© de la imagen La meva maleta

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domingo, 16 de febrero de 2025

Un saco de palabras

Hace algunos días cayó en mis manos un libro de poesías que escribí en el año 2000, encuadernado en espiral. No lo busquen, fue una edición limitadísima, tres ejemplares, solo. 
Entre sus páginas se escondía, en un folio suelto, un texto mío de 1990, manuscrito con una perfecta letra inmaculada, minúscula, delicada. Escrito, sin duda, con pauta, todas las líneas perfectamente alineadas. 


Le adivino a la autora, aquella yo de mis diecisiete años, un mundo interior intenso, un conocimiento profundo de la vida, a pesar de la juventud, y el amor por las palabras y por su significado. Jugaba con ellas, las medía, las regalaba. Eran lo mejor que tenía. Y mi letra de entonces, tan bonita... redonda, ordenada. Y con toda la inseguridad que yo era dibujada en los diminutos palitos de las eles, las tes, las bes y las des. Mis letras apenas se levantaban, por no molestar, por no ser vistas. Creo que no estaba segura de escribir bien, pero lo que tenía claro era que yo estaba hecha para ello. 
Hablaba de silencio y de música, de soledad y de pasión. Hablaba, por hablar, porque en el fondo no soy más que un saco de palabras. 
Me gustaría poder contarle a aquella niña, (no, a la niña no, a la mujer que ya era), que la vida le salió bien, que seguimos escribiendo, que el silencio se fue, que llegó el amor (apenas un mes después de aquello) y que los libros se hicieron verdad, con nuestro nombre escrito en la portada. 
La ditada Ana Bergua

Esta semana he publicado La ditada, esta vez en catalán, y en prosa poética. Aunque es un libro corto, cuenta la vida abierta en canal. No es apto para cualquiera, no es un menú del día, es un plato degustación, no lo recomiendo para quienes tienen prisa. 

Si me permiten que les sea sincera, he hecho lo que me ha dado la gana con las palabras, porque me pertenecen. Son mías, hasta que caen sobre el papel y entonces pasan a ser propiedad de quien las lee. 
Me temo que no va a ser posible traducirlo, así que tendrán que conformarse con esta edición. Si saben catalán, me atrevo a sugerirles que lo lean en voz alta, como si recitaran poesía y entonces, es posible que encuentren entre sus páginas sus propias infancias, las manos de sus abuelos, el sabor de su primer beso y la mirada de sus hijos cuando los conocieron por primera vez. 

Respecto a aquel primer libro de poesías que escribí y que se titulaba Desde cer0, tiene, para mi gusto, algunas poesías bastante buenas, otras muy cursis, casi infantiles, un poco Gloria Fuertes, pero en cobarde. Tal vez algún día me atreva a publicarlo, quién sabe. 


sábado, 6 de junio de 2015

Midiendo el tiempo, segunda parte

Mi hijo mayor tiene ahora exactamente la edad que tenía yo cuando tú te fuiste. Le miro en su belleza imperfecta de cisne a medio construir, con sus debilidades y su frágil seguridad en sí mismo y me traslado sin querer al momento en que se me rompió la vida en dos. Parece, en las personas que tenemos naturaleza alegre, que nada perturba el cascabel de nuestra risa. Claro, nadie hablaba en el 86 del duelo en la infancia. Mi madre nos dijo que ibas a ser una estrella, y con eso habría que conformarse. Bastante trabajo tenía todo el mundo para aprender a vivir sin ti como para acordarse de aquella niña que, a pesar de todo, seguía jugando a las muñecas (eran, insisto, otros tiempos).

Lo que sucedió en nuestra familia en el tiempo posterior a tu muerte voy a omitirlo por vergüenza. Solo diré que, para mí, la niña que perdió a su mediopadre, -cualquiera que nos conociera puede corroborar que te quise tanto como a mi padre de verdad, y eso es mucho-, perder al mismo tiempo el derecho al cariño de su tía y de los únicos primos de su edad, fue una dosis de dolor inconmensurable.

Me reia, sí, y luego me castigaba a mí misma por ser feliz sin ti. Dejé de ir a tu casa porque se me hacía indigno que la vida siguiera sin ti como si nada hubiera pasado. Me escapé -hasta que me pillaron- a ver a mi tía a escondidas, pero lo cierto es que no conseguíamos articular palabra, nos abrazábamos y llorábamos todo el rato.

Recuerdo que me regañaron durante la cena de Nochebuena de ese año porque me levanté para irme al salón a llorar, con un presunto ataque de adolescencia. Lo único que me pasaba es que fui consciente de que nunca volverías y en aquel momento no comprendía por qué todos parecían tan ajenos al dolor. Así dejé de llorarte en público. Tardé años en poder ir al cementerio a verte.

He caminado sin tu mano fuerte y rugosa todo este tiempo. Terminé mis estudios, me enamoré de un hombre bueno y me casé con él. Construimos una casa, un hogar y una familia. Tuvimos unos hijos que te habrían vuelto completamente loco de amor. A ellos les hablo de ti. El mayor tiene 12 años y 9 meses, no quiero, no puedo ni imaginarme la angustia en sus ojos si perdiera al puntal de su vida. Ahora ya es infinitamente tarde para que nadie venga a acordarse de mi dolor.



Esta es mi medida del tiempo: nunca es un buen momento para despedir a los seres queridos. Mi abuelo materno falleció a los 66 años sin cumplir, después de un calvario de dolor. El paterno, con 93, entre algodones y sin sufrir. El sí fue testigo de todas las cosas que me han hecho ser la mujer que soy. También de las menos buenas. La providencia quiso que coincidiera prácticamente en el mismo día. Nunca os olvidaré a ninguno de los dos y haré lo imposible para que, desde donde estéis, os sintáis orgullosos de vuestro patito feo.

viernes, 5 de junio de 2015

Midiendo el tiempo

Tu casa estaba llena de relojes, todos en marcha, todos en hora. Si alguna vez venías a la mía y encontrabas el carrillón parado (como de costumbre) me mirabas con desaprobación y te sentabas de espaldas a él para no verlo. Y si eso no te resultaba posible, te saltabas lo que a ti debía parecerte una norma de urbanidad y le metías mano para arrancar de su letargo el vaivén de su péndulo.
No tengo tu constancia, pero procuro acordarme de mantener en vida todos los relojes de mi casa. Ahora tengo dos, aquel carrillón de cristal y uno que mis padres rescataron del olvido cuando derruyeron la casa de la carretera. No sé a quién perteneció, aunque me gusta imaginar que fue del padre de la abuelabesitos. Estuvo durante décadas dormido en el desván y me costó un poco encontrar quién lo arreglara, pero le cambiaron una pieza y funciona perfectamente. 
Y es tan bonito, con sus números sencillos, su madera agrietada, encogida por la vida, como si la piel le hubiera dado de sí y no hubiera podido recuperar su ser, y el cristal curvado como una pancita de felicidad. 

Cuando me desvelo de madrugada -casi siempre- me imagino que es como una de tantas mañanas en las que me despertaba en tu casa, arropada por la lana del colchón y la camita de princesa que fue de mi tía Ana.
La casa se encontraba sumida en un silencio acompasado por el inefable trotar de todos tus relojes. La abuela dormía. Y tú, sentado en la cocina, habías vuelto ya del kilométrico paseo con Hermi, el viejo  Gran danés, y te tomabas un zumo de naranja, nueces, una tostada. 
Cuando bajo a mi cocina tú no estás. Pero en mi casa se escucha el palpitar del reloj y, a veces, pienso que tu corazón quedó retenido dentro de ese cristal curvo, y me acuesto en el sofá, a sus pies, y entonces sigo durmiendo un poquito, abrigada por el eco monótono de tus latidos.

Un año sin ti, te echo de menos, abuelo. 

lunes, 27 de octubre de 2014

Príncipes, ladrones y difuntos.

De todo lo que concierne a la maternidad, lo que más disfruto es volver a ver, pero ahora no solo desde mis propios ojos sino también a través del prisma de los vuestros. 
Ha soportado muy bien el paso del tiempo la película de Kevin Costner, sobre Robin Hood. Lo vi en el brillo de vuestras miradas, ¡cómo aplaudísteis el primer beso!, cuántas carcajadas con el fraile beodo. 
Diría que valió la pena el poquito de miedo que descubrí en vuestras manos aferradas al cojín.


Y esa imagen, que hace más de veinte años fue espectacular, volvió a levantarnos a todos del sofá.
Y lo que representó ese mito del devolver a los pobres la dignidad arrebatada, hoy, en tiempos de estos nuevos nobles indignos de ser llamados así, de esa élite que son los políticos, que viven como reyes a costa del sacrificio de todos los demás. 

Pensaba hoy en esa película y los valores que quiero que aprendáis de ella, como el trato de Robin al viejo Duncan, la delicadeza con la que le aparta del peligro, el amor, la fidelidad, el valor, la capacidad de liderazgo, el esfuerzo y el trabajo.

En fin, dentro de nada llega la mamarrachada de la fiesta esa americana que tanto dinero genera. Yo, como siempre, a lo mío, a recordar a nuestros difuntos, a rendirles el homenaje que merecen y enseñaros a respetar la vida porque tiene ese fin inevitable de la muerte. 


jueves, 14 de agosto de 2014

El libro que te acompañe

"Aquella era una mañana como otras y sin embargo perfecta entre todas. Oyó el leve crujir de las cuerdas al sacar Juana a Coyotito de su cuna, lavarlo y envolverlo con su chal de modo que quedara muy cerca de su seno. Kino podía ver todo esto sin mirarlo. Juana cantaba en voz baja una vieja canción que sólo tenía tres notas y, no obstante, interminable variedad de pausas. Esto también fromaba parte de la Canción Familiar, como todo. A veces llegaba a ser un acorde doloroso que ponía nudos en la garganta, musitando: "esto es certeza, esto es calor, esto es lo TODO".

Imagen de aquí

Después del paso de media vida por mis entrañas, del amor, de las lágrimas más duras, del aprendizaje, del trabajo, de los premios, del esfuerzo, de comprender que el Equilibrio Universal termina por llegar y por romperse con la misma facilidad, releo La Perla, (John Steinbeck, 1945).

Probablemente esta obra debería ser incluida en el kit de supervivencia del ser humano en distintas etapas de la vida. Se me ocurre que, ahora que mi hijo mayor empieza a comprender, sea ya un buen momento para prestárselo. Así que junto con sus libros de secundaria, debería incluirlo. Luego, cuando tenga ya su formación, y se dirija con energía al camino que él haya elegido para su vida, entonces, entre sus toallas y sábanas del ajuar por estrenar, entonces debería volver a "dejar olvidado" el libro, como quien no quiere la cosa. Y cuando junte con su mujer la canastilla de su primer hijo, entonces será otra ocasión perfecta para traspapelar el libro para que lo lean ambos, arrullados por el respirar tranquilo de su bebé en la cuna. Y luego, cuando ya su camino esté mediado, entonces será otra vez momento de leer La perla, para comprobar que siguen caminando por el buen sendero. No creo que sea necesario esta vez que yo me ocupe de prestarles el libro, ellos mismos lo guardarán envuelto entre terciopelos en un lugar privilegiado de su biblioteca.

Dejo un par de citas más para terminar, después de todo, si no has leído esta obra, creo que sus propias palabras pueden convencerte mejor que yo de que corras a hacerte con un ejemplar.

"Pero ahora, al anunciar como sería su futuro, lo había creado. Un proyecto es algo real, y las cosas proyectadas son como experimentadas ya. Un proyecto, una vez ideado y trazado se hace realidad, indestructible pero propicia a ser atacada."

"Juana, desde el interior de su alma de mujer, sabía que la montaña resitiría impávida mientras el hombre acabaría quebrantado, que el mar seguiría su incansable oscilar y el hombre podía perecer ahogado. Y sin embargo, todo esto es lo que hacía de él un hombre, medio loco y medio dios, (...)"




domingo, 27 de julio de 2014

La memoria

No hace mucho me encontré con alguien a quien conocí en la infancia, y con quien perdí el contacto en los primeros años de la adolescencia. Me sorprendió saber que recordaba de mí algo que yo habría jurado sobre la misma Biblia no haber dicho. 
Pero, pensándolo bien, los recuerdos, lo que la memoria de cada uno de nosotros guarda de lo que vivió, no responde a la realidad. La realidad es poliédrica, subjetiva, se mezclan nuestras vivencias en nuestra mente. ¿Acaso no nos pasa a las madres que, a pesar de desvivirnos por nuestros hijos y pensar que jamás olvidaremos cómo fueron, empezamos por confundir qué niño hizo qué cosa, cuándo empezamos a darle fruta o cereales, o dónde les hicimos aquella foto? 
Pues, si con algo que se vive de forma tan intensa como la maternidad, nuestra memoria puede mostrarse imprecisa, con el resto de lo vivido, muchísimo más. Conozco de cerca a dos personas que aseguran con absoluta convicción que un hecho pasó de formas diametralmente opuestas. Una de las dos está mintiendo, podréis pensar. Yo he llegado a comprender que, simplemente, cada una lo vivió desde su punto de vista, o bien una de ellas, no fue capaz de asumir una verdad que le resultó muy dolorosa y no pudo hacer más que guardar en su memoria una versión que le resultara mínimamente aceptable. 

martes, 15 de julio de 2014

Como si hubieses estado hoy conmigo

Llevaba unos días buscando zapatillas sin que me gustara ninguna demasiado. En fin, quería zapatillas, abiertas, con suela de goma, un poquito de tacón, en tela y estampado más o menos decente, sin que fueran de señora mayor. Sin embargo, me he enamorado de éstas, de precio razonable -de rebajas-, color monísimo, a la vista está, y muy confortables.


Ni siquiera recuerdo si tú tenías unas como estas, pero en cuanto he calzado mis pies en ellas he pensado en ti, en tu coquetería, he sabido a ciegas que te habrían gustado ¿acaso no tenías unas parecidas? No puedo recordarlo, porque hace casi veinte años desde la última vez que te vi. Pero al ponerme las chanclas que no se parecen en nada a lo que yo pretendía, con las uñitas pintadas de rojo y, a pesar de que mis pies no se parecen a los tuyos (o si, tampoco sabría decirlo con seguridad), tu ausencia ha palpitado en mi memoria. 

Me arrebataron poder despedirme de ti. Nadie, nunca, podrá devolverme ese momento. 

domingo, 25 de mayo de 2014

Tres aniversarios

La semana que acaba de pasar ha sido intensa en emociones. Después del regreso del viaje a Gran Canaria, se ha cumplido el primer aniversario del adiós de la abuelabesitos. Se supone que uno se prepara toda la vida para despedir a los que le preceden, más cuando éstos superan los noventa. Sin embargo, yo sigo echándola tanto de menos... Extraño su mirada, sus manos, su compañía, su cariño. 

Claro, que la vida sigue para los que nos quedamos aquí. A lo mejor es una tontería, pero me gusta celebrar el aniversario de la casa en la que vivo, que fue el día 21, aunque, en realidad, lo recuerdo sólo porque es un par de días antes de nuestro aniversario de boda. Las celebraciones este año se limitaron a comprar un par de cosas bonitas para nuestro nido y en irnos al cine. Lo sé, no tiene ningún mérito, pero créanme, cumplir 16 años de matrimonio y seguir queriéndose sí lo tiene.  

El castillo vuelve a estar plagado de gatitos, de rosas, de rincones por ordenar. Mi máquina de coser aguarda muda a que yo vuelva a tener algo de tiempo. Los pucheros cambian sus caldos por comidas frías, la primavera se esconde tras las cortinas. Los niños se hacen mayores y afrontarán este final de curso que se presenta cuesta arriba. O cuesta abajo, porque ya sabemos cómo pasa el tiempo. Así es.


jueves, 24 de abril de 2014

De cómo os imagino

Hoy la  hemos despedido, tu amiga, tu amiga del alma, ha aguantado casi un año más que tú, a pesar de que su salud siempre fue mucho más delicada que la tuya. Yo siempre la conocí mayor, pero las fotos que he visto suyas me hablan de una mujer de una belleza digna de formar parte del elenco de una película de Mastroianni.
No sé cuándo os conocisteis exactamente, pero viendo vuestras fotos de juventud os imagino con los vestidos de corte perfecto, las faldas al bies, los bolsitos de piel, los zapatos de salón, el pelo impecable, como recién sacadas de un episodio de Velvet, sentadas junto a ellos, vuestros guapísimos maridos que os trataron  como reinas toda su vida. 
Hoy imagino vuestro reencuentro, en el más allá, despojadas de vuestros achaques de ancianas, de vuestras arrugas, de la tristeza que produce hacerse mayor y perder a quienes amas. Habéis colgado vuestro envoltorio nonagenario para regresar a lo más amable de la larga vida que compartisteis puerta con puerta. Imagino las confidencias en voz queda ante una taza de Nescafé, las carcajadas producidas por esa capacidad tan valiosa de reírse de vuestras propias penas, que sólo vosotras dos teníais. Cuánto bien nos hizo a todos vuestra amistad, vuestra compañía y vuestro apoyo mutuo. 
Sí, es cierto, seguramente para ella el reencuentro con su amor, que se marchó hace ya cuatro años, ha sido muchísimo más esperado y emocionante. Pero a ti te necesitará para compartir aquellas confidencias que uno sólo puede decir a un amigo de verdad: los miedos, las tristezas, lo que acarició su corazón, decirte cuánto echó de menos tu presencia, cuánto le habría gustado pasar sus últimos años junto a ti. 

Cada vez queda menos para que os podáis reunir los cuatro y reír juntos como siempre. Estoy segura de que cuando le llegue el momento al abuelo, se cerrará para vosotros el círculo de amor. Regresaréis al inicio de vuestro tiempo, a las pequeñas casas de la carretera que albergaron el nacimiento de vuestras familias. Fuisteis irrepetibles, os echo mucho de menos.



domingo, 6 de abril de 2014

Claro que voy a escribir sobre nuestro encuentro

Me resistía a acudir a la cita, porque me sentía totalmente incapaz de resumir los últimos 26 años de mi vida, el tiempo que había pasado desde la última vez que coincidía con vosotros. Me superaba la sensación de que, además, entre algunos de vosotros sí habíais mantenido un contacto habitual.

Pensé que poco quedaba en mí de la niña que fui, y a duras penas recordaba algo de quienes fuisteis vosotros, de algunos, ni el nombre (perdona, Ramón). Pero algo tras tu petición insistente me hizo aceptar.  

Me has preguntado qué ha sido exactamente lo que has dicho para convencerme. Y creo que ya sé. Has estado tan enferma, que ya no sólo te limitas a ir viviendo. Tú devoras la vida a grandes bocados, con la fruición del que sabe que hay que vivir cada día como si fuese el último. De lo que me has contado (un infarto a los 33, doce intervenciones quirúrgicas, cáncer de tiroides, el fallecimiento tristísimo de tu padre hace cinco años, embarazos ectópicos, como yo...) ciertamente se podría escribir un libro, como te he dicho. Pero a mí me gusta mirar más allá, y me ha divertido que todos vosotros, que me conocíais siendo una cría, ya os habíais dado cuenta de esta manía mía de observarlo todo.

Me ha llamado la atención que te preocupara tu cicatriz (te aseguro que no la he visto hasta que me la has señalado), porque yo miraba tus ojos, esos ojos, esa mirada de haberle mirado de frente a la muerte que disimulas con tanto desparpajo pero que a mí no se me escapa. Bueno, yo no sólo a los tuyos. He visto muchas cicatrices del alma entre nuestros compañeros, ¿sabes? Casi todas, heridas sanadas, porque estábamos alegres como aquellos cachorritos que jugaban en el pequeño patio del colegio. He visto miradas curiosas, divertidas, tímidas, la mirada desconfiada de aquel niño con el que discutía, la barriguita cervecera de nuestro espíritu rebelde, que aún lo es. Incluso he encontrado una mirada tan triste que ha arañado mi corazón. Esa la guardo para mi colección de momentos en los que he sido demasiado cobarde para preguntar, porque temía no estar a la altura con mi respuesta.  

Me he quedado con ganas de un café largo y tendido con cada uno de vosotros, para conoceros, para volveros a conocer, porque, en realidad, todos somos un poco aquello que fuimos. Brindo por el reencuentro, y brindo por ti, por haberme dado ese tironcito en el alma, niña valiente. 





miércoles, 1 de enero de 2014

Madrugando

Ayer fui a una mercería y le hablé de ti a una desconocida. Le expliqué cuánto te gustaba coser. Tú, que te tenías por poca cosa, después de todo el día trabajando fuera de casa, te sentabas frente a la máquina de coser y te hacías una falda, o punto, o ganchillo, o petit point. Lo que fuera. Junto a tu sillón de orejas de piel marrón, siempre un cenicerito con hilos y algún botón, las tijeras. La bolsita de alfileres prendida en la pechera de la bata. 
Eso es todo lo que me queda de ti: algunos metros de algodón para sábanas, algunas puntillas viejas a las que ya no se me ocurre cómo devolverles la vida, alguna joya de escaso valor, excepto el que yo quiera darle para sentirme confortada, y la bolsita gastada de tela de felpa en la que tú guardabas los alfileres.
Nada de lo que poseo me recuerda más a ti que mi propia manera de ser, mi afición por la costura, mi forma de tragar con lo que me disgusta por no molestar, el cinismo fino y la capacidad de reírme de lo más trágico para no morir de pena, la sensación de que que nos han robado el tiempo ante nuestras narices. Me hubiera gustado que en el reparto de las cosas que tú atesorabas con ilusión me hubiera sido concedido algo de auténtico valor, pero tú no lo hiciste en su momento, y aunque en tu último año pedías con insistencia que arregláramos las cosas, tendré que consolarme con la imagen que me devuelva el espejo, en ver que mis manos trabajan como las tuyas.
Si me vieras a estas horas, _las ocho de la "madrugada" del primer día del año_ sentada escribiendo, te echarías las manos a la cabeza, ¡con lo que te gustaba a ti dormir! En eso no nos parecemos. Me tomabas de las manos, cuando te explicaba la hora habitual de levantarme, y me mirabas con compasión, como si fuera la peor de las maldiciones. Pero ya no estás. Hoy habrías cumplido años. No te preocupes, no voy a decir cuántos. No puedo explicar cuánto te echo de menos. 

lunes, 23 de septiembre de 2013

Y sólo acaba de empezar

Ha llegado el otoño tiernamente, deshilachando una neblina suave sobre el primer amanecer que me ha emocionado este año.

Mi álbum de tesoros ha añadido muchas páginas estos días. Nada fue como esperaba, porque cuando no esperas demasiado, todo lo que te llega es una sorpresa y en las últimas 48 horas mis pupilas se han llenado de regalos. El jovencísimo padrino hecho un manojo de nervios, un collar de perlas frente a un espejo, supernenas de cuarenta, mejunjes de cocacola con azúcar y café (¿quién no ha hecho potingues en las sobremesas de su infancia?), paciencia, una tarta que era un sesenta inmenso, un abrazo de gratitud, las fotos de un viaje increible, una mantita suave, unas lágrimas de madre nueva, ¡un cordón umbilical!, una mesa para veintiocho en la que hubo sitio para nosotros, acariciar su vientre con ella dentro, los nervios para la boda ¡la cuenta atrás!, cuñados en la terraza pensando que no nos callaremos jamás, la vida implacable velando sus ojos grises, la mano firme que sujetaba su cuerpo hasta el coche, el padrazo novato con ojos de no haber dormido en una semana. Las fotos, las fotos que busqué en el álbum para ella y que me rompieron tantas veces.

Ha sido así a pesar de que parecía que todo iba a terminar mal al final de este verano...

Como decía aquel optimista personaje de El exótico hotel Marigold, si algo termina mal, es que aún no es el final.  




lunes, 2 de septiembre de 2013

Regresando a ti


Historia de un adiós, primera parte.

A lo mejor no me comprenderías si te dijera que yo necesito verte todas las semanas, aunque apenas levantes la cabeza y te aísles en ese lugar de tu memoria que habitas y que a los demás nos parece olvido. 

Sigo sintiendo por ti ese respeto grave que los niños de antes teníamos hacia nuestros abuelos, aunque tú ya no seas dueño de tu cuerpo. En cuanto te veo, abandono la realidad, huyo de canas disimuladas, de marido y niños, de trabajos y cocinas, y de todas esas cosas que me convierten en adulta. Y entonces, monto en mi triciclo, agarro firmemente las empuñaduras de plástico y pedaleo con fuerza alrededor del cedro que plantaste en el centro de tu patio, desandando la espiral del tiempo para regresar a la protección segura de tu regazo. Allí nada malo sucede, porqué tú haces que los problemas desaparezcan. Donde los demás ven un hombre serio y de mal carácter, mi sonrisa incombustible encuentra amor y comprensión. Cuando el miedo me paraliza, sólo entonces, levantas la voz: "¡No hagáis llorar a la nena!", y yo me refugio entre tus brazos. 

Como si acabáramos de cenar, en esta noche de verano, aspiro con deleite los aromas que desprende tu casa, a pan tostado, a tu loción Floïd Blue, a hogar. Parpadea en la oscuridad la televisión que no miramos, mientras se revuelven cantarinas las fichas de dominó sobre la mesa en la terraza, y memorizo para siempre la lección que me dictas: Tengas menos, tengas más, la salida taparás.
Y como mis sueños son míos, hago que ella vuelva, con sus protestas pacientes y estériles, con sus manitas enjoyadas tintineando mientras recoge las migas que hemos dejado. Me miras, meneando la cabeza y vuelves a conjurar que quisieras verme con 18 años...

Me mandas al garaje a buscar bebida y vuelvo a quedarme enganchada en las redes que cuelgan secándose en la noche serena. Mañana volverás al río a pescar con tu barquita y tu amigo. Me desenredas con una carcajada limpia que me nubla un poco los ojos y me devuelve a la realidad severa.

Llevas las gafas sucias, abuelo. Déjame que te las limpie, que si nos viera la abuela nos regañaría. Y con la mano me haces un gesto para que deje de nombrarla, porqué a lo mejor tapando esa salida consigues que no sea verdad que ella se ha ido para siempre. Y yo te dejo que así lo pienses, y engaño un poquito más al tiempo. Ya doblé los dieciocho, hoy cumplo cuarenta años. 
¿Está mal que no quiera que te vayas, aunque ya no seas lo que eras? No quiero decirte adiós, abuelo.

lunes, 5 de agosto de 2013

Por fuera... y tras la fachada.



Estoy acostumbrada a mirar debajo. Lo hago de forma inconsciente, sin más intención que saciar esa curiosidad que me produce el ser humano en todas sus dimensiones. En las circunstancias que rodearon esa comida nuestra, con tantos niños gritando y con esos pobres cuatro maridos sufridores, fue más difícil, pero lo hice igual.

Supongo que mi chicaespejo se dio cuenta, ella es también analítica y está acostumbrada a hacer radiografías del alma tanto com yo. En fin, bastante tenía ella con explicar ante los ojos de las que llevaba tantísimos años sin ver, una historia suavizada de esa vida que ha dejado tantas huellas en su piel, y que la convierte en el ser precioso que es.

A ratos se palpaba el "¿Y ahora de qué hablamos?" entre las más tímidas. A ella, la más reservada, la vi demasiado delgada, tanto que me preocupó, aunque no se lo dije. Su criatura de mofletes mordibles y mirada curiosa me cautivó por su autonomía, por esa belleza de los bebés que todavía lo son. No pude, no supe rascar en las fisuras de esa coraza, ha pasado demasiado tiempo para recuperar la confianza que pudimos haber tenido en el pasado. Y lo cierto es que nunca fui buena en lo que a relaciones sociales se refiere, a mí se me dan mejor las distancias cortas y la paciencia. Me manejo mal en grupos, así que esa adolescencia que compartí con vosotras fue... bastante convulsa (como todas, claro).

De hecho, no fue en aquel tiempo cuando conocí mejor a la más sonriente y sorprendida del grupo. Fueron los tiempos de compartir universidad y luego los encuentros que nos han ido poniendo al día de lo que somos cada una. Yo no sé si tú me ves cambiada a mí, después de tantos años, pero tú sigues siendo tú. Todas te reconocimos tal cual eres, así que nos resultó fácil ubicarnos contigo.

En cambio, con la que terminó encontrando el local me costó mucho más, porque la conocí menos en aquel entrañable BUP que compartimos. La recuerdo inteligente y dulce, y así volví a percibirla, y no entiendo por qué, de forma involuntaria, levanté un muro invisible ante ella para resguardarme tras él. Supongo que si pudiésemos haber hablado desde más cerca, quiero decir, desde ese lugar íntimo en el que yo me siento más cómoda...

Pero aún así no reniego de nuestro encuentro en grupo. Lo cierto es que ellas, las gemelas revoltosas que tuvieron la deferencia de venir desde Madrid para reunir a nuestro grupo de cuarentonas, lo hicieron todo fácil. Ellas siguen siendo como siempre, casi. Casi, casi, la niña azul, sigue siendo observadora y perspicaz, sigue siendo la que tiene los pies en el suelo, la que es el norte de la de rojo. No, a ti no te he reconocido, porque no te había visto nunca sufrir y ahora se intuyen cientos de lágrimas encerradas en la trastienda de tus ojos cristalinos. No quise que me contaras nada ante tanta gente, pero lamento profundamente no tenerte más cerca para arrancarte cada una de tus espinas y besar tus heridas frente a un café dulce y largo.

A sus "ellos" no pude conocerles apenas, y a sus hijos, poco. Los niños suelen ser la manifestación clínica, el síntoma, de lo que nos sucede a los padres. Me quedé con ganas de sentarme también un poquito en la mesa de los chavales, que, siendo niños y revoltosos, aguantaron más que bien.

No deberían pasar tantos años sin vernos, pero pasará demasiado tiempo, por más que digamos que tenemos que repetir. Porque nos da pánico a todas que salga de nuestro interior la niña insegura que se esconde tras el maquillaje y nuestro aspecto de madurita bien conservada. ¿Lo veis? con lo mal que se me da hablar cuando os tengo a todas delante, y lo mucho que me fijé en todas vosotras. Gracias por haber hecho el esfuerzo, gracias por haber tenido la idea, gracias por haber reservado el local perfecto, gracias por la magnífica sobremesa, gracias, gracias.

lunes, 20 de mayo de 2013

Sin ella

Quedo huérfana de abuela.
Hace un año y dos meses que soy un poco consciente de que no iba a ser eterna.
Ayer pareció una tarde como tantas: qué guapa estás, tú más, guapa, cómo te encuentras, regular, pero qué te duele, nada. Sombra de ojos azul, a conjunto con su rebeca, sus manos nudosas en el regazo.



Le hice una foto que acredita esa belleza. La despedí, sin saber que sería para siempre, mirándola divertida, mientras se comía un plato de sopa a sorbitos, saludándonos como la Reina del guisante sentadita en su trono.
Con la elegancia de siempre entregó su larga vida a medianoche, dormida hasta la eternidad. 
Se ahorró la decadencia triste que produce la enfermedad en la vejez y tu vimos ocasión de compartir con ella lo más importante de nuestras vidas, la colmamos de besos, la cuidamos como la flor que parecía ser.
Le doy gracias a Dios por haberme permitido ser su nieta, por haberla podido tener casi 40 años y por haberle dado un final no solo digno, sino envidiable. 

Mi abuela Ana falleció anoche; ahora tendré que aprender a vivir sin ella. 


lunes, 29 de abril de 2013

Charcos

Tenía unas botas de agua azul marino del número 37. Fueron las últimas que tuve. Las últimas con las que pude caminar arrastrando los pies por dentro del agua, durante tanto tiempo que siempre terminaba calándome los calcetines por algún poro de las gastadas suelas de goma.
No había charco demasiado grande. Si acaso, alguno con sorpresa bajo el agua, alguna piedra que ibas empujando hacia la orilla. Sobre su superficie sucia descubríamos los dibujos que las gotas dejaban inagotables.

la imagen estaba aquí


Cuando vives en un lugar en el que no sabe llover, porque no lo hace nunca y cuando lo hace llueve poquísimo o muchísimo, no sabes qué hacer cuando el cielo se desangra en torrentes, o cuando todo queda apenas salpicado por tortitas de agua manchadas de barro. Los primeros dos años de mi hijo mayor ni siquiera llovió. Guardé nuevo el impermeable que se le quedó pequeño, nunca tuvieron botas de agua. Siempre pienso en comprárselas, para no tenerles que pedir por favor que no esquiven los charcos. 

La infancia de ahora me parece triste, triste como las noticias que día y noche escupen los televisores, como la escasez de trabajo y el exceso de horas de ordenador, como los inagotables deberes, como las calles sin niños. Niños que no tienen ni siquiera unas botas de agua con las que saltar con alegría salpicándose unos a otros.

La lluvia multiplica esta sensación de tristeza. Ya me pasaba cuando era pequeña y al llegar a casa sentía mis pies mojados dentro de los calcetines también mojados. Sólo se me quitaba el frío cuando mi madre me llenaba la bañera con agua caliente que mojaba el agua que se me había quedado fría, pegada a la piel y a mi cabello. 

Luego viví tres años en Pamplona. Allí aprendí a llevar paraguas, a despreciar los zapatos castellanos con suela de cuero, inútil entre tanto aguacero. Y ya nunca la lluvia volvió a ser como entonces, hasta que volví a mi tierra, de lluvias locas. 


viernes, 25 de enero de 2013

Lo veo diferente

Ayer terminé de recibir un curso de Competencia Emocional. Me ha costado mucho escribir sobre ello. El primer día me gustó. El segundo me encantó. El tercero supe que nunca volvería a ser la misma persona.

Básicamente abrí mi mente, comprendí que el cerebro tiene una plasticidad que nunca había sabido ver como tal. Ser más tolerante y respetuosa con los demás, y generosa conmigo misma.

Ya conocía la Programación Neurolingüística, la descubrí de la mano de mi madre hace más de 20 años. Sin  haber sido demasiado consciente de ella, soy gran parte de quien soy por los mensajes que aprendí a darme.  Durante este curso recordé muchas de las cosas de aquel inicio, y aprendí muchísimas otras más.

Y quiero agradecer a mi profesora durante estos tres días su buen hacer, su dicción, su cariño, y su infinita capacidad de escucha, y el amor tan grande que tiene por su profesión, que, sin duda supo transmitirnos.

El cerebro humano es fantástico, conocer un poco más sobre él me ha encantado.





jueves, 27 de diciembre de 2012

Pretéritos


Los encontré en una librería. Conservaban la etiqueta con su precio original, que me pareció caro... ¡35 pesetas! Mi paga de un domingo no habría bastado para comprarme uno de esos cuentos.

Lo más bonito de ellos es su tamaño, apenas 12 centímetros de altura y ternura para dar un par de bofetadas a las monsterhigh esas.

No creo que esos, nuestros tiempos, fueran mejores ni peores que los de mis hijos. Estuve observándoles estas Navidades. Mis crías y las de mis alrededores, correteando bajo las mesas, como antes, empezando a guardar secretos, como nosotros, escuchando tras los butacones de orejas, como hacíamos entonces. Estrenando juguetes nuevos y decepciones sospechadas.

Tanto se parecen las infancias entre generaciones que da un poquito de miedo, porque uno ya sabe cómo es de difícil lo que viene después, cuánta inseguridad promete la adolescencia, cuánto duele el primer amor, cuánto cuesta hacerse mayor y el valor de una despedida. Sí, lo sabes, como sabes cuánto dolerá tener una criatura desgarrando tu pecho, y nunca se lo acabas de contar a la que va a ser madre primeriza dentro de nada. Para qué, probablemente no te creería.

Guardaré para mi colección los cinco cuentos de mi niñez, quién sabe si ellos algún día los encuentren en un cajón y quieran asomarse al balcón de la infancia de su mamá. Si no es así, lo haré yo, únicamente para recordarme de vez en cuando que yo también fui pequeña y aprender de nuevo a ver el mundo desde el barullo de piernas de los que eran adultos entonces, en una larga sobremesa.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Aquella Navidad



Si pudiera ser la dueña de los tiempos, me iría con los míos a aquella Navidad. Mis abuelos habrían salido de la tienda a las tantas, así que nuestra Nochebuena habría empezado tarde, casi tanto, como la Misa del Gallo que siempre acabábamos por perdernos.

Si pudiera ser la dueña de los tiempos les enseñaría a los niños el pesebre de figuritas de plástico, con el Rey que se sentaba de lado y el camello que tenía una rebabita de plástico en la pata y siempre acababa por volcar. Y el río de papel de aluminio y la nieve de harina con que mi madre espolvoreaba mi imaginación infantil.

Si pudiera ser la dueña de los tiempos, yo volvería a hacer cien viajes a buscar aquel cacharro misterioso al que mi abuela nunca atinaba a poner el nombre ni el lugar ("ve allí y trae aquello" decía como toda pista). Y nos sentaríamos alrededor de la mesa decorada con las mismas hojas secas, las mismas bolas, el espumillón de siempre, la seguridad del disco rayado de Villancicos y su chocolatero rin-rin.

Si pudiera ser la dueña de los tiempos, pondría a cada uno de mis hijos sobre las rodillas de sus bisabuelos. Mis cuatro abuelos se sentarían aquel día en la misma mesa, así que no cabría un centímetro cuadrado más de felicidad en mi corazón. Mi abuelo relojero le enseñaría al pequeño Bufón su calculadora sin pilas que yo nunca llegué a entender, y el otro yayo le contaría a los ojos abiertos de Marlin cómo había sido la Batalla del Ebro, o la alineación del Sabadell del 54. Y la bisabuela maestra les leería El Camello cojito.

Si pudiera ser la dueña de los tiempos, mis padres ayudarían a los niños con las dichosas arañas de mar, que esconden lo rico por dentro, y besarían sus dedos pringados de langostinos, y les contarían cómo era su Navidad sin bicicletas, y huirían a carcajadas de la amenaza de "¡Que vuelva Herodes y se los lleve a todos!" cuando le acariciaran la calva. Yo seguiría sentada "dejando correr el aire" entre mis tíos, como siempre. Y mis hermanos y  yo, volveríamos a ser libres por una noche, sin trabajos ni hipotecas, y él y yo volveríamos a vivir nuestra primera Nochebuena de novios, con todo el amor por estrenar. 

Si pudiera ser la dueña de los tiempos, entre los cardos y el ternasco nos habríamos dado cuenta de que había nacido ya el Niño, y brindaríamos por él. Y la abuela volvería a amenazar a su yerno con pintar el techo si descorchaba el champagne a lo bestia. "Si ya tenía razón mi madre -diría- Yerno yerno, sol de invierno". Y beberíamos en las copas Pompadour que tanto gustaban a la abuela. Y Cantaríamos "Les dotze van tocant, ja és nat el Déu Infant, fill de Mariiiiiiiii iiiii iiia", mientras alguien empezaría a cambiar platos cargados de premios para el viejo perro dogo, por bandejas de turrones.

Si pudiera ser la dueña de los tiempos, habría ponche, y abriríamos los regalos fingiendo que no conocíamos la letra de mamá, y  serían muñecas con olor a nuevo atadas a sus cajas, y Barriguitas, y un juego de mesa, y el Monopoly. Y se harían los corrillos de siempre: los del café y la eterna sobremesa, los primos que juegan a la butifarra, los niños que estrenan juguetes nerviosos, las de siempre, recogiendo un poco la mesa. La abuela murmurando mientras sacaba los platos sucios del lavavajillas para fregarlos a mano. Y luego mi tío, agotado de hacer enfadar a su suegra roncaría en el sofá sin inmutarse por las risas y las imitaciones de los niños, que sonarían como gruñidos de cerdito glotón.

Si pudiera ser la dueña de los tiempos volvería a estar deseando todos los días de mi vida que llegara por fin la Navidad, que era, sin duda alguna, el mejor día del año después de mi cumpleaños. Pero sólo soy dueña de mis recuerdos, que dejo escritos aquí para que despierten los vuestros. Bienvenidos a mi mesa.

Feliz Navidad

martes, 27 de noviembre de 2012

La maestra que más recuerdo

(imagen sacada de aquí)

Si tengo que decir la verdad, recuerdo muchos de los maestros que he tenido, los recuerdo a casi todos: las de los pocos años que estuve en el colegio de monjas, todos los de mi tiempo de escuela primaria, las de BUP y COU, los que me impartieron las 76 asignaturas  (¡!) que estudié en la universidad.

Los hubo estrictos, buenos, malos y regulares, organizados y caóticos, apasionados, inteligentes pero incapaces de transmitir, empáticos, distantes, profesionales y entregados. Además, vengo de una familia de maestros, conozco bien la profesión, y yo debería de haber sido maestra, si hubiese sido un poco más lista... y entre todos los que recuerdo y admiro, la mejor maestra que he tenido es mi abuela.

Mi abuela materna fue maestra, es maestra. Ella tiene la capacidad de transmitir su conocimiento a la mente más dura, a la capacidad más limitada. Su asignatura fetiche, Lengua Castellana. Con su preciosa letra redonda te enseñaba la gramática, la ortografía, la sintaxis. Con su voz aterciopelada me dicta aún sus poesías, marcando las pausas como si estuviera en su aula, tanto, que estoy por escribir Dictado al principio.

Sus alumnos siempre hemos sacado las mejores notas en el instituto y en la selectividad (yo tuve un 10 en su asignatura). De ella aprendí aquello de "La H de ayer guárdala para hoy" y el "Ande yo caliente, ríase la gente". A ella le debo cada una de las palabras que nacen de mis dedos y viven en vuestros ojos. Así que hoy, el día de los Maestros, quiero recordar a mi primera maestra, mi abuela, la yaya, y a todos los demás.



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