© de la imagen La meva maleta

viernes, 27 de febrero de 2015

Te hablé de la libertad

Ayer tuviste uno de aquellos días parlanchines. Las palabras se te amontonaban en los labios para contarme cosas que yo escuchaba con interés. Hablaste de decisiones, de las de tus compañeros de clase, te hablé de la libertad, de lo importante que es ser libre: cada uno escoge lo que quiere y asume luego las consecuencias de su decisión, en eso consiste, eso es lo que nos hace ser humanos. 

Nada tiene mayor valor que nuestra libertad, te explicaba. Tanto, que cuando alguien hace lo peor, lo peor de lo peor, el castigo máximo -en nuestro país y en muchos otros países del mundo- es quitarle esta libertad. Es por tanto, lo más valioso que poseemos. 

Cada vez que suelto un poquito tu cuerda me recuerdo a mí misma que yo no puedo hacer más que verte volar hacia tu destino, el que sea que tú elijas para ti. Y me maravilla que casi siempre tu elección me parece simplemente perfecta, porque eres libre. 


sábado, 21 de febrero de 2015

Una carta más


Querido señor madurito,
Me enamora de ti que me aguantes la insolencia de llamarte señor madurito,  como si yo fuera una Lolita de uniforme y calcetines, en lugar de la cuarentañera  que te da los buenos días todas las mañanas.  

Déjame que te cuente algo. Esta mañana me he sentado en el jardín a tomar el tibio sol de invierno y te he visto observándome desde el interior de la casa. He hecho como si no te hubiera pillado en la travesura de mirarme a escondidas; en lugar de eso, he actuado como una adolescente despreocupada. Me he desabrochado un poquito la camisa y he jugado con el mechón de mi pelo, fingiendo ser la jovencita que te conquistó.

Apenas cinco minutos de coquetería, de armas de mujer utilizadas con premeditación y alevosía, han bastado para que abandonaras tu mirador tras la cortina y te dejaras caer a mi lado para besar mi escote templado. 

Durante todo el día he estado jugando al escondite con tu deseo, que si mira si me puedes desatar un poco el delantal, que me aprieta, que si cuidado que nos ven los niños. Te he robado algunos besos furtivos cuando nos hemos encontrado en la despensa, como si, en lugar de nuestros hijos, fueran nuestros padres los que estaban en la cocina, como cuando no teníamos descaro suficiente para besarnos ante ellos. 

Así, a sorbitos, engañando al paso despiadado del tiempo, ese que nos pinta de blanco las sienes y nos arruga las esquinas de la mirada, vamos cumpliendo amor, como si no costara. 


Vemos las barbas de nuestros vecinos pasar por duras separaciones y nosotros nos tomamos de la mano como dos criaturas temerosas, conjurando el deseo de seguir amándonos hasta que la muerte nos separe, porque así lo prometimos. Nos lo prometemos todos los días, incluso en las madrugadas de entrecejos enfurruñados y ante la montaña de ropa por lavar. 

A veces me pregunto si encuentras en mí el refugio suficiente, el calor que tu corazón necesita, el reposo para tu cuerpo, tan acostumbrado ya al mío. Y siento un secreto temblor cuando me doy cuenta de que podría haber sido más generosa, como la otra noche, que fingí estar dormida cuando sentí tu respiración en mi pelo.   

He esquivado la tentación de olisquear en busca de un rastro de perfume que no fuera el mío en el cuello de tu camisa. Y justo cuando ya casi me enfado, porque has vuelto a llegar tarde del trabajo, encuentro en el fondo de tus pupilas aquel chico que habitó en ti, espiándome tras las cortinas. 

A menudo temo que mi vida contigo no haya sido más que un sueño en el que fui inmensamente feliz y del que despertaré con una terrible sensación de ausencia y de nostalgia, así que me agarro con fuerza a la manga de tu pijama mientras duermes, como si eso bastara para invocar a la suerte para que mañana todo siga siendo esa rutina de la que algunos reniegan. Yo, en cambio, bendigo todas las migajas de ese pan nuestro de cada día, agradezco las veladas Aburridas de sofá y manta y la nevera siempre a medio llenar. Y me miro en el espejo de quienes encontraron la felicidad en lo cotidiano porque ese es el lugar en el que quiero vivir contigo.  

Cuando nuestros hijos se vayan y volvamos a ser tú y yo los únicos dueños de nuestro tiempo, nos quedará este pacto de amor sencillo y honesto, limpio como el rocío que tintinea sobre la hierba de nuestro jardín. ¿ quieres salir a verlo conmigo, señor madurito? 

Siempre tuya, 

Una señora de mediana edad. 




*carta presentada al concurso de cartas de amor Holiday rural. 

jueves, 12 de febrero de 2015

El tiempo da y quita razones

Se puso de moda decir, hace algunos años, que el proceso químico que posibilita el amor conyugal o de pareja o cómo demonios quieran llamarlo, tenía fecha de caducidad. Si no recuerdo mal, eran tres años. Luego, semejante sandez se concretó: lo que dura tres años es el enamoramiento. Que a partir de ese tiempo no quedaban en el organismo humano posibilidades de seguir amando a la misma persona. 
Francamente, incluso entonces, recién estrenado mi amor, esa teoría me pareció bastante estúpida. Se refería, por supuesto, a atracción sexual, si no, uno dejaría de amar a sus hijos, padres, amigos, a los tres años (?) 
Siempre pensé que se lo inventó algún listo para justificar su incapacidad para el compromiso.
Muchos se sumaron al carro ese tan cómodo de "claro, como fisiológicamente es imposible amar más de tres años..."; sin embargo, al mismo tiempo, nuestra sociedad dedica todo un período comercial al tema del amor. Supongo que el establishment ese que nos controla hasta el tiempo que tardamos en hacer la compra en días pares y la hora más frecuente a la que los españoles hacempos pipí, ha encontrado en el amor un filón con el que llenar el espacio entre Reyes y el día del padre, una excusa más para que nuestros pies corran hasta el centro comercial más cercano. Tan rentable debe de ser el asunto que pospusieron dos semanas el reinicio de la serie Velvet para hacer que coincidiera con San Valentín. Teniendo en cuenta que la serie está ambientada en el año 59 en España, me parece que sus guionistas deberían haber tratado de ser un poquito más rigurosos y fieles a la historia. Porque esta celebración aquí es bastante más reciente. En fin, que me disperso.
Sobre el desamor, para evitar que la pasión se desvanezca, yo recomiendo a todo el mundo escribir cartas de amor. Hacen mucho bien a quien las escribe y al destinatario de la misiva. Y alimentan todas las sustancias químicas esas que nos hacen derretirnos de pasión. Todo lo que puede comprarse con dinero vale mucho menos, se lo aseguro.


*edito la entrada para dar cuenta de mi error. Galerías Preciados, en 1948 ya hacía promoción por San Valentín. Gana Cupido (el de los regalos a cambio de amor. O lo que sea.)
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