© de la imagen La meva maleta

viernes, 31 de enero de 2014

Escandalizada estoy

No comprendo nada de lo que está pasando hoy día con las mujeres. En serio. ¿Ya tenemos el rol por el que toda la puñetera historia hemos estado luchando?

Mi indignación se cuece a fuego lento desde la primera vez que vi el anuncio de la pizza de una conocida empresa catalana, seguro que lo habéis visto, el de la cocina. 

Iba a enlazarlo, pero me niego a darles publicidad, así que hago un pequeño resumen. En el moderno interior de una masía, con la intención de combinar la idea de comida casera de toda la vida con  un plato actual, una mujer introduce una pizza en el horno, mientras se ve a la niña pequeña jugando. Siguiente plano todos sentándose a la mesa, que está puesta, la madre se levanta por agua, y cuando vuelve, sus hijos y su marido o parejo o lo que sea, le han dejado un trozo de pizza, y ella, muerta de amor se debate entre darle su comida a los sátrapas de sus hijos o comérsela. Parte en cuatro trozos, y el gañán de su marido se quiere apropiar de la miserable cuña de pizza que los niños dejan a su madre.

Y, sorprendentemente, ninguna asociación en pro de la dignidad de la mujer, ha levantado la liebre. Ni ministerio de igualdad, ni siquiera la liga de la leche ha sacado pecho para esta ocasión, nunca mejor dicho.

Pues déjenme que les diga una cosa. Detalles como este vídeo nos devuelven a las mujeres a la época de las cavernas, a la mentalidad arcaica de que nuestra dignidad no merece, ni siquiera que nos dejen comida en el plato. ¿No? 

Lo correcto, en una sociedad moderna, sería no sólo que no le quitaran la comida, sino que el hombre velara para que sus hijos no empezaran a comer sin su madre en la mesa, en el caso de que ella se levantara para servir agua a todo el mundo. Hoy, que nos las damos de listas y de guays, y de liberadas, y de que todo lo controlamos y que estamos en todas partes nos dan sopas con hondas en un anuncio publicitario, y tragamos, como si nos hiciera mejores personas que nos falten al respeto. 

Eso sí, los anuncios de detergentes, que haya siempre un varón remangado, para que se vea que las tareas domésticas ellos también saben hacerlas.

Y en los mentideros, en la corrala de internet, las mujeres entretenidas en el asalto constante leche materna-leche artificial, incapaces de ver cuál es nuestro problema real, el valor que la sociedad nos otorga. 








domingo, 26 de enero de 2014

Las entrañas del silencio


Imagen de aquí


Siento una delicada mezcla de orgullo y de responsabilidad cuando me pides, desesperada, que te ayude, como si fuésemos amigas de siempre y yo tuviera el poder de besar tus rodillas magulladas después de tu penúltimo tropiezo. 
No voy a darle vueltas a porqué me eliges a mí, y no a otra persona que te conozca más, de más tiempo, quiero decir. Creo que sí es válido lo que te pueda aportar yo, porque cada perspectiva de lo mismo nos da una visión nueva, un matiz que nos ayuda a trazar las líneas que delimitan el problema. Lo corroboro cuando tú me confirmas que la psicóloga que te atiende te dice lo mismo que yo. 
Y yo sé que nos escuchas a las dos con la misma atención, no en vano vienes libremente a llamar a mi puerta cuando me necesitas. 
Con la misma sencillez me tomo, pues, la libertad de decirte lo que pienso, porque yo no sé querer de otra forma.  
Será que mi mundo está rodeado de un entorno de personas de campo, o porque el clima del lugar en que vivo invita a la reflexión (o son cosas mías, no me hagas demasiado caso), pero te percibo envuelta en un ruido infernal. Ruido de cosas materiales, de necesidades que no lo son, de factores que no son tan importantes. Y con todo eso a tu alrededor, te sientes sola y desamparada, y realmente no lo estás, sólo necesitas seguir escondiéndote ahí.
Porque, desde aquí, desde el sesgo de que sólo sé de ti lo que tú has querido contarme por teléfono, me da la sensación de que lo que realmente te da pavor es escucharte, no escucharme a mí, sino a ti misma. Y yo creo que tú eres una gran mujer. Sólo tienes que encontrarte en las entrañas de tu silencio, eliminar todo aquello prescindible, bebe sólo el agua que necesites, besa sus piececitos sin preguntarte si lo podrías hacer mejor, habla una tarde entera con una amiga que te diga la verdad aunque duela, come sano, no fumes, date crema después de la ducha y construye tu hogar con el brillo y la dureza del diamante. Tu hogar. Tú eres el pilar sobre el que se sustentan las vidas de tus criaturas. 
Déjate de lexatines, de internets y de circos. Desaparece un segundo del mundo y demuéstrate a ti misma lo que vales. 
Respira hondo y elimina todo lo superficial, todo aquello que en realidad no necesitas. Desnúdate ante el espejo y encuentra la gran persona que te habita. La que yo leo entre todas las palabras de relleno. 
Y cuando ya estés bien, que lo estarás, porque tu fuerza interior es radiante, entonces, construimos nuestra amistad con los guisantes en su sitio bajo el colchón. Ya verás lo bien que sienta la libertad. 


domingo, 19 de enero de 2014

A ver cómo lo diría

Cuesta escribir sobre la suerte sin parecer una presuntuosa o una desagradecida. Vayamos primero a dar gracias, a Dios. Todos los días de la vida de mis hijos conmigo son un regalo. Desde el día bendito que supe que existían hasta ahora mismo, que están jugando en su habitación. Le doy gracias por haberme dado dos  niños tan. Tan. Todo lo que son es maravilloso, y no exagero: su salud, su temperamento, su fuerza su belleza, sus cabellos y sus dientes. Su tozudez y sus ganas de jugar, su desorden y su apetito. Todo. Son inteligentes y buenos. Y guapos. Y todo. 

En lo que a ser su madre se refiere, no me han dado demasiado trabajo extra. Lo hice tan bien como supe: orden en horarios y sensatez en casi todo. El sentido común ha sido la moneda de cambio corriente en el castillo. No obstante no todas mis decisiones han sido aplaudidas por los aledaños de quienes también quieren a mis hijos. Siempre hay alguien dispuesto a poner en jaque tus habilidades como madre contradiciendo tus órdenes, metiendo la nariz en tus decisiones, juzgando y cuestionando.

Tiene, sin embargo, el tiempo la manía de poner a todo el mundo en su sitio, y hasta ahora, la mayor parte de las cosas que he hecho para y por mis hijos están dando unos frutos estupendos y magníficos. Insisto en lo de dar gracias a Dios, porque sembrar en la tierra fértil que son mis hijos es lo más gratificante que haya hecho jamás. Pero ya saben como funciona, ser padre se parece un poco a disfrazarse de sargento. Se pasa uno el día dando órdenes e instrucciones: recoge los zapatos, límpiate la  nariz, termina tus deberes, te he dicho que recojas los zapatos, lee cada día, no te quedes hasta las tantas a leer, son las tantas y no has terminado tus deberes, son las tantas y estás todavía sin acostarte,... 

Cierto es que a lo mejor también saldría de su instinto todo lo que rezo yo durante el día. El caso es que, como sea, me hace mucha gracia cuando algunas veces -suele coincidir que quienes te lo dicen son los mismos que te critican por mandar tanto- te dicen:

- ¡Qué suerte tienes de que te hayan SALIDO unos niños tan educados!

Cualquiera argumenta que no ha sido cuestión de suerte, porque, efectivamente, he tenido toda la suerte del mundo con ellos. 

jueves, 16 de enero de 2014

Sobre responsabilidad

Cada día estoy más convencida de que la mayor parte de los problemas sociales que padecemos tienen su raíz en la falta de responsabilidad. No nos hacemos responsables de las consecuencias de nuestros actos, de las decisiones que hemos tomado y las que no, de nuestras omisiones, de nuestra pereza, de nuestra forma de vestir y de cómo educamos a nuestros hijos.

No son responsables nuestros líderes políticos porque no actúan de forma transparente ni honesta. No son responsables los jueces porque manipulan la lectura de las leyes en función de quienes son los políticos que les colocan en sus sillas. No son responsables los medios de comunicación, que tapan y destapan las vergüenzas de quienes les pagan, también del gremio que acabo de mencionar.

No se estila el asumir aquello que se deriva de nuestros actos. En cuanto tuve uso de razón me enseñaron que la consecuencia de una relación sexual podría ser un embarazo. Así que no comprendo tanto aspaviento, si tomas la decisión de acostarte con un hombre tienes que saber que eso puede ser el origen de una criatura. Y no estaría de más que le preguntaras al señor donante si él se hará cargo de la consecuencia de su acto responsable.

Asumir la responsabilidad es el acto que nos hace distintos de los animales.


Dedicado a Tomás, que se lo preguntaba

lunes, 13 de enero de 2014

Como un dejà vu

Como siempre tengo la sensación de que leo poco, porque siempre me quedo con ganas de leer más, hoy he hecho una lista de los libros que leí el año pasado. Así he tropezado con el recuerdo de uno de mis favoritos, no sólo de este año sino de toda mi vida El abanico de seda, de Lisa See, que me prestó mi madre, ávida lectora. 

La historia de este libro es trágica y bella a partes iguales, trata de las mujeres con pies de loto de la China de otros tiempos. 

Imagen de aquí

A las niñas, cuyo destino deseable era casarlas bien, las mutilaban, dejándolas prácticamente inválidas, convirtiendo sus pies en unos muñones deformes y delicados a los que llamaban lotos dorados. De esta manera les resultaba bastante difícil escapar de los hombres con quienes las casaban siendo apenas unas niñas, lo cual las hacía deseables y sumisas. 

En nuestro tiempo, cuando nos parece inconcebible semejante clase de maltrato y desprecio a la condición humana, se me ocurren otras formas de tortura, si no parecidas, primas hermanas. Hoy somos esclavas de una talla, de unos cánones estéticos imposibles, de una posición social determinada, de una carrera, un máster, maquillajes y botox y tintes que nos atan igualmente los pies. 

Esto se me acaba de ocurrir, en realidad, a medida que escribía lo de que nos parece inconcebible el maltrato y bla bla bla. El Dejà vu con este libro me vino ayer, cuando hablaba con Gema Lendoiro de algo que me parece muy curioso. Me anticipo a pedir a las defensoras a ultranza del Porteo y otras virtuosas autodenominadas Criadoras con apego, que bajen sus hachas. No es nada personal, no tengo nada en contra de su filosofía, siempre y cuando no me la impongan a mí. Vaya eso por delante. Permítanme apoderarme de su apego, que es exactamente el mismito con el que yo crié a mis hijos, a pesar de que ellos aprendieron a dormirse solos y en sus camas (no se atrevan ni siquiera a insinuar que yo les quiero menos sólo por ello).

Observo con preocupación a algunas de estas madres, que, aferradas a la convicción (¡que no cuestiono en absoluto!) de que los niños están mucho mejor en contacto con la piel de su madre, recorren distancias infames a través de la ciudad correosa con sus niños a cuesta.

La imagen, en las mujeres de América del Sur, de África, asiáticas, me parecía igual de sacrificada, a pesar de la belleza estética con que lo pintó aquí mi amiga Carme Sala.



Pero, fuera de ese ambiente rural, pobre, en el que estas madres tienen que cargar con sus criaturas porque no les queda otro remedio, no puedo evitar recordar los pasitos minúsculos que daban Lirio Blanco y Flor de Nieve en aquella época en la que el valor de una mujer se medía por lo doblegada que estaba al arbitrio de los demás. Me pregunto cómo nos verían las mujeres sin recursos retrocediendo cincuenta o setenta años en la historia, volviendo a cargar nuestros hijos sobre las espaldas. Y no me vengan con lo de que los padres también portean. No me refiero a eso. 

Yo defiendo a ultranza el valor de la mujer en sí, sin tener que ser abogada, maestra, médico o modelo para ser grande. Porque la mujer tiene el poder de la vida en sus credenciales, y la mejor cuidadora de su familia es, sin ninguna clase de duda, la mujer. Pero no es necesario que volvamos a la "pata quebrada" para justificar que lo que realmente nos realiza como personas es ser mujeres. Yo soy la primera que se siente estafada con el timo de la estampita de la liberación femenina. Pero no es necesario retroceder hasta perder la libertad. Eso es otra cosa. 



sábado, 11 de enero de 2014

Disfraces

Leía el otro día que el exceso de maquillaje, de cirugía estética, vestirse con extravagancias que tratan de llamar la atención hacia lo externo, se utilizan con la finalidad  _consciente o no_ de disimular alguna carencia interior. Como el intento infantil de señalar al cielo cuando nos dicen algo que no nos gusta.

Los niños disimulan muy mal. Sin querer, esconden su travesura de nuestros ojos tapándola, de forma que únicamente hay que seguir el camino de sus manos para descubrir su engaño. De la misma forma, los adultos que no aceptan en quiénes se están convirtiendo o simplemente quienes son, crean una máscara que no siempre es tan ajena a nuestros ojos como ellos creen, un disfraz. Cuando lo que hay que tapar es poco, pasa con una forma de vestir, con un porte, con esgrimir la posición que se ocupa, una forma de hablar particular, nada que llame excesivamente la atención. Una barba, unas gafas llamativas, un collar de fantasía.

Suele pasar, sin embargo, que la vida se  nos complica, y el pudor interior va añadiendo a ese kit básico una americana floreada, un bolso XXL, una camisa estrafularia, un coche enorme, colorete,  pendientes de diva. O todo lo contrario, se aferran a la dejadez, y convierten la mugre en su careta. Estoy exagerando, en realidad, es todo mucho más sutil. Sólo que a mí me parece igual de estridente. Lo que para ellos es una posición cómoda, segura, dentro del escondite de su alma, a mí me hace desconfiar tanto, como cuando me hablan con las gafas de sol puestas, y no puedo leer en el interior de las pupilas de mi interlocutor, haciéndome sentir desvalida. Con los de las gafas, sé como actuar: me pongo yo las mías y me hago igual de hermética, para dialogar con igualdad de condiciones.

Pero a mí no me gustan los disfraces, huyo del Carnaval como de la peste. Y en tiempos de crisis (no, no estoy hablando de la económica, sino de la moral), es la fiesta de moda. Se quedan felices ellos, exibiendo su disfraz, y yo no hago más que buscar a la persona que hay dentro. 


martes, 7 de enero de 2014

Experiencias compartidas

Hoy el post del blog de ABC, Madre no hay más que una, de Gema Lendoiro, menciona la entrada anterior de este castillo, Corrala 2.0.

Ella, como yo, está cansada de que en todos los temas relacionados con la maternidad se abra una suma de monólogos, que no debate,  entre dos partes dispuestas a imponer su criterio a toda costa y a criticar, hasta el abandono por hartazgo de la otra parte.

Por esta razón me alegra estar representada en ese post, porque no estoy sola en el intento de abogar por el sentido común y por aprender, en lugar de imponer.

Y desde aquí felicito a mi amiga Gema, porque su blog es uno de los seis más leídos de ABC.es.

A todos los que lleguen a este blog desde allí, bienvenidos al castillo. Pediré que les acomoden en sus aposentos. Sean felices.

domingo, 5 de enero de 2014

Corrala 2.0.

Parece ser que en esta, nuestra España profunda, el papel que los balcones de las corralas tradicionales tenían en el entretenimiento de la gente, lo ha asumido internet. 

¿No os habéis enterado? Una conocidísima periodista emparejada con un todavía más conocido futbolista ha dado a luz en un portal de internet en una archiconocida clínica del Madriz de las corralas.

Por esa razón, los mentideros virtuales se han creído con derecho a valorar la oportunidad del método por el que esa afortunada criatura (¡mi reino entero por esos genes!) ha llegado a este mundo, a saber, una cesárea. 

Dada la profesión del padre, y sus oportunas fechas de vacaciones, se ha dado por supuesto, por supuestísimo, que el nasciturus fue arrancado antes de tiempo, de forma programada, de las entrañas de su madre, por un equipo médico que, de forma totalmente inconsciente y por cochino dinero (no lo digo yo, conste, sino los expertos en el tema que han salido como setas estos días en la red) y con el método cafre de abrir el vientre con un cuchillo cebollero.

Exagero, sí, pero os prometo que he leído barbaridades de semejante tamaño desde que nació el niño Martín, nombre que, desde ya, va a ser el más puesto para varoncitos nacidos en la España cañí.

Si se abre en este blog el debate de si cesáreas excesivas, o convenientes, o la necesidad de que se respeten los partos o de las bañeras para dar a luz, borraré automáticamente los comentarios. Por favor, os lo suplico, necesito una terapia de choque desde que lo leí. 

¿Que por qué escribo este post entonces? Porque si algo me llama la curiosidad es la forma en que nos relacionamos en todos los ámbitos de la vida, tanto real como virtual. Uno se pone a hablar, pongamos de que ha pasado una noche de perros porque el niño tiene tos. Al minuto, se abre un debate con la interlocutora, en la que durante un tiempo comprendido entre diez minutos (si cambias de tema) o cinco horas (si tienes ganas de discutir), cada una de las dos partes defenderá su postura sin escuchar a la otra.  Una postulará en pro del colecho y la otra del método Estevill (HE NOMBRADO A HERODES, ya veréis como tengo que borrar comentarios, apuesto medio Roscón). Ninguna de las dos cambiará su método y ninguna de las dos entenderá cómo la otra madre puede estar tan desquiciada como para aplicar su sistema. Y continuará con una infinitud de terapias para paliar la tos, que pasará desde el jarabe, al supositorio Pilka, a la cebolla en la mesilla y al Vicksvaporup en la planta de los pies (sí, funcionan, todas ellas, a alguien, en algún momento. Me imagino cuan desesperada estaba la madre que le puso el vicks a su hijo en el pie, y su cara de pasmo cuando vio que le funcionó)

Así sucede en Internet, hasta el infinito y más allá, con TODOS los temas que tengan que ver con la crianza, el colecho, la alimentación, el porteo/cochecito,  el aborto, los sistemas educativos, y podría seguir un buen rato nombrándolos.

En este blog nunca he defendido otra postura que no sea la que sea válida para cada cual. Nadie debería de dar explicaciones de por qué toma sus decisiones con sus hijos. Señoras (sí, esto sólo pasa con mujeres), son ustedes aquellas suegras de antes, que no se callaban ni debajo del agua, todo el día metiendo la nariz en el puchero de sus nueras… Se debería tratar de compartir experiencias, y no de juzgarlas, cuestionarlas, criticarlas y mucho menos, de crucificar y tratar con desprecio a los que, valoradas todas las opciones, decidimos la que vamos a elegir. Y si nos equivocamos, lo hacemos nosotros con NUESTROS hijos, así que bastante tendremos con cargar con ello como para ver sus miradas despectivas. 

Qué a gustico me he quedado.

miércoles, 1 de enero de 2014

Madrugando

Ayer fui a una mercería y le hablé de ti a una desconocida. Le expliqué cuánto te gustaba coser. Tú, que te tenías por poca cosa, después de todo el día trabajando fuera de casa, te sentabas frente a la máquina de coser y te hacías una falda, o punto, o ganchillo, o petit point. Lo que fuera. Junto a tu sillón de orejas de piel marrón, siempre un cenicerito con hilos y algún botón, las tijeras. La bolsita de alfileres prendida en la pechera de la bata. 
Eso es todo lo que me queda de ti: algunos metros de algodón para sábanas, algunas puntillas viejas a las que ya no se me ocurre cómo devolverles la vida, alguna joya de escaso valor, excepto el que yo quiera darle para sentirme confortada, y la bolsita gastada de tela de felpa en la que tú guardabas los alfileres.
Nada de lo que poseo me recuerda más a ti que mi propia manera de ser, mi afición por la costura, mi forma de tragar con lo que me disgusta por no molestar, el cinismo fino y la capacidad de reírme de lo más trágico para no morir de pena, la sensación de que que nos han robado el tiempo ante nuestras narices. Me hubiera gustado que en el reparto de las cosas que tú atesorabas con ilusión me hubiera sido concedido algo de auténtico valor, pero tú no lo hiciste en su momento, y aunque en tu último año pedías con insistencia que arregláramos las cosas, tendré que consolarme con la imagen que me devuelva el espejo, en ver que mis manos trabajan como las tuyas.
Si me vieras a estas horas, _las ocho de la "madrugada" del primer día del año_ sentada escribiendo, te echarías las manos a la cabeza, ¡con lo que te gustaba a ti dormir! En eso no nos parecemos. Me tomabas de las manos, cuando te explicaba la hora habitual de levantarme, y me mirabas con compasión, como si fuera la peor de las maldiciones. Pero ya no estás. Hoy habrías cumplido años. No te preocupes, no voy a decir cuántos. No puedo explicar cuánto te echo de menos. 
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