y menean la cabeza cuando todos los informes revelan la realidad de que las criaturas españolas son las que están peor preparadas.


lunes, 16 de diciembre de 2013

Sin conexión

Un cambio de compañía telefónica me ha dejado prácticamente desconectada por unos días. Vuelvo con las manos llenas de palabras que parecen no atreverse a asomar después de tantos días de silencio. Tantos, como la niebla que ha envuelto en humedad y frío el lugar en que vivo y que nos ha dado apenas un respiro hoy, no me he podido resistir a tomar una foto del cielo.



Es antipático nuestro clima. Eso hablaba con una señora hace algunos días. La niebla nos vuelve huraños, nos recluye en nuestros hogares y enmudece las risas de los niños. La semana pasada el suelo llegó a estar completamente mojado, como si hubiera llovido, tanto, que las maestras de mis hijos optaron por no dejarles salir al patio dos días.
La buena mujer, algo mayor, me comentaba que ella tenía que huir todos los inviernos a su hogar en la montaña, en busca de un frío más seco que el de aquí.  Y sonrió cuando le dije que el clima del "Pla de Lleida" era tan inhóspito como sus habitantes. No, no se puede generalizar, pero es cierto que en esta lugar cuesta mucho traspasar el umbral de un hogar ajeno y sentirse como uno más. Las gentes de aquí hemos aprendido a aprovechar las oportunidades, como los escasos rayos de sol que nos corresponden en invierno y que únicamente se van del todo azuzadas por el cierzo que llega malhumorándonos a todos en febrero. Un horror, vamos. De hecho, a los dirigentes romanos a quienes se quería castigar lo destinaban aquí, y no me extraña nada. 

En fin, vuelvo. No creo que pueda comentar en vuestros blogs, aunque procuraré leeros. Dicen que volverá a estar cubierto de niebla mañana. No hay mal que cien años dure, pero algunos males se hacen bien pesados 

lunes, 18 de noviembre de 2013

Desandando nuestro camino

Sé que me leen muchas madres. Apuesto que un buen número de nosotras echamos de menos nuestras figuras preembarazos. Muchas de nosotras engordamos un número considerable de kilos que, en el mejor de los casos se esfumaron después de la lactancia y de las noches sin dormir y que en el peor, se nos quedaron enroscados en la barriga acompañándonos en forma de alegres buñuelos.

También sé con certeza que ni una sola de nosotras renunciaría a la maternidad por volver a tener el cuerpo de antes. Es más, muchas de las madres tienen cuerpos esculturales. Siguen siendo mujeres bellas, que saben vestir bien, profesionales que compaginan los viajes hacia las extraescolares de sus hijos con la compra y hacen hueco entre dos reuniones para llevarles al dentista y renuncian a ir al gimnasio para poder pagarles mejores clases de inglés. Bueno, hablo en tercera persona, pero yo soy una de ellas, no tan bella y escultural, pero mi marido sigue mirándome con lujuria de vez en cuando. 

Una de las cosas que te enseña la maternidad, como el viento que doblega con firmeza pero suave a las cañas de bambú, es a ser respetuosa. Cuando habías juzgado con severidad a aquellos padres que no sabían controlar a su prole maleducada, te encuentras con la cara colorada en la cola de un supermercado porque tu hijo quiere un chupachup, y vive Dios que no se lo piensas comprar. Respetas a aquellos que prefieren el colecho, aunque tú pienses que es peligroso para el niño, y jamás lo hayas practicado. Porque cuando tú recorriste los diezmil metros pasillo tres noches seguidas le habrías vendido tu hijo a un mercader turco. Respetas, incluso a aquellos que deciden no tener hijos porque se les estropea la figura y la libertad. 

En cambio, es una práctica que ya he visto algunas veces por parte de los ahora llamados Sinhijos, la de insultar, tratar de ofender y despreciar a aquellos que apostamos por seguir el mandado más noble de la naturaleza, que es el de continuar la especie. De hecho, es el segundo nivel, el primero, preservar la propia vida. 

Dejo aquí el enlace de alguien a quien no puedo desear más que tener que tragarse sus palabras cuando tenga sus propios hijos, si es que algún día decide reproducirse. 

Miren, no sólo es algo natural, intrínseco en la esencia de cualquier ser vivo, animal o vegetal, incluso los protozoos y las amebas existen sólo para multiplicarse. Además es el acto más noble que cualquier mujer puede realizar en toda su puñetera existencia. El colmo de la generosidad, dar su cuerpo, ceder su belleza al ser que lleva dentro. Dejar de dormir, alimentarse para que él reciba los mejores nutrientes, cambiar de talla, padecer achaques nada agradables, como hemorroides, mareos, ciática, contracciones. En el momento del parto se produce un nivel de dolor intolerable en cualquier otra situación. Y todo eso no es más que ser un animal que se reproduce. Claro, que qué vais a saber tú y tu envidia cochina, de lo que supone el amor de una madre hacia esa criatura. 

Si algo lamento especialmente de tener hijos varones es que ellos estarán privados de esa maravilla tan grande que nunca seré capaz de explicar, aunque aquí lo intenté

La herida

Y entre el mar de besos supe que quería ser nosotros, y te lo dije, y tú también querías.
Y aquel deseo se nos resistió, con la tozudez de la mano que te corrige una y otra vez la caligrafía. Y ya estaba herida.
Y cuando se hizo burbuja, hubo más besos, y luz de luna redondeando mis curvas bajo tus caricias.
Y una tímida ala de golondrina tocó por primera vez mi vientre y quedé herida por siempre. Aquella herida del alma, herida de amor, herida de madre, herida de vida.
Y el día que mi cuerpo se rompió por él, y olí por primera vez a mar y a sangre, el día que conté por primera vez sus dedos perfectos y temí por su fragilidad, sentí palpitar el dolor, el dolor de la herida.
Mis senos alimentaron sus sonrisas y mis manos acariciaban sus minutos, y entendí que ya nunca cicatrizaría, que llegarían las noches de desvelo, los dientes, el olor a galleta, los virus malditos, las zapatillas diminutas, los niños que pegan, la lluvia y la niebla.
Y mientras, volví a empezar a sentir una nueva ala de mariposa, y llegó una herida nueva, y seguía con la antigua, y las fotos, los abuelos que besan, los celos, el amor por dos, amor al cuadrado hasta el infinito y más allá, la herida sobre la herida. Y más desvelos.
Y sin cerrar del todo, llega la primera excursión con el colegio, los compañeros que les dan la espalda, la primera vez que se quedan en casa solos, se ha roto su mochila, se han quedado cortos los pantalones casi nuevos. Y sentirían la ilusión inmensa de ver nacer gatitos, y el primer rosal pinchará su dedos por querer hacerme otro regalo y, a cada paso, un escozor en la herida.
Y lloraré con su dolor cuando les llegue el mal de amor y una  puñetera les rompa el corazón, y moriré de orgullo cuando les gradúe la vida para ser importantes para alguien, y sufriré cuando el trabajo les preocupe, cuando les acompañe en su dolor de barriga junto a un altar.
Y mi herida se hará infinita cuando ellos sean padres y les haga la primera fotografía con un retoño que ya no se parecerá tanto a nosotros, y besaré a la madre de esa criatura y le contaré que estará herida para siempre, y sabré que no podrá volver a dormir tranquila. Y me veré en la vejez de mi abuela, que siendo anciana, sigue herida por la herida de mi madre y ella, por mi vida.




lunes, 16 de septiembre de 2013

Nada va a cambiar aquí

Dedicado al 

Sabes que creo? que te podrías haber quedado allí...
Con el blog vives la vida que nunca has vivido ni vivirás, no recuerdas que hay gente que te conoce y conoce tu historia?
Qué pretendes con tus libros? Limpiar tú concienca?
Mucho cuidar a la abuelita, tú recuerdas que tienes una madre?
Y en el segundo libro que intentas explicar lo excluida que siempre has estado tú, sin amigos...
Vaya por Dios...me das mucha pena, siempre me la diste


Por un momento casi me devuelves a aquel lugar en el que fui una niña insegura y llena de miedos. Casi, casi, me haces daño.

Cuando dejé de ser anónima por la publicación de mis libros, me planteé dejar de escribir y así lo dije aquí en numerosas ocasiones. 
Pero enseguida me di cuenta de que no podría desprenderme de este lugar, el único, salvo mi propio hogar en el que soy libre para decir lo que pienso.

Si no te gustaba entonces, y crees que en éste lugar yo no soy yo misma sino que finjo ser algo que no soy, jamás podré gustarte. Ésta Ana Bergua soy yo. No se puede interpretar un papel durante tres años y medio. Soy así. Soy una buena persona, aunque a ti no te guste. Nunca aquí se ha pronunciado el nombre de nadie para ofenderle, aunque se ha mencionado de forma que esas personas que a mí me han causado dolor pueden saber que se está hablando de ellas si ellas quieren darse cuenta. Y con las que aquí son alabadas, lo mismo.

Te has querido burlar de mí, No soy mejor persona por haber escrito un libro en el que se habla de los besitos a una abuela (que por cierto, no era la mía) o porque he manifestado en numerosas ocasiones el amor a mis abuelos. Cierto, sólo hablo del amor hacia ellos, hacia mis hijos o hacia mi marido. Y eso no significa que no quiera y mucho, al resto de las personas de mi familia.

Seguramente no soy la hija ejemplar, ni la mejor hermana del mundo, ni la mejor sobrina ni la mejor nieta, ni la mejor madre, ni la mejor esposa, ni la mejor amiga. Pero, desde mi experiencia vivida y desde mi circunstancia personal y desde mi punto de vista intransferible, hago lo mejor que puedo con todo el mundo, porque necesito dormir tranquila.

Respecto a los amigos que tenía en la infancia y en la adolescencia, pues mireusted, con resultado desigual y variable. Pero siempre me sentí querida, así que si tuve problemas con alguno me harté de llorarles, porque sentí su pérdida que dejó en mí una gran sensación de soledad. Y no, no fue esa soledad la que me llevó a escribir el Magdalenas con problemas. Si conocieras bien a mi hijo que es muy introvertido, comprenderías que lo escribí para ayudarle a confiar en alguna persona mayor si alguna vez tuviera problemas.

Hasta los veinticinco años creí que no tenía razones para creer que podía ser querida tal como soy. Nunca fui ni la más guapa, ni la más lista, ni la más buena (es que si tienes boca resulta que tienes mal carácter). Hoy has dado un buen mazazo a mi autoestima... Pero ahora ya he aprendido a quererme, no voy a dejar que una persona cobarde -porque lo ha hecho de forma anónima- y sin escrúpulos me devuelva a aquel lugar en el que yo era frágil y vulnerable. Y si no te gusto a ti, o a quien sea, o si no os gusta mi manera de ser o mis ideas, no me leáis, no me sigáis. Olvidadme.

Yo nunca dejaré de respetaros, pero no dejaré que me volváis a hacer daño.

La puerta de este blog es muy grande, para que puedas salir con la misma facilidad que has entrado si no eres feliz aquí. Gracias por haberme recordado quién soy y de dónde vengo. Y, sobre todo, hacia adonde quiero ir.


miércoles, 11 de septiembre de 2013

Desde el exilio

Hoy he pasado el día en Zaragoza, la ciudad que tiene la mitad inexacta de mi corazón. Allí está mucha de la gente que necesito para respirar y, a pesar de mis dudas respecto de lo que siento por ella, siempre me recibe con esa hospitalidad incomparable de los aragoneses.

Hoy no necesitaba renovar mi armario, ni habíamos hecho grandes planes, pero me he encontrado con los regalos inesperados de unas nuevas gafas y el regazo de mi padre. en él, mis hijos se sienten respetados e importantes y yo vuelvo a la adolescencia en la que él me compraba perfumes y otros enseres que terminaron por desterrar al patito feo y destaparon a la Princesa que no sabía que había dentro de mí.

Hemos hablado mucho en el trayecto. De por qué nosotros, que somos catalanes, no queremos no ser españoles. De por qué la fecha de hoy, que conmemora la derrota en la guerra de Sucesión, en la que no se quitó ninguna independencia a nadie sino que se determinó que el rey de España no iba a ser un Austria sino un Borbón. De por qué nuestra bandera es la Senyera y no la estelada y que amamos también la rojigualda, pero que no somos libres para ponerla en nuestra casa porque nos dan miedo posibles represalias.

Hemos hablado de qué es la libertad para elegir y de la obligación de aceptar después las consecuencias, esas que a veces se disfrazan de Bien, pero que esconden el mal y viceversa.

Del significado de Democracia y de la Dictadura.

De cómo nos preocupa que se haga una lista con lo que algunos consideran "buenos catalanes", a saber, numérense los que vayan a la cadena catalana, y de cómo se parece eso a las estrellas de David que se pintaban en los escaparates de los judíos en la Alemania nazi.

Y les he enseñado a callar. Les he pedido que se muerdan la lengua cuando su maestra les hable de la corona catalano-aragonesa, que ellos ya saben que el Rey de la Corona de Aragón, y del Comptat de Barcelona, entre otros, era Fernando el Católico pero que tienen que aprenderse de memoria lo que su maestra les diga y mentir en el examen.

Hoy me he llevado a mi familia al exilio. No, no me siento libre. Ni siquiera me siento segura escribiendo estas palabras en mi blog.


viernes, 26 de abril de 2013

Su valor

Me ha costado mucho encontrar la serenidad que necesitaba para poder contaros lo que me pasó el día del libro. No estoy segura de tener un vocabulario de sentimientos suficiente, pero trataré de compartirlo con vosotros.

Una escuela de primaria de una población de la provincia de Barcelona me pide una colaboración para explicar a niños de quinto y sexto mi libro Magdalenas con problemas. Decido con las tutoras que vamos a hacer una sesión en la que las preguntas de los alumnos me servirán para profundizar en el tema del acoso escolar. Pero, advierto, no soy más que madre, enfemera, dietista, escritora, si me apuran, incluso bloguera, pero no soy psicóloga ni experta en el tema, más allá de la documentación que utilicé para escribir el libro.

En cuanto llegué a la escuela me avisan, los de quinto, de ambas líneas, eran... bueno, moviditos. Así lo comprendí cuando oí su trote desbocado por las escaleras. A pesar de ello, se sentaron respetuosos y saludaron con cortesía generosa al entrar en la biblioteca.

Me parecieron todos deliciosos, me recordaban a mi hijo mayor, que es de su edad. Les estudié en su infancia que ya parecía dura, aún sin saber nada de ellos. Intuición de gato escaldado, supongo.

Empecé presentándome, como madre, como enfermera, como escritora. Sobre todo, madre. La madre angustiada por aquella manía de los chicos que no cuentan los problemas que les surgen en su recién estrenada libertad y con su mínima experiencia en el caminar por la vida. Defino acoso escolar distinguiéndolo de enfrentamiento entre dos iguales y empiezo a responder a sus preguntas. Muy interesantes.

Que si pienso que a muchos niños les pasa lo que a Pablo. Sí, por eso escribo el libro, para ayudar. 



Que si es una experiencia personal. No pero podría.

Que por qué se llaman hienas... ¿Acaso en la selva existe un animal más despreciable? Veo de reojo a una profesora asintiendo con la cabeza.

A medida que avanza el interrogatorio se van caldeando los ánimos y empiezan a nacer reproches y quejas de víctimas, surgen dedos acusadores y los culpables -el juicio exprés de profesores y compañeros me dice que lo son- disparan las alarmas en mi interior, las que me dicen que el dolor y el miedo están ahí, al acecho.

Es el momento de pasar a la acción y decido meter el dedo en la llaga: pido a todos que cierren los ojos y miren hacia adentro. No saben ni siquiera a qué me refiero, un ganso me pone unos grimosos ojos en blanco y me aguanto las ganas de darle una colleja.

- Quiero que tratéis de recordar si en algún momento algún compañero os ha hecho sentir mal, os ha causado angustia, bien por violencia, insultos, rechazo,

Observo sus rostros, la mayoría parece hacer la introspección que le pido. Otros se despistan, otros ríen por lo bajinis. Los de la fila de atrás. Esos son el objeto de la segunda parte del ejercicio que les pido.
- Ahora quiero que cada un de vosotros haga un ejercicio de sinceridad y piense si cree que ha hecho sentir mal a alguien por lo que ha dicho o hecho.

Se cambian las tornas, los que antes se reían por lo bajinis ahora se dividen en dos grupos: los arrepentidos y los que se sienten orgullosos, los de la fila de atrás de nuevo.

A pesar de mi advertencia sobre mi falta de formación, las maestras se agarran con fuerza al clavo ardiendo de mi presencia y me piden soluciones para combatirles. Bien, aprovechamos el carácter carroñero y miserable y tracemos la línea: Tú, ¿qué quieres ser, hiena o un chico normal? El acoso suele acabar cuando los espectadores dejan de ponerse de perfil o del lado de los malos y defienden a la víctima.

Cuando ya parece todo en calma, se me ocurre ofrecer a todos la posibilidad de exponer a sus compañeros lo que les plazca. Un chico se levanta. No entiendo nada. Quiero decir, estaba hablando de los que se autoacusan de haber causado mal, pero él no me cuadra en el perfil imaginario que yo me hago sobre ellos. 

Me fijo en su pelo rubio, en sus ojos azules, en sus mofletes que inmediatamente imagino mordisqueados por una madre apasionada como yo. Y él empieza a hablar. Me siento medio mareada, entre la emoción, el rato que llevo hablando seguido, la tensión que se ha acumulado en la sala. Tensión. Se siente el palpitar de sus corazones en sus gargantas, lo juro.

Y ese chico junto a mí, articulando la serie de palabras más dolorosa que una madre, aunque no sea la suya, puede imaginar. Cuenta que una vez hizo algo, cursaba segundo:

- Desde entonces, me molestaban todos los días, y se reían de mi. Me hacían sentir tan mal, que yo pensé incluso en cambiar de colegio...

El relato nos estaba dejando a todos los presentes un surco de compasión por aquel niño tan valiente y que tantísimo dolor había sufrido. Y no había terminado de contarnos, lo supe cuando su rostro enrojeció de sufrimiento, se llenaron sus ojos de lágrimas, y con ellos, los míos, los de las maestras, los de otros niños. 

- ...incluso pensé en suicidarme. 

Me rompí con el en mil pedazos. Por un instante, ese hijo de una madre a la que no conocía se convirtió en el mío y lloré con él, porque nada más podía ofrecerle que mi regazo. 

Tratamos de reponernos para continuar, pero una grieta se había abierto bajo nuestros pies. Los acosadores fueron despojados de inmunidad, se les invitó a ser valientes como había sido su compañero (¡¡cuánto teníamos que aprender todos de él!!) y a hablar a todos de cómo creían que se sentían los demás al sufrir sus constantes agresiones.

Lo cierto es que algunos de ellos parecían niños enfermos de un mal difícil de curar: la falta de caridad, de compasión, de amor, de compañerismo, de empatía.

Agradezco a esa escuela que contara conmigo y auguro a esas maestras un final de curso apoteósico. Creo que van a poder presenciar cómo muchos de esos potrillos atemorizados van a convertirse en auténticos pura sangre. Porque la casta a la que pertenecen, lo es. Los que están predestinados a ser caballos salvajes tendrán que ser aislados del resto, quién sabe si la vida les dará un rival más fuerte que ellos y perezcan arrollados por la fuerza del mal, el mismo que ellos un día causaron.

jueves, 11 de abril de 2013

Mal sabor de boca

Habéis discutido como niñas con palabras de adultas, alentadas por quienes os regalaban los oídos tras cada derechazo asestado y que vertían vinagre en las heridas recibidas, para lograr sublevaros con sed de venganza. Empecé decantándome por una de las dos, pero enseguida entendí que mi lugar era el silencio. 

Ya pasó. Una pipa de la paz se intercambia sembrando de buenas intenciones vuestro futuro. 

Ahora, que todo ha terminado, afortunadamente, voy a dejaros a las dos, con todo mi respeto y mi cariño, una historia que conozco desde hace muchos años. No sé quién la escribió, pero ya forma parte de la literatura de cabecera en mi hogar. 


Imagen de aquí


Esta es la historia de un joven que tenía muy mal carácter. 
Su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera la paciencia, debería clavar un clavo detrás de la puerta. Pronto la puerta se llenaba de clavos. Pero, a medida que aprendía a controlar su genio, clavaba cada vez menos clavos detrás de la puerta. Descubrió que podía controlar su genio, pues el clavar le hacia pensar sobre su mala actitud.
Llegó el día en que pudo controlar su carácter y ya no tenía razón de clavar. Después de informar a su padre, éste le sugirió que retirara un clavo cada día que lograra controlar su carácter. Los días pasaron y el joven pudo finalmente anunciar a su padre que no quedaban más clavos para retirar de la puerta. 
Era ciertamente un gran logro, pero su padre lo tomó de la mano y lo llevó hasta la puerta. Le dijo: "has trabajado duro, hijo mío, pero mira todos esos hoyos en la puerta. Nunca más será la misma. Cada vez que tu pierdes la paciencia, dejas cicatrices exactamente como las que aquí ves. Tu puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, pero la herida permanece y el mal se propaga. Una ofensa verbal es tan dañina como una ofensa física. Ahora hace falta trabajar mucho mas para que la puerta quede como nueva. Hay que reparar cada agujero y muy difícilmente lograrás que quede como nueva.


No volváis a empezar jamás. Me ha quedado un sabor amargo en la boca.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Feliz

Quienes me conocéis, sabéis que no suelo seguir las cadenas, como ésta que me pasan, desde el blog, Crecidas y afluentes. Esta vez he tenido que claudicar, porque Sunsi ha empezado pidiendo perdón...(te perdono, pero poquito). Sunsi recoge el testigo de Tomae, que andaba desvelando días felices. No dices cuánto tiene que durar el relato, creo, pero seré breve.

Un momento feliz. Ahora.

¿El más feliz? La suma de los ahoras. ¿O acaso cree alguien que se puede elegir entre el primer beso de amor o el saber que se espera un bebé? ¿entre una tarde de primavera sentado en la hierba y una noche de invierno bajo una manta con una buena compañía?

¿Fue mejor aquella comida en casa de unos amigos, o la fiesta del cumpleaños en que le regalamos la bicicleta? ¿El viaje a Lisboa o la primera vez que vio el mar y gritó "¡¡ABA!!"?

Me temo que no se puede cuantificar, ni medir, ni comparar. Y, mientras perdemos el tiempo buscando  felicidades pasadas, se nos escapan las presentes.

No voy a pasar el testigo, Sunsi, ya me disculparás, si alguien desea contar su momento feliz, los comentarios de este blog estarán encantados de acogerlos. Apuesto a que os salen muchos.


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Por favor,

Si algo de lo que expongo aquí te molesta, te pertenece, o habla de ti y quieres que lo borre, tan solo tienes que pedírmelo. Nunca quise ofenderte, ni plagiarte, ni molestarte...
Este es un espacio de libertad y, sobre todo, de respeto.