Cuando empecé a escribir en este blog, hace una eternidad, tenía dos niños pequeños y venía aquí a hablar sobre ellos. Bueno, hablaba, sobre todo, de ser su madre. Dejé de escribir sobre maternidad cuando entendí que las cosas que iba a contar podían invadir su intimidad, y esa era una línea que no quería cruzar.
No me arrepiento de haber escrito aquí sus vidas. Cuando cumplieron
dieciocho años se lo entregué en forma de libro de memorias. Fue muy emocionante
poder regalarles el recuerdo del niño que fueron y que, para ser sincera, yo
también tenía olvidado. En mis palabras quedaron retratadas sus formas de
hablar, de relacionarse, de aprender, de querer.
Con el paso del tiempo seguí escribiendo sin sentir la
necesidad de contar nada sobre mis hijos porque, al final, sus vidas son suyas
y, aunque sigo teniéndolos bajo mis alas, sé que no me pertenecen sus derechos.
Lo único que hago es acompañar y observar.
Eso estoy haciendo últimamente, observar. Ayer, mi cabeza
bloguera estudiaba a los cuatro adultos que estábamos ante los planos de nuestro
gran proyecto. Señor madurito, ahora Zorro plateado, capitanea el proyecto aportando
su experiencia. El jovencito Marlin, que hace ya tiempo dejó de ser un pez
payaso, es ahora El ingeniero, y lidera la parte técnica. El pequeño Bufón, que
va a empezar tercero de carrera, se ha transformado en Gepeté. Sus
conocimientos sobre informática y negocios aportarán la magia que necesitará
una empresa de gran envergadura. Y yo, pues intentaré que tengan todos los pies
en el suelo y me ocuparé de pelearme con administraciones y papeleos. Con calma, debéis saber que sigo siendo hiperactiva, pero menos.
Ellos, mis ellos y yo, nos hemos hecho mayores. Estábamos los cuatro
frente a la pantalla. El centro de nuestra conversación, nuestro proyecto familiar.
Hombros relajados, una espalda ancha contra el marco de la puerta, un brazo apoyado junto
al teclado, el otro sentado charlando a los pies de la cama, y todos a una. En nuestras
palabras, máquinas, metros cuadrados, gravas, tuberías, permisos, árboles,
hormigón. Y, flotando entre nosotros, la ilusión del proyecto grande, enorme, que tenemos entre manos. El futuro está a la vuelta de la esquina y tenemos la fortuna de que ellos quieren formar
parte de él. No puedo pedir más.
Bueno sí, me gustaría que nuestro Gepeté encontrara a
alguien que le haga feliz y tenga tanta suerte como el Ingeniero, que nos ha traído
a casa a la niña más dulce, buena y linda del planeta. Llamémosla la Disney.
Tenemos la suerte de que también nos quiera, y eso es todo lo que necesitamos.
Llegan vientos nuevos al castillo, señores. Ya nunca nada será lo que fue. Sea para bien. Algún día, seguro, vendré a contárselo todo.

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