© de la imagen La meva maleta

martes, 9 de febrero de 2010

Ser mamá

En este lugar de reencuentros recuperé a una amiga de mis años de estudiante, y ¡venía con relleno! Hace algunos días nació su bebé, el muñeco más lindo que he visto en mucho tiempo. Se me lamentaba el otro día, “Ay, Ana, que no me habíais dicho cuánto trabajo dan…”



No, no te lo dije, ¿para qué? No lo hubieras creído. No hubieras comprendido qué quiere decir ocuparse todo el tiempo de él, hasta el punto de olvidarte de ti misma. Hay tantas cosas que no supe decirte, Cris. Ahora que arrullas ya a tu niño, tal vez comprenderás algo de lo que voy a contarte.


No me siento una madre distinta de las demás, sé que el sentimiento de maternidad es común e inexplicable, lo cual no impide mostrar pinceladas de él.


Para mí ser madre supuso ya un reto. Mis niños no sólo fueron deseados, sino que costaron. No le añade más mérito, sino una mera curiosidad… mi recompensa al esfuerzo y a la lucha contra corriente fueron dos vidas cuya responsabilidad me fue encomendada.


Precisamente esa responsabilidad me abrumó más que otra cosa al principio. Ellos dependían exclusivamente de mí. Y de su padre; pero su padre confiaba plenamente en mi criterio, casi todo el tiempo. Así que yo decidía. Y si me equivocaba, me equivocaba yo. Si lloraban, yo estaba fallando en algo. Si le dolía la tripa por un cólico, sería porque mi leche no sé qué. Y así todo.


Los primeros días de la vida de mi primer hijo sufrí muchísimo la pérdida de mi libertad. Yo no era libre, no podía seguir haciendo lo que quería y cuando yo quería. Ni ir a ninguna parte sola. Pero era madre… lo cual era muchísimo mejor. Tenía un bebé, y era mío (y de su papá).


Asumido mi nuevo estado de falta de libertad, aprendí deprisa que las noches en duermevela tenían una recompensa: poder aspirar el aroma de la piel de mi bebé en mitad de la noche, como si de una droga emocional se tratara. Supe que el hecho de tener a esa garrapata colgada todo el día de mi pecho me permitía acariciar sus mejillas, ver sus esfuerzos por sacar la leche, sostener el leve peso de su cuerpecito acurrucado contra el mío, estirar sus delicadas piernecitas, frágiles como una ramita seca.


Era un regalo para la vista una hilera de diminutos calcetines tendidos al sol. Le preparaba la cunita con las sábanas de algodón de batista bordadas por su abuela con infinito mimo, y me quedaba horas pasmada viendo como dormía. Era como tomar un tranquilizante…


Con el segundo bebé es distinto. Ya no tienes que aprender a no ser libre, ya sabes ser responsable, y sabes de qué llora en cuanto abre la boca. Y eso te relaja. Aunque tengas muchísimo más trabajo, tu instinto está reforzado por la experiencia y, aunque surgen otras dificultades, no te agobias tanto.


Tengo hermosos recuerdos de aquellos tiempos, como las sonrisas de mi pequeño, o las manitas eternamente agarraditas del mayor. Recuerdo las posturas de mis bebés al dormir, les recuerdo con aquellos trajecitos diminutos. O me veo a mí misma cortándoles las uñitas ¡casi a diario!, o el olor de la loción Mustela (que acaba oliendo a pañal usado). No puedo evitar sentir una punzada de nostalgia cuando veo un bebé, porque mi sentido común me dice que no debo tener ya más hijos.


He aprendido que la época de bebé dura poquísimo. Que es dura, como casi todas las épocas de la vida. Los mejores tiempos, de los tres meses a los 9, cuando ellos son de la mamá y ya no son tan tan frágiles como al principio, y sobre todo, ¡no se mueven de forma autónoma!


Ellos dejan huellas en el cuerpo (envidio a las mamás de cuerpos perfectos, pero a mí me han quedado secuelas), y en el alma. Me he vuelto frágil. Me emociono viendo un anuncio de Disney, me emociono cuando oigo a un niño cantando, me emociono cuando escucho las noticias, cuando sé que hay niños enfermos. Niego la posibilidad de que mis hijos enfermen de forma grave, como si eso les creara un escudo protector. Ni siquiera contemplo la posibilidad de que yo pueda enfermar… ¡cómo iba yo a dejarles huérfanos! Se me rompe el alma cuando les veo sufrir, o cuando sé que no debo evitarles el sufrimiento, porque de él deben sacar su propia experiencia. Quisiera poder acolcharlos cual muñeco Michelin para que no se lesionen, pero no puedo. No debo. Lucho por contener la risa cuando sueltan una palabrota, y me disgusto cuando les veo pelear. Y ya sé que las peleas de cachorros sirven para su aprendizaje, pero me entristece leer en sus ojos un ápice de rencor. Cuando acaricio su piel de niño de colegio, mis ojos me devuelven aquella fragilidad de los primeros días.


Ya ves, te dan un bebé y de repente te dejan el alma en carne viva. Y para eso no hay tiritas. Disfruta cada momento, porque no vuelve.

12 comentarios:

Mariapi dijo...

Me he ido poniendo "blandita" al leer tu entrada. Esa heridita en el alma que dices que dejan cada uno de los hijos en el alma...lamento comunicarte que no se cura.
Mi Princesita Mayor se va a casar...y recuerdo a la perfección su cabecita pelona...mis muchachos calzan un 45, pero todavía veo sus pies cuadraditos de dedos gordos...Gracias Ana, por traer tan buenos recuerdo.

ana dijo...

ES una herida en el alma... de la que no te querrás desprender jamás. Duela lo que duela, su presencia es aún mayor. Y compensa TODO.

Un beso Ana.

Sunsi dijo...

Ana... Has trasladado un sinfín de emociones, olores, ternura... que tenía tan olvidadas. Qué verdad más grande: la etapa de bebé se pasa en un suspiro.

¿La podremos recuperar cuando seamos abuelas? ¿No dejarán achucharlos? Mariapi es la que tiene más puntos...

Gracias, Ana y un beso con olor a Nenuco.

ART TO PATCH dijo...

Ostras Ana! Primer de tot agraïr-te els comentaris al meu blog! Et segueixo! fas uns treball fantàstics! Felicitar-te el teu escrit! emociona!
Petons
Laura

Ana dijo...

*Mariapi: mi padre tiene 63 años, y mi abuela sigue sufriendo por él. Es tan cierto...

*Ana: se supone que nosotras tendríamos que saber todo sobre curar heridas, pero estas son de las profundas. ¡Qué dolor más dulce!

*Sunsi: nada como ese olor a Nenuco. Yo tengo crudito lo de ser abuela. Primero porque mis hijos solo tienen 3 y 7 años. Y luego porque son varones. Si tienen hijos, los tendrán ellas, sus parejas. Los niños son de la mamá. Con mucha suerte me dejarán cuidarlos, como hizo mi suegra con mis hijos, pero jamás será lo mismo.

*Laura: Benvinguda! els meus treballs són graciosets, però els teus són pura artesania... quines mans tens! Gràcies pel teu comentari.

Pizpireta dijo...

Creo que nunca o al menos hace muuucho tiempo que no leia algo que me emocionara tanto.

Ana dijo...

*Pizpireta: ¿será que tú también tienes la "herida"? Gracias por tu comentario, me has emocionado también.

meloenvuelvepararegalo dijo...

La descripción es muy vívida, tanto que emociona de veras.
Ligo un poco tus primeras frases sobre la pérdida de libertad con mi entrada de ayer y los viajes... Pero ante todo pienso que si el "viaje" de la maternidad es elegido seguro que es más reconfortante que la experiencia de conocer millones de países lejanos y exóticos. Aunque también es cierto que el sentimiento maternal es múltiple y variado.
Da gusto leerte.

Rhiannon dijo...

Muy bonito tu post. Tengo una niña a puntito de hacer siete meses, y compruebo cómo muchos de estos nuevos sentimientos que descubro en mí son en realidad universales.

Sin embargo, hay algo que me gustaría añadir. Las madres nos volvemos más frágiles, más blanditas... pero también mucho más duras, como de acero. Porque por tu hijo eres capaz de cualquier cosa, aguantas cualquier dolor, cualquier sufrimiento, tiras del carro como sea por sacar adelante a un hijo. Acero y algodón, como Platero.

Señorita Puri dijo...

jope, qué bonito. me ha ENCANTADO. es precioso cómo describes todo. mi chico y yo hablamos de ir a este y otro sitio el año que viene, de hacer esto y lo otro.. y de pronto nos quedmaos mirando como diciendo "pues va a ser que no" jajajaja pero nos da TAN igual. de verdad, precioso texto. un besazo, P.

Ana, princesa del guisante dijo...

*Rihannon: me gusta mucho lo que dices... acero y algodón. Gracias por tu comentario, y bienvenida al castillo

Ana, princesa del guisante dijo...

*Puri: No puedo explicarte nada, porque hay que vivirlo... Lo vas a flipar.
Besos

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