© de la imagen La meva maleta

viernes, 6 de agosto de 2010

Refrescar la memoria

Al poco tiempo de empezar el blog escribí esta entrada, a la que he recurrido en varias ocasiones para hablar de la maternidad. En aquel tiempo muchos de los que pasáis por el castillo no estábais aquí. 




Como este, para mí, es tiempo de abrir armarios para desempolvar viejos recuerdos, copio y pego este texto. Para las mamás, y para las que no lo sois aún.

SER MAMÁ



En este lugar de reencuentros recuperé a una amiga de mis años de estudiante, y ¡venía con relleno! Hace algunos días nació su bebé, el muñeco más lindo que he visto en mucho tiempo. Se me lamentaba el otro día, “Ay, Ana, que no me habíais dicho cuánto trabajo dan…”

No, no te lo dije, ¿para qué? No lo hubieras creído. No hubieras comprendido qué quiere decir ocuparse todo el tiempo de él, hasta el punto de olvidarte de ti misma. Hay tantas cosas que no supe decirte, Cris. Ahora que arrullas ya a tu niño, tal vez comprenderás algo de lo que voy a contarte.

No me siento una madre distinta de las demás, sé que el sentimiento de maternidad es común e inexplicable, lo cual no impide mostrar pinceladas de él.

Para mí ser madre supuso ya un reto. Mis niños no sólo fueron deseados, sino que costaron. No le añade más mérito, sino una mera curiosidad… mi recompensa al esfuerzo y a la lucha contra corriente fueron dos vidas cuya responsabilidad me fue encomendada.

Precisamente esa responsabilidad me abrumó más que otra cosa al principio. Ellos dependían exclusivamente de mí. Y de su padre; pero su padre confiaba plenamente en mi criterio, casi todo el tiempo. Así que yo decidía. Y si me equivocaba, me equivocaba yo. Si lloraban, yo estaba fallando en algo. Si le dolía la tripa por un cólico, sería porque mi leche no sé qué. Y así todo.

Los primeros días de la vida de mi primer hijo sufrí muchísimo la pérdida de mi libertad. Yo no era libre, no podía seguir haciendo lo que quería y cuando yo quería. Ni ir a ninguna parte sola. Pero era madre… lo cual era muchísimo mejor. Tenía un bebé, y era mío (y de su papá).

Asumido mi nuevo estado de falta de libertad, aprendí deprisa que las noches en duermevela tenían una recompensa: poder aspirar el aroma de la piel de mi bebé en mitad de la noche, como si de una droga emocional se tratara. Supe que el hecho de tener a esa garrapata colgada todo el día de mi pecho me permitía acariciar sus mejillas, ver sus esfuerzos por sacar la leche, sostener el leve peso de su cuerpecito acurrucado contra el mío, estirar sus delicadas piernecitas, frágiles como una ramita seca.

Era un regalo para la vista una hilera de diminutos calcetines tendidos al sol. Le preparaba la cunita con las sábanas de algodón de batista bordadas por su abuela con infinito mimo, y me quedaba horas pasmada viendo como dormía. Era como tomar un tranquilizante…

Con el segundo bebé es distinto. Ya no tienes que aprender a no ser libre, ya sabes ser responsable, y sabes de qué llora en cuanto abre la boca. Y eso te relaja. Aunque tengas muchísimo más trabajo, tu instinto está reforzado por la experiencia y, aunque surgen otras dificultades, no te agobias tanto.

Tengo hermosos recuerdos de aquellos tiempos, como las sonrisas de mi pequeño, o las manitas eternamente agarraditas del mayor. Recuerdo las posturas de mis bebés al dormir, les recuerdo con aquellos trajecitos diminutos. O me veo a mí misma cortándoles las uñitas ¡casi a diario!, o el olor de la loción Mustela (que acaba oliendo a pañal usado). No puedo evitar sentir una punzada de nostalgia cuando veo un bebé, porque mi sentido común me dice que no debo tener ya más hijos.

He aprendido que la época de bebé dura poquísimo. Que es dura, como casi todas las épocas de la vida. Los mejores tiempos, de los tres meses a los 9, cuando ellos son de la mamá y ya no son tan tan frágiles como al principio, y sobre todo, ¡no se mueven de forma autónoma!
Ellos dejan huellas en el cuerpo (envidio a las mamás de cuerpos perfectos, pero a mí me han quedado secuelas), y en el alma. Me he vuelto frágil. Me emociono viendo un anuncio de Disney, me emociono cuando oigo a un niño cantando, me emociono cuando escucho las noticias, cuando sé que hay niños enfermos. Niego la posibilidad de que mis hijos enfermen de forma grave, como si eso les creara un escudo protector. Ni siquiera contemplo la posibilidad de que yo pueda enfermar… ¡cómo iba yo a dejarles huérfanos! Se me rompe el alma cuando les veo sufrir, o cuando sé que no debo evitarles el sufrimiento, porque de él deben sacar su propia experiencia. Quisiera poder acolcharlos cual muñeco Michelin para que no se lesionen, pero no puedo. No debo. Lucho por contener la risa cuando sueltan una palabrota, y me disgusto cuando les veo pelear. Y ya sé que las peleas de cachorros sirven para su aprendizaje, pero me entristece leer en sus ojos un ápice de rencor. Cuando acaricio su piel de niño de colegio, mis ojos me devuelven aquella fragilidad de los primeros días.

Ya ves, te dan un bebé y de repente te dejan el alma en carne viva. Y para eso no hay tiritas. Disfruta cada momento, porque no vuelve.

La Princesa del Guisante
9 de febrero de 2010

10 comentarios:

Mariacininha dijo...

Qué niña más hermosa , la madre debe estar muy orgulloso, es un títere. Gracias por sus comentarios sobre mis pájaros , nunca he recibido un comentario tan creativo como el tuyo .

Ana, princesa del guisante dijo...

*Mariacininha: por la foto no se puede saber, pero es un niño. Y la madre, que soy yo está ORGULLOSÍSIMA :) Esta foto es del pequeño Bufón, con poco más de un mes. Gracias a ti, por tus maravillosas creaciones.

Mari dijo...

Bufón es un bebe precioso, pa comerselo.
Y que decir de tus palabras........
Besos
mari

Ana, princesa del guisante dijo...

*´Mari: bufón fue un bebé comestible... Ahora, con 4 añazos es un bruto que te derriba en un arrebado. Pero sigue siendo comestible :-)) Besos

Lisset dijo...

Te entiendo perfectamente, Ana, cada una de tus palabras. Una vez aparecen en nuestra vida, ya nada vuelve a ser igual. Las mismas cosas que uno miraba con indiferencia de pronto son noticias en primera plana en nuestro cerebro. El corazón de pronto se hace más grande y la paciencia, esa de la que una suele tener poca, se concentra y se hace inmensa para ese bichito que de pronto se convierte en nuestra vida. No hay amor igual, no hay al menos para mí, otro por el que daría la vida si fuese necesario y sin cuestionármelo. Gracias a mi cosita diminuta, puedo con todo aún cuando estoy que me caigo de sueño, cansancio, tristeza o lo que sea, para ella siempre tengo una sonrisa. Preciosas tus palabras y precioso bichito el tuyo. Un abrazo.

Ana, princesa del guisante dijo...

*Lisset: en efecto, nada vuelve a ser lo mismo. Un comentario en esta entrada, en la original, quiero decir, me rectificaba, y me decía que nos hacíamos más frágiles al ser madres, y más duras al mismo tiempo. Decía algodón y acero, como Platero.
Me quedo mirando a mis hijos, y me parecen lo más hermoso del mundo... Ay, que tonta estoy jajaja
besos

Mofletes dijo...

pues nada ya estoy aquí como tonta llorando al leer tus palabras, mi niño tiene 3 años y medio ya, y me gustaría que el tiempo no pasara tan deprisa pero cuando estoy tan cansada estoy deseando que se duerma y mañana será otro día, nadie entiende lo que es ser padres mas que los mismo padre

Ana, princesa del guisante dijo...

*Mofletes: No, afortunadamente ellos crecen a su ritmo, y tú tienes que andar corriendo a su lado para no perderte nada. Desear que se duerman para respirar no es malo...

Tita dijo...

Absolutamente precioso ¡y cierto! aunque aún no he llegado a la parte de la segunda maternidad, en breve si todo sigue bien lo sabré.

Hermoso, un abrazo

Ana, princesa del guisante dijo...

*Tita: yo creo que cada una lo vive a su manera, pero hay un denominador común de sentimientos, que tenemos todas, sin excepción.
Un abrazo, y disfruta de tu maternidad.

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