© de la imagen La meva maleta

domingo, 2 de marzo de 2014

Pasos firmes



Así de feliz estabas cuando diste tus primeros pasos. Estabas feliz porque eras libre, porque tú ya podías caminar solo. 

Hoy hemos visto la escuela a la que vas a ir a cursar la secundaria. Vas a cambiar de compañeros, de maestros, de estilo de estudio, incluso de ciudad. Vas a tomar todos los días el transporte hacia tu destino, tendrás que afrontar la soledad, exámenes, planes de estudios que van más allá, comerás fuera de casa, abandonando el privilegio de comer todos los días con tu familia del que has disfrutado doce años.

Escuchábamos a tus nuevos profesores, y tú estabas muy contento, porque vas a dar tus primeros pasos en tu vida. Todo te ha gustado mucho, un montón de promesas por estrenar, tanto que aprender, tanta vida por delante. 


Yo te miro y me siento feliz y aliviada. Ya, ya sé que te espera una lucha titánica, pero yo sé que tú serás valiente, mi niño. Sigues teniendo la mirada de la luna en el negro oscuro de tus ojos, a pesar del vértigo de mirar hacia abajo desde el nido. 

Venga, que sabrás volar, lo sé. Sólo tienes que recordar quién eres. 

domingo, 23 de febrero de 2014

Mientras esperas



Historia de un adiós, segunda parte.

No sé por qué me contaste aquella historia triste de tu niñez, que anudó tu garganta y veló tus ojos menudos con un paño de tristeza sólo de pensarla, aunque lo cierto es que yo nunca la olvidé. No nos escatimabais la dureza de la vida a los niños de antes.

Debías ser un mocico de pantalón corto. Te imagino espabilado, de carnes fuertes, magro y curtido por el aire limpio de la montaña que te parió. Tenían tus padres un pequeño corral, en el que hiciste a tu mejor amigo, una oca, que te seguía a todas partes, tal vez fueras lo primero que viera al romper su huevo. 

Dondequiera que tu fueras, corría ella, moviendo la colita tras de ti, por no perderte de vista. Si me dijiste su nombre no lo recuerdo, pero te imagino llamándola para que acudiera presta a tu vera. Te advirtieron de que no era una buena idea, te regañaron incluso por ello, pero desobedeciste, ¡maldita la hora! 

Apurabais un verano de agua fresca de arroyo, los árboles se envolvieron de frío y dejaron bajo vuestros pies un manto de hojas secas. Tus huellas crujían junto a su caminar lento, refunfuñaba gruñona con un "macmacmacmac" -¡Cuídate siempre del mal carácter de las ocas, que pican!-. Sin embargo tu amiga de mirada altiva era dócil como un perrito, y se hizo mayor pisándote los talones con sus patas palmeadas, si se lo pedías apoyaba la cabeza en tu regazo y se dejaba acariciar por ti. 

Cuando Padre te dijo que ya había crecido demasiado, que habría que comerla antes de que se hiciera dura, que tenías que acabar con ella, saliste corriendo de la casa, deprisa, para que no te siguiera. Nublaban tus ojos las lágrimas que enjugaste con la manga de tu jersey, negabas con tu cabeza, con  tu corazón, con tu boca, que gritaba: "Nunca, nunca, NUNCA". 

No volviste hasta que se cerró la noche sobre el bosque, Madre te esperó con un plato de caldo y el ceño fruncido, pero te protegió del gran enfado de su marido, al que llenó dos veces el vaso de vino para que se quedara dormido en el sillón junto al hogar y no te viera llegar. Daba lo  mismo, igualmente amaneció; Madre te dirigió una mirada severa que te advirtió de que ya no podrías volver a escapar. Atendía ya a que le trajeras el ave muerta, calentaba el agua para escaldar sus plumas. 

-Venga, vamos. -Le dijiste a tu oca. Y ella te siguió, una vez más. Entre sollozos le pediste, como tantas veces, que apoyara la cabeza. Y te ofreció su cuello para que le segaras la vida. 

Nunca pregunté si el filo del hacha llegó a reflejar tus lágrimas o si huiste de nuevo, enfrentándote al bofetón de tu padre con valor, pero quise pensar que sí fue así. 


Ayer te vi, vi tu fragilidad, tu piel anciana, tu espalda curva, tu mirada apagada, tu vejez sobre ti, y comprendí que, aunque llegó tu hora y llevas ya tiempo con tu cabeza en el regazo del Señor, a Él parece  temblarle el pulso, como si no pudiera llevarte aún. 

(No quisiera que te fueras nunca, abuelo, pero puedes irte tranquilo, estaremos bien, has dejado un legado muy bello en nosotros, gracias por el camino recorrido. Te quiero mucho, mucho.)



viernes, 21 de febrero de 2014

Empieza a ser verdad

Para los incrédulos que se acomodan en la oscuridad.
Para todos aquellos que creen que nada saldrá bien.
Para los que lloraron o siguen haciéndolo.
Para quienes no tuvieron la caricia reciente del amor.
Para los hartos de frío y lluvia


Está a la vuelta de la esquina.
Id desempolvando vuestra mejor sonrisa, abrillantad los escarpines de rubíes y empezad a andar por el sendero de losas amarillas.
Yo voy delante, para desbrozar el camino para vosotros.

domingo, 16 de febrero de 2014

Fábulas y palabras

Tiene mi lengua materna, el catalán, una expresión intraducible, al menos en español, que encierra, en sus modestas dos palabras y cinco letras, el paradigma de lo que está sucediendo en este país.

¡TÚ RAI!

En realidad, el tú se escribe sin tilde, pero se la he puesto para que sea más comprensible su función de pronombre personal en la frase. Vendría  resumirse, en pocas palabras, en algo así como: tú no puedes quejarte porque tú sí que tienes suerte (obviamente, más que yo, que mira qué desgraciadico soy). Sí, es tan difícil de traducir como parece.

Para poder explicar su significado, voy a utilizar la fábula de la cigarra y la hormiga. La conocen, ¿verdad?

Bien, la hormiga pasa afanosa el verano, trabajando como una burra, para que cuando llegue el invierno no le falten reservas, y cuando la cigarra, que se la había pasado tocándose las puntas de las alas todo el tiempo, a ver si las bendiciones le caían del cielo, se da cuenta de todo lo que tiene la hormiga, y meneando la cabeza, 

-Hola, Hormiga, ¿qué tal te va?
-Bien, aquí, descansando en mi casita, como una reina. 
-¡Tú rai!

"Tú rai" encierra la envidia y el desprecio por lo que el otro ha trabajado, lo que ha hecho para lograr conseguir su objetivo, su estatus actual. A la vez, confiere a quien la pronuncia una palmadita en el hombro de la autocompasión (tú rai, pero yo, no) y le niega a su interlocutor, la posibilidad de réplica: tu rai, yo no, así que no puedes quejarte, porque tú rai, como si la suerte se hubiera cebado en él. 

"Tú rai", que tienes tiempo para todo... Claro, levántate, como yo, antes de las siete todos los días, y verás como también tú tienes tiempo.

"Vosaltres rai", que sois jóvenes. Sí, claro, es una gran ventaja, pero tú también tuviste tu juventud y, por lo que dices, no la aprovechaste tan bien como era esperable.

"Tú rai", que tienes trabajo... Sí, claro. Tengo dos carreras y un contrato eventual desde hace quince años, y un puesto de trabajo a extinguir, que igual me dejan en la calle con 45 años, y entonces, vaya usted a saber. Claro que los habrán en paro, pero los hay, también, que ganan tres veces más que yo. ¡Ellos rai! Mira, visto así, los banqueros y los políticos, RAI. Pues, qué quieren que les diga, tal vez sea por mi educación y por mi forma de ver la justicia, que no siento envidia de estos dos gremios. Ellos rai, sí, son afortunados porque ganan mucho dinero, pero lo que ellos hacen para ganarlo no creo que yo estuviera dispuesta a hacerlo. (yo rai, que tengo principios).

Cada una de las decisiones que tomamos en la vida comporta una consecuencia. ¿La suerte? Pasa, pero para que te toque, tienes que ponerte en primera fila. Y entonces, sí, tú rai, que te ha tocado.


LA CIGARRA Y LA HORMIGA
Cantando la cigarra
pasó el verano entero,
sin hacer provisiones
allá para el invierno.
Los fríos la obligaron
a guardar el silencio
y acogerse al abrigo
de su estrecho aposento.
Vióse desproveída
del precioso sustento,
sin moscas, sin gusanos,
sin trigo y sin centeno.
Habitaba la hormiga
allí tabique en medio,
y con mil expresiones
de atención y respeto
le dijo: “Doña Hormiga,
pues que en vuestros graneros
sobran las provisiones
para vuestro alimento,
¡TÚ RAI!

prestad alguna cosa
con que viva este invierno
esta triste cigarra
que, alegre en otro tiempo,
nunca conoció el daño,
nunca supo temerlo.
No dudéis en prestarme,
que fielmente prometo
pagaros con ganancias,
por el nombre que tengo.”
La codiciosa hormiga
respondió con denuedo.
ocultando a la espalda
las llaves del granero:
“¡Yo prestar lo que gano
con un trabajo inmenso!
Dime, pues, holgazana:
¿Que has hecho en el buen tiempo?”
“Yo -dijo la cigarra-.
A todo pasajero
cantaba alegremente,
sin cesar ni un momento."
"¡Hola! ¿Con que cantabas
cuando yo andaba al remo?
¡Pues ahora que yo como,
baila, pese a tu cuerpo!"
Samaniego

miércoles, 12 de febrero de 2014

Puñetazo en la mesa

Siempre le resultó más cómodo que otros decidieran por él, no tanto por pereza como por no buscar un enfrentamiento. 
Nunca dijo que su boca era suya porque temió que los demás le confirmaran que había elegido mal, o que no había sido capaz, o que había luchado en vano. 
Y lo único que los demás podían echarle en cara es que nunca se atreviera a dar un puñetazo en la mesa. 
A lo mejor creía de veras que a nadie, más que a él, le cuesta tomar decisiones, pero tras cada uno de los aciertos de una persona existe un rosario de caminos equivocados, de puertas que se cerraron sin haberse asomado lo suficiente, de fracasos superados.  
Le faltó valor para pararle los pies a ella. Y cometerá el mismo error, de nuevo, por lo mismo: exceso de amor. Tal vez ahora sí, haría bien en dar ese golpe de timón y empezar a gobernar su vida. 
Haber fallado no sirve para justificar un ataque de ira o hundirse en el desánimo, sino para aprender cuál ha sido el error y empezar a construir de nuevo. Y se empieza por abajo, comprendiendo cuáles son los cimientos, y eso implica valor. Ahora sí, no le queda otra. 

domingo, 9 de febrero de 2014

Señora,

Esa es la forma en que debiera dirigirme a ti, pero yo voy a permitirme la licencia de tutearte.  Es bien notorio que nosotros, los Guisante, no tenemos el abolengo de la dinastía a la que perteneces, pero, al fin y al cabo, este es mi castillo. 

Tenéis, tu familia y tú, a todo el mundo revolucionado como consecuencia de cómo manejáis vuestras economías.  Fíjate, mi padre, el rey, como el tuyo, a veces ha hecho cosas que tal vez no pertenecieran a su regia condición. Sin embargo, yo, que he sido educada en una familia como Dios manda, nunca he dado un ruido para honrar el trabajo que ellos han hecho para que yo sea una mujer de bien. 

Yo no entiendo de números, ni de facturas, ni nada. Pero sé con quién me casé. Mi señor esposo es un hombre bueno y trabajador. Un padre excelente. Nos amamos, qué quieres que te diga. Y una gran parte de este amor se sustenta en no tratar de ser quienes no podemos ser y de no vivir por encima de nuestras posibilidades. Si hoy él viniera a casa con la escritura de una mansión bajo el brazo, lo primero que le preguntaría es cómo pensaba pagar la hipoteca. 

¿Sabes una cosa? Cuando era niña, soy algunos años más joven que tú, me miraba secretamente en ti, en tu porte elegante, en tu discreción. Cuando yo estaba en el colegio tú eras universitaria. No sabes cuánto me alegré de que tu hermana y tú rompieseis de una vez con el concepto de consorte inauguradora y os procuraseis un futuro en el mercado laboral. Fue un guiño que vinieses a vivir tan cerca de mi castillo, te tenía por una ciudadana moderna y libre. Aunque hubiera dado mi reino entero por optar a un puesto de trabajo tan cómodo y bien remunerado como el tuyo, me conformé con conseguir una plaza que quince años después todavía no tengo asegurada. 

Tú, como yo esperaba poder hacer también, te casaste con un plebeyo, por amor. Y qué decirte de la envidia sana que me suscitaron esos cuatro niños, ¡y esa muñequita que la naturaleza me ha negado con tozudez!

Y hoy, en cambio, me avergüenza pertenecer a la realeza y no sólo porque tú hayas sido tan deshonesta como para haber metido la mano en el bolsillo de los españoles para vivir a todo trapo, sino por algo mucho más sutil y que no he oído decir en todos estos días. 

Fíjate, qué matiz, que hilo tan fino has sido capaz de romper. Con tu actitud deshonrosa has anulado de un manotazo el esfuerzo titánico de toda una generación de mujeres que con sacrificio, horas extra, jornadas laborales dobles, reivindicaciones para ocupar el lugar en la historia que nos corresponde, has encarnado la figura de la mujer sumisa, abnegada y estúpida que no entiende nada de lo que su marido hace con el dinero, has fingido que tú no sabías qué hacía él (quiero pensar que sólo estabas interpretando el papel, que no eres tonta, en realidad), porque, como le pasaba a las mujeres en tiempo de mi abuela, él era el que tenía la llave de la caja en que se guardaban los dineros. 

Ten en cuenta que para salir del pozo al que nos has devuelto con tu soberbia, muchas mujeres han recibido la violencia física y psicológica, se han oído llamar marimachos y marimandonas, se han tenido   que dividir entre su familia y su trabajo, han tenido que luchar, por ti y por mí, para que los sueldos que nos dan cuando salimos de casa, se parezcan. 

No es sólo por que hayas robado dinero, que me pareces despreciable, nos has robado la dignidad. 

Hoy  Gema Lendoiro ha escrito esta maravilla de post, en la que se hablaba, precisamente, de esto de lo que te estoy hablando. Cuando lea lo que acabo de escribir, te detestará tanto, como lo hago yo, estoy convencida. 


domingo, 2 de febrero de 2014

Flexibilidad







Hay que ver cómo la gente de Pixar sabe sacarle la punta a esto de la psicología. ¿No? ¿Les parece una coincidencia que hayan elegido en el papel de madre a Elastigirl?

Ya no lo digo únicamente por su habilidad para convertirse en paracaídas cuando sus hijos corren peligro, 





para protegerles y arroparles,


No, no es eso.
Cualquiera de vosotras, que tenéis hijos, tenéis un par de ojos en el cogote, un pabellón auricular extraplástico que se estira por las noches. Sois capaces de cargar con un rorro a horcajadas sobre vuestra cadera, tres bolsas de la compra en la mano y buscar las llaves en el bolso con la otra. Si tenéis más de un hijo, bueno, entonces los pies cobran una capacidad de manipulación que parecen manos, se lo aseguro.

Y voy más allá
Cualquier madre de las aquí presentes puede confirmar cuántas veces ha tenido que morder su lengua, que hacer malabarismos con horarios y con sobras de nevera, que ingeniar fantásticos vericuetos para hacer que se cumpliera una promesa hecha firmemente, o simplemente, cambiar un poco la literatura de esa promesa que no se pudo cumplir para no echar a perder su honorabilidad.

Esa flexibilidad debe ser aplicada necesariamente a la toma de decisiones. Para que las leyes que rigen el matriarcado o, por extensión, cualquier familia en el que uno de sus miembros asuma el rol materno, deben ser por fuerza flexibles, reversibles, tener un amplio margen de error, que nos permita recular cada vez que se produzca un cambio.
Porque la realidad, es que la vida de nuestros hijos cambia constantemente. Sus necesidades intelectuales, afectivas, de educación, físicas, sensoriales, de comunicación, de movimiento, de percepción, cambian a gran velocidad a lo largo de sus vidas. No sólo eso. Cuando tienes más de un hijo, sus cambios no se producen al unísono.
Y para mayor alegría, no hay una ley válida, única, indiscutible. No nos sirve la experiencia de nuestros padres ni la de nuestros abuelos, no hay libros que te digan cómo, hacia dónde se dirige la persona libre, independiente y única que es tu hijo.
Así que lo único que nos queda es ser flexibles y moldeables. Y cuanto mejor sepamos amoldar nuestro cuerpo a la forma que tome el suyo, más sabremos amarles.


viernes, 31 de enero de 2014

Escandalizada estoy

No comprendo nada de lo que está pasando hoy día con las mujeres. En serio. ¿Ya tenemos el rol por el que toda la puñetera historia hemos estado luchando?

Mi indignación se cuece a fuego lento desde la primera vez que vi el anuncio de la pizza de una conocida empresa catalana, seguro que lo habéis visto, el de la cocina. 

Iba a enlazarlo, pero me niego a darles publicidad, así que hago un pequeño resumen. En el moderno interior de una masía, con la intención de combinar la idea de comida casera de toda la vida con  un plato actual, una mujer introduce una pizza en el horno, mientras se ve a la niña pequeña jugando. Siguiente plano todos sentándose a la mesa, que está puesta, la madre se levanta por agua, y cuando vuelve, sus hijos y su marido o parejo o lo que sea, le han dejado un trozo de pizza, y ella, muerta de amor se debate entre darle su comida a los sátrapas de sus hijos o comérsela. Parte en cuatro trozos, y el gañán de su marido se quiere apropiar de la miserable cuña de pizza que los niños dejan a su madre.

Y, sorprendentemente, ninguna asociación en pro de la dignidad de la mujer, ha levantado la liebre. Ni ministerio de igualdad, ni siquiera la liga de la leche ha sacado pecho para esta ocasión, nunca mejor dicho.

Pues déjenme que les diga una cosa. Detalles como este vídeo nos devuelven a las mujeres a la época de las cavernas, a la mentalidad arcaica de que nuestra dignidad no merece, ni siquiera que nos dejen comida en el plato. ¿No? 

Lo correcto, en una sociedad moderna, sería no sólo que no le quitaran la comida, sino que el hombre velara para que sus hijos no empezaran a comer sin su madre en la mesa, en el caso de que ella se levantara para servir agua a todo el mundo. Hoy, que nos las damos de listas y de guays, y de liberadas, y de que todo lo controlamos y que estamos en todas partes nos dan sopas con hondas en un anuncio publicitario, y tragamos, como si nos hiciera mejores personas que nos falten al respeto. 

Eso sí, los anuncios de detergentes, que haya siempre un varón remangado, para que se vea que las tareas domésticas ellos también saben hacerlas.

Y en los mentideros, en la corrala de internet, las mujeres entretenidas en el asalto constante leche materna-leche artificial, incapaces de ver cuál es nuestro problema real, el valor que la sociedad nos otorga. 








domingo, 26 de enero de 2014

Las entrañas del silencio


Imagen de aquí


Siento una delicada mezcla de orgullo y de responsabilidad cuando me pides, desesperada, que te ayude, como si fuésemos amigas de siempre y yo tuviera el poder de besar tus rodillas magulladas después de tu penúltimo tropiezo. 
No voy a darle vueltas a porqué me eliges a mí, y no a otra persona que te conozca más, de más tiempo, quiero decir. Creo que sí es válido lo que te pueda aportar yo, porque cada perspectiva de lo mismo nos da una visión nueva, un matiz que nos ayuda a trazar las líneas que delimitan el problema. Lo corroboro cuando tú me confirmas que la psicóloga que te atiende te dice lo mismo que yo. 
Y yo sé que nos escuchas a las dos con la misma atención, no en vano vienes libremente a llamar a mi puerta cuando me necesitas. 
Con la misma sencillez me tomo, pues, la libertad de decirte lo que pienso, porque yo no sé querer de otra forma.  
Será que mi mundo está rodeado de un entorno de personas de campo, o porque el clima del lugar en que vivo invita a la reflexión (o son cosas mías, no me hagas demasiado caso), pero te percibo envuelta en un ruido infernal. Ruido de cosas materiales, de necesidades que no lo son, de factores que no son tan importantes. Y con todo eso a tu alrededor, te sientes sola y desamparada, y realmente no lo estás, sólo necesitas seguir escondiéndote ahí.
Porque, desde aquí, desde el sesgo de que sólo sé de ti lo que tú has querido contarme por teléfono, me da la sensación de que lo que realmente te da pavor es escucharte, no escucharme a mí, sino a ti misma. Y yo creo que tú eres una gran mujer. Sólo tienes que encontrarte en las entrañas de tu silencio, eliminar todo aquello prescindible, bebe sólo el agua que necesites, besa sus piececitos sin preguntarte si lo podrías hacer mejor, habla una tarde entera con una amiga que te diga la verdad aunque duela, come sano, no fumes, date crema después de la ducha y construye tu hogar con el brillo y la dureza del diamante. Tu hogar. Tú eres el pilar sobre el que se sustentan las vidas de tus criaturas. 
Déjate de lexatines, de internets y de circos. Desaparece un segundo del mundo y demuéstrate a ti misma lo que vales. 
Respira hondo y elimina todo lo superficial, todo aquello que en realidad no necesitas. Desnúdate ante el espejo y encuentra la gran persona que te habita. La que yo leo entre todas las palabras de relleno. 
Y cuando ya estés bien, que lo estarás, porque tu fuerza interior es radiante, entonces, construimos nuestra amistad con los guisantes en su sitio bajo el colchón. Ya verás lo bien que sienta la libertad. 


domingo, 19 de enero de 2014

A ver cómo lo diría

Cuesta escribir sobre la suerte sin parecer una presuntuosa o una desagradecida. Vayamos primero a dar gracias, a Dios. Todos los días de la vida de mis hijos conmigo son un regalo. Desde el día bendito que supe que existían hasta ahora mismo, que están jugando en su habitación. Le doy gracias por haberme dado dos  niños tan. Tan. Todo lo que son es maravilloso, y no exagero: su salud, su temperamento, su fuerza su belleza, sus cabellos y sus dientes. Su tozudez y sus ganas de jugar, su desorden y su apetito. Todo. Son inteligentes y buenos. Y guapos. Y todo. 

En lo que a ser su madre se refiere, no me han dado demasiado trabajo extra. Lo hice tan bien como supe: orden en horarios y sensatez en casi todo. El sentido común ha sido la moneda de cambio corriente en el castillo. No obstante no todas mis decisiones han sido aplaudidas por los aledaños de quienes también quieren a mis hijos. Siempre hay alguien dispuesto a poner en jaque tus habilidades como madre contradiciendo tus órdenes, metiendo la nariz en tus decisiones, juzgando y cuestionando.

Tiene, sin embargo, el tiempo la manía de poner a todo el mundo en su sitio, y hasta ahora, la mayor parte de las cosas que he hecho para y por mis hijos están dando unos frutos estupendos y magníficos. Insisto en lo de dar gracias a Dios, porque sembrar en la tierra fértil que son mis hijos es lo más gratificante que haya hecho jamás. Pero ya saben como funciona, ser padre se parece un poco a disfrazarse de sargento. Se pasa uno el día dando órdenes e instrucciones: recoge los zapatos, límpiate la  nariz, termina tus deberes, te he dicho que recojas los zapatos, lee cada día, no te quedes hasta las tantas a leer, son las tantas y no has terminado tus deberes, son las tantas y estás todavía sin acostarte,... 

Cierto es que a lo mejor también saldría de su instinto todo lo que rezo yo durante el día. El caso es que, como sea, me hace mucha gracia cuando algunas veces -suele coincidir que quienes te lo dicen son los mismos que te critican por mandar tanto- te dicen:

- ¡Qué suerte tienes de que te hayan SALIDO unos niños tan educados!

Cualquiera argumenta que no ha sido cuestión de suerte, porque, efectivamente, he tenido toda la suerte del mundo con ellos. 

jueves, 16 de enero de 2014

Sobre responsabilidad

Cada día estoy más convencida de que la mayor parte de los problemas sociales que padecemos tienen su raíz en la falta de responsabilidad. No nos hacemos responsables de las consecuencias de nuestros actos, de las decisiones que hemos tomado y las que no, de nuestras omisiones, de nuestra pereza, de nuestra forma de vestir y de cómo educamos a nuestros hijos.

No son responsables nuestros líderes políticos porque no actúan de forma transparente ni honesta. No son responsables los jueces porque manipulan la lectura de las leyes en función de quienes son los políticos que les colocan en sus sillas. No son responsables los medios de comunicación, que tapan y destapan las vergüenzas de quienes les pagan, también del gremio que acabo de mencionar.

No se estila el asumir aquello que se deriva de nuestros actos. En cuanto tuve uso de razón me enseñaron que la consecuencia de una relación sexual podría ser un embarazo. Así que no comprendo tanto aspaviento, si tomas la decisión de acostarte con un hombre tienes que saber que eso puede ser el origen de una criatura. Y no estaría de más que le preguntaras al señor donante si él se hará cargo de la consecuencia de su acto responsable.

Asumir la responsabilidad es el acto que nos hace distintos de los animales.


Dedicado a Tomás, que se lo preguntaba

lunes, 13 de enero de 2014

Como un dejà vu

Como siempre tengo la sensación de que leo poco, porque siempre me quedo con ganas de leer más, hoy he hecho una lista de los libros que leí el año pasado. Así he tropezado con el recuerdo de uno de mis favoritos, no sólo de este año sino de toda mi vida El abanico de seda, de Lisa See, que me prestó mi madre, ávida lectora. 

La historia de este libro es trágica y bella a partes iguales, trata de las mujeres con pies de loto de la China de otros tiempos. 

Imagen de aquí

A las niñas, cuyo destino deseable era casarlas bien, las mutilaban, dejándolas prácticamente inválidas, convirtiendo sus pies en unos muñones deformes y delicados a los que llamaban lotos dorados. De esta manera les resultaba bastante difícil escapar de los hombres con quienes las casaban siendo apenas unas niñas, lo cual las hacía deseables y sumisas. 

En nuestro tiempo, cuando nos parece inconcebible semejante clase de maltrato y desprecio a la condición humana, se me ocurren otras formas de tortura, si no parecidas, primas hermanas. Hoy somos esclavas de una talla, de unos cánones estéticos imposibles, de una posición social determinada, de una carrera, un máster, maquillajes y botox y tintes que nos atan igualmente los pies. 

Esto se me acaba de ocurrir, en realidad, a medida que escribía lo de que nos parece inconcebible el maltrato y bla bla bla. El Dejà vu con este libro me vino ayer, cuando hablaba con Gema Lendoiro de algo que me parece muy curioso. Me anticipo a pedir a las defensoras a ultranza del Porteo y otras virtuosas autodenominadas Criadoras con apego, que bajen sus hachas. No es nada personal, no tengo nada en contra de su filosofía, siempre y cuando no me la impongan a mí. Vaya eso por delante. Permítanme apoderarme de su apego, que es exactamente el mismito con el que yo crié a mis hijos, a pesar de que ellos aprendieron a dormirse solos y en sus camas (no se atrevan ni siquiera a insinuar que yo les quiero menos sólo por ello).

Observo con preocupación a algunas de estas madres, que, aferradas a la convicción (¡que no cuestiono en absoluto!) de que los niños están mucho mejor en contacto con la piel de su madre, recorren distancias infames a través de la ciudad correosa con sus niños a cuesta.

La imagen, en las mujeres de América del Sur, de África, asiáticas, me parecía igual de sacrificada, a pesar de la belleza estética con que lo pintó aquí mi amiga Carme Sala.



Pero, fuera de ese ambiente rural, pobre, en el que estas madres tienen que cargar con sus criaturas porque no les queda otro remedio, no puedo evitar recordar los pasitos minúsculos que daban Lirio Blanco y Flor de Nieve en aquella época en la que el valor de una mujer se medía por lo doblegada que estaba al arbitrio de los demás. Me pregunto cómo nos verían las mujeres sin recursos retrocediendo cincuenta o setenta años en la historia, volviendo a cargar nuestros hijos sobre las espaldas. Y no me vengan con lo de que los padres también portean. No me refiero a eso. 

Yo defiendo a ultranza el valor de la mujer en sí, sin tener que ser abogada, maestra, médico o modelo para ser grande. Porque la mujer tiene el poder de la vida en sus credenciales, y la mejor cuidadora de su familia es, sin ninguna clase de duda, la mujer. Pero no es necesario que volvamos a la "pata quebrada" para justificar que lo que realmente nos realiza como personas es ser mujeres. Yo soy la primera que se siente estafada con el timo de la estampita de la liberación femenina. Pero no es necesario retroceder hasta perder la libertad. Eso es otra cosa. 



sábado, 11 de enero de 2014

Disfraces

Leía el otro día que el exceso de maquillaje, de cirugía estética, vestirse con extravagancias que tratan de llamar la atención hacia lo externo, se utilizan con la finalidad  _consciente o no_ de disimular alguna carencia interior. Como el intento infantil de señalar al cielo cuando nos dicen algo que no nos gusta.

Los niños disimulan muy mal. Sin querer, esconden su travesura de nuestros ojos tapándola, de forma que únicamente hay que seguir el camino de sus manos para descubrir su engaño. De la misma forma, los adultos que no aceptan en quiénes se están convirtiendo o simplemente quienes son, crean una máscara que no siempre es tan ajena a nuestros ojos como ellos creen, un disfraz. Cuando lo que hay que tapar es poco, pasa con una forma de vestir, con un porte, con esgrimir la posición que se ocupa, una forma de hablar particular, nada que llame excesivamente la atención. Una barba, unas gafas llamativas, un collar de fantasía.

Suele pasar, sin embargo, que la vida se  nos complica, y el pudor interior va añadiendo a ese kit básico una americana floreada, un bolso XXL, una camisa estrafularia, un coche enorme, colorete,  pendientes de diva. O todo lo contrario, se aferran a la dejadez, y convierten la mugre en su careta. Estoy exagerando, en realidad, es todo mucho más sutil. Sólo que a mí me parece igual de estridente. Lo que para ellos es una posición cómoda, segura, dentro del escondite de su alma, a mí me hace desconfiar tanto, como cuando me hablan con las gafas de sol puestas, y no puedo leer en el interior de las pupilas de mi interlocutor, haciéndome sentir desvalida. Con los de las gafas, sé como actuar: me pongo yo las mías y me hago igual de hermética, para dialogar con igualdad de condiciones.

Pero a mí no me gustan los disfraces, huyo del Carnaval como de la peste. Y en tiempos de crisis (no, no estoy hablando de la económica, sino de la moral), es la fiesta de moda. Se quedan felices ellos, exibiendo su disfraz, y yo no hago más que buscar a la persona que hay dentro. 


martes, 7 de enero de 2014

Experiencias compartidas

Hoy el post del blog de ABC, Madre no hay más que una, de Gema Lendoiro, menciona la entrada anterior de este castillo, Corrala 2.0.

Ella, como yo, está cansada de que en todos los temas relacionados con la maternidad se abra una suma de monólogos, que no debate,  entre dos partes dispuestas a imponer su criterio a toda costa y a criticar, hasta el abandono por hartazgo de la otra parte.

Por esta razón me alegra estar representada en ese post, porque no estoy sola en el intento de abogar por el sentido común y por aprender, en lugar de imponer.

Y desde aquí felicito a mi amiga Gema, porque su blog es uno de los seis más leídos de ABC.es.

A todos los que lleguen a este blog desde allí, bienvenidos al castillo. Pediré que les acomoden en sus aposentos. Sean felices.

domingo, 5 de enero de 2014

Corrala 2.0.

Parece ser que en esta, nuestra España profunda, el papel que los balcones de las corralas tradicionales tenían en el entretenimiento de la gente, lo ha asumido internet. 

¿No os habéis enterado? Una conocidísima periodista emparejada con un todavía más conocido futbolista ha dado a luz en un portal de internet en una archiconocida clínica del Madriz de las corralas.

Por esa razón, los mentideros virtuales se han creído con derecho a valorar la oportunidad del método por el que esa afortunada criatura (¡mi reino entero por esos genes!) ha llegado a este mundo, a saber, una cesárea. 

Dada la profesión del padre, y sus oportunas fechas de vacaciones, se ha dado por supuesto, por supuestísimo, que el nasciturus fue arrancado antes de tiempo, de forma programada, de las entrañas de su madre, por un equipo médico que, de forma totalmente inconsciente y por cochino dinero (no lo digo yo, conste, sino los expertos en el tema que han salido como setas estos días en la red) y con el método cafre de abrir el vientre con un cuchillo cebollero.

Exagero, sí, pero os prometo que he leído barbaridades de semejante tamaño desde que nació el niño Martín, nombre que, desde ya, va a ser el más puesto para varoncitos nacidos en la España cañí.

Si se abre en este blog el debate de si cesáreas excesivas, o convenientes, o la necesidad de que se respeten los partos o de las bañeras para dar a luz, borraré automáticamente los comentarios. Por favor, os lo suplico, necesito una terapia de choque desde que lo leí. 

¿Que por qué escribo este post entonces? Porque si algo me llama la curiosidad es la forma en que nos relacionamos en todos los ámbitos de la vida, tanto real como virtual. Uno se pone a hablar, pongamos de que ha pasado una noche de perros porque el niño tiene tos. Al minuto, se abre un debate con la interlocutora, en la que durante un tiempo comprendido entre diez minutos (si cambias de tema) o cinco horas (si tienes ganas de discutir), cada una de las dos partes defenderá su postura sin escuchar a la otra.  Una postulará en pro del colecho y la otra del método Estevill (HE NOMBRADO A HERODES, ya veréis como tengo que borrar comentarios, apuesto medio Roscón). Ninguna de las dos cambiará su método y ninguna de las dos entenderá cómo la otra madre puede estar tan desquiciada como para aplicar su sistema. Y continuará con una infinitud de terapias para paliar la tos, que pasará desde el jarabe, al supositorio Pilka, a la cebolla en la mesilla y al Vicksvaporup en la planta de los pies (sí, funcionan, todas ellas, a alguien, en algún momento. Me imagino cuan desesperada estaba la madre que le puso el vicks a su hijo en el pie, y su cara de pasmo cuando vio que le funcionó)

Así sucede en Internet, hasta el infinito y más allá, con TODOS los temas que tengan que ver con la crianza, el colecho, la alimentación, el porteo/cochecito,  el aborto, los sistemas educativos, y podría seguir un buen rato nombrándolos.

En este blog nunca he defendido otra postura que no sea la que sea válida para cada cual. Nadie debería de dar explicaciones de por qué toma sus decisiones con sus hijos. Señoras (sí, esto sólo pasa con mujeres), son ustedes aquellas suegras de antes, que no se callaban ni debajo del agua, todo el día metiendo la nariz en el puchero de sus nueras… Se debería tratar de compartir experiencias, y no de juzgarlas, cuestionarlas, criticarlas y mucho menos, de crucificar y tratar con desprecio a los que, valoradas todas las opciones, decidimos la que vamos a elegir. Y si nos equivocamos, lo hacemos nosotros con NUESTROS hijos, así que bastante tendremos con cargar con ello como para ver sus miradas despectivas. 

Qué a gustico me he quedado.

miércoles, 1 de enero de 2014

Madrugando

Ayer fui a una mercería y le hablé de ti a una desconocida. Le expliqué cuánto te gustaba coser. Tú, que te tenías por poca cosa, después de todo el día trabajando fuera de casa, te sentabas frente a la máquina de coser y te hacías una falda, o punto, o ganchillo, o petit point. Lo que fuera. Junto a tu sillón de orejas de piel marrón, siempre un cenicerito con hilos y algún botón, las tijeras. La bolsita de alfileres prendida en la pechera de la bata. 
Eso es todo lo que me queda de ti: algunos metros de algodón para sábanas, algunas puntillas viejas a las que ya no se me ocurre cómo devolverles la vida, alguna joya de escaso valor, excepto el que yo quiera darle para sentirme confortada, y la bolsita gastada de tela de felpa en la que tú guardabas los alfileres.
Nada de lo que poseo me recuerda más a ti que mi propia manera de ser, mi afición por la costura, mi forma de tragar con lo que me disgusta por no molestar, el cinismo fino y la capacidad de reírme de lo más trágico para no morir de pena, la sensación de que que nos han robado el tiempo ante nuestras narices. Me hubiera gustado que en el reparto de las cosas que tú atesorabas con ilusión me hubiera sido concedido algo de auténtico valor, pero tú no lo hiciste en su momento, y aunque en tu último año pedías con insistencia que arregláramos las cosas, tendré que consolarme con la imagen que me devuelva el espejo, en ver que mis manos trabajan como las tuyas.
Si me vieras a estas horas, _las ocho de la "madrugada" del primer día del año_ sentada escribiendo, te echarías las manos a la cabeza, ¡con lo que te gustaba a ti dormir! En eso no nos parecemos. Me tomabas de las manos, cuando te explicaba la hora habitual de levantarme, y me mirabas con compasión, como si fuera la peor de las maldiciones. Pero ya no estás. Hoy habrías cumplido años. No te preocupes, no voy a decir cuántos. No puedo explicar cuánto te echo de menos. 

martes, 31 de diciembre de 2013

Puente de plata

Ando pensando en una forma de celebrar el fin de año como a mí me guste, que sea algo bonito e inolvidable para mis hijos, crear una tradición familiar. No han leído mal, he dicho celebrar el fin de año, porque al Año Nuevo no lo conocemos aún y necesito que el que ha pasado se vaya de una vez. 
Ha hecho honor a su fama de gafe el 13, y se ha llevado por delante a muchas personas cercanas a mí,  tantas como seis, convirtiendo las visitas al tanatorio de turno en una triste costumbre. 
Ya, ya, toca hacer balance. En el haber de lo positivo, principalmente, el nacimiento del último sobrinito. Eso sí es motivo de alegría. 
De momento no me tiren más de la lengua, que soy optimista de nacimiento y me chafarán el post. 
Hablaba al principio de la tradición: la costumbre en España consiste en gastarse un dineral cenando en un lugar atestado de gente vestida de lentejuelas y, luego, baile, bebiendo como si no hubiera mañana (que lo hay, son memorables las resacas del día 1 de enero viendo el salto de esquí recién levantado a mediodía). El año que me quedé embarazada, con el cuento de que había nevado mucho, había hielo por todas partes y yo tenía miedo de resbalar y romperme la crisma y perder el bebé, dejamos de salir fuera para celebrar el Año Nuevo. Era mucho más soso, pero como en la fecha de hoy celebramos también el principio de nuestro noviazgo (felicidades, cariño), pues nada, la celebración era más íntima. El primer fin de año de mi bebé estaba con lactancia materna, así que no bebí nada. El segundo año tampoco. Bueno, casi. Diré que se me complicó, que yo no quería beber tanto, pero a Marido no le gusta el champagne, y estaba tan fresquito. No me extenderé, pero esa fue la causa de mi primera  y única rescaca con niños, y la última vez que bebí de más. 
Luego está lo de las uvas de la suerte. Para empezar, no es verdad que traiga mala suerte no comer uvas en Nochevieja. En serio. Se habría extinguido la vida más allá de los Pirineos. Es una costumbre que nació a partir de un sobrante de cosecha de uvas. Punto.

¿Y si fuera verdad? Pues nada, toda mi vida poniéndo platitos para las uvas, contando doce y luego dejando una masa informe de uva sin piel  ni pepitas porque a todos nos molestan. Peor aún, mi marido detesta las uvas, se las come con cara de asco y empieza el año con cara de asco.

Pues se acabó.

De todas las costumbres me voy a quedar con una: esperar a las 12 para asegurarme de que se marcha, ya saben, a enemigo que huye, puente de plata. Leí en algún lugar una idea que voy a adoptar para mi familia: escribir en un papel un deseo para el 2014, y colgarlo en el árbol. La Nochevieja siguiente se abre el sobre y se descubre ante los demás ese deseo. Otra costumbre que voy a  instaurar, más que otra cosa, para hacer tiempo para no quedarnos dormidos a las 10, es ir al cine con los niños por la tarde. Sigo pensando en un menú apañao pero ligerito. Las lentejas que se comen en Italia me parecen demasiado, la verdad. 

Mi deseo para este Año va a ser difícil de sintetizar, hay muchas cosas que me gustaría que pasaran, algunas de ellas, bien complicadas de explicar. 

Y a ustedes, les deseo felicidad. Así. Desde ahora hasta el infinito. Hagan lo que hagan, que sepan darle la vuelta y ver la cara amable de la vida. No se hagan daño a sí mismos y no lastimen a los demás. Dejen los juegos psicológicos y las adivinanzas: si necesitan un abrazo, abracen ustedes primero. Cómprense algo que les dé alegría si pueden permitírselo y, si pueden, compártanlo, les va a saber mucho mejor. Y aprendan a quererse y a repetarse, es el primer paso para conseguir el respeto y el amor de los demás. 

  














miércoles, 25 de diciembre de 2013

No creo que sea una coincidencia

He tenido la suerte de compartir la mesa de Navidad con un bebé, mi sobrinito de 5 meses. Ha cambiado de brazos veinte veces, ha tenido el mundo a sus pies todo el tiempo. Le ha bastado con amagar un balbuceo y ha sido atendido en sus necesidades de afecto, alimento, sueño. Nos ha hecho felices a todos con su mera presencia. Allí donde hay un bebé las tensiones bajan, sus ruiditos, su aroma, su piel suave, su forma indefinida de mover las manos se convierten en el centro de atención. 

No me extraña, pues, que la forma de hacerse Hombre elegida por Dios fuera la de un bebé. El Niño Dios removió con la fuerza de su ternura, a todo su entorno. Temido y respetado, venerado y adorado.   Más de 2000  años después de su llegada, cientos de millones de personas paran su mundo para sentarse alrededor de una mesa a celebrar su estancia entre nosotros. No era más que un bebé, y en su pequeño ser se albergaba toda la Esperanza en el Mesías. No creo que fuera una coincidencia que Él quisiera ser Niño.

Feliz Navidad


jueves, 19 de diciembre de 2013

No le veo la gracia.

Acabo de recibir un chistecillo de esos que corren por Whatsapp



Vaya por delante que admiro profundamente la Profesión de Maestro. Valoro muchísimo el trabajo de quienes enseñan a mis hijos y su dedicación a sus necesidades especiales y a sus personas en general. Y ya sabéis que pertenezco a una familia en la que esta profesión es mayoritaria. 

Sin embargo, los firmantes, Los Maestros, que se encargan de hacer circular sin pudor esta notificación, no creo que merezcan el título que ostentan. Para empezar, está claro que ellos mismos desprecian su trabajo si consideran que sus alumnos hacen lo mismo en su casa que en la escuela. Los niños para ellos, son mercancía de la que "hacerse cargo". Punto. Mireusted, ni hablar. Ya me gustaría a mí disponer de sus diecinueve días seguidos de vacaciones de Navidad para hacerme cargo, con todas las consecuencias, de mis hijos e intentar que no pierdan el ritmo de trabajo y estudio que tantísimo nos ha costado adquirir desde el último puente hasta ahora. Perdón, no, hasta ahora, no, que ya llevamos varios días preparando la víspera de las vacaciones que en nuestro caso es mañana, y no ha habido clases normales desde ni me acuerdo.  No podré hacerlo, mi colectivo, a diferencia del suyo, no dispone de sus jornadas laborales ni de sus períodos de merecidísimas vacaciones.

Por ello, en lugar de "hacerme cargo" "sin contar con el apoyo docente", tendré que hacer que Benditos Abuelos se "hagan cargo", porque soy afortunada y los tengo. Porque gran parte de mis conocidos tienen que hacer encaje de bolillos con sus horarios y sus sueldos para buscar alternativas. Ya, ya, haberme hecho maestra, y haberme sacado una oposición. Me sé de memoria todas las coletillas con las que adornan sus exabruptos.

No nos hacen ustedes ningún favor por tener en la escuela a nuestros hijos, porque su función es tratar que ellos desarrollen al máximo sus capacidades, darles los conocimientos que ellos van a necesitar para ser personas adultas aptas para desempeñar un puesto de trabajo de calidad. Créame, las cinco horas al día, 175 días al año, que tienen mis hijos colegio no alcanzan mi jornada laboral, así que "colocar" a los niños en la escuela no tiene esa finalidad, al contrario de lo que a usted pueda parecerle. 

Mi necesidad de dejarles en la escuela no es porque yo tenga el vicio de trabajar once meses al año cuarenta horas semanales, sino porque creo que ese es el lugar donde mis hijos tienen que ir para aprender. 

Es más, si tuviera la desgracia de estar en el paro, o la suerte de no necesitar trabajar para ganarme el pan que me como, también pensaría que el lugar más adecuado para mis hijos es la escuela para aprender. Bien, si usted, el Maestro firmante está en ella, mejor no, mejor que se queden en casa dando mal, que es lo mejor de la infancia.

Me avergüenza que su colectivo sea tan indigno y que a su vez tenga el poder porque tiene de rehenes a nuestros hijos. Y los gobiernos, a quienes conviene una generación de ignorantes que no sepan pensar para poder pensar por ellos, se ponen de perfil y menean la cabeza cuando todos los informes revelan la realidad de que las criaturas españolas son las que están peor preparadas.


miércoles, 18 de diciembre de 2013

Te pedí perdón

Tengo por costumbre presumir de vosotros. De lo buenos que sois, aunque peleáis como todos los cachorros del mundo. De vuestro esfuerzo en el cole, que os da un fruto en forma de buenas notas. De cómo habéis aprendido a comer como personas mayores y que vuestros modales en la mesa dan ejemplo a otros niños. De lo guapos que me habéis salido (y lo digo desde la objetividad absoluta que me da ser vuestra madre jaja). Me da lo mismo que me digan que soy una presuntuosa, me siento orgullosa de vosotros por quiénes sois y por cómo os desenvolveis en este mundo. 

Así que, cuando comenté con tu abuela uno de tus defectos, ¡que gracias a Dios los tienes!, y vi cómo en tu miraba se fraguaba una pequeña sensación de fracaso irreversible, comprendí que me estaba equivocando. Al llegar a casa te pedí perdón y te prometí que me esforzaría en no volver a humillarte ante nadie, porque no tengo razones para hacerlo y porque yo sé que lo que se siente cuando quien más te quiere habla mal de ti. Me dijiste que no te habías dado cuenta, y que no pasaba nada, así que supongo que sí que te dolió y que agradeciste que te pidiera perdón, porque te hizo recuperar el respeto que te arrebaté. 

No dejéis que nadie os lastime, ni siquiera vuestra madre. Mucho menos vuestra madre. Estoy aprendiendo.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Sin conexión

Un cambio de compañía telefónica me ha dejado prácticamente desconectada por unos días. Vuelvo con las manos llenas de palabras que parecen no atreverse a asomar después de tantos días de silencio. Tantos, como la niebla que ha envuelto en humedad y frío el lugar en que vivo y que nos ha dado apenas un respiro hoy, no me he podido resistir a tomar una foto del cielo.



Es antipático nuestro clima. Eso hablaba con una señora hace algunos días. La niebla nos vuelve huraños, nos recluye en nuestros hogares y enmudece las risas de los niños. La semana pasada el suelo llegó a estar completamente mojado, como si hubiera llovido, tanto, que las maestras de mis hijos optaron por no dejarles salir al patio dos días.
La buena mujer, algo mayor, me comentaba que ella tenía que huir todos los inviernos a su hogar en la montaña, en busca de un frío más seco que el de aquí.  Y sonrió cuando le dije que el clima del "Pla de Lleida" era tan inhóspito como sus habitantes. No, no se puede generalizar, pero es cierto que en esta lugar cuesta mucho traspasar el umbral de un hogar ajeno y sentirse como uno más. Las gentes de aquí hemos aprendido a aprovechar las oportunidades, como los escasos rayos de sol que nos corresponden en invierno y que únicamente se van del todo azuzadas por el cierzo que llega malhumorándonos a todos en febrero. Un horror, vamos. De hecho, a los dirigentes romanos a quienes se quería castigar lo destinaban aquí, y no me extraña nada. 

En fin, vuelvo. No creo que pueda comentar en vuestros blogs, aunque procuraré leeros. Dicen que volverá a estar cubierto de niebla mañana. No hay mal que cien años dure, pero algunos males se hacen bien pesados 

sábado, 7 de diciembre de 2013

Lugares en común

Y sucedió lo que debía
Huimos de la niebla helada en dirección a una jornada de sol espléndido. La excusa, visitar la Aljafería.



Su manitas cuadradas sujetas a la espalda, en posición de escucha, abuelo y nieto en idéntica postura, de forma inconsciente. Recorrimos los pasos del rey Tanto Monta, aprendimos de historia medieval y de bocadillos de jamón, de cojines de loneta y de muebles de cocina. Chocolate de cuchara para merendar y ganas de repetir.
Suelen sorprenderme los juegos de la genética, cómo deja parecidos en las formas de reaccionar, de mirar con la cabeza ladeada, de ser culoinquietos, de resolver problemas o de huir de discusiones, incluso cuando todas esas cosas no han podido ser aprendidas, son innatas. De repente les ves a ambos juntos, los cabos de tu vida, y todo encaja. Se cierra el círculo entre ellos dos y tu quedas atrapada en medio, agradecida por haber podido disfrutar de ese día fantástico, y por haber podido sido un instrumento de la Vida en la alquimia de sus parecidos.

martes, 26 de noviembre de 2013

El último mordisco

Te observo jugando de rodillas, corriendo coches, soñando que eres piloto de Fórmula 1, que el Lamborghini que rueda por tu habitación termina cruzando la línea de meta dejando goma en un asfalto de verdad.



Mientras, los de tu clase _los mayores de todo el colegio_ juegan a ser adultos, a poner morritos en el Facebook, a mandarse whatssaps, a salir, supongo, a probar el sabor de la recién inaugurada juventud,  y los primeros besos.

Te he mirado a los ojos medio dormidos y te he pedido que no me hagas caso si te pido que dejes de jugar para ordenar tu cuarto. Te he pedido que juegues, que apures hasta el límite esa infancia que dentro de nada te avergonzará y que disfrutes de ella, porque nunca volverás a jugar como ahora. NUNCA volverás a ser lo que eres ahora. No, no te digo que este sea el mejor momento de tu vida. Pero cuando tengas catorce años no podrás jugar. No así. Detén el tiempo por siempre en este instante dentro de tu mente. Vive aquí y ahora, no tengas prisa, saborea el último mordisco de tu infancia finita. 

sábado, 23 de noviembre de 2013

Delicadeza


Descansa dormida su camisa sobre la silla, con la misma elegancia serena de sus palabras dulces y suaves. 
Ahora la tendremos que buscar en otros lugares, en el gesto heredado, en los pinceles mudos, en los silencios de luz tamizada en la vieja casa del pueblo.

Siento tu tristeza hecha nudo en mi garganta, apenas un temblor, porque te intuyo valiente, tras la delicadeza de esa forma de encontrar belleza vuestra. 

Cómo se parecían nuestras reinas madres, y se han ido casi al mismo tiempo, ¿cuánto tendremos de lo que fueron ellas? 

Te acompaño, ya lo sabes. Te quiero, guapa


lunes, 18 de noviembre de 2013

Desandando nuestro camino

Sé que me leen muchas madres. Apuesto que un buen número de nosotras echamos de menos nuestras figuras preembarazos. Muchas de nosotras engordamos un número considerable de kilos que, en el mejor de los casos se esfumaron después de la lactancia y de las noches sin dormir y que en el peor, se nos quedaron enroscados en la barriga acompañándonos en forma de alegres buñuelos.

También sé con certeza que ni una sola de nosotras renunciaría a la maternidad por volver a tener el cuerpo de antes. Es más, muchas de las madres tienen cuerpos esculturales. Siguen siendo mujeres bellas, que saben vestir bien, profesionales que compaginan los viajes hacia las extraescolares de sus hijos con la compra y hacen hueco entre dos reuniones para llevarles al dentista y renuncian a ir al gimnasio para poder pagarles mejores clases de inglés. Bueno, hablo en tercera persona, pero yo soy una de ellas, no tan bella y escultural, pero mi marido sigue mirándome con lujuria de vez en cuando. 

Una de las cosas que te enseña la maternidad, como el viento que doblega con firmeza pero suave a las cañas de bambú, es a ser respetuosa. Cuando habías juzgado con severidad a aquellos padres que no sabían controlar a su prole maleducada, te encuentras con la cara colorada en la cola de un supermercado porque tu hijo quiere un chupachup, y vive Dios que no se lo piensas comprar. Respetas a aquellos que prefieren el colecho, aunque tú pienses que es peligroso para el niño, y jamás lo hayas practicado. Porque cuando tú recorriste los diezmil metros pasillo tres noches seguidas le habrías vendido tu hijo a un mercader turco. Respetas, incluso a aquellos que deciden no tener hijos porque se les estropea la figura y la libertad. 

En cambio, es una práctica que ya he visto algunas veces por parte de los ahora llamados Sinhijos, la de insultar, tratar de ofender y despreciar a aquellos que apostamos por seguir el mandado más noble de la naturaleza, que es el de continuar la especie. De hecho, es el segundo nivel, el primero, preservar la propia vida. 

Dejo aquí el enlace de alguien a quien no puedo desear más que tener que tragarse sus palabras cuando tenga sus propios hijos, si es que algún día decide reproducirse. 

Miren, no sólo es algo natural, intrínseco en la esencia de cualquier ser vivo, animal o vegetal, incluso los protozoos y las amebas existen sólo para multiplicarse. Además es el acto más noble que cualquier mujer puede realizar en toda su puñetera existencia. El colmo de la generosidad, dar su cuerpo, ceder su belleza al ser que lleva dentro. Dejar de dormir, alimentarse para que él reciba los mejores nutrientes, cambiar de talla, padecer achaques nada agradables, como hemorroides, mareos, ciática, contracciones. En el momento del parto se produce un nivel de dolor intolerable en cualquier otra situación. Y todo eso no es más que ser un animal que se reproduce. Claro, que qué vais a saber tú y tu envidia cochina, de lo que supone el amor de una madre hacia esa criatura. 

Si algo lamento especialmente de tener hijos varones es que ellos estarán privados de esa maravilla tan grande que nunca seré capaz de explicar, aunque aquí lo intenté

La herida

Y entre el mar de besos supe que quería ser nosotros, y te lo dije, y tú también querías.
Y aquel deseo se nos resistió, con la tozudez de la mano que te corrige una y otra vez la caligrafía. Y ya estaba herida.
Y cuando se hizo burbuja, hubo más besos, y luz de luna redondeando mis curvas bajo tus caricias.
Y una tímida ala de golondrina tocó por primera vez mi vientre y quedé herida por siempre. Aquella herida del alma, herida de amor, herida de madre, herida de vida.
Y el día que mi cuerpo se rompió por él, y olí por primera vez a mar y a sangre, el día que conté por primera vez sus dedos perfectos y temí por su fragilidad, sentí palpitar el dolor, el dolor de la herida.
Mis senos alimentaron sus sonrisas y mis manos acariciaban sus minutos, y entendí que ya nunca cicatrizaría, que llegarían las noches de desvelo, los dientes, el olor a galleta, los virus malditos, las zapatillas diminutas, los niños que pegan, la lluvia y la niebla.
Y mientras, volví a empezar a sentir una nueva ala de mariposa, y llegó una herida nueva, y seguía con la antigua, y las fotos, los abuelos que besan, los celos, el amor por dos, amor al cuadrado hasta el infinito y más allá, la herida sobre la herida. Y más desvelos.
Y sin cerrar del todo, llega la primera excursión con el colegio, los compañeros que les dan la espalda, la primera vez que se quedan en casa solos, se ha roto su mochila, se han quedado cortos los pantalones casi nuevos. Y sentirían la ilusión inmensa de ver nacer gatitos, y el primer rosal pinchará su dedos por querer hacerme otro regalo y, a cada paso, un escozor en la herida.
Y lloraré con su dolor cuando les llegue el mal de amor y una  puñetera les rompa el corazón, y moriré de orgullo cuando les gradúe la vida para ser importantes para alguien, y sufriré cuando el trabajo les preocupe, cuando les acompañe en su dolor de barriga junto a un altar.
Y mi herida se hará infinita cuando ellos sean padres y les haga la primera fotografía con un retoño que ya no se parecerá tanto a nosotros, y besaré a la madre de esa criatura y le contaré que estará herida para siempre, y sabré que no podrá volver a dormir tranquila. Y me veré en la vejez de mi abuela, que siendo anciana, sigue herida por la herida de mi madre y ella, por mi vida.




miércoles, 13 de noviembre de 2013

Antropometría

Una parte importante de mi actividad laboral consiste en realizar reconocimientos médicos. Es un trabajo que no me gusta. Nada. Lo realizo de forma muy profesional, con la mejor atención hacia la persona que tengo delante, porque entiendo que, para ella, ese es un día importante. Pero cuando has tomado doce tensiones y has medido todo lo medible, y escuchado doscientas veces en un mes la misma línea del optotipo C N F M O H Z T R, terminas por detestar tu trabajo.


(He tenido que eliminar la imagen porque me llegaban comentarios spam sobre productos para perder peso!)

Dentro de esa rutina tan organizada (analítica, tensión, peso y talla, espirometría, audiometría, control visión y electrocardiograma si procede) suelo practicar un juego que consiste en calcular la edad de la persona que tengo delante de mis ojos. Me equivoco mucho. En lo que no fallo demasiado es en el cálculo del peso. Antes de que suban a la báscula pongo la pesa en el valor que creo que les corresponde, y suelo tener buen tino. Lo sé es un juego absurdo, pero me ayuda a mantener mi cabeza entretenida. Esto no se parece a la enfermería que a mí me gustaría practicar. 

Sé que en éstos tiempos es una temeridad querer introducir cambios en ejercicios tan rutinarios como la antropometría a la que me estoy refiriendo. Pero si me dejaran decidir a mí, valoraría el estado físico de los trabajadores desde otros criterios menos objetivables, por ejemplo, un cuestionario emocional.

Me explico. A menudo, al terminar de tomarle la tensión a alguien e infomarle de que se encuentra dentro de los límites normales, me pregunta "¿Pero está descompensada, no?". Otros, en cambio, tratan de quitarle importancia a algún problema real de salud porque no pueden permitirse el lujo de estar enfermos y no trabajar. Siempre son los mismos los que llegan tarde a la cita, te cambian cincuenta veces la hora o, simplemente no acuden. Los mismos, siempre, los que se disculpan por no haber podido venir recién duchados, y siempre, los mismos, los que llevan la camisa sucia desde hace, al menos tres días. 

Sólo si pudiésemos escuchar cinco o diez minutos lo que nos dicen sus palabras, el lenguaje no verbal, nos daríamos cuenta de cómo se encuentra en realidad la persona que tenemos delante y cual es su verdadero estado de salud. Claro, que eso no cambiaría la realidad de su cuerpo.

O sí.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Aquello que no queremos ni imaginar

Descubro Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett (Alfaguara, 2013) a través de en un blog.


Dicen que si uno habla de un sueño es difícil que éste pueda realizarse. Pues de esa forma infantil quise conjurar a la suerte: leí ese libro como si el mero hecho de haberme puesto en la piel de una madre que narra la muerte de un hijo pudiera crearme un escudo que me protegiera de semejante atrocidad.

De eso trata, de lo que no podemos siquiera nombrar: la enfermedad mental de un hijo que le conduce al suicidio. Yo, que me siento incapaz siquiera de imaginar a un conocido en una situación parecida, admiro la forma serena en que ésta madre es capaz de analizar, de tratar de comprender la piel de ese hijo que se le escabulle de entre los dedos, de resignarse ante lo inevitable. Sólo alguien que ha vivido una experiencia así puede explicarla. Sólo los padres sabemos el dolor que produce el dolor vivido por nuestros hijos, así que podríamos pensar en Lo que no tiene nombre como en un libro dramático y terrible. Lejos de eso, es un libro que debería ser de cabecera para darnos un baño de humanidad.

Por último, añadir que a la grandeza del sentido de sus palabras se añade la belleza y la sencillez con que las dice.


No voy a pronunciar ese nombre, dice el enfermo, porque van a huir de mí, porque me abandonarán, porque me recluirán, porque no me amarán ni se casarán conmigo. Porque me mirarán con miedo.
No voy a pronunciar ese nombre, dice el padre, dice la madre, porque no puede ser, no puede ser, no puede ser.

Me llama también la atención cómo se vive la muerte desde la ausencia de una dimensión religiosa. De cómo se renuncia a saber el paradero de los restos mortales del hijo. Cómo contrasta nuestro ritual funerario con el americano. 

Siguiendo una vieja costumbre norteamericana, los amigos de Renata han traído comida hecha por ellos en sus casas. Llegan hasta la puerta, discretamente, y se retiran de inmediato, para no perturbar la intimidad familiar. La nevera se va llenando de platos: hay tacos, comida hindú, pasta. Velan con esta ofrenda por nuestra supervivencia, para que las tareas domésticas no agobien más nuestros cuerpos, apaleados ya por la tristeza. Y de pronto nos vemos paladeando un helado de chocolate, elogiando una salsa, un pan tierno, un pescado. Estamos vivos. 

Muchas son las razones por la que creo que puedo recomendaros este libro, pero mis palabras aquí quedan pequeñas. 

domingo, 3 de noviembre de 2013

Retratos de noviembre

Estos días leía que, hasta hace no tanto tiempo, era bastante habitual hacer fotos a los difuntos. Para algunos de ellos, tal vez, el único testimonio gráfico de su agotada existencia. Bien, tentada he estado de colgar en este blog la foto de mi fallecido bisabuelo en el ataúd, junto a su mujer, con su luto envolviendo su cabello de plata en un pañuelo negro. 

Se acabó de nuevo el tiempo de los muertos. Regresan los cementerios a la tranquilidad que les es característica, sólo rota por los nuevos llegados a ese lugar, que se irán presentando con la realidad de la finitud humana bajo el brazo. Andan a todo gas recogiendo las últimas calabazas para enchufarnos a Santa Claus a tutiplén. En las lápidas permanecerán las flores marchitándose hasta la próxima visita al camposanto, y los retratos detenidos para siempre de aquellos que se fueron. Las fotografías no son más que los fotogramas de la película de nuestras vidas, así que, cuando veo las fotos de los que murieron demasiado jóvenes les imagino cambiando esa imagen detenida por una película, siendo adolescentes, y maridos y madres. 


Vuelvo a casa a abrazarme a la cotidianidad del día a día y sigo agradeciendo que el calendario nos obligue a fijarnos, al menos una vez al año, en que somos efímeros. 


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Por favor,

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