Una se da cuenta a veces que la sabiduría popular es, precisamente eso, sabiduría.
¿No estáis de acuerdo?
Pues yo sí, ¿cómo, si no, dos refranes fueron creados hace un montón de tiempo, específicamente para mis hijos que ni siquiera habían sido un deseo en la pupila de la pupila de su tatarabuela?
A mi pequeño Pez payaso le escribieron aquel de
"No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy".
Sí, lo hicieron para él. Se lo tiene que empapar, memorizar, aprender y aprehender. Todo ello, y tiene que hacerlo hoy, no dentro de un rato, ni el domingo por la tarde, ni al salir de clase, después de comer. Ahora. El momento, querido hijo primogénito, es AHORA.Ya.
A su hermano menor, que, como el sol reside en las antípodas de la luna de su predecesor, le hicieron otro refrán a medida, sin siquiera haber sido un proyecto de ser humano...
"No por mucho madrugar, amanece más temprano".
Lo sé, no sabías leer en mi seno, antes de nacer, así que no es culpa tuya que, por tener prisa, fueras prematuro, de casi un mes. Cagaprisas, hijo, lo que eres tú eres un cagaprisas. Y te lo digo muy en serio: la vida tiene una forma un poco brusca de frenarte, así que te lo voy diciendo desde ya, ten más PACIENCIA. Lo sé, es un tostón, pero tienes que aprender a esperar, porque lo suyo es amanecer a la hora de amanecer, no a las tres de la mañana. No, ni en junio, que las noches son tan cortitas (aunque, conociéndote, serías capaz de levantarte un día antes para que amaneciera antes).
En fin, dándole aquel puntito que nuestros mayores supieron darle al refranero, no olvidéis,
"Quien a buen árbol se arrima...
... va un perro y se le orina".
Feliz lunes.
Y Marlin, insisto, ahora, es ahora. Venga, que hoy son veinte verbos irregulares en inglés, que se suman a los veinte que te tocaban el lunes anterior, y a los otros veinte del otro lunes...( ¡¡¡nopuedomás!!!)
Las mujeres sabemos qué quiero decir. No, no tengo la regla, que ellos lo resumen todo en eso. Ha sido un día de los que se espesan solos, como la bechamel cuando se enfría.
Ha empezado como algo amable, hasta que he salido de la oficina. He pasado por la frutería antes de comer, así que he llegado a casa un poco más tarde, y he comido. Antes de ir a recoger a los niños, he puesto una lavadora y he fregado la terraza, que los gatos han dejado asquerosa. Luego, corre que te corre, sin poder aclarar la terraza como Dios manda, he recogido a los niños al cole, y les he hecho la merienda. Mientras ellos comían, he hecho la comida de mañana, he tendido la ropa, he comprobado que la terraza seguía hecha una porquería.
Nada, así, con este baile un pasito p'alante, un pasito p'atrás, tres lavadoras después, supervisión de deberes, recogida de niños, bañeras, preparar cenas, recoger cocina, planchar lo de ayer, ya sabéis.
Ha habido muchas cosas buenas, también. Os regalo una de ella, otoño en su máxima expresión. No me he podido resistir a sus rojos y amarillos colgados de los árboles.
Dedicado al gilipollas de turno que sacó la bengala.
Voy a relatarte alguna de las cosas que pasaron la noche de Halloween, aunque sé que tú no eres de los que leen blogs de marujas como yo, y mucho menos periódicos. Y si los lees, a tí que te importa, prototipo de necio de la generación nini.
La noche de Halloween los padres de muchos chicos jóvenes se quedaron viendo la tele hasta las tantas, esperando que el niño o la niña volviera a casa. Algunos de ellos no les volverán a esperar jamás. Porque un capullo como tú sacó una bengala que provocó una estampida.
La víspera de Todos los Santos, tres padres no sabían que pronto irían al cementerio a enterrar a sus hijas porque un capullo sacó una bengala.
El día 1 de noviembre, los periódicos de todos tipos y colores, la televisión, la radio, y todo aquello que da noticias explicaban que un capullo sacó una bengala.
Así, con el fuego fatuo de tu bengala, la que indirectamente segó la vida de tres niñas, como habrían podido ser treinta, en lugar de hablar de lo de cada día, de la crisis, de lo malo que es el gobierno, de lo ladrones que son todos los que roban pero que no se les obliga a devolver el dinero, de independencias dependientes de la pasta, de todo aquello que vomitan a diario. Bueno, sí, volverán a hablar de política.
Porque ahora toca la carnaza:
-Que por qué siguió la fiesta (¿nadie se ha imaginado la escena? Un DJ de esos diciendo por el altavoz: "Amosaver, chicos y chicas alterados, no os vayáis a poner nerviosos, ni a salir gritando ni nada, pero es que voy a parar la fiesta porque, por lo visto, ha habido una estampida, y ha habido muertos. Poneos en fila, dadle la mano al compañero de al lado e id saliendo de forma ordenada"). Y el periódico pedirá la cabeza de un político.
-Que por qué se permitió la entrada sin revisar mochilas (cómo se le ocurre a un CAPULLO llevar una bengala en una sala repleta). Y el noticiero pedirá la cabeza de un político.
-El chico que fue a la fiesta, que entró y pagó, que vio que estaba "petado de gente" -literal- pero que se quedó. Y pedirá la cabeza de un político.
-Que las puertas de salida estaban cerradas. Y la radio dirá que a ver si dimite el político.
-Que por qué se permitió aumentar el aforo. Y la televisión del político dirá que había la mitad de gente de la que dice la televisión contraria al político.
Y mañana los políticos con cara compungida pedirán la cabeza de los que organizan la fiesta.
Y nadie, salvo yo, pedirá tu cabeza, capullo, hijodeputa de la bengala.
Escuchaba esta mañana la radio, hablaban de las canciones que nuestros padres llevaban en aquellos coches cargados de críos que se cruzaban las Españas en los tórridos veranos de la Piel de toro.
Como introducción, yo me mareaba mucho. Mucho quiere decir, que cerrando los ojos en un ascensor podía marearme un poco. Mi récord absoluto lo tengo por haber vomitado en un trayecto de... ¡¡un kilómetro!!
Para colmo de mis males, mi padre tenía un Citroën, no recuerdo bien si un GS o un CX como el de la foto,
Bueno, para los que saben más de coches, lo único que recuerdo con claridad es que al arrancar, el culo del coche subía un palmo y era lo más parecido a una barca sin agua que se puedan imaginar.
No me llevaban a muchos sitios, ciertamente era una tortura china para mí viajar. Pero ah, la playa, me encantaba, y la única forma de ir era en el cacharro ese del demonio, por la vieja N-240 que estaba aún peor que ahora. Mi padre se compadecía de mí e íbamos un trocito por autopista, pero el paso por Picamoixons no me lo quitaba nadie. Llegada a un punto concreto de esa carretera que sería capaz de señalar, no podía aguantar ni un segundo más, así que parada rigurosa a echar la papa y continuar. Después de correr y chapotear todo el día, cuando por fin se me había pasado un poquito el mareo, tocaba volver.
Nuestro compañero inevitable de viaje era Antonio Machín. Así que El manisero, Angelitos negros, Toda una vida, Ya doblan las campanas, eran las canciones que me acompañaban, de forma que, aunque no estuviera montada en un coche, escuchar el chaschás de las maracas y empezar a marearme era todo una.
Hasta que en segundo de carrera, me dio un ataque de Machín, que mi vecina Cristina aún recuerda, porque la despertaba muchos días con Dos gardenias... Ya me disculparán mis damnificados, pero hoy le he encontrado una lógica aplastante: con el dulce son de su voz encontraba la de mi padre cuando estaba lejos de casa.
¿Se puede heredar la afición por hacer crucigramas? ¿Y la preferencia por los alimentos crujientes? No me refiero a aprendizaje, sino a transmisión genética. Además de heredar el color de los ojos, la longitud de las piernas, los andares, la tendencia a la introversión, o a la alegría, ¿es posible heredar de una tatarabuela que no ha conocido ni tu madre la forma de sacudir las migas del mantel?
No deja de parecerme divertido buscar parecidos en todos esos rasgos aprehendidos y aprendidos que nos hacen pertenecer a los nuestros. Ya se sabe, quien a los suyos se parece, honra se merece. (Ha tocado repaso al refranero hoy también).
La vida pasa sin que nos demos cuenta. Sí, claro, está nuestra infancia, desde aquel primer recuerdo de las clases en el colegio, de la plastilina bajo las uñas. Luego los veranos inacabables, de esperar la digestión y correr por los caminos en bicicleta. Luego aquellos años espesos de nuestra adolescenca, en la que nuestro corazón se muere por el primer amor fracasado y de las reivindicaciones del yo. Y te enamoras de aquel chico, y esperas que llegue el día que cruces de blanco tu camino hacia él. Y paseáis vuestro amor por todas partes sabiendo que habéis construido un hogar. Y te llegan los niños, primero bebés, y empiezan sus propias infancias de plastidecor y fútbol en el patio. Maldita sea, si hace dos días acariciabas tu vientre lleno de ellos, ¿dónde está el tiempo?
La Octubrera de mi casa empezó, como si entendiera de calendarios, a primeros de este mes a mostrar sus pequeños botones, como hizo el año pasado cuando la compramos.
Y así, como si nada, pasa otro octubre, y otro año.
Cómo se parecen entre sí todos los hospitales: las dos camas gemelas articuladas, los soportes para los sueros, la barra para que el paciente se agarre. La mesilla de noche alta, con un cajón y una puertecita que hay que revisar al marcharse. La silla para la visita de día y el sillón para el paciente cuando está sentado y para que duerma el acompañante, o al menos, lo intente. Las mesas plegables que se ponen a la altura de la cama o de la butaca, según convenga. La cortina divisoria que nunca sirve para nada, el armario pequeño con la muda de calle, los zapatos en una bolsa de basura blanca, la manta que más bien da repelús. Las puertas anchas para que pase la cama, el baño con las palanganas y las cuñas.
Qué distintas son todas las personas que habitan esas habitaciones. Familias que se desviven, otras que no aparecen, conocidos que hacen visita de médico y familias gitanas que acuden en tropel a arropar y a agotar la paciencia de toda una planta, mujeres de miradas duras que te hacen el examen cuando entras, como tú le acabas de hacer. Pronósticos difíciles de resolver, alguna tontería, alguna que otra sentencia de muerte. Pacientes que son eso, precisamente, pacientes, y otros que exigen con vehemencia todos sus derechos como usuarios de "el Seguro", que para eso llevan pagando toda su vida (como todos los que están allí). Enfermos resignados, valientes, cerriles. Y esas miradas perdidas que piden volver a su casa y a su normalidad cuanto antes.
Casi tan distintas como las personas que acuden a resarcirse de su mal, las personas que atienden al otro lado. Cuánto que decir.
Hoy el castillo se llena de lazos rosa, una por cada flor de cristal, porque hoy es el día Internacional del Cáncer de Mama. Muy importante recordar que cualquiera de nosotras puede padecerlo, que es necesario hacerse autoexploración mamaria y las revisiones recomendadas por los ginecólogos, porque su esperanza es la DETECCIÓN PRECOZ.
Y os quiero hacer partícipes de la iniciativa que hoy Cadena Cien ha lanzado para echar una mano, con dinero, que es lo que cuentan. Una oyente con cáncer mandó un mensaje diciendo que escuchar el programa de Javi Nieves y Mar Amate era lo que le daba energía mientras recibía la quimio. Recibió un montón de mensajes de apoyo, que Robert Ramírez ha transformado en canción. Si la descargáis de iTunes, por menos de un euro, toda la recaudación se destinará a la Asociación española contra el Cáncer, asi que os dejo el enlace para que no os perdais por el camino.
No colecciono nada. No tengo constancia, ni gusto, ni dinero para hacerlo en condiciones. Ni creo que acumular docenas de dedales, como los de la foto, llaveros, sellos, gafas antiguas me sirviera para nada.
En cambio respeto mucho a aquellos que sí son amantes de coleccionar cosas.
Porque les comprendo. Comprendo su necesidad de rodearse de objetos por mero placer.
Y, sin embargo, envidio también a los que son capaces de mudarse de casa con una simple una bolsa de mano como toda posesión.
Yo no tengo la casa de mis padres. Ellos la vendieron hace ya muchos años, se mudaron a pequeños apartamentos que ya no son mi hogar, por mucho que me abran sus puertas. Mi hogar, mi casa, el lugar al que recurría cuando ya todo estaba cerrado era la casa de mis abuelos, de las que también tengo, más o menos, las puertas abiertas. Hace algunos meses os contaba algunos de los tesoros que me llevé de ella, porque pronto va a sufrir una reforma grande.
Por esa razón, yo sí he atesorado pequeños anclajes, no son porsiacasos, sino cosas absolútamente sustituíbles, como el cuchillo del pan de mángo de nácar que lleva en acto de servicio más de 40 años, como la medallita de la Virgen de Lourdes que me trajo mi abuelo y que llevo siempre en la cartera, junto con las monedas, el vestidito que le trajeron a mi hermana de Ibiza cuando era un bebé, y que conservo inútilmente porque ella no tiene intención de tener hijos.
En fin, no puedo evitar dar a las cosas un valor personal que para otro podría resultar absurdo, por lo que, hace algunos días, me compré la novela de Marta Rivera de la Cruz, llamada La importancia de las cosas, atraída por su título.
Debo confesar que las primeras páginas me dejaron tibia -los suicidas me ponen de mal humor-, pero en cuanto entré en la delicada descripción que Marta hace de la personalidad de sus protagonistas, me resultó imposible dejar de leer la historia, que, por cierto, es muy entretenida.
Y yo, que presumo, como el anodino protagonista, de no tener nunca ideas originales sobre las que escribir, me he sentido plenamente identificada con él. Así que, además de recomendaros la novela, del año 2009 y editada por Planeta, voy a agradecerle el buen rato que he pasado.
Os voy a presentar a Carmen la Giganta, que fue mi niñera.
Cuando yo era tan pequeña que no tengo recuerdos, ya estaba en casa, en casa de mis abuelos, que es donde vivían mis padres cuando yo nací.
Llorona, me llamaba. Mira como llora, llorona. No llores que te pones fea. Y adornaba esas palabras con cariño que transmitía para acolchar esos palos con los que ponía firme mi alma.
Ella era una mujer alta, le sacaba una cabeza por aquel entonces a las mujeres menudas que habitaban mi mundo. Tenía un andar oscilante, un pelo ondulado y unos labios pintados de carmín pasado que solían portar un alfiler que sujetaba con destreza entre sus dientes.
Ella me enseñó a coser. Era un retaco y la seguía a todas partes, y entre las dos le cosíamos vestidos a mis muñecas, y les hacíamos los patrones, incluso.
Pobre Carmen, cuánto la hice sufrir. Era una niña culoinquieto, así que igual merendaba con la cabeza boca abajo que saltaba de la mesa del comedor al sofá, que trepaba por la barandilla de la terraza. Sí, efectivamente dejé de ser llorona, y me convertí en un pequeño bicho. Menos mal que también sabía jugar a las muñecas y me apuntaba a un bombardeo si era necesario.
Carmen estaba casada con un hombre bueno que olía siempre a vaquería, porque ese era su oficio, cuidar vacas. Y le llamaba Chico, pero tenía un nombre bien complicado. En fin, Chico le llamábamos todos. Cuando iba a su casa, un pequeño piso limpio y cuidado, con las habitaciones de los hijos ya mayores cerradas, me enseñaba la colección de muñecas de su hija que conservaba perfectamente vestidas y envueltas en una polvorienta bolsa de plástico.
De ella, y eso le contaba a Anna, recuerdo sus canciones de juego, grandes Hits de su época, supongo, como aquella Chata Merenguela -que como era tan fina se pintaba los colores con gasolina, lairó lairó lairó-, La Calle de la Bomba, a la que se suponía que las chicas guapas se iban a tomarse las medidas, o Al pasar por el cuartel (soldado valiente no me pise usted, que soy pequeñita y me puedo caer).
Su perfume Joya de Myrurgia se impregnó en mi memoria, igual que el recuerdo de sus manos cosiendo la canastilla que iba a pertenecer a mi hermana.
Falleció hace poquitos años, la última vez que la vi, lloraba a su Chico en su funeral. Me hubiera gustado que conociera a mis hijos un poco mejor. A veces me da rabia que la vida sea tan corta.
Antes de que nadie se me escandalice, voy a explicarlo bien, porque los criterios de autosuficiencia respecto a los niños levantan casi tanto las hachas como los partidarios y detractores de Estevill y González.
Introducción.
Vivo en un pueblo muy pequeño. En una calle céntrica, bien iluminada. En frente, cruzando los escasos 10 m. de asfalto de una calle con poquísimo tráfico, mi vecino está sentado a la puerta toda la tarde. A 50 m. de mi casa está la casa de los tíos de mi marido. Con asomarse un poco, está la panadería, con padre de la panadera también sentado a la puerta todo el día. Al otro lado, está la peluquería, y antes hay un bar.
Las clases de inglés de mis hijos me suponen un desplazamiento por carretera. Ida+aparcar+ descarga de niño+compra de huevos (se habían acabado)+vuelta, con entrada al garaje incluida, tiempo máximo estimado, 45 minutos.
Mi hijo mayor tiene 10 años y ya va por el pueblo sólo a algunos sitios en concreto, ir y volver a algún recado.
El pequeño tiene clase de inglés, el mayor un porrón de deberes (redacción de lengua, matemáticas, inglés y no sé qué mas). Le propongo quedarse esos 45 minutos sólo en casa señalándole claramente el reloj para que sepa cuánto es ese tiempo.
Accede sin NINGÚN problema.
Normas:
- No abras a nadie. Bueno, puedes mirar por la ventana de tu cuarto y si es tu padre, tu tío/a, tu abuelo/a, sí puedes abrir.
- Si no pasa nada, trabajas y punto
- Si te pasa algo necesario pero no urgente te vas a casa de tu tía (50m) o a la de tu abuela (100m)
- Si te pasa algo urgente, cruzas la calle y le pides ayuda a la vecina.
¿Entendido? Sí
¿Seguro? Sí (que sí pesada)
¿Quieres venir? Noooo
A las 6 estoy en casa, ¿vale? Vale
Hechos:
Le dejo haciendo la redacción. Llamo al padre, está de acuerdo y alerta, por si ve humo o ambulancias. Salgo de casa, dejo al niño, compro huevos, vuelvo. Treinta y ocho minutos después, a las 17:53 estoy en casa.
REDACCIÓN (en realidad, una carta a una compañera de pupitre)
Querida Pepa Pérez,
Estoy aquí sólo en mi casa porque mi madre se ha ido a comprar y está tardando mucho. Yo me he quedado haciendo deberes (bla bla bla tres líneas más)
Bueno y ya me despido porque mi madre está tardando mucho.
Comentaba en su blog Mariapi de la crudeza que empleaban los cuentos antiguos para los niños.
Cierto, ese temor que hacía que te taparas con la sábana (ojo, que si viene un psicópata con un cuchillo una sábana es súper útil...), era el mismo que te hacía pedir más, porque aquello que nos asusta también nos atrae un poco
Ayer estuve viendo una representación de El soldadito de plomo. El cuento en sí tiene un sabor agridulce, aquel amor eterno del plomo fundido con el papel, para siempre... saquen ustedes mismos las conclusiones.
El montaje me llamó la atención. Eran tres mendigos que se encontraban en la calle y se ponían a contar el cuento. Como material, dos contenedores, una tabla, unas latas, unas bolsas de basura. Como espectadores, papás de niños pequeños y esos niños pequeños que aplaudían entusiasmados.
Y la realidad de fondo. ¿Cuántos de ellos tuvieron dificultades para rascarse el bolsillo para cotizar los escasos 5 euros por persona que costaba la entrada? ¿Es ese escenario de miseria -los tres mendigos- el que amenaza hoy día a esos sobreprotegidísimos niños?
Los cuentos no tienen nada que ver con la realidad, a veces. No, no es probable que mandemos a nuestra niña de trenzas doradas a casa de la abuelita a través del bosque y se encuentre con un lobo. Pero sí tenemos que advertirles de los peligros del mundo. El patito feo se encuentra encerrado en el corazón de muchos cisnes que no saben lo que valen. Y el País de Nunca Jamás... bueno, lo de los polvos dorados para hacer volar cada vez me suena más a apología de las drogas.
Quien sabe, a lo mejor el lobo feroz de nuestros hijos se llame Paro o Crisis. Estoy convencida de que los cuentos seguirán sirviendo para contar realidades y yo sí creo que es necesario mostrar el lado duro de la vida a los niños, porque está ahí, y dentro de nada serán adultos.
Este curso se me ha ido complicando, como si hubiera adquirido vida propia y se ha convertido en un monstruo de dimensiones descomunales que tiene como único alimento todo mi tiempo.
Es una realidad, así que cuanto antes sea capaz de digerirla, mejor para todos los inquilinos del castillo.
Vivo en un pueblo pequeño, como ya he contado algunas veces, las extraescolares incluyen inglés pero no en el nivel que yo deseo para los niños, así que los tengo que llevar al pueblograndedeallado dos días por semana... a cada uno, es decir, cuatro.
Veinticinco kilómetros ida y vuelta... dos veces, porque las clases son de 90 minutos que no tengo para poder perder, por la sencilla razón de que ese es el tiempo que destino a preparar la comida del día siguiente, la cena, lavar ropa y planchar. Ya he renunciado a hacer cualquier otra clase de actividad superflua de lunes a jueves.
Los niños no van estresados, porque ellos sólo tienen dos tardes ocupadas cada uno de ellos. Pero a mí me va a dejar sin salud.
La única tarde libre es la de hoy. Ahora mismo estoy escondida en el sofá, mientras ellos meriendan, con el portátil sobre las piernas, tomando la dura decisión de irme a poner algo más cómodo para seguir sentada. Pero como soy como soy, pasaré por delante de la mesa de costura, y me engancharé que me conozco.
No tengo remedio.
(NOTA: Claro, es que me levanto y me ataca un montón de ropa sucia que encierro de golpe en la lavadora. Y ahora... a tender. ¿Lo veis?)
No voy a ponerte en el compromiso de decir tu nombre, y menos lo que hiciste por mí. Pero no quería perder la ocasión de agradecerte de alguna forma tu gesto generoso y para ello me tengo que remontar a aquellos tiempos en los que nuestras vidas se cruzaron por primera vez.
Voy a empezar dejando claro que no hubo nada entre nosotros, ni siquiera intención, porque, si mal no recuerdo, los dos estábamos ya saliendo con nuestras respectivas parejas actuales. Amistad, pues. Sin doblez, sin pedir, dar y recibir, ya sabes. Así que empiezo mi relato.
No recuerdo exactamente si el sobrenombre de "los de Melrous" nos lo pusieron en aquella cafetería -de la cual ya no recuerdo el nombre- en la que nos aguantaban mañana, tarde o noche (siempre no, fuimos buenos estudiantes, también) o nos lo pusimos nosotros mismos, seguidores de la serie.
La única tele de todos los pisos de estudiantes vecinos estaba en el mío, así que el viernes por la noche las palomitas, los sándwiches y los refrescos desfilaban por las escaleras de vuestros pisos al mío. Venía casi toda la troupe y nos amontonábamos en los sofás alucinando por la maldad de la malísima Amanda.
Qué bien lo pasé aquel curso, a pesar de todo. Y cuando digo todo, me refiero a las discusiones por la temperatura de la calefacción que las niñas ponían a 30º, a las mañanas de sábado muerta de sueño cuando me había acostado a las tantas, a cuando llegó la escasez de comida, a la traca final, que me llevó a irme de mi piso un mes antes de acabar el curso.
Cómo olvidar aquella fiesta hippy, los bailoteos en Mods, la música que se colaba a todas horas por las delgadas paredes de aquellas construcciones, a las partidas de cartas, a los bollos minicrem que nos traían en cajas familiares y que a las dos horas estaban agotados.
Y si durante aquel curso tuve una conversación seria con alguien, fue contigo.Te recuerdo con precisión porque destacabas sobre los demás por tu seguridad. Tenías tan claro qué y cómo, que estabas, a pesar de tu juventud (¡qué pipiolos éramos!), un paso por delante de ellos. Supongo que nuestras circunstancias se parecían por aquel entonces y nos tocó ser maduros. En aquel invento desastroso de los pisos asistidos nos hicimos un poco adultos, y amigos hasta el final de las consecuencias.
El día que casi me caigo de culo, con perdón, fue cuando, efectivamente, me metí en aquel mexicano de Barcelona en el que afirmabas que siempre ibas, y nos encontramos ¿recuerdas? ¡¡Han pasado nada más y nada menos que 5 niños y casi tres lustros!!
Sé que vosotros os habéis ido viendo, que habéis ido a las bodas unos de otros. Yo quedé un poco desviada de vuestra unión, porque mis estudios acabaron antes, porque al final, yo sólo era vecina vuestra. Pero siempre me he sentido querida por todos y, hasta ayer, no me había dado cuenta de cuánto.
Sé que te he tenido acompañándome en el blog estos últimos tres años, siempre he contado con tu presencia silenciosa. Y yo sigo de cerca tus andaduras, porque mi intuición me dice que has dado en la diana con tu invento ese del libro, y me divierte intentar descubrir los recovecos de tu idea.
No sabes cuánto te agradezco también que inundaras de mis abuelitas las estanterías de tu familia. Pero lo de ayer me ha superado. No digo que yo no lo hubiera hecho por ti, porque no puedo saberlo. Pero tu mano tirando de mí hacia arriba... Eres grande, chico, espero que en la vida recojas tanto bien como estás sembrando, porque lo mereces.Y si no me sale bien, te propongo igualmente quedar para celebrarlo, esta vez con familias, me encantaría que nuestra amistad se prolongara en nuestros peques, ¿imaginas?
Iba a ponerte la del
piratacojoconpatadepaloconparcheenelojoconcarademalo, pero me ha parecido más oportuna ésta, que también nos perteneció como himno.
La educación de mis hijos se está conduciendo de forma prácticamente automática, pero va por ciertos caminos que yo no esperaba encontrar.
Solemos obligarnos a ofrecer las mejores posibilidades a cada uno de nuestros hijos sin olvidar que son esencialmente distintas personas con distintas capacidades y necesidades educativas. Tenemos algunos criterios que nos hemos fijado como esenciales: que estudien idiomas, que hagan alguna actividad que les suponga cierto esfuerzo, para que su vida no sea un "sopa, pégame a la boca" y siempre valoramos su trabajo y no sus notas finales.
Sin embargo y por esas diferencias conocidas que acabo de señalar, nos está sucediendo que la alta capacidad del pequeño Bufón le ha llevado a adelantar curso en algunas asignaturas, de forma que tiene que esforzarse el doble. Está aprendiendo a escribir a marchas forzadas para igualar sus fuerzas con los compañeros del curso siguiente y asimilando vocabulario a toda velocidad.
Su hermano, sin embargo, ha sido más protegido al respecto. Su circunstancia personal le llevó a una vida más cómoda (las maestras que tuvo se conformaban con su mínimo, jamás le exigieron el máximo) y lo único que no se ha ahorrado es cuatro años de música en el conservatorio tras los cuales sabe mucha teoría pero no sabe tocar la guitarra.
Hoy le he advertido de que se le acabó el chollo. Ha estado haciendo un trabajo en el ordenador y me he dado cuenta que no puede escribir nada porque no sabe siquiera dónde están las letras más usadas del teclado.
Así que habrá subida de listón este año para los dos. Uno, porque lo necesita, y el otro, por lo mismo. Y a mí, que Dios me coja confesada, porque las peleas diarias están servidas.
De todas las estaciones del año, la que cuenta con peor fama, diría yo, es el otoño. Época de acortar días, de lluvias, de depresiones y gastritis, de caídas de pelo y de nostalgias. En realidad de todas las estaciones del año sólo me cuesta afrontar nuestro invierno cuajado de nieblas, y no tengo especial animadversión por ninguna de las demás. Debo reconocer que mi gusto por el hogar y por las veladas largas recogida en el castillo y que acompañan a los paseos agradables sin frío ni calor, ayudan a que ésta no sea una mala época para mí. Y además estoy enamorada de sus colores y eso incluye a los de sus frutos.
El viernes fui a la frutería y volví con este bodegón en mi cesta de la compra: uva, mandarina, piña, chirimoyas, peras, manzanas y ciruelas claudias, una paleta de verdes que va desde el amarillo hasta el azulado. En pocos días, los ocres y naranjas se apoderarán de mi despensa, espero no perder detalle.
Disculpen la publicidad gratuita a Callate la boca, pero me siento muy identificada con su logo.
No es la primera vez que lamento profundamente haber salido del anonimato en el blog. Si tuviera más tiempo me instalaría otra vez en el lado oscuro con una identidad distinta de la guisantil. No pierdan el tiempo buscándome, no lo he hecho, no creo que vaya a hacerlo, porque si a duras penas puedo mantener este blog, menos me iré a soltar sapos ranas y culebras a otro.
Ahora eso es lo que yo quisiera hacer, y no puedo. De hecho, tengo un post escrito desde hace algunas semanas que no puedo colgar. Porque no me siento libre, porque vivo en un lugar en el que la libertad de expresión es una entelequia. ¿No?, a ver quién es el chulo que busca trabajo-editorial-agente, o lo que sea, con una bandera distinta de la que está de moda. A ver quién es el gallito que dice a quién vota, a quién no votaría jamás, o que no entiende perfectamente la diferencia entre autodeterminación e independencia (esperen, yo se lo traduzco: el presidente del Govern quiere la pasta de España pero ser el Rey de Catalunya y hacer lo que le dé la santísima gana con él) y ya me sigo perdiendo. Déjenme que añada unas cuantas costuras a la línea de mi boca.
No me queda otro remedio que tener el pico cerrado, más o menos. Y me temo que, como yo, somos muchos. A lo mejor a alguien con dos dedos de frente se le ocurre la forma de que los que no estamos de acuerdo con la marea de idiocia en la que nos quieren submergir, tengamos la oportunidad de ser libres de elegir el camino contrario.
No voy a dar los pormenores de todo lo que he estado haciendo, no quisiera yo haceros perder vuestro valioso tiempo con mis miserias. Sin embargo, quiero disculparme por haberos dejado desatendidos tanto tiempo estos días, que han sido de perros.
...o más bien de gatos. El domingo nació la segunda camada de la gata Piolina. Cuatro, otra vez, negros y blancos. Y me da la sensación que le ha quedado otro por parir, así que seguramente ampliaremos la familia. Seguro, seguro, porque a mí me ha dado la sensación de que Brownie tiene unos bultitos duros dentro de su barriga que bien podrían ser cabezas de gatitos. En fin, que ahora están las dos mamás otra vez, los cuatro cachorros recién nacidos y la hija de Brownie que conservábamos con la esperanza de ser el anticonceptivo de su madre. Y que no funcionó. Benditos sean, que dan felicidad a mi hijo mayor, pero me tienen agotada con tanta fertilidad.
Bueno, mi semana sigue salpicada de entrevistas a prensa con motivo de mis libros, de trabajo fuera de mi ciudad, de más entrevistas programadas y el inicio de curso, que, como todos, está resultando de lo más atareado. A estas horas está pasándome factura el madrugón de hoy, que he amanecido a las cinco y media, y mañana toca otro. Sé que pasará, lo sé, siempre acaba todo, justo antes de volver a empezar.
Tengo un vecino que había sido paleta. Trabajaba haciendo chapuzas para el ayuntamiento, nada grande, más bien poco, pero con sueldo. Ese trabajo le permitía seguir haciendo lo suyo, chapuzas, a aquellos vecinos que se lo encargaban. Éstas se cobraban en negro, claro.
Y los fines de semana tenía a bien hacer reformas en una vieja casa de su familia, justo al lado de la mía, así que olvídense de dormir hasta las tantas y de la ansiada siesta.
Una enfermedad del corazón sirvió, hace ya 7 u 8 años, para que le jubilaran por invalidez.
Pero él no dejó de hacer la casa de su hijo, la que reformaba. De hecho, en casa le llamamos la catedral, porqué ya van 11 años de obras. Y ayer le vi paleando pesadas carretillas de grava en la casa de enfrente, con ese corazón enfermo, y que, por supuesto, cobrará, en negro, junto al cheque que la Seguridad Social le da cada mes a cuenta de lo cotizado.
Llevo, por tanto, mordiéndome la lengua porque este señor, que en teoría está incapacitado, hace el durísimo trabajo de hacer de paleta, sin medida de seguridad alguna, sin cotizar de ninguna forma a la Seguridad Social y todo eso, de la vaca del Estado. Y me consta que su permiso de obras, que solicitó después de haberlo denunciado, caducó hace mucho tiempo.
Así nos va. Porque, como él, muchos. Gente que está recibiendo dinero de nuestros impuestos, que quita puestos de trabajo a personas que no perciben salario alguno, y por lo cual, con nuestos impuestos, otra vez más, tenemos que darles ayudas económicas. Sin ir más lejos, otra persona que conozco, también incapacitada por invalidez, cose en su casa. Vino el otro día una compañera de trabajo a pedir que no le dieran contrato la semana que ella se iba de vacaciones ¡¡a Mallorca!! porque si renunciaba, le pasaba el turno en la bolsa. Ella, sin trabajo fijo, su marido en el paro ("bueno, él hace cosas de electricista y yo coso en casa").
¿Se dará cuenta el gobierno que la única salida es dar facilidades a los pequeños empresarios para que hagan sus trabajos de forma legal, y bajarnos los impuestos a todos, para que nadie tenga que trapichear para evadirlos?
Parece mentira lo presuntuosos que somos los humanos, especialmente las humanas. Nos creemos dueñas y señoras del tiempo. Queremos aquello que llamamos "tiempo para mí" y lo cierto es que el tiempo no nos pertenece en absoluto.
Sin ir más lejos, me he sentado hace un ratito en el sofá, por primera vez en todo el día. Ni siquiera he comido de una vez, iba levantándome a cada bocado para adelantar algunas cosas, como guardar la compra, poner la lavadora y preparar la comida de mañana. He dejado la comida medio hecha, he recogido a los niños en el cole. Luego les he hecho la merienda y mientras se la tomaban he terminado de hacer la comida. Les he llevado al pueblo de al lado a sus clases de inglés y mientras, he llevado el coche al taller y con el cacharro que me han prestado he hecho el resto de la compra, he ayudado al peque con sus deberes, hemos estado en la biblioteca, hemos comprado la carpeta. Y dos horas después, volvemos.
Luego, ya en casa, cenas, bañeras, besitos y hasta mañana.
Y es que el tiempo, MI tiempo, es suyo. Y ahora, vuestro. Y mío, porque, al fin y al cabo, hago lo que quiero, aunque a ratos me apetecería hacer otra cosa.
Empieza la cuenta atrás de la vuelta al cole y los pijamas que acabo de rescatar del cajón del final de la primavera demuestran que vuestras piernas se han hecho más largas. Habéis crecido este verano, por dentro y por fuera. Nada queda ya de aquellos críos llorones que peleaban por poca cosa. Bueno, sí, queda algo, algún ramalazo. Sin ir más lejos, hoy os he tenido un rato enfadados porque ninguno de los dos quiere ser el perdedor.
Le estáis ganando la partida al tiempo. Me gusta escucharos hablar, ver como vuestra piel aún infantil se estira hasta dejar pequeña la ropa, igual que vuestro pensamiento ya de niños mayores me deja el corazón encogido por el vértigo del tiempo que se nos esfuma a todos.
Empieza el cole, dentro de nada llega el otoño. Estaremos preparados. Mañana me voy volando a comprar pijamas nuevos.
Quizá no era un lobo con piel de cordero, pero su abrigo de D&G o de CH, vaya usted a saber, no disimulaba su ambición desmedida, sus ganas de más, tantas, que sería capaz de pisar a quien quiera que se interpusiera entre su enorme ego y el resto del mundo.
Ahora asoma la patita, con artimañas, traiciones y mentiras. No, a mí nunca me engañó, pero eso no impide que me duela, porque su enemigo es alguien a quien yo quiero. No le deseo ningún mal, pero no merece salirse con la suya. Ojalá tropiece con su misma trampa.
De vez en cuando tienes que sentarte en la minúscula silla de su habitación y ordenar sus cajones. Son los septiembres, que llegan con sus temperaturas más suaves, para que te apetezca menos estar en la calle. En eso he invertido esta mañana.
Ellos han agradecido el orden... de hecho, creo que esperaban con ansia tenerlo todo en su lugar para volver a empezar a desordenarlo todo. En fin, hoy le hemos echado mano a los colores, hemos juntado material como para volver a pintar la Capilla Sixtina.
Mañana toca revisar papeles. Sus tesoros en forma de obras de arte que vamos a meter en una carpeta antes de poder reunir ánimos para tirar a la papelera. Y el miércoles, forrar libros y poner nombres. Ya falta menos. Qué lástima que el tiempo pase tan deprisa.
Se fue un día como hoy, el año pasado. Creo que hacía sol. Hoy llueve, como para acompañar la tristeza de sus hijos, que quedaron huéfanos de su carácter fuerte como una montaña, de aquella cabeza tan alta con la que sacó adelante a su familia y que tapó la boca de todo el que disentía con ella.
La recuerdo enérgica, presumida y sonriendo y se me anuda en la garganta la despedida que no fui capaz de darle y la coincidencia del viaje que tenía programado y que me impidió ir a su entierro.
Y la pregunta que lanzaba al aire su hija, mi amiga, ¿nunca más significa nunca más?
Quisiera cambiar su nunca por un siempre, que sea eterna en lo que ellos son, en su belleza detenida en la cumbre de su vida.
Las calles siguen estando agobiantes por el calor, el sol achicharra las últimas hojas verdes que resisten los embites del verano.
Pero las mañanas son frescas y el cielo ha cambiado su color para recibir a septiembre, que espera allí en la esquina, agazapado entre cuadernos por estrenar.
También las risas de los niños suenan más cansadas y piden acostarse antes. El aburrimiento se ha colado entre sus juguetes y el agua de la piscina les recibe más sucia y más fría.
Sí, quedan algunos días de verano. Muchos, todavía, de calor intenso, de sandalias y de camisetas de tirantes. Pero los escaparates anuncian abriguitos y lanas finas, porque ésto se acaba ya. Así que apuren sus granizados y sus terracitas y estiren la siesta todo lo que puedan.
Damas y caballeros... me complace presentarles la entrada 600 de este blog, en verde guisante.
No, ni mucho menos significará para los anales de la historia el acontecimiento social que supuso la entrada en el mercado automobilístico español del utilitario fabricado por SEAT (le tuve que explicar al little pea que no se pronunciaba "sit" a la inglesa). Pero, a pesar de no ser tan importante, me siento orgullosa de haber llegado, al menos hasta aquí.
Afortunadamente las carreteras están muchísimo mejor que aquellas por las que rodaban los cochecitos cargados de criaturas con padre fumando puro al volante. Tengo un amigo que sufría semejante condición desde Lérida hasta Valladolid. A los 15 km preguntaba si le faltaba mucho para llegar, angelito.
En fin, apretújense en el asiento de atrás, el trayecto será largo y las alforjas, pequeñas (por cuestiones de maletero). Si así lo desean, feliz viaje a bordo.
Tenía el tamaño ideal para convertirse en cortina para la pequeña ventana, pero estuvo guardada en una caja más de una década.
Sólo le echaba un vistazo de vez en cuando, al toparme con ella en los cambios de temporada de armario. Nunca recordaba su contenido y, al abrirla, me asaltaba una punzada del sufrimiento sentido entonces. Nada, apenas un segundo. Más de 10 años de alegrías han logrado borrar la tristeza. Nada queda ya del invierno que bordé aquellas sabanitas de hilo que quedaron sin niño. No pude ponerlas en la cuna de mis hijos, porque no les pertenecía. Era la única posesión de aquella criatura que no fue.
Ya no hay sufrimiento, ni siquiera dolor. Es hora, pues, de aprovechar la oportunidad de darle un sentido a la labor que entretuvo mis manos, y que, hoy, tiene este aspecto.
Me ha sorprendido ver la delicadeza del trabajo que hice, habría sido estúpido dejarlo, también, muerto en un armario.
Nunca he hecho vacaciones en agosto. El mundo se divide en ciudadanos de primera, y los que trabajamos en agosto. Es un hecho. Cuando era estudiante, me tocaba estudiar. No, no tenía suspensos, pero mi madre me hacía preparar el curso siguiente, porque me veía cara de aburrida.
Cuando empecé a trabajar, lo hice entre un curso y otro, así que nanay de vacaciones. Al terminar la carrera, lo mismo, empiezas a trabajar en verano, no vas a pedir vacaciones. Al otro año, me casé, viaje de novios, luego no pidas vacaciones...
En mi trabajo actual, mi compañera veranea a 500km, no vas a fastidiarle las vacaciones, si a ti te da igual.
¿Me da igual?
NOoooo, yo PREFIERO trabajar en agosto. Con este cuento, hago vacaciones en julio, que apetece mucho. Luego, en agosto, se trabaja a medio gas, sin jefes, sin viajes, sin mareo alguno, te cuidan a los niños por la mañana porque estás trabajando y por la tarde, a la piscina.
A demás, me quedan algunos días que voy a hacer a primeros de septiembre, cuando empieza la locura en el trabajo, los niños van a terminar por producir un derrame cerebral a sus abuelos, y hace suficiente buen tiempo para estar en tu casita tan a gusto. Resumiendo, casi dos meses de vacaciones.
Si pudiera, regalaría a mis hijos cada día un cortometraje como La luna, que precede a la última película Disney para niños, Brave.
Sí, hoy me alegro de haber invertido 30 euros en alimentar nuestro espíritu en el cine.
Por la luna cruzando el horizonte sobre el mar. Por el niño que sigue la tradición familiar con orgullo. Por el abuelo, por su trabajo, por el dibujo de los remos sobre el agua al deslizarse el barco.
Y por la niña de pelo rojo despeinado que encuentra el camino correcto. Por la historia, por el paisaje del puerto escocés que parecía una foto. Por la pelea, por la fiesta, por el amor, que mueve el mundo. Por el verde en todo su esplendor, por el bosque, por...
Sí, os lo recomiendo, si pudiera, os invitaría a todos al cine
Parece que fue hace dos días cuando escribí un post sobre mermelada de moras en casa de Mariapi, y ha pasado ya un año. Hemos vuelto a las andadas...
Supongo que debí inspirarme en el color potente de las moras que recogí mano a mano con mi hijo (y pinchazo a pinchazo, vamos a admitirlo). El caso es que tenía unas telas guardadas desde hacía un montón de tiempo que no tenía muy claro cómo utilizar, porque me las regalaron y estaban cortadas en fat quarter (para las que no estáis en el ajo del patchwork, es un pedazo de 45x50, más o menos). Las telas tenían motivos de cocina: peras, manzanas, pollitos, pero eran dibujos grandes difíciles de colocar, porque muchos estaban partidos.
Y como resultado salió ésto...
Por cierto, menos mal que estoy aquí dándole al callo, porque vosotros sois una pandilla de perezosos... ayer hubo casi 300 visitas en el blog y sólo dos comentarios. Ya os vale, así está el país. En fin, al menos venís de vez en cuando, algo es algo.
Ah, que queréis la receta de la mermelada de moras...
He escogido esta imagen de LeaNoticias.com porque me ha parecido perfecta para ilustrar esa Tierra de Nadie que vive un preadolescente, que le arrastra de la carcajada al llanto, como un pequeño payaso.
En esas arenas movedizas camina mi hijo, apurando las últimas luces de su niñez para entrar por la puerta de atrás en una adolescencia que promete ser larga y dura.
Me preocupa mucho el agua de la que beben nuestros hijos. Les oigo (suelo estar de espalda a la tele, no lo veo) las series que ven mañana, tarde y noche. Y sus modelos son horrorosos. Niñas pijas riquísimas, con un nivel de inteligencia inversamente proporcional al dinero que tienen. Por supuesto, los más inteligentes de la serie suelen ser los que fracasan... o los divertidísimos y peligrosos Phineas y Ferb, que siempre se salen con la suya sin que la buena (e histérica) de su hermana pueda delatarles a su madre, que parece haber fumado muchos porros. Críos sexuados de forma aberrante, niñas vestidas como furcias, padres incapaces. En fin, ni un solo valor al que aferrarse, no les aportan NADA.
Ayer me puse en la piel de mi hijo mayor, me fui a su edad, a mi verano, que fue azul. Y les puse la serie que marcó a varias generaciones, que se repuso hasta la saciedad porque era buena, porque tiene todos esos valores que ahora no aparecen por ningún lado, no vaya a ser que salgan niños capaces de pensar y luego no puedan manipular sus cerebros.
Estuvieron pegados a la pantalla viendo Verano Azul durante un episodio y medio, se reían, disfrutaron, entendieron que podían aprender algo de lo que veían.
Aquella serie supuso el retrato de una generación, y más allá. Porque los perfiles personales que se dibujan siguen siendo vigentes: la mujer solitaria que ha sufrido una gran pérdida (que hoy encontraría su compañía probablemente en las redes sociales) y el hombre de mar atascado en tierra que se rodea de la juventud que permanece en su espíritu. Cada uno de los chicos, en esencia: el más presumido y competitivo, el que permanece en segundo término, la guapa, la menos agraciada, el chico de pueblo sin oportunidades, el niño glotón y sabelotodo y el que pone la guinda al pastel con su sinceridad aplastante. Y los padres, con su papel secundario, son una lección en sí misma, aunque, la verdad, se pasan el día bebiendo, fumando y en el chiringuito... ¡Así salimos nosotros!
Cuando era pequeña, mi madre y mis tías compartían un vestido estampado con flores, en tonos desde ocre hasta granate, con manga ancha y corte imperio. Era un el vestido de embarazada. Era sin mangas, así que en invierno lo llevaban con un jersey de cuello cisne debajo.
Yo no soy capaz de recordarlo, pero estoy segura que también compartieron todo lo que pudieron de sus bebés y niños pequeños.
Mis sobrinos nacieron al mismo tiempo que mis hijos y hubo que comprar casi todo nuevo varias veces. Así que me ha hecho especial ilusión esperar al bebé de mi prima con todos los artilugios deliciosos que compré para mis niños.
Desempolvé la preciosa cuna de madera, la canastilla vestida de volantes, la bolsa con el osito bordado. El cambiador sobre el que tantas y tantas veces besé tripitas y pies, cambié pañales y comí deditos de lacasito.
Me sorprendió ver el buen estado en que estaba todo y el acierto en la elección de colores y estampados, porque todo se veía actual a pesar de haber pasado ya 10 años.
Empaqueté mis recuerdos y mis miedos, me hice consejera por un ratito para disimular la amplia envidia que me produjo su gravidez... Y por desgracia viven lejos, así que veré la vida del pequeño J a cámara ultrarápida, me perderé sus piernas de ranita, su primera sonrisa y su gateo patoso. Pasará como con mis propios hijos, a quienes he tenido que explicar con dificultades quién era esa tía a la que a penas han visto tres veces y que se lleva todas sus cosas.
Me alegra poder ceder el testigo de la maternidad a una de las mujeres de mi familia, como hizo en su día mi madre y sus hermanas.
Si algo de lo que expongo aquí te molesta, te pertenece, o habla de ti y quieres que lo borre, tan solo tienes que pedírmelo. Nunca quise ofenderte, ni plagiarte, ni molestarte... Este es un espacio de libertad y, sobre todo, de respeto.