© de la imagen La meva maleta

lunes, 23 de marzo de 2015

El gran temor de los padres


Como en tantas otras, en el aula de quinto de primaria se habían rebasado los límites de lo que era tolerable en cuanto a las relaciones entre los chicos y chicas. Insultos, faltas de respeto, agresiones físicas, a compañeros de clase. 
Contactaron conmigo para que les hablara de mi libro, para que les echara una mano, para que los padres vieran que también ellos tenían algo que hacer. 

Dejadme que admita que la responsabilidad me pesó mucho, ¿quién soy yo para dar consejos, más que una madre que le escribió un libro a su hijo, presa del "gran miedo"? Sí, ese, el miedo a que ellos sufran por culpa de otros chicos y que no nos estemos enterando.
En fin, después de una reunión con el director de la escuela para contarme cuáles eran sus intenciones y de pasarle presupuesto, me llamó para explicarme su planificación para ponerse manos a la obra para erradicar cualquier indicio de acoso escolar que pudiera producirse en en esa clase. 
Para ello, los niños leerían el Magdalenas con problemas, les harían preguntas de cada capítulo para hacerles reflexionar sobre el bullying. Luego, les organizarían una excursión con talleres y actividades de refuerzo de las relaciones personales, de liderazgo, de empatía, tanto el tutor como la psicóloga del colegio son monitores de boy-scouts y además, ese día, me invitarían a hablar con ellos. Finalmente, una semana después debería contar a los padres qué era todo lo que la escuela había planificado para recuperar el mando de esos caballitos desbocados. 

Me puse mi vestido de Mary Poppins, las gafas de ver por dentro y me presenté ante esos niños encantadores dispuesta a ver sólo lo mejor de sus personas para poder utilizar sus virtudes al servicio del bien común, ellos, con un reto muy claro: ser los mejores de su escuela trabajando todos hacia la misma dirección. Para ello iban a necesitar líderes positivos, alguien que tomara decisiones, alguien dispuesto a trabajar fuerte, alguien que les diera alegría, que acompañara a los que estuvieran más triste y que protegiera a los débiles. 
Íbamos a trazar la línea de lo que considerarían comportamientos intolerables y rechazar cualquier actitud reprobable. 
Como sabía que ya habían tenido problemas de relación, les pedí que sin decir qué, por no remover el pasado, le pidiean disculpas a los compañeros a quienes ellos creían haber hecho sentir mal, y con esa redención, empezar de cero.
Les pedí que mejoraran algunas actitudes con medidas concretas y que utilizaran todo lo bueno que yo había visto que eran. 

Finalmente, hablé con sus padres. Les expliqué qué había visto en sus hijos, su belleza humana, su calidad, su genialidad. También sus límites, el peor, la pequeñísima autoestima que es, en gran medida, culpa de nosotros, los padres de la E.G.B., que hacemos por nuestros hijos cosas que ellos pueden hacer solos y les damos a entender, con ello, que ellos no pueden, no valen, no saben. De esa autoestima tan baja nacen las víctimas del acoso escolar y de otros abusos de poder en la vida adulta.

Les expliqué que ante el acoso escolar todos debemos ponernos manos a la obra y que, su escuela, era muy muy buena, porque se lo había tomado muy en serio. Y existe, en el acoso, una realidad irrefutable: el acosador es quien causa el mal, la víctima es quien lo padece y los espectadores son quienes lo presencian. Si éstos últimos se ponen de perfil, o por miedo o comodidad o por entretenimiento se ponen de parte del acosador, el Bullying continúa. Pero si los espectadores dicen basta, el acoso acaba. Y la dirección de esta escuela, dijo "hasta aquí hemos llegado"

Mi gratitud por la confianza que depositaron en mi trabajo y mi sincera admiración por haber tomado las riendas. Me encantaría poder ser, mediante mi libro, la excusa que todas las escuelas utilizaran para dejar de obviar ese problema que es una lacra en todos los colegios del mundo. 

jueves, 19 de marzo de 2015

Mi papá tiene "bilote"



Hoy es el día del padre. El mío, y no es por despreciar a los de los demás, no es un padre cualquiera. A todo aquel que yo me encontraba le contaba que mi papá tenía un bilote, que a mí me parecía lo mejor que podía tener un padre. No le va a gustar que haya puesto una foto suya, pero me perdonará. Él dijo de mí que nací fea y peluda y le perdoné. Porque no era fea! A la vista está. Aunque luego llegó la requetemona de mi hermana, ¡yo lo tuve primera!


Este es mi marido con su fotocopia. Qué imagen tan bonita... Él es el mejor padre del mundo, mi compañero, el espejo en el que quiero que ellos se miren. 


Éste es mi hermano, con mi fotocopia. Un padre que lo ha apostado todo por esta niña que le tiene auténtica pasión. Se tienen el uno a la otra como apoyo y referencia, y eso es mucho. No tengo su permiso para la foto. Negociaré con una cervecita y un chuletón a la brasa. Apuesto que cede.



Este padre es mi padre político, del cual yo tengo una fotocopia, mi hijo mayor. Su corazón es grande como su metro ochenta y cinco. Es presencia, y el tormento de mi suegra. No le voy a pedir permiso para colgar su foto. Si se lo pido me costará tres horas explicarle que es un blog.



Este es mi padre adoptivo. Bueno el tío de mi marido, pero ejerce de padrazo con nosotros. Siempre puedo contar con él.
No le he pedido permiso para colgar la foto, le convencerá el jeta de mi hijo pequeño que se ha instalado en el centro de su vida para ser su alegría, como si de un cachorrito se tratara.

Este pescador de secano era mi abuelo materno. Me joroba el verbo ser en pasado, porque él me ha acompañado toda mi vida, aunque me dejó hace casi treinta años. No había lugar para el duelo en nuestras infancias, así que las heridas curaban mal.

Mi abuelobesitos... Conté aquí su lenta despedida, le echo tanto tanto de menos...no le hubiera gustado que colgara una foto suya aquí, pero a mí no me gustó que se fuera y me tuve que aguantar.


Y cierro este homenaje a los padres de mi vida con esta imagen de mi hijo mayor. Me enamoro de mis chicos todos los dias. Sé que dicen que los niños son de las mamás, pero a mí me ha salido un gran competidor hacia el amor de mis hijos. No me olvido de todos mis tíos a los que quiero mucho y me han cuidado como a una hija cuando he estado con ellos, y a mis cuñados y primos, que son unos padrazos como una montaña.

Feliz día del padre 













jueves, 12 de marzo de 2015

El respeto

Se preguntaba mi amiga Rosario ayer, a raíz de mi último post,

"De todos modos yo tengo la sensación de que nuestros abuelos respetaban mucho más a sus mujeres que mucho de los hombres de hoy en día. De hecho nunca ha habido tantos asesinatos de mujeres como ahora. Y de niños ni digamos, eso antes no existía. Que ha pasado para que ahora no se respete a la mujer por muchos de los jóvenes que en teoría tienen más formación y son más modernos y educados en la igualdad."

Bueno, ella es abogado, así que yo iba a cuestionarme si es cierto que ahora hay más casos o es que ahora, gracias a que hemos perdido el miedo a denunciar las agresiones recibidas. Ese sí es uno de los logros del feminismo, desde mi punto de vista.

Pero creo que tiene razón en lo del respeto. En general, a mí parece que la humanidad ha dejado de respetarse a sí misma. 

Explico el porqué de mi generalización. Hemos dejado de percibir el cuerpo humano como templo de nuestra alma, confundiendo respeto por placer. No hago lo que me conviene sino lo que me apetece o me da gusto. Hace no tanto tiempo en la historia, las mujeres se casaban poco después de la menarquia, se tomaban doncellas que quedaban embarazadas en plena adolescencia. Consecuencia de tal atrocidad, muchas niñas morían en el parto. Supongo que esta debió de ser una de las razones por las que la edad en la que un hombre podía desposar a una mujer fue retrasándose. El papel restrictivo de la Iglesia debió contribuir a que se postergara el momento de iniciar las relaciones sexuales, haciendo del tabú del sexo una herramienta útil para evitar la propagación de las enfermedades venéreas que debían campar a sus anchas en tiempo de muy poca agua y jabón. 

¿Y ahora? Pues nada, ahora nuestra sociedad, (y usted y yo también somos esa sociedad), hacemos la vista gorda cuando la televisión, internet, el cine, todo, aboca a la infancia a una sexualización prematura. Chavales de doce, trece, catorce años, como hace tres siglos, iniciándose en el misterioso mundo del sexo sin más información que la de la fisiología, cómo funciona la mecánica sin detenerse en todo cuanto implica en los afectos de las personas. 

Eso, en lo que a sexualidad se refiere. El respeto al ritmo circadiano propio de nuestro organismo se salta con alegría. Comemos ocho o nueve horas después de despertarnos, cenamos antes de ir a dormir, cuando ya hace horas que ha anochecido y luego nos tomamos una pastillita para superar el insomnio. 

Y cuando un ser deja de amar al cuerpo que lo sustenta, a cuidarlo y hacer de él la herramienta con la que vivirá toda su vida, entonces, se quebranta por primera vez el respeto. También dejamos de respetarlo cuando toleramos que desprecien la belleza del cuerpo femenino llamando gordas a las mujeres que tienen curvas, palillos a las que no las tienen y nos sientan horas y horas ante una pantalla a ver como una pandilla de gandules se rascan sus posaderas cual mandriles en la jaula de un zoológico. 

Eso sí, nos encanta adornarnos para hacer gala de nuestro valor en efectivo, como si los lugares que frecuentamos, tener dinero para ir al spa más caro, si llevar tal o cual marca de pantalones, eso, nos convirtiera en seres más respetable, se inventan dietas a base de toda clase de productos raros que la gente antes utilizaba porque no le quedaba otra, para decir que comen más sano, cuando bastaría con comer la mitad y cocinar en casa en lugar de tirar de restaurantes.  

Si no somos capaces de respetarnos a nosotros mismos difícilmente lograremos el respeto de los demás hacia nuestras personas. En fin, había empezado a hablar del respeto de los hombres hacia sus mujeres y me parece que me he ido por las ramas. Pero creo que todo lo que he escrito es cierto. 

https://www.youtube.com/watch?v=6FOUqQt3Kg0

lunes, 9 de marzo de 2015

El día que nos pertenece

Tomo posesión de mi trocito de sofá después de un lunes de trabajo intenso tras la celebración (¿?) del 8 de marzo tan cacareado. Además, hoy ha tocado la revisión ginecológica, la que todas deberíamos hacernos una vez al año (todo en orden en la mía, por si sentís curiosidad). 

Nos lamentábamos la doctora y yo, de lo duro que resulta ser mujer -no sólo físicamente-, de la estafa de la presunta liberación femenina, esa por la que tantas mujeres lucharon, la que nos ha costado seguramente 5000 años de evolución alcanzar. 

Qué tontas somos, a pesar de creer que hemos sido tan listas. Nos han vendido la burra coja esa de la realización profesional. Y los de siempre, los que se llevan los dineros, subiendo los precios de las de todo, para que nuestro trabajo no nos sirva para enriquecernos sino para esclavizarnos. Y mientras tanto, nuestros hijos y nuestros padres quedan desatendidos, nosotras nos hacemos la maratón todos los días intentando llegar a la vida a tiempo, nos desgañitamos para tener toda clase de comodidades en unas casas que no podemos disfrutar y sintiéndonos escoria por no poder abarcar todo lo que queremos ser.

Nuestro reino entero por sentarnos una tarde junto a una ventana cosiendo, leyendo, o tomando un café sin aquel sabor agrio en el paladar que te recuerda que pagarás cara la factura de ese tiempo que le has robado a tu trabajo, de eso nos quejábamos las dos. 

Al final le hemos sacado a este lunes, tan lunes después de un fin de semana maravilloso, unas sonrisas, compartiendo el amor por la costura y, también, el orgullo de pertenecer al sexo femenino, a pesar de lo duro que resulta a veces. 

Bienvenida al castillo, doctora. 

Mujer cosiendo en el jardín, Mary Cassat

sábado, 7 de marzo de 2015

Carta al político que va a venir a pedir mi voto

Tiene gracia que usted venga a mi puerta a entregarme su currículum para que yo le ayude a mejorar su puesto de trabajo. 
Un curriculum interesante, por cierto, con una formación -si la tiene- que nada tiene que ver con el cargo que usted ocupa o que muchas veces se comprueba que está generosamente magnificado (nadie conoce a alguno de ustedes en las facultades de las que dicen proceder). 

Su experiencia laboral hasta la fecha ha consistido, básicamente, en mantener su puesto de trabajo: tener buena labia y don de gentes, sin perder de vista a su contrincante, a la vez que amigo, que lo único que quiere -como usted mismo- es quedarse con esa codiciada silla del poder  y, sobre todo, con la llave de los dineros de todos nosotros. Como los señores feudales, ustedes nos tienen al pueblo llano para producir y con nuestro diezmo (¡quién lo pillara!) vivir como eso, como señores. Coches de lujo, casas en selectas urbanizaciones, tiendas de la calle Serrano, servicio, colegios exclusivos para sus hijos, en fin, no digo que no se lo merezcan ustedes más que otras profesiones como los médicos, los maestros, pero no deja de avergonzarme la falta de pudor con la que aprenden a manejarse en las altas esferas. 

De hecho, me sorprende que pongan para nosotros, gente preparada y formada, esos sueldos tan modestos y que en cambio, los suyos dan para ese tren de vida de élite. Porque yo quiero entender que si usted viene a pedirme que le vote mirándome a los ojos, que no ha inflado esa nómina ya espléndida con dietas, para redondear, que jamás se habrá aprovechado de su cargo para enriquecerse de forma fraudulenta, que no ha empleado a su pariente inútil antes que a un tipo con buenas notas en la universidad.

Lo que usted ofrece a su futuro empleador -yo- son promesas. Me imagino a mí misma acudiendo a un departamento de recursos humanos con el aval de lo buenas que son las promesas que yo les haga. 

Pero no puedo compararme con usted. Usted no cumplirá la mayoría de esas promesas, es imposible, no son ustedes Dios. Mi profesora de lengua me decía que el futuro no se promete, se asegura. Una promesa es algo muy serio, es un compromiso. No puedo prometer el futuro porque puedo morirme dentro de una hora. 

A pesar de no cumplir con sus promesas, en el caso de que ganara las elecciones, su despido sería un poco de risa, perdería el cargo, es decir, la posibilidad de decidir qué hacer con el dinero del pueblo, pero no su propio estatus social. Usted seguirá siendo rico. 

Voy a darle un poco de esa realidad que usted no conoce, y conste que yo me considero una privilegiada. 

Mis padres fueron autónomos. Con esfuerzo y sacrificio y muchas horas de sufrimiento para hacer frente a las terribles cargas impositivas con las que ustedes viven a todo trapo, crearon empresas para ganarse el pan, crearon empleos para algunas familias más, trataron de garantizarse una jubilación digna -¡ja!-y nos dieron aquello que para ellos tenía más valor, la formación académica. 

Yo estudié y saqué muy buenas notas. Dos carreras, de las de antes. Mientras estudiaba la segunda, empecé a trabajar. Durante los primeros años sólo conseguí un trabajo de media jornada, luego un contrato de interinidad. Con él llevo ya 16 años. Siempre con la amenaza de que no tengo nada asegurado, que tengo poco contenido y trabajando en dos provincias a la vez. Tengo un sueldo medianito, y dando gracias todos los días por no perderlo. A pesar de todo, busco desesperadamente una forma de ganarme la vida que no suponga estar todos los días en la cuerda floja, pero vivir en una provincia pequeña ofrece pocas opciones laborales, las editoriales no se interesan por libros de no famosos y para vender las creaciones que coso necesitaría tener tiempo para coserlas.

Mi marido es autónomo. Tiene que tener una salud de hierro, puesto que no puede estar de baja y atender a su empresa a la vez. De lo que él gana, ¡la mitad! Es para ustedes, bueno, para que ustedes lo repartan y lo inviertan en esos grandes proyectos (aeropuertos fantasma incluidos).

Tengo un hijo en la ESO al que trato de motivar para que estudie mucho, no voy a poder legarle más, en mi periplo por la vida, me quedan unos 20 años para terminar de pagar la casa en la que vivimos. No resulta fácil para mi. Me avergüenza abocarle a esta vida de sacrificio y trabajo para que otros, como usted, se lo lleven crudo. Quizá debira proponerle que se apunte al casting del reality show de turno. O mandarle de aprendiz este verano a la sede de algún partido político. 

No, eso no podrá ser, ustedes no tienen los valores que yo quiero inculcarles a mis hijos. 




viernes, 27 de febrero de 2015

Te hablé de la libertad

Ayer tuviste uno de aquellos días parlanchines. Las palabras se te amontonaban en los labios para contarme cosas que yo escuchaba con interés. Hablaste de decisiones, de las de tus compañeros de clase, te hablé de la libertad, de lo importante que es ser libre: cada uno escoge lo que quiere y asume luego las consecuencias de su decisión, en eso consiste, eso es lo que nos hace ser humanos. 

Nada tiene mayor valor que nuestra libertad, te explicaba. Tanto, que cuando alguien hace lo peor, lo peor de lo peor, el castigo máximo -en nuestro país y en muchos otros países del mundo- es quitarle esta libertad. Es por tanto, lo más valioso que poseemos. 

Cada vez que suelto un poquito tu cuerda me recuerdo a mí misma que yo no puedo hacer más que verte volar hacia tu destino, el que sea que tú elijas para ti. Y me maravilla que casi siempre tu elección me parece simplemente perfecta, porque eres libre. 


sábado, 21 de febrero de 2015

Una carta más


Querido señor madurito,
Me enamora de ti que me aguantes la insolencia de llamarte señor madurito,  como si yo fuera una Lolita de uniforme y calcetines, en lugar de la cuarentañera  que te da los buenos días todas las mañanas.  

Déjame que te cuente algo. Esta mañana me he sentado en el jardín a tomar el tibio sol de invierno y te he visto observándome desde el interior de la casa. He hecho como si no te hubiera pillado en la travesura de mirarme a escondidas; en lugar de eso, he actuado como una adolescente despreocupada. Me he desabrochado un poquito la camisa y he jugado con el mechón de mi pelo, fingiendo ser la jovencita que te conquistó.

Apenas cinco minutos de coquetería, de armas de mujer utilizadas con premeditación y alevosía, han bastado para que abandonaras tu mirador tras la cortina y te dejaras caer a mi lado para besar mi escote templado. 

Durante todo el día he estado jugando al escondite con tu deseo, que si mira si me puedes desatar un poco el delantal, que me aprieta, que si cuidado que nos ven los niños. Te he robado algunos besos furtivos cuando nos hemos encontrado en la despensa, como si, en lugar de nuestros hijos, fueran nuestros padres los que estaban en la cocina, como cuando no teníamos descaro suficiente para besarnos ante ellos. 

Así, a sorbitos, engañando al paso despiadado del tiempo, ese que nos pinta de blanco las sienes y nos arruga las esquinas de la mirada, vamos cumpliendo amor, como si no costara. 


Vemos las barbas de nuestros vecinos pasar por duras separaciones y nosotros nos tomamos de la mano como dos criaturas temerosas, conjurando el deseo de seguir amándonos hasta que la muerte nos separe, porque así lo prometimos. Nos lo prometemos todos los días, incluso en las madrugadas de entrecejos enfurruñados y ante la montaña de ropa por lavar. 

A veces me pregunto si encuentras en mí el refugio suficiente, el calor que tu corazón necesita, el reposo para tu cuerpo, tan acostumbrado ya al mío. Y siento un secreto temblor cuando me doy cuenta de que podría haber sido más generosa, como la otra noche, que fingí estar dormida cuando sentí tu respiración en mi pelo.   

He esquivado la tentación de olisquear en busca de un rastro de perfume que no fuera el mío en el cuello de tu camisa. Y justo cuando ya casi me enfado, porque has vuelto a llegar tarde del trabajo, encuentro en el fondo de tus pupilas aquel chico que habitó en ti, espiándome tras las cortinas. 

A menudo temo que mi vida contigo no haya sido más que un sueño en el que fui inmensamente feliz y del que despertaré con una terrible sensación de ausencia y de nostalgia, así que me agarro con fuerza a la manga de tu pijama mientras duermes, como si eso bastara para invocar a la suerte para que mañana todo siga siendo esa rutina de la que algunos reniegan. Yo, en cambio, bendigo todas las migajas de ese pan nuestro de cada día, agradezco las veladas Aburridas de sofá y manta y la nevera siempre a medio llenar. Y me miro en el espejo de quienes encontraron la felicidad en lo cotidiano porque ese es el lugar en el que quiero vivir contigo.  

Cuando nuestros hijos se vayan y volvamos a ser tú y yo los únicos dueños de nuestro tiempo, nos quedará este pacto de amor sencillo y honesto, limpio como el rocío que tintinea sobre la hierba de nuestro jardín. ¿ quieres salir a verlo conmigo, señor madurito? 

Siempre tuya, 

Una señora de mediana edad. 




*carta presentada al concurso de cartas de amor Holiday rural. 

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