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sábado, 18 de mayo de 2013

Palabras prohibidas

Hoy he tenido contigo la sensación del peso de la responsabilidad hacia tu educación. Porque estás tomándote medidas y lo que hagamos mal ahora va a lastrar tus alas el resto de tu vida.

Estabas haciendo tus deberes, nunca eres perezoso, te gustan los retos, eres muy inteligente. Pero detestas dibujar, odias que te hagan pensar de forma creativa. El trabajo para hoy consistía en hacer un dibujo inspirado en la lectura de un libro que ya tenía sus propios dibujos. Suficiente para que te bloquearas y te negaras.

Como la negativa no te ha servido, has dicho que no sabías hacerlo.

Como no saber hacerlo sólo sirve como punto de partida para intentarlo, has pronunciado la frase prohibida: NO PUEDO.

Nunca, jamás, digas esa frase sin intentarlo hasta desgañitarte.

He comprendido que debía explicarte ya que creer que puedes hacerlo es el primer paso para conseguirlo. Espero que hayas comprendido, pero, por si acaso, te observaré de cerca, los gallitos de casi siete años como tú también son los primeros en esconder la cabeza bajo el ala cuando aparecen las primeras sombras.

lunes, 13 de mayo de 2013

Regreso a Tara


Leí la novela Lo que el viento se llevó cuando estudiaba la carrera. Se puso de moda, como lo hace de forma periódica. En esa ocasión por la salida de la mediocre segunda parte del culebrón, -más que novelón- que se esperaba.  La verdad es que, a la espera de encontrarme con un gran libro, me lo devoré en una noche, que pasé en vela intentando saber qué era lo que motivaba a Escarlata O'Hara, Scarlett.

Ese personaje aparentemente inmaduro y caprichoso escondía dentro de sí una mujer con la fuerza de un ciclón, fuerza que ella sacaba de las entrañas de la tierra en la que nació, más o menos como yo hago.

Ayer tomé la mano de los míos y me fui a dar un paseo por el campo, por la huerta que rodea mi pueblo. Respiré el aire tibio de la tarde de primavera rodeada por golondrinas atareadas a través de los caminos de piedras, engalanados de amapolas y custodiados por las afiladas agujas de cardos, entre los que empezaban a asomar las dimintutas flores del hinojo.


Y así, empapada de tierra y rodeada de verde, desterré todo lo que me angustiaba y me cargué de fuerzas como la O'Hara.




A Dios pongo por testigo,
A Dios pongo por testigo
de que jamás volveré a pasar hambre.
Aunque tenga que estafar, ser ladrona o asesina,
¡¡¡A Dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre!!!


Bueno, no tanto, pero aquí estoy, dispuesta a seguir el camino. Volví a Tara, estoy preparada.


sábado, 11 de mayo de 2013

Echo de menos...

...a mis abuelos, a lo que ellos fueron. Cada día que les veo me pregunto si va a ser la última vez.
...a mis amgos que están lejos. A todos y cada uno de ellos me gustaría tenerlos cerca de mí al menos una vez a la semana para estar con ellos, acompañarles y ver en sus ojos qué les ha dado la vida.
...a la hija que no tuve. De una forma extrañamente pulsátil y triste. E irracional: no se puede extrañar lo que no se ha tenido. O sí, no lo sé.
...a mi padre, a mi hermana, a mi madre, a mi prima, a mi tía, a mi tío, a mi primo, a mi hermano, a mi sobrina, a mi cuñada, a mi cuñado...
...las tardes de verano.
...a mis niños pequeños. No quiero renegar de lo que ellos son ahora, pero necesito tenerles un ratito en mi regazo como eran cuando les nací.
...mi vida antes de los últimos cambios laborales.
...dormir bien.
...poder volver a escribir.

¿Quién dijo que era necesario estar solo para sentir soledad?

Foto de aquí

Respiro, me concentro.
Ya.
Estaré bien, no te preocupes.


martes, 7 de mayo de 2013

Paseo por mi infancia, tutorial


Las manos de los niños, en el lugar en el que me crié, estaban acostumbradas a tocar hierba, y tierra, mariquitas y lombrices, a oler a alfalfa recién segada y a verano. A calmar una picadura de avispa con barro, a llevar las uñas negras, a conjunto con las rodillas. No recuerdo haber llevado pañuelo, ni una bolsita con una botella de plástico con agua. En cambio, sí recuerdo haber bebido de un grifo y haberme lavado las manos en una acequia.

En nuestros paseos, humildes amapolas, como éstas, nos servían para jugar. ¿Cómo?



Pues aquí tenéis la solución:

CÓMO FABRICAR UN OBISPO (O CARDENAL) CON UNA AMAPOLA.


En realidad, necesitáis dos. Una de ellas nos servirá para la cabeza. 
Para ello eliminamos los pétalos rojos y nos quedamos con la parte central, la cápsula que contiene los óvulos. 
La otra flor deberá estar aún cerrada, como la que veis a la izquierda de la foto.


Os recomiendo que recurráis a la ayuda de las manos de alguien experto en manualidades, aquí, Marlin, con sus uñas ¡¡sin morder!! (lo está dejando, felicidades, hijo)
Bien, el colaborador, con muchísimo cuidado, separa los dos sépalos... 


y tira con cuidado de los pétalos que están escondidos en su interior, que van a ser los faldones de nuestro sufrido "obispo" o "cardenal".


Como podéis ver en la foto superior, los sépalos, que ahora están abiertos, conformarían la capa del prelado. Sólo nos falta darle una cabeza. Para ello, introducimos la pequeña porción de tallo que hemos dejado en el capullo de la amapola, en la parte inferior de la cápsula.


Esta acción requiere la habilidad y destreza de las manos de un chico grande, como mínimo de tercero, o cuarto. Pero para posar para la foto final, os sirven las manos de uno de primero, como éstas. 



Bueno, nuestro cardenal nos ha salido muy moderno y ha optado por la sotana en color magenta, en lugar de la clásica más oscura, pero no está nada mal. 

Feliz primavera, ¿os la estáis perdiendo?

domingo, 5 de mayo de 2013

Mi homenaje para ti

...que no recuerdas la última vez que dormiste una noche de un tirón.
...que eres ejemplo para tus hijos cuando cuidas de tus mayores.
...que no tuviste hijos, pero haces de madre con tus sobrinos.
...que te sometiste a toda clase de torturas médicas para lograr que ese ser minúsculo viviera en ti.
...que le quisiste aunque llegase de forma inesperada.
...que dijiste un sí alto y claro a su vida cuando todo el mundo pensaba que estabas arruinando la tuya.
...que tuviste que afrontar la maternidad sola, porque él era un inmaduro.
...que vives en una angustia constante por no poder estar todo el tiempo que quisieras con ellos.
...que ahora ya eres madre de madre, y eso es ser madre infinita.
...que tuviste que ver cómo se iban a vivir a sitios tan lejanos.
...que decidiste hacer de madre de un niño que no tenía a la suya.
...que peleaste como una jabata por no tener un hijo único.
...que eres capaz de inventar un cuento cada noche para ahuyentar al monstruo del armario.
...que eres anciana y sigues preocupada por tu hijo, un señor jubilado.
...que con un presupuesto pequeñito eres capaz de cocinar como un chef.
...que tienes el poder de sanar con un beso las heridas más profundas.


Feliz día.




lunes, 29 de abril de 2013

Charcos

Tenía unas botas de agua azul marino del número 37. Fueron las últimas que tuve. Las últimas con las que pude caminar arrastrando los pies por dentro del agua, durante tanto tiempo que siempre terminaba calándome los calcetines por algún poro de las gastadas suelas de goma.
No había charco demasiado grande. Si acaso, alguno con sorpresa bajo el agua, alguna piedra que ibas empujando hacia la orilla. Sobre su superficie sucia descubríamos los dibujos que las gotas dejaban inagotables.

la imagen estaba aquí


Cuando vives en un lugar en el que no sabe llover, porque no lo hace nunca y cuando lo hace llueve poquísimo o muchísimo, no sabes qué hacer cuando el cielo se desangra en torrentes, o cuando todo queda apenas salpicado por tortitas de agua manchadas de barro. Los primeros dos años de mi hijo mayor ni siquiera llovió. Guardé nuevo el impermeable que se le quedó pequeño, nunca tuvieron botas de agua. Siempre pienso en comprárselas, para no tenerles que pedir por favor que no esquiven los charcos. 

La infancia de ahora me parece triste, triste como las noticias que día y noche escupen los televisores, como la escasez de trabajo y el exceso de horas de ordenador, como los inagotables deberes, como las calles sin niños. Niños que no tienen ni siquiera unas botas de agua con las que saltar con alegría salpicándose unos a otros.

La lluvia multiplica esta sensación de tristeza. Ya me pasaba cuando era pequeña y al llegar a casa sentía mis pies mojados dentro de los calcetines también mojados. Sólo se me quitaba el frío cuando mi madre me llenaba la bañera con agua caliente que mojaba el agua que se me había quedado fría, pegada a la piel y a mi cabello. 

Luego viví tres años en Pamplona. Allí aprendí a llevar paraguas, a despreciar los zapatos castellanos con suela de cuero, inútil entre tanto aguacero. Y ya nunca la lluvia volvió a ser como entonces, hasta que volví a mi tierra, de lluvias locas. 


viernes, 26 de abril de 2013

Su valor

Me ha costado mucho encontrar la serenidad que necesitaba para poder contaros lo que me pasó el día del libro. No estoy segura de tener un vocabulario de sentimientos suficiente, pero trataré de compartirlo con vosotros.

Una escuela de primaria de una población de la provincia de Barcelona me pide una colaboración para explicar a niños de quinto y sexto mi libro Magdalenas con problemas. Decido con las tutoras que vamos a hacer una sesión en la que las preguntas de los alumnos me servirán para profundizar en el tema del acoso escolar. Pero, advierto, no soy más que madre, enfemera, dietista, escritora, si me apuran, incluso bloguera, pero no soy psicóloga ni experta en el tema, más allá de la documentación que utilicé para escribir el libro.

En cuanto llegué a la escuela me avisan, los de quinto, de ambas líneas, eran... bueno, moviditos. Así lo comprendí cuando oí su trote desbocado por las escaleras. A pesar de ello, se sentaron respetuosos y saludaron con cortesía generosa al entrar en la biblioteca.

Me parecieron todos deliciosos, me recordaban a mi hijo mayor, que es de su edad. Les estudié en su infancia que ya parecía dura, aún sin saber nada de ellos. Intuición de gato escaldado, supongo.

Empecé presentándome, como madre, como enfermera, como escritora. Sobre todo, madre. La madre angustiada por aquella manía de los chicos que no cuentan los problemas que les surgen en su recién estrenada libertad y con su mínima experiencia en el caminar por la vida. Defino acoso escolar distinguiéndolo de enfrentamiento entre dos iguales y empiezo a responder a sus preguntas. Muy interesantes.

Que si pienso que a muchos niños les pasa lo que a Pablo. Sí, por eso escribo el libro, para ayudar. 



Que si es una experiencia personal. No pero podría.

Que por qué se llaman hienas... ¿Acaso en la selva existe un animal más despreciable? Veo de reojo a una profesora asintiendo con la cabeza.

A medida que avanza el interrogatorio se van caldeando los ánimos y empiezan a nacer reproches y quejas de víctimas, surgen dedos acusadores y los culpables -el juicio exprés de profesores y compañeros me dice que lo son- disparan las alarmas en mi interior, las que me dicen que el dolor y el miedo están ahí, al acecho.

Es el momento de pasar a la acción y decido meter el dedo en la llaga: pido a todos que cierren los ojos y miren hacia adentro. No saben ni siquiera a qué me refiero, un ganso me pone unos grimosos ojos en blanco y me aguanto las ganas de darle una colleja.

- Quiero que tratéis de recordar si en algún momento algún compañero os ha hecho sentir mal, os ha causado angustia, bien por violencia, insultos, rechazo,

Observo sus rostros, la mayoría parece hacer la introspección que le pido. Otros se despistan, otros ríen por lo bajinis. Los de la fila de atrás. Esos son el objeto de la segunda parte del ejercicio que les pido.
- Ahora quiero que cada un de vosotros haga un ejercicio de sinceridad y piense si cree que ha hecho sentir mal a alguien por lo que ha dicho o hecho.

Se cambian las tornas, los que antes se reían por lo bajinis ahora se dividen en dos grupos: los arrepentidos y los que se sienten orgullosos, los de la fila de atrás de nuevo.

A pesar de mi advertencia sobre mi falta de formación, las maestras se agarran con fuerza al clavo ardiendo de mi presencia y me piden soluciones para combatirles. Bien, aprovechamos el carácter carroñero y miserable y tracemos la línea: Tú, ¿qué quieres ser, hiena o un chico normal? El acoso suele acabar cuando los espectadores dejan de ponerse de perfil o del lado de los malos y defienden a la víctima.

Cuando ya parece todo en calma, se me ocurre ofrecer a todos la posibilidad de exponer a sus compañeros lo que les plazca. Un chico se levanta. No entiendo nada. Quiero decir, estaba hablando de los que se autoacusan de haber causado mal, pero él no me cuadra en el perfil imaginario que yo me hago sobre ellos. 

Me fijo en su pelo rubio, en sus ojos azules, en sus mofletes que inmediatamente imagino mordisqueados por una madre apasionada como yo. Y él empieza a hablar. Me siento medio mareada, entre la emoción, el rato que llevo hablando seguido, la tensión que se ha acumulado en la sala. Tensión. Se siente el palpitar de sus corazones en sus gargantas, lo juro.

Y ese chico junto a mí, articulando la serie de palabras más dolorosa que una madre, aunque no sea la suya, puede imaginar. Cuenta que una vez hizo algo, cursaba segundo:

- Desde entonces, me molestaban todos los días, y se reían de mi. Me hacían sentir tan mal, que yo pensé incluso en cambiar de colegio...

El relato nos estaba dejando a todos los presentes un surco de compasión por aquel niño tan valiente y que tantísimo dolor había sufrido. Y no había terminado de contarnos, lo supe cuando su rostro enrojeció de sufrimiento, se llenaron sus ojos de lágrimas, y con ellos, los míos, los de las maestras, los de otros niños. 

- ...incluso pensé en suicidarme. 

Me rompí con el en mil pedazos. Por un instante, ese hijo de una madre a la que no conocía se convirtió en el mío y lloré con él, porque nada más podía ofrecerle que mi regazo. 

Tratamos de reponernos para continuar, pero una grieta se había abierto bajo nuestros pies. Los acosadores fueron despojados de inmunidad, se les invitó a ser valientes como había sido su compañero (¡¡cuánto teníamos que aprender todos de él!!) y a hablar a todos de cómo creían que se sentían los demás al sufrir sus constantes agresiones.

Lo cierto es que algunos de ellos parecían niños enfermos de un mal difícil de curar: la falta de caridad, de compasión, de amor, de compañerismo, de empatía.

Agradezco a esa escuela que contara conmigo y auguro a esas maestras un final de curso apoteósico. Creo que van a poder presenciar cómo muchos de esos potrillos atemorizados van a convertirse en auténticos pura sangre. Porque la casta a la que pertenecen, lo es. Los que están predestinados a ser caballos salvajes tendrán que ser aislados del resto, quién sabe si la vida les dará un rival más fuerte que ellos y perezcan arrollados por la fuerza del mal, el mismo que ellos un día causaron.

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