© de la imagen La meva maleta

domingo, 14 de octubre de 2012

La Giganta

Anna Pujabet ha tenido a bien despertar un recuerdo de mi infancia, y no se me ocurre mejor sitio que este para contarlo.

Os voy a presentar a Carmen la Giganta, que fue mi niñera.



Cuando yo era tan pequeña que no tengo recuerdos, ya estaba en casa, en casa de mis abuelos, que es donde vivían mis padres cuando yo nací. 
Llorona, me llamaba. Mira como llora, llorona. No llores que te pones fea. Y adornaba esas palabras con cariño que transmitía para acolchar esos palos con los que ponía firme mi alma.
Ella era una mujer alta, le sacaba una cabeza por aquel entonces a las mujeres menudas que habitaban mi mundo. Tenía un andar oscilante, un pelo ondulado y unos labios pintados de carmín pasado que solían portar un alfiler que sujetaba con destreza entre sus dientes.
Ella me enseñó a coser. Era un retaco y la seguía a todas partes, y entre las dos le cosíamos vestidos a mis muñecas, y les hacíamos los patrones, incluso. 
Pobre Carmen, cuánto la hice sufrir. Era una niña culoinquieto, así que igual merendaba con la cabeza boca abajo que saltaba de la mesa del comedor al sofá, que trepaba por la barandilla de la terraza. Sí, efectivamente dejé de ser llorona, y me convertí en un pequeño bicho. Menos mal que también sabía jugar a las muñecas y me apuntaba a un bombardeo si era necesario.
Carmen estaba casada con un hombre bueno que olía siempre a vaquería, porque ese era su oficio, cuidar vacas. Y le llamaba Chico, pero tenía un nombre bien complicado. En fin, Chico le llamábamos todos. Cuando iba a su casa, un pequeño piso limpio y cuidado, con las habitaciones de los hijos ya mayores cerradas, me enseñaba la colección de muñecas de su hija que conservaba perfectamente vestidas y envueltas en una polvorienta bolsa de plástico. 

De ella, y eso le contaba a Anna, recuerdo sus canciones de juego, grandes Hits de su época, supongo, como aquella Chata Merenguela -que como era tan fina se pintaba los colores con gasolina, lairó lairó lairó-, La Calle de la Bomba, a la que se suponía que las chicas guapas se iban a tomarse las medidas, o Al pasar por el cuartel (soldado valiente no me pise usted, que soy pequeñita y me puedo caer).
Su perfume Joya de Myrurgia se impregnó en mi memoria, igual que el recuerdo de sus manos cosiendo la canastilla que iba a pertenecer a mi hermana.

Falleció hace poquitos años, la última vez que la vi, lloraba a su Chico en su funeral. Me hubiera gustado que conociera a mis hijos un poco mejor. A veces me da rabia que la vida sea tan corta.

15 comentarios:

MadreYMas dijo...

Pesoletina... qué bonito el homenaje a la Giganta... me ha encantado. Tus palabras desprenden dulzura, así que presiento el cariño con el que te cuidaba y te entretenía...

Y es Chata. Chata Merengüera... o a tu tierra no llegaron nunca los Cantajuegos?

Ana, princesa del guisante dijo...

No, hija, por desgracia no nos llegaron, algún día te cuento por qué, (ya sabes que ando autocensurándome) De todas formas, en mi cole se cantaba la Chacha y, pa mí, que lo de la Chata es una correctización política. Carmen fue una gran presencia, lástima que no haya hablado antes de ella aquí.

Ana, princesa del guisante dijo...

...y ya he cambiado el título de la canción, que al final se me ha pasado.

La meva maleta dijo...

¡Cuánto le agradezco a Anna, que te haya inspirado para contarnos este precioso recuerdo!
Hasta me ha parecido, achicarme bajo la sombra de la presencia de Carmen, al tiempo que leía tus palabras y olía su singular perfume.

Precioso, de veras :-)
Felicidades guapa.

Ana, princesa del guisante dijo...

Es asombroso lo que hace el tiempo con las personas. La última vez que la vi, sus piernas se habían encorvado por la artrosis y su espalda había ido haciendo de ella una mujer más bajita que yo. Pero incluso así, se atisbaba en ella el recuerdo de la mujer grande que fue. Fíjate que limpiando casas y cuidando criaturas costeó los estudios de su hijo, médico. Debía de ser más grande de lo que aparentaba. Gracias, presiosa.

dolega dijo...

Precioso recuerdo. Además es increible cómo la memoria fija en nosotros cosas determinadas que en el momento en que ocurren no tenemos ni la más remota idea de que serán recuerdos para siempre en nuestras vidas.
¡El Perfume Joya de Myrurgia también me trae recuerdos a mí! :D
Besazo

Mariapi dijo...

Un recuerdo descrito con tanto cariño que me has hecho "tocar" el personaje...Gracias, Ana. Tienes razón, la vida es corta, por eso quiero vivirla toda todita toda.

Muac.

Ana, princesa del guisante dijo...

Sí, es curioso que algunos recuerdos se quieren quedar en nosotros para siempre. Recuerdo su olor, sus manos, su forma de respirar. Besos

Ana, princesa del guisante dijo...

Siempre se nos escapa alguien, algún sentimiento, alguna palabra no dicha a tiempo. Me gustaría poder volver a verla...
Besos

aaana dijo...

Qué bonito homenaje, Ana ...

Anónimo dijo...

Ay nuestros marcadores de impronta! Esa gente chiquita a la que no queríamos entristecer y de quien rebuscábamos asentimientos. Ellos son los talladores de lo que deseamos dar a nuestros hijos. A la mía, la llamaba Ajuna. Aún palpita su corazón en ella y en mi. Gracias por recordarla.
Juanpe

Ana, princesa del guisante dijo...

Ella te hubiera gustado...

Ana, princesa del guisante dijo...

Cuando te haces mayor y te encuentras con estas personas, tú las sigues viendo con la admiración que sentías por ellas en tu infancia, y ellos ya no te ven así, reconocen el adulto que eres, cuando, en realidad, en su presencia sigues siendo niño. Curioso, ¿verdad?

Anónimo dijo...

Tú sigues buscando el cincel. Ellos disfrutan de su obra (aunque no haya que admirar, como en mi caso)

MadreYMas dijo...

Ostras, como me digas que no te llegaron porque no cantan en catalán, me da un patatús.

En la tierra de mi madre, que cantaba esa canción mucho antes que los Cantajuegos la hicieran suya, siempre fue, también, la CHATA merengüera... lo que pasa es que se pintaba con gasolina, no con brillantina, que dicen los Cantajuegos...

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