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jueves, 23 de abril de 2026

Mi amiga

La conozco desde hace tantos años que apenas tengo recuerdos de cuando no la conocía. Bueno, no siempre fuimos amigas íntimas, eso es cierto. Íbamos juntas al colegio cuando éramos muy pequeñas, compartimos juegos en la calle y, ya de adultas, yo iba a menudo a comprar a una tienda en la que ella trabajaba. Nos saludábamos: que si los niños, que si el tiempo, que si puedo llevarme una caja de cartón para mi gata que acaba de parir.

Tiene la risa siempre a flor de piel. Es pura amabilidad, con esa generosidad de quien se interesa antes por los demás que por sí misma. Un día dejé de verla y me resultó extraño. La respuesta de su compañera fue demasiado breve:
—Ah, es que... está de baja.
No añadió nada más, pero apartó la mirada apenas un instante, y a mí se me heló la sangre.

No pasó mucho tiempo hasta que me la encontré con un pañuelo en la cabeza. Parecía una muñeca, con el rostro sembrado de pecas enmarcado por una piel pálida. Pero la sonrisa… la sonrisa seguía intacta. Y su amabilidad, también.

Con voz firme, me explicó sin rodeos qué estaba pasando: la quimio por aquí, la quimio por allá. Ambas callamos lo que de verdad pensábamos —ay, sus hijos—. Esta enfermedad infame perdona a las madres: le toca a quien le toca, sin más.

—¿Qué puedo hacer por ti?
—Nada, gracias.
—¿Si se te ocurre algo, me lo dirás? ¿Te importa si rezo por ti?

Ella, con la energía de quien conoce el verdadero valor de la vida, se aferra a ella con todas sus fuerzas y la apura hasta la última gota. El año en que cumplimos cincuenta, la enfermedad estaba bajo control. Y lejos de rendirse, tomó la iniciativa y organizó cenas, salidas, celebraciones, llenándolo todo de vida, ¡éramos setenta y seis! No siempre se encontraba bien, yo lo sé, pero cuando planta cara a la enfermedad, consigue que se haga más pequeña.

Mi amiga mira al cáncer de frente. Por eso, cuando regresó por segunda vez, volvió a plantarle batalla. No le importa tener que ir cada semana al hospital, ni perder otra parte de su cuerpo, ni que esta vez sea más duro, si cabe que antes. Más cabrón. Perdonadme, pero no encuentro una palabra más suave: no es justo.

Le esperaba más cirugías, y aún le quedan muchos viajes para dejar que le inoculen veneno en las venas. Hará lo que sea necesario para estar el mayor tiempo posible junto a sus hijos.

Y yo,
—¿Qué puedo hacer por ti?
—Nada, gracias. Estoy muy bien acompañada, me cuidan mucho.

No conocen a su marido, señoras y señores. ¡Qué hombre! No solo por su pinta, que también, sino por la manera en que la mira. La cuida como un ángel de la guarda. Estoy convencida de que esa fuerza inmensa que ella tiene nace de ese amor. Él sabe estar, sabe cómo sostenerla.

Los demás observamos desde fuera y siempre sentimos que nos quedamos cortos, porque no sabemos cómo ayudar. Si pudiéramos arrebatarle la enfermedad, lo haríamos con nuestras propias manos.

Ha sido tan generosa conmigo que me avergüenza no poder corresponderle. Ha leído mis libros, me ha acompañado en momentos importantes, ha estado a mi lado cuando casi nadie más lo estaba.

Cada vez que nos encontramos por la calle nos fundimos en un abrazo. La estrecho entre mis brazos, pesa como una pluma, y me quedo apretando un poco más de lo necesario, como si pudiera llevarme sus preocupaciones y dejarle algo de mi energía. Ella se deja, y yo tengo miedo de hacerle daño. Nos abrazamos, hablamos. 

La última vez, las noticias no eran buenas y el corazón se nos encogió, porque el miedo, a veces, se escapa de su jaula.

Venga, me digo, no tengamos miedo, nos robaría demasiado tiempo. No voy a llorar.
—¿Qué puedo hacer por ti?
—Nada. Te quiero mucho.
—Yo también te quiero mucho.

De todo lo que puedo hacer por ella, lo que mejor sé hacer es escribir. Escribirle. Y entonces ella me da las gracias. Y aunque le diga que no, que soy yo quien debería darlas, no acaba de entenderlo. Porque no sabe cuánto bien me hace tenerla como amiga.

___________________________________


 

LA MEVA AMIGA

Fa tants anys que la conec, que no me’n recordo de quan no la coneixia. Bé, no sempre hem estat amigues properes, diguem. Anàvem juntes a l’escola quan érem molt petites, vam compartir jocs de carrer i, ja d’adultes, anava a comprar sovint a una botiga on ella despatxava. Ens saludàvem, que si els fills, que si el temps, que si puc agafar una caixa de cartró per la meva gata que ha criat.

Té la rialla espontània als llavis. És tota amabilitat, sempre amb l’actitud generosa de ser qui primer s’interessa pels altres. Un dia vaig deixar de veure-la i se’m va fer estrany. La resposta de la seva companya em va semblar massa breu:

—Ah, és que... està de baixa.

No va dir què li passava, però va esquivar la meva mirada durant una mil·lèsima de segon i se’m va glaçar la sang.

No va passar gaire temps quan me la vaig trobar amb el mocadoret al cap. Semblava una nina, amb les set-centes pigues de la seva cara emmarcades per la pell esblanqueïda. Però, ah, la rialla i l’amabilitat, això no s’havia mogut de lloc.

La veu valenta, explicant sense embuts què i com, i que si la químio cap aquí i cap allà. Vam callar totes dues el que pensàvem —ai, la seva canalla—. Aquesta malaltia infame no perdona les mares, toca qui toca i tots hi som al bombo.  

—Què puc fer per tu?

—Res, gràcies!

—Si penses en alguna cosa m’ho faràs saber? Et fa res si reso?

Ella, amb la força de qui sap quin valor té la vida, s’hi agafa amb totes dues mans i se la beu. L’any que en vam fer cinquanta, el mal va estar controlat. Lluny de fer-se la fleuma, va passar davant dels setanta-sis quintos que érem, va preparar sorpreses, va organitzar sopars, sortides, festes. No sempre es trobava bé, jo les sé aquestes coses, però si li gira la cara a la malaltia, se li fa petita.

La meva amiga se’l mira de tu a tu el càncer, així que quan li va arribar per segona vegada, el va tornar a lluitar. Tant li fa si cal anar cada setmana a l’hospital, si li han de treure un altre bocí de cos, si aquest cop el mal és més punyetero. Millor dit, més malparit. Ja em perdonareu, però no trobo una forma més suau de dir-ho, això no és just.

Li esperaven més cirurgies i encara li queden molts viatges a deixar-se posar verí a les venes. Farà el que calgui per estar el màxim de temps possible amb els fills.

I jo,

—Què puc fer per tu?

—Res, gràcies! Estic molt ben acompanyada, m’ajuden molt.

No el coneixeu, el seu d’home, senyores i senyors, quin tros d’home! No per ben plantat, que també, sinó per com se la mira. La protegeix com l’àngel de la guarda.  Jo n’estic segura que la força descomunal que té, li dona aquest amor. Ell sap què fer i com fer-ho.

Els altres ens ho mirem i quedem sempre curts, perquè no sabem com ajudar. Si poguéssim treure-li el mal, li arrancaríem a queixalades.

Ha estat tan generosa amb mi, que gairebé em fa vergonya de no poder-li compensar. Ha llegit els meus llibres, m’ha acompanyat si jo tenia algun acte important, ha estat amb mi quan no hi havia gairebé ningú més.

Cada cop que ens trobem al carrer ens abracem. La prenc entre els meus braços, ara que només pesa tres unces i m’hi estic una mica més de temps del compte, per emportar-me els seus neguits i per deixar-li una mica de la meva energia intacta. Ella es deixa fer, jo pateixo per si li faig mal. Ens abracem i parlem. L’últim cop que ens vam trobar no tenia massa bones notícies i se’ns va fer una mica petitet el cor, perquè la por de vegades s’escapa de la gàbia.

Vinga, penso, no en tinguem de por, perquè ens faria perdre massa el temps. No penso plorar.

—Què puc fer per tu?

—Res! T’estimo molt.

—Jo també t’estimo molt.

De totes les coses que jo puc fer per ella, la que sé fer millor és escriure. Escriure-li. I llavors, ella em dona les gràcies. I encara que li expliqui que no, que soc jo qui li ha de dir gràcies, ella no ho acaba d’entendre, perquè no sap el bé que em fa que sigui la meva amiga.

 


domingo, 6 de abril de 2025

La vida a grandes cucharadas

Me hubiera cambiado por ti mil veces en el colegio. Aspiraba a tener tu carisma, tu verbo y tu desparpajo, incluso tu pelo. Me habría gustado que las profesoras se dirigieran a mí como lo hacían contigo. Claro, te conocían desde hacía años, fuiste de las primeras alumnas en vestir el uniforme granate y yo acababa de llegar. Yo, en cambio, pertenecía a ese grupúsculo social, un poco paria, de las "nuevas" o las "de pueblo", que llegábamos para cursar BUP y eso, entre otras cosas, resultaba una barrera infranqueable para aspirar siquiera a ser amiga tuya. No lo digo como un reproche, era lo que había, y ya. 

En aquel tiempo no era consciente de eso, ni era una obsesión ni nada parecido, pero si lo pienso, me doy cuenta de que me habría gustado ser tú y tener el afecto de todas las demás. Todo el mundo te quería y te respetaba, eras, como buena Leo, la reina de nuestra selva. Nada desea más el ser humano, que tener el aprecio de los de su entorno. Como ser tú no era posible, me habría conformado con ser tu amiga, porque tú eres de las amigas que se dan, que están y que permanecen. 

No, no fuimos amigas, éramos únicamente compañeras, y no recuerdo que nos lleváramos mal. Al contrario, todas las veces que coincidimos después del colegio nos hemos estudiado con cierta sorpresa, nuestros ojos se han mirado con cierta sinergia que no he sabido describir y que me ha hecho lamentar que las circunstancias y esos mundos nuestros tan lejanos nos impidieran ser amigas.

Han pasado mil años y yo ya he aprendido a quererme y a ser yo, y a no necesitar ser otra persona, pero sigo sintiendo por ti esa admiración secreta, heredada de aquel tiempo de la adolescencia en la que la vida se movía bajo mis pies como una charca de arenas movedizas. 

Quiso el azar que nos cruzáramos el otro día. Salías de la librería, acababas de comprar mi último libro. Me emocionó mucho saber que habías leído mi novela... Que alguien dedique su tiempo a leer algo que tu escribes es indescriptible, ya me lo dirás. Ayer yo me leí tu historia, tu vida. Sí, es vida. Así se llama tu libro. 

Lo primero que te voy a contar de la vida de escritora que acabas de estrenar es que cuando uno escribe algo, las palabras dejan de pertenecerte y pasan a ser propiedad de quien las lea. Así que, ya que las palabras de tu libro son ahora mías, voy a decirte algunas cosas. 

La primera, es que ahora te admiro más que entonces todavía. Qué mujerón eres, Bea. Qué valiente ¡qué enorme has sido! No creo que te des cuenta... Yo sé de lo que hablo porque mi trabajo como enfermera es hablar con gente enferma. Y la enfermedad o la circunstancia que te ha tocado es dura de narices. Y tú lo has superado con matrícula de honor.

Qué suerte tuviste de tener una madre como la tuya. Que la tuviste poco tiempo, sí. Pero ella te cedió el sitio para que tú fueses grande por ti misma. Ella no pudo completar su camino, es una injusticia, porque a ti te hacía mucha falta, pero para que tú alcanzaras la luz que tienes ahora, debía ser necesario que lo hicieras sin ella. Tenías que brillar y te ha tocado hacerlo dándonos lecciones a las demás, que nos pensamos que la vida es fácil. 

Y ese hombre, ese que con tan buen criterio supiste que era tu mitad cuando eras una cría, ese... Qué grande, también. Os merecéis el uno al otro. 

Y por último, respecto a este libro. Sé que necesitabas romper la presa de todo lo que has ido guardando en tu ser desde que tu madre murió, has soltado toda la hiel y el dolor y la tristeza. Ahora te has limpiado. Me vas a permitir un acto de honestidad que creo que te ayudará mucho más que cualquier peloteo, tú también serías sincera conmigo (eso, eso es lo que tú y yo tenemos en común, que vamos de frente y a bocajarro). Este libro tiene mucho hígado y poco temple. Escribes muy bien, te animo a que vuelvas a escribir, y cuando lo hagas, dedica a cada idea el tiempo necesario. Sé que cuando una ha estado a punto de morir se come la vida a grandes cucharadas, por si acaso. Pero no te vas a morir. Tómate tu tiempo para leer, para reescribir, para expresar cada concepto, rasgándonos el corazón como has hecho con el tuyo en este libro. Antes de publicarlo busca un corrector de estilo, alguien que no te conozca mucho y que pase la tijera sin piedad, te hará ser mejor escritora. Porque tú tienes una contadora de historias dentro de ti, no lo dudes ni un momento. Yo me ofrezco a ser tu lectora cero y, si quieres, tu amiga. Ahora que nos hemos leído estamos mucho más cerca. Y me hace MUY feliz tener un cameo en tu libro. ¿Sigues llevando el piercing que te hice? Yo me dejé tapar los tres que llevaba en la época en la que me tocó pasar a menudo por el hospital, cada vez que pasaba por un quirófano era un palo tener que quitarme todos los abalorios y terminé por simplificar.

Vivamos, Bea, nos lo merecemos. Te abrazo.


jueves, 28 de mayo de 2015

Nacer mujer

Cuando supe que iba a tener un segundo hijo varón quedé, de una parte, muy consternada (debía ser el último, por mi salud). Tener hijas que sean la prolongación de tu cuerpo, y que ellas traigan al mundo a tu estirpe se me antoja algo sencillamente precioso. 

En fin, luego pensé que me alegraba por ellos. Porque sus vidas resultarían, sin ninguna duda, mucho más sencillas que las de sus compañeras del género femenino. Seamos realistas, ser mujer nunca fue una ganga. 

Ahora tampoco, a pesar de que nos creemos super poderosas. Hemos adquirido un poder como nunca, nuestra voz es escuchada, ganamos nuestro propio dinero, nos realizamos como personas, como mujeres, como madres. Alcanzamos nuestra plenitud una década más tarde cada lustro, ¿no os habéis fijado que las mujeres de sesenta ahora lucen como las de cuarenta de hace nada? Pero todo a costa de un gran esfuerzo. A menudo, fruto de tener que aparcar alguna de esas parcelas, posponer la maternidad hasta edades ridículas, o enfrentarse a un mundo que sigue siendo patriarcal. 

Bla bla bla. Lo de siempre ¿verdad? Pues no, hoy vengo dispuesta a demostrar que tenemos todavía mucho camino que recorrer en términos de dignidad y de igualdad. 

Os dejo dos noticias que me han dejado un nudo en la garganta del que no consigo librarme. 

Primera: Existen datos que ponen en evidencia que en España se están practicando abortos selectivos de niñas. Si el aborto en sí me parece un acto lamentable y triste, el hecho de que alguien no pueda existir porque es una mujer y a sus padres no les viene bien tener una fémina me parece sencillamente vomitivo. Dejo el enlace de la fuente de Europa Press para que podáis leer la noticia entera. 

La segunda la he escuchado en la radio. No daba crédito. Al parecer, una niña gitana de 11 años (por el amor de Dios, como mi sobrina) de padres rumanos, fue vendida por sus padres por 17.000€ a un marido. Abusó de ella y dejó que sus padres abusaran también. Convertida en una esclava sexual durante años por un hijo de la grandísima. Se lo he escuchado a Expósito en la COPE esta mañana, y la pregunta que ha lanzado, hoy a las 8:05 debería hacer caer la cara de vergüenza a nuestra sociedad henchida de soberbia:

¿Te imaginas la cara de esa chica? 


No he podido, no he querido, me ha producido vergüenza, siquiera imaginarla. De repente se me figuraban rostros de las niñas que me rodean y a ninguna he podido imaginar mirándome preguntándome por qué en su mundo, en el mío, pasan estas cosas a las mujeres. 

Imagen de aquí

Nosotras, que nos creemos tan guapas, tan listas, en este mundo tan solidario y estupendo, que en los programas en primetime buscan hogares para perritos maltratados, no tenemos ni la más puñetera idea de qué significa ser mujer y olvidamos agradecer que pertenecemos a un mundo en el que se nos respeta y en el que tenemos lugar. 

Ah, no. 

Que esas dos noticias han pasado en España, Europa, el primerísimo mundo. 
Sólo se me ocurre una cosa: rezar.

jueves, 19 de marzo de 2015

Mi papá tiene "bilote"



Hoy es el día del padre. El mío, y no es por despreciar a los de los demás, no es un padre cualquiera. A todo aquel que yo me encontraba le contaba que mi papá tenía un bilote, que a mí me parecía lo mejor que podía tener un padre. No le va a gustar que haya puesto una foto suya, pero me perdonará. Él dijo de mí que nací fea y peluda y le perdoné. Porque no era fea! A la vista está. Aunque luego llegó la requetemona de mi hermana, ¡yo lo tuve primera!


Este es mi marido con su fotocopia. Qué imagen tan bonita... Él es el mejor padre del mundo, mi compañero, el espejo en el que quiero que ellos se miren. 


Éste es mi hermano, con mi fotocopia. Un padre que lo ha apostado todo por esta niña que le tiene auténtica pasión. Se tienen el uno a la otra como apoyo y referencia, y eso es mucho. No tengo su permiso para la foto. Negociaré con una cervecita y un chuletón a la brasa. Apuesto que cede.



Este padre es mi padre político, del cual yo tengo una fotocopia, mi hijo mayor. Su corazón es grande como su metro ochenta y cinco. Es presencia, y el tormento de mi suegra. No le voy a pedir permiso para colgar su foto. Si se lo pido me costará tres horas explicarle que es un blog.



Este es mi padre adoptivo. Bueno el tío de mi marido, pero ejerce de padrazo con nosotros. Siempre puedo contar con él.
No le he pedido permiso para colgar la foto, le convencerá el jeta de mi hijo pequeño que se ha instalado en el centro de su vida para ser su alegría, como si de un cachorrito se tratara.

Este pescador de secano era mi abuelo materno. Me joroba el verbo ser en pasado, porque él me ha acompañado toda mi vida, aunque me dejó hace casi treinta años. No había lugar para el duelo en nuestras infancias, así que las heridas curaban mal.

Mi abuelobesitos... Conté aquí su lenta despedida, le echo tanto tanto de menos...no le hubiera gustado que colgara una foto suya aquí, pero a mí no me gustó que se fuera y me tuve que aguantar.


Y cierro este homenaje a los padres de mi vida con esta imagen de mi hijo mayor. Me enamoro de mis chicos todos los dias. Sé que dicen que los niños son de las mamás, pero a mí me ha salido un gran competidor hacia el amor de mis hijos. No me olvido de todos mis tíos a los que quiero mucho y me han cuidado como a una hija cuando he estado con ellos, y a mis cuñados y primos, que son unos padrazos como una montaña.

Feliz día del padre 













lunes, 9 de marzo de 2015

El día que nos pertenece

Tomo posesión de mi trocito de sofá después de un lunes de trabajo intenso tras la celebración (¿?) del 8 de marzo tan cacareado. Además, hoy ha tocado la revisión ginecológica, la que todas deberíamos hacernos una vez al año (todo en orden en la mía, por si sentís curiosidad). 

Nos lamentábamos la doctora y yo, de lo duro que resulta ser mujer -no sólo físicamente-, de la estafa de la presunta liberación femenina, esa por la que tantas mujeres lucharon, la que nos ha costado seguramente 5000 años de evolución alcanzar. 

Qué tontas somos, a pesar de creer que hemos sido tan listas. Nos han vendido la burra coja esa de la realización profesional. Y los de siempre, los que se llevan los dineros, subiendo los precios de las de todo, para que nuestro trabajo no nos sirva para enriquecernos sino para esclavizarnos. Y mientras tanto, nuestros hijos y nuestros padres quedan desatendidos, nosotras nos hacemos la maratón todos los días intentando llegar a la vida a tiempo, nos desgañitamos para tener toda clase de comodidades en unas casas que no podemos disfrutar y sintiéndonos escoria por no poder abarcar todo lo que queremos ser.

Nuestro reino entero por sentarnos una tarde junto a una ventana cosiendo, leyendo, o tomando un café sin aquel sabor agrio en el paladar que te recuerda que pagarás cara la factura de ese tiempo que le has robado a tu trabajo, de eso nos quejábamos las dos. 

Al final le hemos sacado a este lunes, tan lunes después de un fin de semana maravilloso, unas sonrisas, compartiendo el amor por la costura y, también, el orgullo de pertenecer al sexo femenino, a pesar de lo duro que resulta a veces. 

Bienvenida al castillo, doctora. 

Mujer cosiendo en el jardín, Mary Cassat

miércoles, 16 de abril de 2014

Érase una vez,

Si te cuentan alguna vez la historia de la Princesa del guisante, te hablarán de reinos, de una princesa que se perdió. Bueno, te explico, por lo visto, encontró un hogar humilde y como estaba desaliñada y harapienta, no podían comprobar si pertenecía o no a la realeza (no se fiaban un pelo, la verdad). Para poder constatarlo, la pusieron a dormir sobre una pila de colchones enorme, bajo la cual dejaron un guisante. La princesa no pudo pegar ojo en toda la noche, tan delicado era su dormir. 

Ya he contado alguna vez que yo no soy exactamente la mismísima princesa del guisante, sin embargo, soy COMO ella, con un dormir delicado y la necesidad constante de demostrar a todos quién soy yo (aunque tal vez sólo tenga que demostrármelo a mí misma). 

Desde hace más de cuatro años comparto desvelos con una buena amiga, Carme Sala. No, no es solo una amiga más. Ella es mi media-yo, la comadre de nuestros dos libros, mi confidente y mi consuelo. Y yo espero que ella sepa -creo que así es- que yo estoy siempre preparada para escuchar, para ayudar, para reír y para llorar con ella cuando lo necesite. Carme tiene algo que sabe que envidio desde lo más verde y profundo del guisante del colchón: la capacidad de convertir el mundo en dibujos. Eso, y un gusto finísimo que convierte el mundo en un lugar plagado de delicatessen para los sentidos. A ella debemos la imagen hasta hoy, de este blog. Y hoy me ha hecho el regalo más bonito y delicioso que me han hecho en muchísimo tiempo. 

Mientras empiezo a limpiar el polvo de los rincones y a empapelar la pared del fondo, podéis ir abriendo boca con esta delicia.



... permíteme felicitarte y agradecerte el regalazo de dos formas: La frase impagable de Dindón, el reloj de cuco rococó de La Bella y la Bestia de Disney: 
"Si no es barroco, es barraca" 
y con esta canción, que está para siempre ligada a la amistad. 


http://youtu.be/2YP9SwSX980

Y te lo digo otra vez: t'estimo molt, guapa.


sábado, 23 de noviembre de 2013

Delicadeza


Descansa dormida su camisa sobre la silla, con la misma elegancia serena de sus palabras dulces y suaves. 
Ahora la tendremos que buscar en otros lugares, en el gesto heredado, en los pinceles mudos, en los silencios de luz tamizada en la vieja casa del pueblo.

Siento tu tristeza hecha nudo en mi garganta, apenas un temblor, porque te intuyo valiente, tras la delicadeza de esa forma de encontrar belleza vuestra. 

Cómo se parecían nuestras reinas madres, y se han ido casi al mismo tiempo, ¿cuánto tendremos de lo que fueron ellas? 

Te acompaño, ya lo sabes. Te quiero, guapa


viernes, 8 de noviembre de 2013

Aquello que no queremos ni imaginar

Descubro Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett (Alfaguara, 2013) a través de en un blog.


Dicen que si uno habla de un sueño es difícil que éste pueda realizarse. Pues de esa forma infantil quise conjurar a la suerte: leí ese libro como si el mero hecho de haberme puesto en la piel de una madre que narra la muerte de un hijo pudiera crearme un escudo que me protegiera de semejante atrocidad.

De eso trata, de lo que no podemos siquiera nombrar: la enfermedad mental de un hijo que le conduce al suicidio. Yo, que me siento incapaz siquiera de imaginar a un conocido en una situación parecida, admiro la forma serena en que ésta madre es capaz de analizar, de tratar de comprender la piel de ese hijo que se le escabulle de entre los dedos, de resignarse ante lo inevitable. Sólo alguien que ha vivido una experiencia así puede explicarla. Sólo los padres sabemos el dolor que produce el dolor vivido por nuestros hijos, así que podríamos pensar en Lo que no tiene nombre como en un libro dramático y terrible. Lejos de eso, es un libro que debería ser de cabecera para darnos un baño de humanidad.

Por último, añadir que a la grandeza del sentido de sus palabras se añade la belleza y la sencillez con que las dice.


No voy a pronunciar ese nombre, dice el enfermo, porque van a huir de mí, porque me abandonarán, porque me recluirán, porque no me amarán ni se casarán conmigo. Porque me mirarán con miedo.
No voy a pronunciar ese nombre, dice el padre, dice la madre, porque no puede ser, no puede ser, no puede ser.

Me llama también la atención cómo se vive la muerte desde la ausencia de una dimensión religiosa. De cómo se renuncia a saber el paradero de los restos mortales del hijo. Cómo contrasta nuestro ritual funerario con el americano. 

Siguiendo una vieja costumbre norteamericana, los amigos de Renata han traído comida hecha por ellos en sus casas. Llegan hasta la puerta, discretamente, y se retiran de inmediato, para no perturbar la intimidad familiar. La nevera se va llenando de platos: hay tacos, comida hindú, pasta. Velan con esta ofrenda por nuestra supervivencia, para que las tareas domésticas no agobien más nuestros cuerpos, apaleados ya por la tristeza. Y de pronto nos vemos paladeando un helado de chocolate, elogiando una salsa, un pan tierno, un pescado. Estamos vivos. 

Muchas son las razones por la que creo que puedo recomendaros este libro, pero mis palabras aquí quedan pequeñas. 

miércoles, 14 de agosto de 2013

Adiós, Reina.


La enfermedad maldita dejó tu cajón de imprenta inacabado. Y aún así, mira cuánta belleza atesora en cada una de las ventanitas que sí terminaste. Trabajabas con delicadeza, a pesar de encontrarte mal muchas veces. Eres Diamante, lo sigues siendo, porque no creo que por que tu cuerpo haya perdido la guerra contra el cáncer tu alma haya dejado de existir.
Espero que te reencuentres en el cielo con esa abuela cosedora y juntas terminéis el proyecto de esa vida tuya segada de forma tan prematura.
Adiós, querida Montse.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Porque era justo


Te fastidias. Sí, lo montaron todo a tus espaldas. Sabían exactamente las personas que querríamos darte ese homenaje (sí, sí, no pudieron estar todos los que son, pero los que estuvimos lo hicimos entregados a tu persona), el regalo que te gustaría más, el vestido que llevaría tu hija y cómo sustraerlo de tu armario con premeditación, alevosía y agravante de vacaciones.Y todo eso, sin que tú supieras nada, toma ya. Primera lección: no es necesario tenerlo todo controlado, relájate.

Era justo que todos los que nos sentimos amparados por tu generosidad, tu dulzura, tu energía (de sargento chusquero, sí), tu forma categórica de convertirte en hermana mayor de todos nosotros, incluyendo a tus padres, tratásemos de hacerte infinitamente feliz. Así te queremos siempre, en el centro de nuestra vida. Segunda lección: deja que te queramos, relájate.

Cómo nos rompimos todos cuando la pequeña se emocionó contigo, por ti. Esa prolongación de tu cuerpo que te trae de cabeza... El sentimiento de esa criatura es el reflejo de la estricta verdad de tu trabajo y esfuerzo. Tercera lección: lo estás haciendo bien, muy bien, con ella. Suelta un par de metros esa cuerda, relájate.

Y tu madre... sabes, porque lo sabes ya, cómo duelen en la propia piel las heridas de los hijos, y ella mejor que nadie ha sentido el palpitar de tu dolor, así que necesitaba por ti y por ella misma, hacer lo que hizo: remover Roma con Santiago para que todo saliera perfecto. Lo vi en cada una de las fotos escogidas para el resumen de tu vida que nos puso la piel de gallina a todos. Ver bailar a tu padre grabado en vídeo me hizo entender por qué eres así.  Dios mío, ese padrazo como una catedral atrapando partículas de sus hijos en una foto cada segundo, para no perderse nada, ellos saben ya cómo pasa de deprisa la vida. Pasa muy deprisa, demasiado. Cuarta lección: el tiempo pasa y no vuelve, no parpadees, pero relájate.

Y la niña atrapada en cuerpo de adulta que es tu hermana, flor de cristal valiente.



Ella le hubiera dado la vuelta al mundo como si de un calcetín se tratara sólo por verte como te vimos ayer. Su ilusión tenía brillo de purpurina, su tarta hecha con delicadeza y buen gusto, a cuatro manos con la mujer de tu hermano. Ese secreto guardado con tanta prudencia por tu sobrina, tan pequeña... Quinta lección: ellos sí saben qué es lo que necesitas, relájate.

No pude conocer bien a todos tus amigos, pero supongo que sus sentimientos se parecían mucho a los míos. Qué bien supiste repartirte un poquito entre todos, qué ilusión me hizo que ella viniera desde Barcelona para ser un regalo más para ti. Espero que tuviéseis tiempo suficiente para poneros al día. Tras su fachada valiente intuyo un corazón frágil, pero esa ya es otra historia. Esta lección ya te la sabes, los amigos son lo segundo más importante del mundo, después de la familia. Tienes muchos y buenos amigos, relájate.

Hoy cumples cuarenta años y un día. Terminó tu condena de estar sufriendo y preocupándote siempre por todos. Puedes relajarte. En serio. Yo velaré por ti, lo haremos todos, porque te queremos mucho.


viernes, 12 de abril de 2013

Tortillas de espinacas y trenes

Imagen de aquí

Me gusta que hayas compartido conmigo esa confidencia, ese sabor de tu infancia, del primer día de los días más duros de tu vida. Lo creas o no, a partir de ahora va a ser un plato que me recuerde a ti, el hilo del que tiraré para conocer esa maraña, si tú me dejas, que ya me has dejado.

Bendito tren, bendito espacio que nos ha llevado a surcar los mares de hierro para ganarnos el pan de nuestros hijos. ¿Lo ves? Nada de lo que nos pasa, nos pasa sin obedecer a una causa última, ni siquiera lo peor de lo peor, lo que empezó (o continuó) el día maldito de la tortilla de espinacas. Porque ese día, sí fue maldito. 

Continuará.
Seguro.


viernes, 22 de febrero de 2013

Cuando la encontré

Hoy Anna Pujabet me ha dado una gran alegría: me ha concedido un premio, el Best Blog. Ya sabéis, quienes merodeáis por mi castillo, que siempre agradezco los premios pero que nunca continúo las cadenas, hay algo de pudor en mi decisión, algo de pereza, algo de tozudez. 

Pero quería dedicarle un post a Anna, y ésta me parece una buena excusa.


Ella dice de sí misma que la peculiaridad de su persona es que ha sido madre de gemelos (mellizos) dos veces. No sé si fue esa la cualidad que me llevó a encontrarme con ella. De hecho, siempre me ha atraído el fenómeno que supone un parto gemelar, siempre he tenido gemelos cerca, estoy casada con el hijo de una gemela, así que la posibilidad de engendrar a pares ha planeado alguna vez sobre mi cabeza.

El caso es que, como sea, leí su blog, y me enganché. Me quedé prendada de su naturalidad. Por primera vez encontraba un blog en el que una madre normal admitía que para ella la maternidad había supuesto un reto, una dificultad. Multiplicada por dos, y al cuadrado. Sí, claro, me fascinó su historia, dos partos gemelares con diez años de diferencia, no es algo que haya pasado a nadie más que yo conozca. 

Pero no fue solo eso. Encuentro en Anna Pujabet un espejo en el que quiero mirarme. Ella posee un equilibrio interior grande, se le palpa esa inteligencia emocional a la que muchos aspiramos y que algunos rozan con la punta de sus dedos. No, claro, no coincido en todo lo que ella dice, pero sí en la mayoría de las cosas, sí. 

Y admiro cómo las dice, cómo es capaz de traspasar la pantalla e incrustarse bajo mi piel, puedo sentir su aliento pronunciando las palabras y tocar lo que ella toca. Me hace gracia, que ella dice cosas muy bonitas sobre mi forma de escribir, y yo, la envidio a ella... 

Por todo ello, cuando he recibido su premio, me ha sabido a gloria. Y me he sentido en deuda. 

Un abrazo grande y gracias por ser así.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Aquella Navidad



Si pudiera ser la dueña de los tiempos, me iría con los míos a aquella Navidad. Mis abuelos habrían salido de la tienda a las tantas, así que nuestra Nochebuena habría empezado tarde, casi tanto, como la Misa del Gallo que siempre acabábamos por perdernos.

Si pudiera ser la dueña de los tiempos les enseñaría a los niños el pesebre de figuritas de plástico, con el Rey que se sentaba de lado y el camello que tenía una rebabita de plástico en la pata y siempre acababa por volcar. Y el río de papel de aluminio y la nieve de harina con que mi madre espolvoreaba mi imaginación infantil.

Si pudiera ser la dueña de los tiempos, yo volvería a hacer cien viajes a buscar aquel cacharro misterioso al que mi abuela nunca atinaba a poner el nombre ni el lugar ("ve allí y trae aquello" decía como toda pista). Y nos sentaríamos alrededor de la mesa decorada con las mismas hojas secas, las mismas bolas, el espumillón de siempre, la seguridad del disco rayado de Villancicos y su chocolatero rin-rin.

Si pudiera ser la dueña de los tiempos, pondría a cada uno de mis hijos sobre las rodillas de sus bisabuelos. Mis cuatro abuelos se sentarían aquel día en la misma mesa, así que no cabría un centímetro cuadrado más de felicidad en mi corazón. Mi abuelo relojero le enseñaría al pequeño Bufón su calculadora sin pilas que yo nunca llegué a entender, y el otro yayo le contaría a los ojos abiertos de Marlin cómo había sido la Batalla del Ebro, o la alineación del Sabadell del 54. Y la bisabuela maestra les leería El Camello cojito.

Si pudiera ser la dueña de los tiempos, mis padres ayudarían a los niños con las dichosas arañas de mar, que esconden lo rico por dentro, y besarían sus dedos pringados de langostinos, y les contarían cómo era su Navidad sin bicicletas, y huirían a carcajadas de la amenaza de "¡Que vuelva Herodes y se los lleve a todos!" cuando le acariciaran la calva. Yo seguiría sentada "dejando correr el aire" entre mis tíos, como siempre. Y mis hermanos y  yo, volveríamos a ser libres por una noche, sin trabajos ni hipotecas, y él y yo volveríamos a vivir nuestra primera Nochebuena de novios, con todo el amor por estrenar. 

Si pudiera ser la dueña de los tiempos, entre los cardos y el ternasco nos habríamos dado cuenta de que había nacido ya el Niño, y brindaríamos por él. Y la abuela volvería a amenazar a su yerno con pintar el techo si descorchaba el champagne a lo bestia. "Si ya tenía razón mi madre -diría- Yerno yerno, sol de invierno". Y beberíamos en las copas Pompadour que tanto gustaban a la abuela. Y Cantaríamos "Les dotze van tocant, ja és nat el Déu Infant, fill de Mariiiiiiiii iiiii iiia", mientras alguien empezaría a cambiar platos cargados de premios para el viejo perro dogo, por bandejas de turrones.

Si pudiera ser la dueña de los tiempos, habría ponche, y abriríamos los regalos fingiendo que no conocíamos la letra de mamá, y  serían muñecas con olor a nuevo atadas a sus cajas, y Barriguitas, y un juego de mesa, y el Monopoly. Y se harían los corrillos de siempre: los del café y la eterna sobremesa, los primos que juegan a la butifarra, los niños que estrenan juguetes nerviosos, las de siempre, recogiendo un poco la mesa. La abuela murmurando mientras sacaba los platos sucios del lavavajillas para fregarlos a mano. Y luego mi tío, agotado de hacer enfadar a su suegra roncaría en el sofá sin inmutarse por las risas y las imitaciones de los niños, que sonarían como gruñidos de cerdito glotón.

Si pudiera ser la dueña de los tiempos volvería a estar deseando todos los días de mi vida que llegara por fin la Navidad, que era, sin duda alguna, el mejor día del año después de mi cumpleaños. Pero sólo soy dueña de mis recuerdos, que dejo escritos aquí para que despierten los vuestros. Bienvenidos a mi mesa.

Feliz Navidad

viernes, 21 de diciembre de 2012

Detrás de un corazón

Se han hecho populares las campañas de recogida de tapones de plástico en beneficio de criaturas que necesitan medios económicos para tratamientos médicos.

Yo no sabía muy bien para qué, ni entendía muy bien qué había detrás. Pero a ti te conozco.



Laura, recuerdo aquel dia, cuando fui a recoger a mi hijo pequeño a la "Escola Bressol". Maria y yo llorábamos emocionadas porque tú, después de pelear toda la mañana y toda la tarde, conseguiste interactuar con un juguete. Y recuerdo que hablamos aquel día de tu madre, de cómo se desvive por ti.

No, no lo he dicho bien. Tu madre VIVE por ti. Y tu padre.

Hace unos meses intercepté a tu mamá (y a ti, claro) en un paseo y yo, que soy prácticamente una desconocida para ella, a pesar de que vivimos a cincuenta metros de distancia, le recordé que tenía que vivir.

Casi la hago llorar. Porque ella ya ha tomado la decisión de llegar hasta donde sea para evitar que tú te quedes un centímetro por detrás del lugar al que puedas llegar, sea cual sea.

Ha renunciado a su tiempo por ti. Lo sé, porque me miró como si yo me hubiera tomado un par de copas cuando le pregunté si realmente ella, M.Àngels, tenía vida.
Tiene vida, claro.
Si hay que ir a Madrid, al mejor sitio, te lleva.
Si se tiene que montar un gimnasio en el pasillo y un juego de enganches en el techo para que tú puedas volar, se monta.
Si en Philadelphia hay una clínica donde harán lo que sea para que tú camines, pues recogemos tapones.

Tú eres la vida de tus padres. Dios les ha regalado el reto mayor de toda su existencia, y ellos han tomado las riendas de esa lucha. Ayer abrieron tu página en Facebook (Tots amb la Laura) y hoy ya tenías casi 500 seguidores.

Cada viaje a Philadelphia, -lo dijo en la entrevista que le hicieron en Lleida TV- cuesta unos 8000 €, y ya llevais dos años de tratamiento.

Espero que cada una de las personas que lean hoy este post, se vayan a la cajita de recogida de tapones más cercana y entreguen todo lo que tengan en su casa (tapones de productos de limpieza, dosificadores de jabón, pistolas de spray, de brik de leche -y el plastico que lo sujeta al cartón-, de bolígrafos, de tubos de dentífrico, de productos de cosmética, plásticos de huevos de chocolate,...). Porque detrás de cada caja hay un niño con problemas y unos padres que necesitan desesperadamente que alguien les eche una mano. Y se necesita una tonelada de tapones para recoger 200€.

Así que si alguien tuviera para ti algo que pueda ayudarte (desde una buena oferta en el vuelo hasta ayuda para el alojamiento o lo que sea.) también será bien recibida, que no sólo de tapones vive el hombre.

Y tú tienes que decirle a tu madre que en uno de esos paseos que tanto os convienen a las dos, llame a la puerta de mi casa, que nosotras nos tomamos un café, y charlamos de algo que no sean problemas, y a ti te dejaré tocar el pelo suave de Brownie, nuestra gata color chocolate, y cuando haga bueno, caminaremos descalzas sobre la hierba del jardín.

Feliz Navidad, Laura.

viernes, 20 de abril de 2012

AVES


Conocía un ejemplar de vosotros, uno de los buenos, pero, a partir de ahora, miraré mejor cuando suba a un tren de esos que vuelan. Os agrupáis al final del vagón a la espera de un par de cuerdas libres sobre las que reposar en compañía. Conocéis perfectamente la dirección de los vientos, las corrientes buenas para llegar a tiempo a casa a alimentar a vuestros polluelos con el único nutriente que en realidad necesitan: teneros con ellos. No es la opción más fácil, pero dais cuánto poseéis por llegar cada tarde a vuestros nidos, construidos con paciencia y esfuerzo; se respira en ellos, sin duda, el calor de hogar.

Por dos días he sido recibida en vuestra bandada, hemos surcado autobuses y avenidas compartiendo leyendas de nuestros viajes. He sido acogida como una más. Claro, al fin y al cabo, también sacrifiqué mi libertad y mi tiempo por estar con los míos. Debo de ser, pues, una de vosotros. Si volamos en V seremos invencibles. Y nuestros hijos aprenderán de nosotros, habrá valido la pena cada madrugón, cada euro invertido, cada mañana de viento y cada amanecer perdido en el camino. Y si acecha la fatiga, siempre habrá un brazo que tire del otro hacia arriba en las mañanas ojerosas del próximo lunes. Gracias por cobijarme bajo vuestras alas.


viernes, 30 de marzo de 2012

Color gris

*Imagen de aquí

Lo he leído en sus ojos cansados mientras hacía preguntas que parecían tan fáciles desde el interior de su bata blanca... 

-¿Quién es esta chica que te acompaña? -me señalaba a mí.
- No sé.
- ¿No la conoce? -hace tiempo que no nos conoce a ninguno, pero inevitable sentir esa punzada al escuchar la respuesta:
- No
- ¿Es de su familia?
- No... -soy su nieta, la hija de su hijo, estaba por recordarle, pero, ¿de qué hubiera servido? Si ni siquiera se acuerda ya de cuando se iba con su mejor amigo a pescar al pantano con su barca.

Y él no es el que está peor. Ahora es ella, su mujer, la que ya no recuerda, la que no es capaz de articular una frase entera, la que a penas si comprende cuando hablas.

Y me he estado fijando en los ojos del neurogeriatra que les conoce desde hace tiempo, haciendo recuento de que ya ha llegado, dándole maquillaje a las palabras para que mi tía y yo supiéramos que la cuenta atrás ha empezado, más bien, se ha acelerado.

Y luego he seguido mirando en sus ojos, los he mirado otra vez, y me he puesto en su lugar, contando siempre pequeños retrocesos a las familias de los ancianos, repitiéndonos que el proceso no tenía vuelta atrás, que no mejorarían, cómo sería, probablemente su deterioro. Que sólo quedaba... 
- Disculpe doctor, -le he cortado- que esa me la sé... ¿conoce este libro? -le he enseñado una foto de la portada de mi libro.
- Sí (sonrisa)
- Lo he escrito yo, ya sé lo que hay que hacer.
- (sonrisa) Ya lo sabes, eso justo eso es lo que necesitan, que les acompañéis, vuestro cariño.

Y me ha seguido pareciendo que su trabajo, a pesar de esa media sonrisa circunstancial no dejaba de ser de un triste color gris, porque siempre se acaba constatando la triste realidad de la vejez. Y, si bien sus tratamientos y consejos ayudan a sobrellevarla mejor, no deja de ser un viaje de no retorno. Me ha parecido un gran profesional, pero he sentido una punzada de tristeza empática por todo lo que escucha, lo que ve, lo que calla. Gracias, Doctor.


jueves, 23 de febrero de 2012

Pues yo, te apoyo



Porque, al hilo de lo que decía ayer, me gusta que te posiciones a favor de la vida.
Porque, al hilo de lo que decía ayer, me gusta que no te vistas de beige, sino de futura mamá, con un par.
Porque, al hilo de lo que decía ayer, me joroba que alguien quiera pensar por mí o por ti o decirnos cómo tenemos que pensar.

Tenemos muchas lecciones que darles a esta gente, Mai, no te rindas querida, dentro de nada vas a ser madre y la caña que dan los peques es muchísimo más fuerte que esos cobardes del Twitter.

Mira si me gusta lo que has hecho, que entras de pleno en la colección Diamantes. Bienvenida al castillo,


sábado, 4 de febrero de 2012

Me das miedo

Sería falso negar la realidad. Sí, me das miedo. Temo tus silenciosas garras anclándose en los cuerpos de los que queremos, mayores, ancianos, madres, hermanos, tíos y pequeños... de los pequeños. Cómo puedes ser tan cruel, cómo puedes siquiera atreverte a ser mal de la infancia, tú, que causas muerte, y dolor y sufrimiento, cómo puedes dejarnos huérfanos. Tanta es tu maldad, que incluso tu remedio es causa de más dolor. 

Invades nuestras almas con tu miseria, siembras lágrimas en cada familia, plantas jardines de flores de cristal en cada uno de nosotros. He querido dejar para los diamantes que nacieron de ti, éste recuerdo, para que sepan que estamos con ellos, que pensamos plantarte cara. Así te esperamos




Hoy se ha celebrado el día mundial de la lucha contra el cáncer. Por desgracia, una de las personas entrevistadas en el periódico de aquí, es alguien a quien conozco. Hoy día esta maldita enfermedad acecha a otros conocidos míos. Otros tantos siguen luchando, otros ya no pueden. Mi fuerza y mi cariño para todos ellos.

sábado, 15 de octubre de 2011

Del carbón al diamante. Por fin la he conocido

Me considero una persona muy afortunada, no tanto por lo que tengo, que es mucho, mucho, mucho (y no me refiero precisamente a lo material), sino por las caricias que recibo en forma de pequeño haz de luz.

Por fin, Montse, por fin nos hemos conocido. Yo no sé cuántas ganas tenías tú, supongo que eran bastantes, porque Ana me pasó el recado algunas veces. Yo sé las ganas que tenía yo. Me vas a permitir admitir que me costaba un poco... no por nada, sino por el miedo a lo desconocido, se me hace raro conocer a gente nueva así. Además, no sabía como serías, no tenía ni idea de que iba a encontrarme con un diamante. ¿No sabes que eres un diamante?

Podríamos decir que las personas corrientes vendríamos a ser trozos de carbón, quizá como estos



La composición del carbón no deja de ser carbono en una gran proporción. El negro mineral, nace del peso del mundo sobre restos fosilizados de materia orgánica, que terminan siendo útiles para darnos energía a nosotros, más materia orgánica, en un ciclo eterno.

Claro, que si sometes a algo tan poco bucólico como el carbono a una presión grande durante cientos de millones de años, puedes encontrarte con que su humilde composición, el carbono, esencia de la vida en la Tierra, se transforma en algo tan bello como un diamante, así,



Vale, aquí no se ve bonito. Imagínate lo que pensó el primero que andaba buscando carbón y se encontró con un diamantito así. Vaya tontería. Claro, que si empiezas a pulir ese diamante dejando al descubierto todas sus facetas, descubrirás cuánta luz es capaz de desprender. Así eres tú. Un trocito de carbono, como todos, pero sometida a la pesada carga de padecer una enfermedad, que lejos de dejarte hundida en el fondo de una mina, se ha ido puliendo hasta dar forma a lo que tú eres ahora.




No creo poder ser consciente jamás del dolor al que has sido sometida durante todos los años que llevas plantándole cara a la enfermedad (o a sus tratamientos), como tampoco creo que tú seas capaz de ser consciente de la belleza que irradia tu persona, mira, así reflejas la luz, la alegría de vivir, la energía.



Gracias por haberme llamado y haber compartido tu fuerza. Porque, a diferencia del carbón, que es frágil, quebradizo e inflamable, el diamante es el mineral más duro de la naturaleza, sólo puede ser rayado por otro diamante. Así que tú no entrarás en el apartado de las Flores de cristal, sino que entras por la puerta grande en la etiqueta Diamante.

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Por favor,

Si algo de lo que expongo aquí te molesta, te pertenece, o habla de ti y quieres que lo borre, tan solo tienes que pedírmelo. Nunca quise ofenderte, ni plagiarte, ni molestarte...
Este es un espacio de libertad y, sobre todo, de respeto.