© de la imagen La meva maleta

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viernes, 5 de junio de 2015

Midiendo el tiempo

Tu casa estaba llena de relojes, todos en marcha, todos en hora. Si alguna vez venías a la mía y encontrabas el carrillón parado (como de costumbre) me mirabas con desaprobación y te sentabas de espaldas a él para no verlo. Y si eso no te resultaba posible, te saltabas lo que a ti debía parecerte una norma de urbanidad y le metías mano para arrancar de su letargo el vaivén de su péndulo.
No tengo tu constancia, pero procuro acordarme de mantener en vida todos los relojes de mi casa. Ahora tengo dos, aquel carrillón de cristal y uno que mis padres rescataron del olvido cuando derruyeron la casa de la carretera. No sé a quién perteneció, aunque me gusta imaginar que fue del padre de la abuelabesitos. Estuvo durante décadas dormido en el desván y me costó un poco encontrar quién lo arreglara, pero le cambiaron una pieza y funciona perfectamente. 
Y es tan bonito, con sus números sencillos, su madera agrietada, encogida por la vida, como si la piel le hubiera dado de sí y no hubiera podido recuperar su ser, y el cristal curvado como una pancita de felicidad. 

Cuando me desvelo de madrugada -casi siempre- me imagino que es como una de tantas mañanas en las que me despertaba en tu casa, arropada por la lana del colchón y la camita de princesa que fue de mi tía Ana.
La casa se encontraba sumida en un silencio acompasado por el inefable trotar de todos tus relojes. La abuela dormía. Y tú, sentado en la cocina, habías vuelto ya del kilométrico paseo con Hermi, el viejo  Gran danés, y te tomabas un zumo de naranja, nueces, una tostada. 
Cuando bajo a mi cocina tú no estás. Pero en mi casa se escucha el palpitar del reloj y, a veces, pienso que tu corazón quedó retenido dentro de ese cristal curvo, y me acuesto en el sofá, a sus pies, y entonces sigo durmiendo un poquito, abrigada por el eco monótono de tus latidos.

Un año sin ti, te echo de menos, abuelo. 

jueves, 23 de abril de 2015

Mi día del libro

Después de cuatro Sant Jordis frenéticos, incluso después de haber pedido fiesta en mi trabajo, este año decliné cualquier invitación, cité a varias personas durante la mañana para vencer la tentación del paseo eterno por las avenidas llenas de paradas de libros, rosas y reivindicadores varios.
He celebrado mi día del libro de la mejor manera que se me ha ocurrido, escogiendo libros para mis chicos y leyendo de un tirón el libro que me compré el...¿lunes?
He tomado el sol a la hora de mi siesta con él entre mis manos, he terminado un capítulo en un semáforo en rojo, he dejado olvidada la comida de mañana por no perderme el final, aunque luego me ha tocado correr. Incluso he tenido que ponerme una alarma para que no se me pasara la hora de recoger a mi hijo en el colegio.
Me he tomado una tarde medio libre, aunque he hecho pasta, he recogido a los chicos y los he llevado a sus actividades, he recogido los zapatos que tenía poniendo tapas en el zapatero, he buscado una tienda en la que encontrar una funda para mi tablet, he puesto una lavadora y recogido el detergente que se me ha caído, en fin, unas pinceladas de mi propia vida intercaladas entre uno y otro ambiente de mi novela.
Y he sido feliz, que ya es mucho. Porque normalmente no suelo tener tiempo ni para sentarme, y miro a mis otras aficiones de placer, como la costura, la lectura, la decoración, mi jardín, mis gatitos, con verdadera nostalgia.
Si hoy pudiera pedir un deseo es pasar el próximo Sant Jordi firmando algo nuevo en una mesa con mucha gente esperando al otro lado. Pero si no llega ese momento me pido tener un libro que me guste en mis manos, como El lenguaje de las flores, de Vanessa Diffenbaugh, que os recomiendo con cariño.

No dejéis de leer, y por favor, comprad vuestros libros, no los pirateéis. Los autores ganamos una miseria por cada ejemplar vendido, por cada ejemplar copiado de alguien que lo robó, los primeros en perder somos quienes amamos a la lectura. Nada es gratis, no robéis.

martes, 17 de junio de 2014

Lectores y lecturas


Se podría decir que existen tantos tipos de lectores como de personas. Tengo en mis genes la sangre de dos ávidos devoradores de libros. Cada uno de ellos lo es de una forma distinta. Mi padre tiene predilección por grandes autores de la novela negra, por la novela histórica y todo lo que tenga la estructura, se podría decir que más habitual y ordenada. Casi me atrevería a decir que su forma de lectura es muy masculina, es cuadrada, su biblioteca tiene colecciones de determinados autores y se enfada si le hacen perder el tiempo con un mal libro, una mala encuadernación o un lenguaje vulgar. Mi madre es una lectora compulsiva. Lo lee todo, desde la lista de ingredientes del champú hasta las encíclicas papales. Todos los libros del mundo, si cayeran entre sus manos, serían devorados con glotonería por ella. Su forma de leer sería, por contraposición, femenina, flexible, redonda, amplia, generosa.

En el término medio estaría yo (mis hermanos no han heredado la misma pasión por leer). No soy capaz de leer un libro que me tira constantemente de sus páginas con expresiones como “María, tú ya sabes cuánto adoro las obras de pintura clásicas”, o que presentan incongruencias o anacronismos, como mujeres en el siglo XIII con actitudes feministas al gusto actual, por decir algo. Como mi tiempo es el que es, es decir, escaso o muchísimo, cuando tengo que leer a ratitos robados me pone muy nerviosa que los nombres de los personajes se parezcan porque tengo que hacer un esfuerzo enorme en saber quién era quién. Si hay demasiado personaje me pierdo y me aturullo. Así que este tipo de novelas quedan reservadas para las vacaciones. Y cuando tengo tiempo, me convierto en una máquina tragalibros, tres de una sentada en una semana. Pim pam pum. Se podría decir que en cuanto al tipo de libros que escojo soy bastante ecléctica. Me gusta tanto la novela de cualquier tipo, las biografías, los relatos intimistas afrancesados, los best Sellers, los cuentos infantiles. No soy demasiado sibarita, lo admito. Sin embargo, lo que pido yo al libro que leo es que esté bien escrito, que acaricie mi corazón, que me arranque una sonrisa, o una lágrima, que no me deje indiferente, que no me haga perder el tiempo.

Mis hijos tienen, a pesar de ser muy pequeños, formas de leer muy definidas. El mayor, a pesar de ser sensible y creativo como mi madre, tiene una forma de leer parecida a la de mi padre: misterio, novela negra, ordenado y cuadriculado. En cambio, el pequeño, que es calcadito a su abuelo hasta en los andares, matemática y lógica pura, es un lector de prospectos de medicamentos, es decir, se parece más a mi madre, que lo lee todo todito, aunque no sea “de su estilo”.

Bien, y para los más curiosos, todos nosotros tenemos algunas manías más. Mi padre le pone nota numérica, mi madre los reparte por doquier, con dedicatoria de regalo, y yo, antes firmaba los libros y les ponía la fecha de compra. Ahora utilizo este precioso ex libris que me regaló Carme Sala (do-it-herself).

Y por último, una intimidad muy íntima: si el libro que he terminado me ha gustado mucho muchísimo le doy un besito al cerrar la última página y me abrazo a él unos segundos, y siempre, siempre, me da un poquito de tristeza despedirme de él cuando me lo he pasado bien.

Ah, sí, éste es el libro que estoy leyendo ahora, y me gusta mucho, de momento, porque está bien escrito y porque me gusta lo que dice.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Se necesita



No sé si tiene sentido embarcarme en nuevas labores justo en estos días de mucho, muchísimo trabajo.
Ni siquiera puedo preguntármelo, ando demasiado ocupada con los desplazamientos, preparar comida todos los días, varias veces al día. Planchar los atrasos, los presentes y lavar los futuros planchados. Llenar la nevera, volver a llenar la nevera, llenar la despensa y comprar más leche (hemos decidido que mantener una vaca en el jardín no nos saldría a cuenta). Jornadas de trabajo intensas y agotadoras. Viajes de trabajo que no compensan. Madrugones día sí día también. Encargos en las horas libres. Llevar a los niños a clases de todas las tardes de la semana. Leer.

Y arañar los minutos libres que me quedan en la semana para dedicarme a lo que me hace más feliz, que es coser. Empezar una labor, terminarla. Buscar ideas, patrones, comprar telas. Y cuando no tengo algo entre manos, me siento como si me faltara el amor. Una desazón extraña recorre mis brazos hasta las puntas de los dedos y ensombrece mi humor. Es mi terapia contra la rutina y mi válvula de escape. Lo necesito, como si de una fuente de energía interior se tratara. Me resigno a no tratar de comprender por qué cuanto más trabajo tengo, más trabajo me busco.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Nada va a cambiar aquí

Dedicado al 

Sabes que creo? que te podrías haber quedado allí...
Con el blog vives la vida que nunca has vivido ni vivirás, no recuerdas que hay gente que te conoce y conoce tu historia?
Qué pretendes con tus libros? Limpiar tú concienca?
Mucho cuidar a la abuelita, tú recuerdas que tienes una madre?
Y en el segundo libro que intentas explicar lo excluida que siempre has estado tú, sin amigos...
Vaya por Dios...me das mucha pena, siempre me la diste


Por un momento casi me devuelves a aquel lugar en el que fui una niña insegura y llena de miedos. Casi, casi, me haces daño.

Cuando dejé de ser anónima por la publicación de mis libros, me planteé dejar de escribir y así lo dije aquí en numerosas ocasiones. 
Pero enseguida me di cuenta de que no podría desprenderme de este lugar, el único, salvo mi propio hogar en el que soy libre para decir lo que pienso.

Si no te gustaba entonces, y crees que en éste lugar yo no soy yo misma sino que finjo ser algo que no soy, jamás podré gustarte. Ésta Ana Bergua soy yo. No se puede interpretar un papel durante tres años y medio. Soy así. Soy una buena persona, aunque a ti no te guste. Nunca aquí se ha pronunciado el nombre de nadie para ofenderle, aunque se ha mencionado de forma que esas personas que a mí me han causado dolor pueden saber que se está hablando de ellas si ellas quieren darse cuenta. Y con las que aquí son alabadas, lo mismo.

Te has querido burlar de mí, No soy mejor persona por haber escrito un libro en el que se habla de los besitos a una abuela (que por cierto, no era la mía) o porque he manifestado en numerosas ocasiones el amor a mis abuelos. Cierto, sólo hablo del amor hacia ellos, hacia mis hijos o hacia mi marido. Y eso no significa que no quiera y mucho, al resto de las personas de mi familia.

Seguramente no soy la hija ejemplar, ni la mejor hermana del mundo, ni la mejor sobrina ni la mejor nieta, ni la mejor madre, ni la mejor esposa, ni la mejor amiga. Pero, desde mi experiencia vivida y desde mi circunstancia personal y desde mi punto de vista intransferible, hago lo mejor que puedo con todo el mundo, porque necesito dormir tranquila.

Respecto a los amigos que tenía en la infancia y en la adolescencia, pues mireusted, con resultado desigual y variable. Pero siempre me sentí querida, así que si tuve problemas con alguno me harté de llorarles, porque sentí su pérdida que dejó en mí una gran sensación de soledad. Y no, no fue esa soledad la que me llevó a escribir el Magdalenas con problemas. Si conocieras bien a mi hijo que es muy introvertido, comprenderías que lo escribí para ayudarle a confiar en alguna persona mayor si alguna vez tuviera problemas.

Hasta los veinticinco años creí que no tenía razones para creer que podía ser querida tal como soy. Nunca fui ni la más guapa, ni la más lista, ni la más buena (es que si tienes boca resulta que tienes mal carácter). Hoy has dado un buen mazazo a mi autoestima... Pero ahora ya he aprendido a quererme, no voy a dejar que una persona cobarde -porque lo ha hecho de forma anónima- y sin escrúpulos me devuelva a aquel lugar en el que yo era frágil y vulnerable. Y si no te gusto a ti, o a quien sea, o si no os gusta mi manera de ser o mis ideas, no me leáis, no me sigáis. Olvidadme.

Yo nunca dejaré de respetaros, pero no dejaré que me volváis a hacer daño.

La puerta de este blog es muy grande, para que puedas salir con la misma facilidad que has entrado si no eres feliz aquí. Gracias por haberme recordado quién soy y de dónde vengo. Y, sobre todo, hacia adonde quiero ir.


jueves, 23 de mayo de 2013

Lluvia de pétalos y arroz





Sólo fue el principio.
Fuimos felices y dimos frutos.
Bebimos vientos,  enjuagamos lágrimas
y soplamos las velas.
Y hubo pétalos de rosas
y piedras escarpadas.
Creamos hogar
y dimos vida,
adoptamos aves y gatos,
reunimos almas en torno a nuestro fuego,
nuestra casa es hogar.

Ahora, futuro y esperanza,
dejaré un puñado de arroz bajo la almohada.


... te quiero, señor Marido.

Poquito,
poquito

Poquito.


sábado, 11 de mayo de 2013

Echo de menos...

...a mis abuelos, a lo que ellos fueron. Cada día que les veo me pregunto si va a ser la última vez.
...a mis amgos que están lejos. A todos y cada uno de ellos me gustaría tenerlos cerca de mí al menos una vez a la semana para estar con ellos, acompañarles y ver en sus ojos qué les ha dado la vida.
...a la hija que no tuve. De una forma extrañamente pulsátil y triste. E irracional: no se puede extrañar lo que no se ha tenido. O sí, no lo sé.
...a mi padre, a mi hermana, a mi madre, a mi prima, a mi tía, a mi tío, a mi primo, a mi hermano, a mi sobrina, a mi cuñada, a mi cuñado...
...las tardes de verano.
...a mis niños pequeños. No quiero renegar de lo que ellos son ahora, pero necesito tenerles un ratito en mi regazo como eran cuando les nací.
...mi vida antes de los últimos cambios laborales.
...dormir bien.
...poder volver a escribir.

¿Quién dijo que era necesario estar solo para sentir soledad?

Foto de aquí

Respiro, me concentro.
Ya.
Estaré bien, no te preocupes.


sábado, 22 de diciembre de 2012

Aquella Navidad



Si pudiera ser la dueña de los tiempos, me iría con los míos a aquella Navidad. Mis abuelos habrían salido de la tienda a las tantas, así que nuestra Nochebuena habría empezado tarde, casi tanto, como la Misa del Gallo que siempre acabábamos por perdernos.

Si pudiera ser la dueña de los tiempos les enseñaría a los niños el pesebre de figuritas de plástico, con el Rey que se sentaba de lado y el camello que tenía una rebabita de plástico en la pata y siempre acababa por volcar. Y el río de papel de aluminio y la nieve de harina con que mi madre espolvoreaba mi imaginación infantil.

Si pudiera ser la dueña de los tiempos, yo volvería a hacer cien viajes a buscar aquel cacharro misterioso al que mi abuela nunca atinaba a poner el nombre ni el lugar ("ve allí y trae aquello" decía como toda pista). Y nos sentaríamos alrededor de la mesa decorada con las mismas hojas secas, las mismas bolas, el espumillón de siempre, la seguridad del disco rayado de Villancicos y su chocolatero rin-rin.

Si pudiera ser la dueña de los tiempos, pondría a cada uno de mis hijos sobre las rodillas de sus bisabuelos. Mis cuatro abuelos se sentarían aquel día en la misma mesa, así que no cabría un centímetro cuadrado más de felicidad en mi corazón. Mi abuelo relojero le enseñaría al pequeño Bufón su calculadora sin pilas que yo nunca llegué a entender, y el otro yayo le contaría a los ojos abiertos de Marlin cómo había sido la Batalla del Ebro, o la alineación del Sabadell del 54. Y la bisabuela maestra les leería El Camello cojito.

Si pudiera ser la dueña de los tiempos, mis padres ayudarían a los niños con las dichosas arañas de mar, que esconden lo rico por dentro, y besarían sus dedos pringados de langostinos, y les contarían cómo era su Navidad sin bicicletas, y huirían a carcajadas de la amenaza de "¡Que vuelva Herodes y se los lleve a todos!" cuando le acariciaran la calva. Yo seguiría sentada "dejando correr el aire" entre mis tíos, como siempre. Y mis hermanos y  yo, volveríamos a ser libres por una noche, sin trabajos ni hipotecas, y él y yo volveríamos a vivir nuestra primera Nochebuena de novios, con todo el amor por estrenar. 

Si pudiera ser la dueña de los tiempos, entre los cardos y el ternasco nos habríamos dado cuenta de que había nacido ya el Niño, y brindaríamos por él. Y la abuela volvería a amenazar a su yerno con pintar el techo si descorchaba el champagne a lo bestia. "Si ya tenía razón mi madre -diría- Yerno yerno, sol de invierno". Y beberíamos en las copas Pompadour que tanto gustaban a la abuela. Y Cantaríamos "Les dotze van tocant, ja és nat el Déu Infant, fill de Mariiiiiiiii iiiii iiia", mientras alguien empezaría a cambiar platos cargados de premios para el viejo perro dogo, por bandejas de turrones.

Si pudiera ser la dueña de los tiempos, habría ponche, y abriríamos los regalos fingiendo que no conocíamos la letra de mamá, y  serían muñecas con olor a nuevo atadas a sus cajas, y Barriguitas, y un juego de mesa, y el Monopoly. Y se harían los corrillos de siempre: los del café y la eterna sobremesa, los primos que juegan a la butifarra, los niños que estrenan juguetes nerviosos, las de siempre, recogiendo un poco la mesa. La abuela murmurando mientras sacaba los platos sucios del lavavajillas para fregarlos a mano. Y luego mi tío, agotado de hacer enfadar a su suegra roncaría en el sofá sin inmutarse por las risas y las imitaciones de los niños, que sonarían como gruñidos de cerdito glotón.

Si pudiera ser la dueña de los tiempos volvería a estar deseando todos los días de mi vida que llegara por fin la Navidad, que era, sin duda alguna, el mejor día del año después de mi cumpleaños. Pero sólo soy dueña de mis recuerdos, que dejo escritos aquí para que despierten los vuestros. Bienvenidos a mi mesa.

Feliz Navidad

miércoles, 12 de diciembre de 2012

A mi última víctima.

Volví a leer el último mensaje que te mandé, aquel en el que, sin querer, te despaché con cajas destempladas, pidiéndote que dejaras de darle vueltas a mis problemas, que yo ya pasé página.

Créeme, es así. Pasé página. Porque cada día amanece. Amanece cada día para cada uno de nosotros. Hoy mi amanecer era para contemplarlo abrazado a un gran amor: una neblina delicada se escarchaba sobre la tierra y recortaba frágiles encajes sobre los esqueletos de los árboles en un horizonte completamente rosa. Mañana quizá sea un amanecer sin luz por la invasión total de la niebla que empañará mis ojos y me obligará a mirar hacia dentro. Y dentro de nada, amanecerá con los primeros almendros floreciendo... dentro de nada, nada, que ya sabemos cómo pasa el tiempo.

¿Sigues sin entender por qué te contesté así? No puedes. Y mucho menos si sólo conoces de mí lo que yo digo en este blog, o lo que escribo. No conoces aquello que también forma parte de mí, y que yo omito, ¡y es mucho!

Incluso a mí misma me ha costado darme cuenta de por qué te contesté de aquella forma. Ha sido esta madrugada, en aquella hora del duermevela, cuando se me presenta la realidad de lo que fue, antes de embriagarme de la luz del nuevo día, del amanecer del que te hablaba.


Foto de aquí

No me dejo. No sé dejarme arrullar por el cariño porquesí, el que tú me regalabas cuando me dijiste:
"Es tiempo de anarquistas. Ni Dios, ni patria ni ley. Da la mano de los pocos iguales que encuentres. A su calor. A su cobijo. Dando calor. Dando cobijo. Es lo que ofreces sin darte cuenta. Y lo que, poquísimas veces, encuentras."

Lo encuentro, sí. Y entonces no sé que hacer con él y huyo corriendo hacia el refugio de mi caracola. Soy un ave herida, ahora diréis que un Ave Fénix. Probablemente resurjo de las cenizas por la mañana, cuando abandono las sábanas templadas compartidas con el único ser que entra en ese lugar tan seguro en el que recibo amor sin tener miedo.

Hubo un día, supongo, en que alguien me debió de prender fuego, alguien que se acercó a mí con la promesa de un afecto que no lo fue, que nunca fue gratuito, que nunca se regaló con la pureza con la que yo aprendí a querer. Y entregada a ese fuego fatuo, me morí.

Con este post te pido perdón por mi huída, sin poder prometerte ser más receptiva. Pido perdón a todos aquellos a quienes repudié sólo por darme algo que nunca creí merecer: su afecto sincero.

Mañana volverá a amanecer. Inevitablemente seguiré sembrando mis semillitas de cariño, espero haber aprendido a no pisotear las flores que nazcan de ellas.


martes, 27 de noviembre de 2012

La maestra que más recuerdo

(imagen sacada de aquí)

Si tengo que decir la verdad, recuerdo muchos de los maestros que he tenido, los recuerdo a casi todos: las de los pocos años que estuve en el colegio de monjas, todos los de mi tiempo de escuela primaria, las de BUP y COU, los que me impartieron las 76 asignaturas  (¡!) que estudié en la universidad.

Los hubo estrictos, buenos, malos y regulares, organizados y caóticos, apasionados, inteligentes pero incapaces de transmitir, empáticos, distantes, profesionales y entregados. Además, vengo de una familia de maestros, conozco bien la profesión, y yo debería de haber sido maestra, si hubiese sido un poco más lista... y entre todos los que recuerdo y admiro, la mejor maestra que he tenido es mi abuela.

Mi abuela materna fue maestra, es maestra. Ella tiene la capacidad de transmitir su conocimiento a la mente más dura, a la capacidad más limitada. Su asignatura fetiche, Lengua Castellana. Con su preciosa letra redonda te enseñaba la gramática, la ortografía, la sintaxis. Con su voz aterciopelada me dicta aún sus poesías, marcando las pausas como si estuviera en su aula, tanto, que estoy por escribir Dictado al principio.

Sus alumnos siempre hemos sacado las mejores notas en el instituto y en la selectividad (yo tuve un 10 en su asignatura). De ella aprendí aquello de "La H de ayer guárdala para hoy" y el "Ande yo caliente, ríase la gente". A ella le debo cada una de las palabras que nacen de mis dedos y viven en vuestros ojos. Así que hoy, el día de los Maestros, quiero recordar a mi primera maestra, mi abuela, la yaya, y a todos los demás.



jueves, 15 de noviembre de 2012

Mimetismos

Llevaba un tiempo fijándome en el cambio que había sufrido su letra que, de repente, había adquirido unas dimensiones tan minúsculas que dificultaban la lectura. Me importa mucho que tengan buena letra porque para hacerse entender uno tiene que hablar alto y claro, tiene que escribir sin retorcimientos y con una letra clara para evitar confusiones. Ir de frente, vamos.

Nada, que erre que erre con escribir así de pequeñito. Cada vez que se lo veía se lo corregía. No entiendo mucho de grafología, pero siempre me ha gustado saber cuáles son los entresijos de la letra de cada cual.
El otro día entendí el origen último del minusculismo de mi hijo: la imitación.
Había faltado a clase por anginas, y su compañero de pupitre me pasó una nota con los deberes pendientes. La nota estaba escrita con una caligrafía bonita, pero pequeña, letra de niño inteligente, ordenado y exigente (¿demasiado?). Y muy pequeña.

En fin, no puedo culpar a Marlin por ello.
Yo, que tampoco tenía buena letra, ni una letra personalísima de aquellas que causan tanta envidia, quise imitar la de mi compañera de clase. Ella, Dolores, tenía una letra feita, pero era peculiar, porque apretaba mucho y se leía en cada renglón su personalida luchadora causada por una luxación congénita de cadera. El conjunto eran páginas y páginas de deberes hechos, no como los míos, que siempre quedaban a medias.
Luego traté de imitar la de Maribel, que era una letra redonda y generosa, como lo era ella misma. E inteligente. Si copiaba su letra, quién sabe si adquiriera sus virtudes.
Y también la de la profesora de química. Bueno, esa la imitábamos varias, recuerdo, por ejemplo a Sonia, que la hacía prácticamente igual que ella.
Tengo que tener una conversación con mi niño grande. Tengo que decirle que no trate de imitar, que se fije en lo que él tiene de bueno dentro de sí, que su creatividad infinita hará que salga de sus manos una letra personal y bonita. Que, seguro, no va a ser muy ordenada, pero chico, ¡la arruga es bella!





martes, 16 de octubre de 2012

¿Las cosas son importantes?



No colecciono nada. No tengo constancia, ni gusto, ni dinero para hacerlo en condiciones. Ni creo que acumular docenas de dedales, como los de la foto, llaveros, sellos, gafas antiguas me sirviera para nada.
En cambio respeto mucho a aquellos que sí son amantes de coleccionar cosas.
Porque les comprendo. Comprendo su necesidad de rodearse de objetos por mero placer.
Y, sin embargo, envidio también a los que son capaces de mudarse de casa con una simple una bolsa de mano como toda posesión.

Yo no tengo la casa de mis padres. Ellos la vendieron hace ya muchos años, se mudaron a pequeños apartamentos que ya no son mi hogar, por mucho que me abran sus puertas. Mi hogar, mi casa, el lugar al que recurría cuando ya todo estaba cerrado era la casa de mis abuelos, de las que también tengo, más o menos, las puertas abiertas. Hace algunos meses os contaba algunos de los tesoros que me llevé de ella, porque pronto va a sufrir una reforma grande. 

Por esa razón, yo sí he atesorado pequeños anclajes, no son porsiacasos, sino cosas absolútamente sustituíbles, como el cuchillo del pan de mángo de nácar que lleva en acto de servicio más de 40 años, como la medallita de la Virgen de Lourdes que me trajo mi abuelo y que llevo siempre en la cartera, junto con las monedas, el vestidito que le trajeron a mi hermana de Ibiza cuando era un bebé, y que conservo inútilmente porque ella no tiene intención de tener hijos.

En fin, no puedo evitar dar a las cosas un valor personal  que para otro podría resultar absurdo, por lo que, hace algunos días, me compré la novela de Marta Rivera de la Cruz, llamada La importancia de las cosas, atraída por su título.

Debo confesar que las primeras páginas me dejaron tibia -los suicidas me ponen de mal humor-, pero en cuanto entré en la delicada descripción que Marta hace de la personalidad de sus protagonistas, me resultó imposible dejar de leer la historia, que, por cierto, es muy entretenida.

Y yo, que presumo, como el anodino protagonista, de no tener nunca ideas originales sobre las que escribir, me he sentido plenamente identificada con él. Así que, además de recomendaros la novela, del año 2009 y editada por Planeta, voy a agradecerle el buen rato que he pasado.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Tiempo, MI tiempo

Parece mentira lo presuntuosos que somos los humanos, especialmente las humanas. Nos creemos dueñas y señoras del tiempo. Queremos aquello que llamamos "tiempo para mí" y lo cierto es que el tiempo no nos pertenece en absoluto.



Sin ir más lejos, me he sentado hace un ratito en el sofá, por primera vez en todo el día. Ni siquiera he comido de una vez, iba levantándome a cada bocado para adelantar algunas cosas, como guardar la compra, poner la lavadora y preparar la comida de mañana. He dejado la comida medio hecha, he recogido a los niños en el cole. Luego les he hecho la merienda y mientras se la tomaban he terminado de hacer la comida. Les he llevado al pueblo de al lado a sus clases de inglés y mientras, he llevado el coche al taller y con el cacharro que me han prestado he hecho el resto de la compra, he ayudado al peque con sus deberes, hemos estado en la biblioteca, hemos comprado la carpeta. Y dos horas después, volvemos. 

Luego, ya en casa, cenas, bañeras, besitos y hasta mañana.

Y es que el tiempo, MI tiempo, es suyo. Y ahora, vuestro. Y mío, porque, al fin y al cabo, hago lo que quiero, aunque a ratos me apetecería hacer otra cosa. 

miércoles, 14 de marzo de 2012

Otro más



Se despereza la primavera y yo sigo atrapando amaneceres como mariposas en una red. Éste se ve desde mi calle. Dos fotos después, nada, apenas, 20 o 30 segundos más, y el sol queda atrapado ente las barreras del tren, como si de palillos de comida china se tratara.

Sigo estirandome como una gominola de calidad dudosa, pero sobrevivo. Las cosas buenas se solapan con las menos buenas, como suele pasar siempre, así que no pienso perder ni un segundo en lamentaciones cansinas.

Soplan vientos de cambio, de trabajo, de fiestas y anticipos de malas noticias, qué se le va a hacer. Porque todo es inevitable. Y, por suerte, se atisban pequeños soplos de esperanza para nosotros.

Debo dar una primicia, algo que tiene que ver con Carme Sala y conmigo, y que está a punto de ver la luz, como este precioso amanecer. Hay café recién hecho, buenos días.


lunes, 27 de febrero de 2012

Instantáneas

... del fin de semana.



Foto de AQUÍ


Viaje en buena compañía camino del centro comercial. Hasta luego y acabamos con todas las reservas económicas de la temporada para lucir bien en la próxima boda (¿he dicho aquí que me gusta ir de boda pero que detesto el gasto económico que me supone?).

Comida con risas por las sumas de 15 en 15, que no son tan fáciles oiga, venga, 15, 30, 45, 60, 75, 90, 105, 120... para un niño de 5 años no está mal.

Seguimos con más compras, ahora para la casa: que si barras de cortina, que si este marco en oscuro, que si el otro en clarito, que si menos mal que había del tamaño que buscaba, que si eso no cabe en el maletero, habrá que volver (¡yupi!).

Viaje de vuelta, más cansados, pero con energía para presumir de vestido con  mi abuela. Patatas fritas, cacaolat, no vas a cenar,  y ya te lo había dicho, podéis jugar pero solo cinco minutos. A dormir, mañana el que se levante antes de las 9 me lo como. Baño relajante con burbujas, porque yo lo valgo.

Madrugar en domingo no es sano, pero si no empiezo a hacer las tareas pronto, no tengo tiempo de nada más. Tendré que comerme a ese niño que se ha levantado a las 7 y media -cuando tenga 15 años no habrá forma de que se levante-. Plancha, lava, cocina, cocina, cocina, qué rico ha salido todo, más patatas fritas (mañana pesaré un kilo más, -pienso, sin saber que serán dos y medio-), un aperitivo completo, pero luego hay que comerse la verdura, ¡toda!.

Sobremesa con café, siesta tomando el sol, paseo en bicicleta (uf, qué falta de fondo), volvemos a casa, ¡jo! ¿tan pronto?, colgamos cuadros, colgamos barra de cortina, tomamos medidas, cena con receta sui generis, empiezo a ver la película (Cabaret) pero lo tengo que dejar, porque es ya demasiado tarde.

¿Os dejo la receta sui generis? Bien.

Fajitas del Castillo

Dos tortas de trigo por persona (yo las compré en Mercadona)
Para el relleno:
Lechuga picada finita
Un aguacate maduro
Un queso fresco
Un trocito de queso roquefort
Aceite de oliva para aliñarlo
Pechuga de pollo marinada con pimentón a la plancha cortada en daditos
Mezclar todos los ingredientes picados bien menudos y rellenar las fajitas.





miércoles, 21 de diciembre de 2011

A pesar...

A pesar de tener mucho más de lo que pude desear.
A pesar de ser la madre de dos criaturas preciosas.
A pesar de que me siento querida, cuidada, respetada, adorada por el mejor hombre que jamás haya conocido.
A pesar de tener una familia ejemplar en muchos sentidos.
A pesar de tener trabajo. De hecho, a pesar de tener varios trabajos que me ayudan a vivir de forma no holgada, pero sí suficientemente cómoda y poder pagar mis deudas.
A pesar de tener una bonita casa con jardín, de vivir en el lugar en que quiero vivir.
A pesar de tener amigos reales y virtuales, todos ellos de grandes corazones y mentes cultivadas.
A pesar de una salud bastante aceptable, y un cuerpo que tampoco está tan mal.
A pesar de ser tan afortunada...



Tengo un décimo para mañana, no vaya a ser que me quedara un poco de suerte disponible en el crédito de la diosa Fortuna, y no hubiera estado preparada. Porque ya sabéis, para que te toque la suerte tienes que estar en primera fila.

¡Suerte!

martes, 13 de septiembre de 2011

Estados de la mente



No he dormido mucho. Otra vez. Esta noche no me han acechado miedos incomprensibles, ni el estrés, ni la falta de cansancio. Simplemente me he desvelado a las 4 y no me he vuelto a dormir con profundidad hasta poco antes de que sonara mi despertador, lo cual es un gran fastidio, porque tenía un sueño del que me apetecía conocer el final.

La falta de sueño me produce un atasco mental, a partir del cual no me nacen las palabras. Suele pasar que la creatividad se origina en algun lugar de nuestro yo en el que hay un remanso de paz o un caos absoluto, nunca de un paraje llamémosle normal, cotidianamente lleno de ruidos.

Será que el curso empieza asomando su hocico de lobo bajo su piel de corderito y tal vez mi mente lo perciba de una forma inconsciente.

Aquí estamos, sin embargo.

martes, 6 de septiembre de 2011

Eterna juventud

Ante la avalancha de cariño recibida durante mi ausencia (86 correos electrónicos entre mensajes de facebook, comentarios al post y publicidad variable), voy a revelar el secreto mejor guardado:



CÓMO DESCUMPLIR TRES AÑOS EN CINCO DÍAS:

Hacer algo más de 1000 kilómetros en 10 horas + 3 de atasco

Bajar a una mina en un tren a toda castaña

Hacer media hora de cola para que un tipo vestido de roedor te firme un autógrafo

Volar sobre el cielo de Londres

Cenar en una cantina, en un rancho, en algún lugar de Arabia, de África o en un MacAsco.

Montar en el tiovivo más grande que los ojos pueden soñar

Alistarse en el ejército de hombres de plástico verde y bajar en un paracaídas de cágate lorito

Visitar la casa de los horrores y no asustarse y al día siguiente meter a tus hijos en un ascensor del hotel del Horror sin darte cuenta... aliviar su pánico.

Nadar en una piscina con cascada y tobogán.

Hacerte una foto con Rapunzel en persona.

Ser engullida por la boca de un león.

Bailar al son del Ahí va, ahí va, ahí va que te va... entra y te divertirás.

Sacarle brillo a la Visa en cada esquina

Caminar, subir, bajar, hacer cola, esperar, abanicarse, ver desfiles, emocionarse, impresionarse, soñar, reír, llorar, jugar, ver, mirar, observar, explicar, recordar, amar.
















Ah, se me olvidaba (os pido total discreción). Para engañar un poquito más al tiempo, en el laberinto de Alicia en el País de las Maravillas, canté aquello de "Feliz, feliz no-cumpleaños" el día de mi ídem. ¡Funciona!



jueves, 1 de septiembre de 2011

Do you remember?

Recibo septiembre de la forma más cálida y alegre posible, con este tema de Earth, wind and fire.





¿Le habéis dado al play? ¿no?, venga, hacedlo.

¿Ya? No seáis perezosos

¿Sí?

¡Por fin!




Ahora que tenéis el cuerpo bailón (imposible resistirse a esas notas), os invito a la fiesta de despedida que estoy organizando. Voy a estar unos días sin conexión a internet, así que no voy a poder leeros, ni contestar correos, ni comentarios, ni nada de nada.

Ya sabéis dónde guardo las bebidas y las cosas de picar, por supuesto, pero haced el favor de dejar el castillo recogido para cuando vuelva.

Y sí, mañana es mi cumpleaños. Descumplo tres, porque cada día me siento más joven. Acepto felicitaciones, regalos, sobornos etc.

Besos, besos, besos


Du yu rimember...
nanana in septembeerr

jueves, 25 de agosto de 2011

Un café con la Bella durmiente



No tenía que haber tomado café en el castillo de Aurora. Diantre, si ella durmió 100 años, tendría que haber imaginado que a mí me daría sopor... menos mal que ayer vino Mariapi a mi casa y me dio un besito en la frente que me despertó.

Ha sido, tengo que admitirlo, un despertar extraño, como con sensación de que las cosas tienen que cambiar aquí. No es la primera vez y me doy cuenta, no es la primera vez que lo digo. Y mirando hacia atrás, poco cambio después del propósito. Claro, que a mí los cambios se me dan regulín, ya lo sabéis.

A lo mejor querréis saber si he aprovechado el descanso. La respuesta me sorprende incluso a mí. He aprovechado tanto que me ha costado volver. ¿Me estaré curando?

De momento regreso, aunque no estoy muy segura de quién soy, ni siquiera estoy segura de que vaya a gustarme conocer a la nueva yo.



Ah, gracias por haber estado ahí al ladito esperando sin hacer ruido. Recibí muchos besos y nunca me sentí sola.

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