© de la imagen La meva maleta

sábado, 23 de octubre de 2010

Nunca he contado lo nuestro...

Bueno, algunas veces sí. Conté cómo me gustaba verte afeitándote. O como tú me dejabas quedarme a ver la tele hasta las tantas, pero yo no era capaz de quedarme despierta. O como nos salvaste de ese ratón a la yaya y a mí.

Lo nuestro fue un amor intenso y poderoso. Durante doce años maravillosos fuimos lo más: abuelo y nieta. Tus ojos azules-grises, y mis cabellos negros. Tu mano rugosa y castigada por el trabajo en el campo, y mis deditos torpes de uñas mordidas.

Nadie más que tú podía calmar mi llanto. Nadie, sino tú, podría haberme hecho sentir más princesa. Me sentaba a tu lado en tu sillón. A tu lado. Era tan diminuta, que mi trasero cabía junto al tuyo en tu sillón. Sí, había un sofá vacío al lado, pero ese no era el que a mí me gustaba, porque tú no estabas sentado en él. Claro que iba creciendo, por lo que pasé a ocupar el majestuoso trono de tus rodillas. Me abracé al cobijo de tu paciencia y, cuando ya fui demasiado pesada para tus piernas, empecé a sentarme en el brazo del sillón, pero nunca dejé de estar a tu lado.

Me gustaba ir al huerto a ver como trabajabas. Y me sentaba a la sombra junto a las tomateras, con sus perfectos encajes de cañas que las elevaban hacia el cielo. Allí, escogías para mí el más maduro de los tomates, y yo bebía sus vitaminas directamente hacia mi corazón.


Ningún sabor se podía comparar a ese. Luego, cuando se acercaba la hora de la cena, subíamos la calle polvorienta de tierra reseca. Tú, cargando tu carretilla llena de tesoros comestibles, y yo, saltando, con infatigable energía, parloteando sin parar, y haciéndote preguntas difíciles, casi todas sobre la guerra.

Porque tuviste el triste honor de pertenecer a la "Quinta del biberón". De hecho, cuando empezó la contienda, tú acababas de cumplir 16 añitos, y participaste en la batalla del Ebro. Sólo lamentaba ver la tristeza en tu mirada al hablar de aquellos tiempos. Pero escuchar tus historias era fascinante. Te sabías de memoria las  alineaciones de los equipos de primera división, por años. Sabías qué luna era la adecuada para plantar y cosechar, las semillas que iban a ser buenas, y las que no. Y sabías que en mi corazón habitabas tú.

Cuando te salieron aquellas manchas en la mano, en tu piel de rubito castigada constantemente por el sol de justicia de los veranos de la Terraferma, los médicos pusieron mala cara, vieron que algo no estaba bien. Llegaron incluso a plantearse hacerte como un bolsillo en la piel de tu abdomen para introducir la mano en él y que volviera a encarnarse.
No lo sabíamos, pero fue el principio de tu fin.

Nada me habría hecho imaginar, por aquel entonces que no iba a tenerte el resto de mi vida. Seguía siendo la princesa (aunque yo casi me sentía reina, dueña y señora de tu casa, en la que prácticamente vivía la mitad del año).  Sí, había más nietos, pero sé que ninguno era como yo. Porque tú eras mío.

Tu mayor ilusión era jubilarte para poder ir a los viajes del inserso. El primero que pudiste hacer fue a Fátima. Me alegré tanto por ti...  volviste cargado de regalos, que recuerdo con una claridad sobrecogedora. Uno de ellos era un gallo de vivos colores, que debía ser típico de allí. Recuerdo tu voz contándome la historia de los tres pastorcillos que encontraron a la Virgen, y cuánto me habría gustado ser la protagonista de una historia así. 

El segundo viaje llegó enseguida. Esta vez, al Santuario de Lourdes. De allí trajiste para mí, el regalo más bonito de los que compraste: una medallita de plata con la imagen de la Virgen, que llevo siempre conmigo para que me proteja dondequiera que vaya. Lo gané por haber encontrado algo que habías extraviado, que necesitabas para ese viaje.

Entonces ya te encontrabas muy mal. A mí sólo me dijeron que estabas enfermo. Te operaron en Barcelona, y fui a verte al hospital.

Puedo recordarte envuelto entre lo que ahora supongo que serían sueros y drenajes. Supongo que no fueron suficientes para que yo cayera en la evidencia.
No entendí tampoco la presencia de la única hermana (de 7) que te quedaba, María. Ella, con su hábito de monja de clausura, su piel transparente de octogenaria y su bondad, te dijo:
- José, vales más que las pesetas.
Ella llevaba en clausura doce lustros, así que le contestaste, con voz frágil y benevolente:
- Pero si tú ya no sabes cuánto vale una peseta.

Éstas fueron las últimas palabras que te oí decir. Porque luego salí de tu habitación, y, me quedé sentada en una sala de espera.

Me sorprendió cuánta gente de la familia estaba allí. Y su silencio. Mi tía vino a achucharme, envuelta en unas lágrimas que yo no comprendía. Puedo recordar la conversación, la más triste conversación que hubiera tenido nunca. Me dijo que te morías. Y entonces afloró en mí la adolescente -tenía 12 años- envuelta en miedos y dudas, que seguía necesitando el apoyo de su yayo, y que ya no le tendría más.

No sé cuánto tiempo lloré, pero lloré mucho, mucho, muchísimo. El melanoma había hecho metástasis, así que cuando te te abrieron el abdomen volvieron a coser y sólo quedó acompañarte en su camino de despedida.Desvalida y desprotegida, sola y triste, afloraron todas mis debilidades, y la familia se rompió, porque nos faltabas tú. No me dejaron ir a tu funeral, porque seguro que no hubiera podido superarlo. Ni yo, ni los que sabían cuánto nos queríamos.

Nunca he dejado de echarte de menos, aunque creo que ya lo sabes. Me gustaría que pudieras leer lo que escribo todos los días. Creo que podrías reconocer en mis palabras a la niña que parloteaba y llenaba tu casa de los sonidos de la infancia. Estoy segura que volveré a escribir cosas sobre ti.

19 comentarios:

Driver dijo...

BANDERAS DE NUESTROS ABUELOS.

A veces, algunas, muchas veces, no sabes qué hacer.
Te encuentras en la bifurcación de cuatro caminos.
Sólo y perdido, eres un pardillo.
Te sientas aturdido en la cuneta y tratas de pensar en los pros y contras de cada una de las elecciones.
No llegando a ninguna conclusión clara.
...
Entoces surge el nieto de tu abuelo.
Y te preguntas:
"¿Qué habría hecho él?".
Y aparece un espíritu con una bandera.
Tu la cojes y la levantas.
Dejas que la bandera flamee un rato, libre frente al viento.
Y te marca una dirección.
Interiorizas que ésa es la dirección adecuada.
Levantas la bandera del abuelo y te encaminas hacia la solución marcada por la experiencia y el amor.
Y ya nadie te para.
Tu espíritu está bien guiado.
Te sientes seguro de la elección.
Y marchas por el camino elegido, conun mástil.
Sobre el que baila la bandera.
Banderas de nuestros abuelos.
...
Tan firmes, que siempre apuntan al zénit.
Tan marciales, que te suministran la fuerza necesaria.

Marta dijo...

¡Cómo me ha gustado lo vuestro!!!...como si hubiera estado en ese sillón apretujada. Gracias.

Ana, princesa del guisante dijo...

*Driver: yo le llevo de copiloto. Por fortuna, las banderas de los otros tres abuelos ondean todavía (sí, sí, 37 tacos y tres abuelos tengo. Soy una tipa suertuda :-)

*Marta: ese sillón era antológico, de skay granate y tapizado estampado. Pero era el mejor lugar del mundo, te lo aseguro. Un abrazo, y gracias a ti (voy a admitir que me ha quedado larguísimo...)

Marta dijo...

...se me ha hecho corto

TC dijo...

ANA: Precioso homenaje, aunque me ha traído a la memoria duros momentos personales. Aun así, me ha encantado, creo que alguien no se va de tu lado si cada día lo recuerdas. Seguro que donde esté, seguirá adorando y siempre pendiente de su princesita.

Mariapi dijo...

¿Lo quieres mucho, verdad? Pues sigue queriéndolo...las personas tenemos eso, que podemos seguir queriéndonos, aunque no nos veamos...aunque lo eches tanto de menos. Piensa en la gran suerte de haberlo tenido, con tanto cariño recibido...Un abrazote.

sunsi dijo...

Pesoleta. Sigue contando... y recordando. Hace bien. Es como volver a estar cerca.

Besos, Princesa.

Mofletes dijo...

como te entiendo, a mis 29 años solo queda mi abuela con vida y ya ha cumplido 96.

Pero a mis abuelos paternos que perdi con 20 años los recuerdo todos los dias y cada vez que mi padre cumple un año mas veo en sus arrugas las arrugas de mi abuelo.

Los mios tambien pasaron la guerra de cerca vivian en Brunete y salieron de alli con un carro y 4 enseres más, aún asi criaron 3 hijos y vieron crecer a sus nietos.

Me has hecho llorar y recordar las cosas importantes de la vida, nuestra familia , nuestras raices.

Un besazo

La meva maleta dijo...

Qué triste la primera pérdida importante...los años, no consiguen nunca curarla.
Un abrazo grande.

Ana, princesa del guisante dijo...

*Marta: muakis

*TC: supongo que lo que da sentido a nuestra existencia efímera es la permanencia en los recuerdos de los demás. Un beso, bonita.

*Mariapi: es que el papel de los abuelos en la vida de los nietos es incomparable. Vive en mí, en este recuerdo en mi blog. Eso es lo mejor que nos puede pasar. Un beso grande. Último fin de semana con todos... ¿lo llevas bien?

*Sunsi: lo único que me sabría mal a estas alturas es olvidar lo que él fue. Un beso, guapa

*Mofletes: mientras los recordemos, ellos seguirán vivos. Me quedo con todo lo bueno que tengo de ellos, lo que permanece en mí. Un beso, y no llores, niña.

*Mevamaleta: era como un padre para mí, se fue demasiado pronto. No, no se cura, pero no podemos hacer nada. Un petonet

El Naranjito dijo...

Hoy dejas de ser Princesa para convertirte en Reina, despues de lo que he leido. Sentimientos sinceros. Seguro que tu abuelo, esté donde esté, te tendrá siempre sentada a su lado.
Un beso Alteza.

Marina dijo...

Yo, al parecer, tengo mucho de mi abuela, aunque no tengo recuerdos tan bonitos como los tuyos.
Un beso princesa.

Ana, princesa del guisante dijo...

*Naranjito: Vaya, pues ya que mi regia condición lo permite, te convierto en caballero. Un abrazo, y gracias por tu cariño.

*Marina: me gusta observar en mí, o en mis hijos, cosas heredadas de la familia. Aunque no sean todas buenas. No dejan de ser huellas de lo que en realidad somos, y de dónde venimos. Besos, Marina

Laura dijo...

Gracias por compartirlo!Los abuel@s son las personas más importante de nuestra vida.Si están en tu corazón nunca se irán de tu lado sus recuerdos.
Buen Domingo

Ana, princesa del guisante dijo...

*Laura: escribir sobre él mantendrá vivo su recuerdo un tiempito más. Feliz día

meloenvuelvepararegalo dijo...

Qué emotivo Ana. Y qué suerte que conocieras a todos tus abuelos y que aún tengas a 3. Yo sólo conocí a las dos abuelas, pero ahora ya no cuento con ninguna.
Guardo recuerdos especiales sobre todo de una de ellas y tenerlos, ver fotos con ella, escribir sobre ella -como tú has hecho-, etc. hacen que siga/n ahí (aquí dentro).

Yo también opino como Laura que los abuelos y las abuelas son de lo más importante que tenemos.
Bss,

Ana, princesa del guisante dijo...

*Meloenvuelve: el papel de los abuelos es insustituible. Y para ellos, ejercer ese papel es lo mejor de sus vidas. Un beso

ana dijo...

A mí, me has puesto un nudo... porque pienso en las maravillosas cosas que me perdí al no poder estar al lado de mi abuela Ana, de la que recibí el nombre.

Sólo conocí a mi abuela paterna. Y la recuerdo amable, valiente y silenciosa. Vestida de negro y con su pelo recogido en un moño gris. No era una abuela al uso actual, de esas abuelas ñoñas y modernillas, no, era recia y cantarina. Recuerdo las meriendas austeras que nos ofrecía como un sabroso manjar. Y me doy cuenta de que su silencio, era el escenario posible para que la vida continuase. Viviendo a su lado, dejaba hacer.

Al final, toda su presencia era de niña. Una niña de 94 años que aún lo esperaba todo. Y el Todo le fue concedido. Murió serena y feliz.

Es muy hermosa tu entrada, una manera de eternidad; el espacio en el que habitan nuestros seres más queridos.

Un abrazo muy fuerte.

Ana, princesa del guisante dijo...

*ana: mi abuelo falleció días antes de cumplir los 66 años. Siempre he pensado cuánta vida le fue arrebatada. De hecho, lo lógico es que ahora, que hubiese cumplido los 90, tenía que haber fallecido. ¡Cuánto se perdió!
Me gusta, pues, haber creado ese espacio de eternidad para él. Tal vez llegue el día que le escriba todo lo que se ha perdido de mi vida. Un abrazo para ti, y otro para ellos, dondequiera que estén.

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