© de la imagen La meva maleta

sábado, 13 de junio de 2015

Mi web profesional

Como saben mis seguidores de toda la vida, una de mis facetas profesionales es la de nutricionista. 
Me he dado cuenta de la escasa formación que se nos ofrece  sobre algo que hacemos más de tres veces al día, todos los dias de nuestra vida, que es comer.  Internet lo ha mejorado todo. Y lo ha complicado muchísimo. Encontrar información veraz, no sesgada por intereses comerciales y, sobre todo, útil y práctica, resulta bastante complicado. 

Enseñar hábitos alimenticios saludables, explicar por qué nuestro cuerpo responde de determinada forma ante lo que comemos, acompañar en el proceso de hacer una dieta son mi vocación. Esa es la enfermera que yo soy, eso es lo que hago mejor, junto con escribir -permítanme la inmodestia-.

El resultado de todo esto es 


TWN constará  de tres elementos:
El Blog de Nutrición 
Elaboración de Menús personalizados
Y próximamente Consulta de Dietética online. 

Acaba de empezar, así que os agradeceré eternamente que me acompañéis en este nuevo proyecto y espero que sigáis aportando vuestras inquietudes y trataré de dar respuesta a vuestras consultas sobre alimentación.
Gracias una vez más.
Buenvenidos a mi nuevo castillo.

sábado, 6 de junio de 2015

Midiendo el tiempo, segunda parte

Mi hijo mayor tiene ahora exactamente la edad que tenía yo cuando tú te fuiste. Le miro en su belleza imperfecta de cisne a medio construir, con sus debilidades y su frágil seguridad en sí mismo y me traslado sin querer al momento en que se me rompió la vida en dos. Parece, en las personas que tenemos naturaleza alegre, que nada perturba el cascabel de nuestra risa. Claro, nadie hablaba en el 86 del duelo en la infancia. Mi madre nos dijo que ibas a ser una estrella, y con eso habría que conformarse. Bastante trabajo tenía todo el mundo para aprender a vivir sin ti como para acordarse de aquella niña que, a pesar de todo, seguía jugando a las muñecas (eran, insisto, otros tiempos).

Lo que sucedió en nuestra familia en el tiempo posterior a tu muerte voy a omitirlo por vergüenza. Solo diré que, para mí, la niña que perdió a su mediopadre, -cualquiera que nos conociera puede corroborar que te quise tanto como a mi padre de verdad, y eso es mucho-, perder al mismo tiempo el derecho al cariño de su tía y de los únicos primos de su edad, fue una dosis de dolor inconmensurable.

Me reia, sí, y luego me castigaba a mí misma por ser feliz sin ti. Dejé de ir a tu casa porque se me hacía indigno que la vida siguiera sin ti como si nada hubiera pasado. Me escapé -hasta que me pillaron- a ver a mi tía a escondidas, pero lo cierto es que no conseguíamos articular palabra, nos abrazábamos y llorábamos todo el rato.

Recuerdo que me regañaron durante la cena de Nochebuena de ese año porque me levanté para irme al salón a llorar, con un presunto ataque de adolescencia. Lo único que me pasaba es que fui consciente de que nunca volverías y en aquel momento no comprendía por qué todos parecían tan ajenos al dolor. Así dejé de llorarte en público. Tardé años en poder ir al cementerio a verte.

He caminado sin tu mano fuerte y rugosa todo este tiempo. Terminé mis estudios, me enamoré de un hombre bueno y me casé con él. Construimos una casa, un hogar y una familia. Tuvimos unos hijos que te habrían vuelto completamente loco de amor. A ellos les hablo de ti. El mayor tiene 12 años y 9 meses, no quiero, no puedo ni imaginarme la angustia en sus ojos si perdiera al puntal de su vida. Ahora ya es infinitamente tarde para que nadie venga a acordarse de mi dolor.



Esta es mi medida del tiempo: nunca es un buen momento para despedir a los seres queridos. Mi abuelo materno falleció a los 66 años sin cumplir, después de un calvario de dolor. El paterno, con 93, entre algodones y sin sufrir. El sí fue testigo de todas las cosas que me han hecho ser la mujer que soy. También de las menos buenas. La providencia quiso que coincidiera prácticamente en el mismo día. Nunca os olvidaré a ninguno de los dos y haré lo imposible para que, desde donde estéis, os sintáis orgullosos de vuestro patito feo.

viernes, 5 de junio de 2015

Midiendo el tiempo

Tu casa estaba llena de relojes, todos en marcha, todos en hora. Si alguna vez venías a la mía y encontrabas el carrillón parado (como de costumbre) me mirabas con desaprobación y te sentabas de espaldas a él para no verlo. Y si eso no te resultaba posible, te saltabas lo que a ti debía parecerte una norma de urbanidad y le metías mano para arrancar de su letargo el vaivén de su péndulo.
No tengo tu constancia, pero procuro acordarme de mantener en vida todos los relojes de mi casa. Ahora tengo dos, aquel carrillón de cristal y uno que mis padres rescataron del olvido cuando derruyeron la casa de la carretera. No sé a quién perteneció, aunque me gusta imaginar que fue del padre de la abuelabesitos. Estuvo durante décadas dormido en el desván y me costó un poco encontrar quién lo arreglara, pero le cambiaron una pieza y funciona perfectamente. 
Y es tan bonito, con sus números sencillos, su madera agrietada, encogida por la vida, como si la piel le hubiera dado de sí y no hubiera podido recuperar su ser, y el cristal curvado como una pancita de felicidad. 

Cuando me desvelo de madrugada -casi siempre- me imagino que es como una de tantas mañanas en las que me despertaba en tu casa, arropada por la lana del colchón y la camita de princesa que fue de mi tía Ana.
La casa se encontraba sumida en un silencio acompasado por el inefable trotar de todos tus relojes. La abuela dormía. Y tú, sentado en la cocina, habías vuelto ya del kilométrico paseo con Hermi, el viejo  Gran danés, y te tomabas un zumo de naranja, nueces, una tostada. 
Cuando bajo a mi cocina tú no estás. Pero en mi casa se escucha el palpitar del reloj y, a veces, pienso que tu corazón quedó retenido dentro de ese cristal curvo, y me acuesto en el sofá, a sus pies, y entonces sigo durmiendo un poquito, abrigada por el eco monótono de tus latidos.

Un año sin ti, te echo de menos, abuelo. 

lunes, 1 de junio de 2015

Chicas,

os echo de menos. 

Llevo unos cuantos días medio ñoña, agazapada entre libros. El penúltimo Música para feos, de Lorenzo Silva. Qué suerte que esté bien escrito, porque es un libro sin el que podría haber vivido. Excepto por una coma. En serio...
-Para eso, no te habría acompañado hasta aquí.

Claro, si hubiera dicho " -Para eso no te habría acompañado hasta aquí. " así, sin coma, esa expresión no habría resultado tan seductora... 

Bueno, me resulta difícil de explicar así en frío. Igual no era para tanto, pero habría matado por tomarme un café largo y poder contároslo. Y para tener tiempo de miraros a los ojos y mojarme en esas lagrimas no derramadas, o para quitarme las telarañas con el tintineo de vuestra risa. 

No, no, no me falta ruido ni gente, creedme, una comida de Comunión, con primer plato, entreacto y postre dan mucho de sí. Pero mi lengua recién afilada os habría contado de aquella invitada pariente de otro niño, que llevaba un vestido de ganchillo blanco, forrado de un rosa raro, con unos flecos en negro (¡lo juro!). Todas las mujeres presentes apostamos por llamarle el modelo lámpara, pero mi agudísimo marido lo recalificó como lámpara de puticlub de película del oeste. Grande...

Ahora estoy leyendo una de una fugitiva de la cárcel. No está nada, nada mal. Me la pedí por el título, que me resultó irresistible: Los límites de nuestro infinito. 

No me siento con derecho a robaros ni un ápice de tiempo. De hecho, no os siento lejos gracias al trasto este que tengo entre manos. Viajo de acá para allá colgada de vuestro brazo con vuestras fotos, achucho a vuestros niños virtualmente, me emociono con vuestros logros y me preocupo del bienestar de vuestros corazones cuando a pesar de la distancia os leo entre líneas.

Que no cunda el pánico, no me pasa nada raro. Sólo que mayo y junio se me visten de negro y de fin de curso, y las cosas que terminan siempre se me han dado mal. 

Ahora que ya os lo he contado me siento ya un poquito mejor. 

Un besazo, nos llamamos.


jueves, 28 de mayo de 2015

Nacer mujer

Cuando supe que iba a tener un segundo hijo varón quedé, de una parte, muy consternada (debía ser el último, por mi salud). Tener hijas que sean la prolongación de tu cuerpo, y que ellas traigan al mundo a tu estirpe se me antoja algo sencillamente precioso. 

En fin, luego pensé que me alegraba por ellos. Porque sus vidas resultarían, sin ninguna duda, mucho más sencillas que las de sus compañeras del género femenino. Seamos realistas, ser mujer nunca fue una ganga. 

Ahora tampoco, a pesar de que nos creemos super poderosas. Hemos adquirido un poder como nunca, nuestra voz es escuchada, ganamos nuestro propio dinero, nos realizamos como personas, como mujeres, como madres. Alcanzamos nuestra plenitud una década más tarde cada lustro, ¿no os habéis fijado que las mujeres de sesenta ahora lucen como las de cuarenta de hace nada? Pero todo a costa de un gran esfuerzo. A menudo, fruto de tener que aparcar alguna de esas parcelas, posponer la maternidad hasta edades ridículas, o enfrentarse a un mundo que sigue siendo patriarcal. 

Bla bla bla. Lo de siempre ¿verdad? Pues no, hoy vengo dispuesta a demostrar que tenemos todavía mucho camino que recorrer en términos de dignidad y de igualdad. 

Os dejo dos noticias que me han dejado un nudo en la garganta del que no consigo librarme. 

Primera: Existen datos que ponen en evidencia que en España se están practicando abortos selectivos de niñas. Si el aborto en sí me parece un acto lamentable y triste, el hecho de que alguien no pueda existir porque es una mujer y a sus padres no les viene bien tener una fémina me parece sencillamente vomitivo. Dejo el enlace de la fuente de Europa Press para que podáis leer la noticia entera. 

La segunda la he escuchado en la radio. No daba crédito. Al parecer, una niña gitana de 11 años (por el amor de Dios, como mi sobrina) de padres rumanos, fue vendida por sus padres por 17.000€ a un marido. Abusó de ella y dejó que sus padres abusaran también. Convertida en una esclava sexual durante años por un hijo de la grandísima. Se lo he escuchado a Expósito en la COPE esta mañana, y la pregunta que ha lanzado, hoy a las 8:05 debería hacer caer la cara de vergüenza a nuestra sociedad henchida de soberbia:

¿Te imaginas la cara de esa chica? 


No he podido, no he querido, me ha producido vergüenza, siquiera imaginarla. De repente se me figuraban rostros de las niñas que me rodean y a ninguna he podido imaginar mirándome preguntándome por qué en su mundo, en el mío, pasan estas cosas a las mujeres. 

Imagen de aquí

Nosotras, que nos creemos tan guapas, tan listas, en este mundo tan solidario y estupendo, que en los programas en primetime buscan hogares para perritos maltratados, no tenemos ni la más puñetera idea de qué significa ser mujer y olvidamos agradecer que pertenecemos a un mundo en el que se nos respeta y en el que tenemos lugar. 

Ah, no. 

Que esas dos noticias han pasado en España, Europa, el primerísimo mundo. 
Sólo se me ocurre una cosa: rezar.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Vahído

Se viste el cielo 
de primavera arrogante 
y de las alas negras 
de las golondrinas
que chillan tu nombre:
Anita, ¡Anita! 

Una ráfaga de cierzo
llena mis ojos de memoria
y te busco entre las rosas,
en el dedal dormido,
en el escabel en que muere
mi caminar.

Me descubro hablándote, 
buscando los nudos
de tus dedos entre los míos,
preñados de recuerdo.
Y se me ahoga el alma 
en un vahído.




Cada vez te echo más de menos.



miércoles, 29 de abril de 2015

Impunidad

Me mandaron un mensaje para que lo viralizara (lo hice), solicitando que se rindieran honores al maestro fallecido en acto de servicio en defensa de sus alumnos. La noticia de la identidad de su asesino, disculpen si equivoco la terminología, un menor de 13 años, aquejado posiblemente de una enfermedad, nos ha dolido a todos. 
Y nos ha recordado que la edad hasta la que uno no es responsable de los actos criminales cometidos acaba a los 14 años. 

No sé si esta circunstancia fue la que impusló a una pandilla de mamarrachos de la población de Alpicat a cometer un acto vandálico contra un grupo de chicos y su profesora de catequesis. 


No sé si, como esos otros, un grupito de chicos de etnia gitania de una  clase de primero de ESO plantaron cara ayer a dos maestras dentro de la escuela. Según me contaban, uno de estos chavales, repetidor, eso sí, al que se sumaron tres más, quisieron terminar la clase cuando les vino en gana, la profesora trató de bloquearles la salida sujetando la puerta y esos  cuatro hombretones -físicamente, claro- forcejearon en sentido contrario y lograron salir por fin. Por la tarde les vi, me los crucé por la calle y me estremecí. Vi lo grande de su cuerpo y lo escaso de su bondad y la protección que les da la manada, y supe que tendremos problemas.
La trágica noticia del chaval de la ballesta ha puesto en conocimiento de una legión de descerebrados de menos de 14 años que, hagan lo que hagan, no les va a pasar nada. 
Que Dios nos asista. 


“EL MUNDO”, viernes 24 de abril de 2015  
 
                                                HOMENAJE A UN PROFESOR HÉROE
 
       Sr. Director:
 
            Se llamaba Abel Martínez, pero eso a casi nadie le interesa. Era, según dicen, de Lérida y tenía 35 años. Trabajaba como profesor de Historia en un instituto de Barcelona y murió en acto de servicio. Cayó abatido a la puerta de su aula, cuando acudía a poner orden en un incidente escolar. Fue muerto (¿podré decir asesinado?) por un estudiante incontrolado del que lo sabemos casi todo y por el que todo el mundo –desde jueces a periodistas, pasando por psicólogos y políticos- está muy preocupado. Nadie sabe nada (ni importa, al parecer) de Abel y su familia, de sus padres o hermanos, de su novia o tal vez de sus hijos.
                Era un profesor. Si hubiera sido un militar caído en lejanas tierras, habría ido a buscar su cadáver el ministro del ramo, se le habrían hecho honores de Estado y seguramente le habrían condecorado con distintivo rojo o amarillo, vaya usted a saber. Pero Abel era, simplemente, un profesor. Un profesor interino, para más inri. El primer docente muerto en las aulas en nuestro país no se merece el oprobioso silencio, el incomprensible ninguneo que le han dedicado los medios de comunicación. Así que solicito desde aquí que el próximo instituto que se inaugure en España lleve el nombre de Abel Martínez, y que se conceda al profesor leridano, a título póstumo, la Cruz de Alfonso X el Sabio.
 
                                                                                                Luis Azcárate Iriarte.  Pamplona



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