© de la imagen La meva maleta

martes, 26 de noviembre de 2013

El último mordisco

Te observo jugando de rodillas, corriendo coches, soñando que eres piloto de Fórmula 1, que el Lamborghini que rueda por tu habitación termina cruzando la línea de meta dejando goma en un asfalto de verdad.



Mientras, los de tu clase _los mayores de todo el colegio_ juegan a ser adultos, a poner morritos en el Facebook, a mandarse whatssaps, a salir, supongo, a probar el sabor de la recién inaugurada juventud,  y los primeros besos.

Te he mirado a los ojos medio dormidos y te he pedido que no me hagas caso si te pido que dejes de jugar para ordenar tu cuarto. Te he pedido que juegues, que apures hasta el límite esa infancia que dentro de nada te avergonzará y que disfrutes de ella, porque nunca volverás a jugar como ahora. NUNCA volverás a ser lo que eres ahora. No, no te digo que este sea el mejor momento de tu vida. Pero cuando tengas catorce años no podrás jugar. No así. Detén el tiempo por siempre en este instante dentro de tu mente. Vive aquí y ahora, no tengas prisa, saborea el último mordisco de tu infancia finita. 

sábado, 23 de noviembre de 2013

Delicadeza


Descansa dormida su camisa sobre la silla, con la misma elegancia serena de sus palabras dulces y suaves. 
Ahora la tendremos que buscar en otros lugares, en el gesto heredado, en los pinceles mudos, en los silencios de luz tamizada en la vieja casa del pueblo.

Siento tu tristeza hecha nudo en mi garganta, apenas un temblor, porque te intuyo valiente, tras la delicadeza de esa forma de encontrar belleza vuestra. 

Cómo se parecían nuestras reinas madres, y se han ido casi al mismo tiempo, ¿cuánto tendremos de lo que fueron ellas? 

Te acompaño, ya lo sabes. Te quiero, guapa


lunes, 18 de noviembre de 2013

Desandando nuestro camino

Sé que me leen muchas madres. Apuesto que un buen número de nosotras echamos de menos nuestras figuras preembarazos. Muchas de nosotras engordamos un número considerable de kilos que, en el mejor de los casos se esfumaron después de la lactancia y de las noches sin dormir y que en el peor, se nos quedaron enroscados en la barriga acompañándonos en forma de alegres buñuelos.

También sé con certeza que ni una sola de nosotras renunciaría a la maternidad por volver a tener el cuerpo de antes. Es más, muchas de las madres tienen cuerpos esculturales. Siguen siendo mujeres bellas, que saben vestir bien, profesionales que compaginan los viajes hacia las extraescolares de sus hijos con la compra y hacen hueco entre dos reuniones para llevarles al dentista y renuncian a ir al gimnasio para poder pagarles mejores clases de inglés. Bueno, hablo en tercera persona, pero yo soy una de ellas, no tan bella y escultural, pero mi marido sigue mirándome con lujuria de vez en cuando. 

Una de las cosas que te enseña la maternidad, como el viento que doblega con firmeza pero suave a las cañas de bambú, es a ser respetuosa. Cuando habías juzgado con severidad a aquellos padres que no sabían controlar a su prole maleducada, te encuentras con la cara colorada en la cola de un supermercado porque tu hijo quiere un chupachup, y vive Dios que no se lo piensas comprar. Respetas a aquellos que prefieren el colecho, aunque tú pienses que es peligroso para el niño, y jamás lo hayas practicado. Porque cuando tú recorriste los diezmil metros pasillo tres noches seguidas le habrías vendido tu hijo a un mercader turco. Respetas, incluso a aquellos que deciden no tener hijos porque se les estropea la figura y la libertad. 

En cambio, es una práctica que ya he visto algunas veces por parte de los ahora llamados Sinhijos, la de insultar, tratar de ofender y despreciar a aquellos que apostamos por seguir el mandado más noble de la naturaleza, que es el de continuar la especie. De hecho, es el segundo nivel, el primero, preservar la propia vida. 

Dejo aquí el enlace de alguien a quien no puedo desear más que tener que tragarse sus palabras cuando tenga sus propios hijos, si es que algún día decide reproducirse. 

Miren, no sólo es algo natural, intrínseco en la esencia de cualquier ser vivo, animal o vegetal, incluso los protozoos y las amebas existen sólo para multiplicarse. Además es el acto más noble que cualquier mujer puede realizar en toda su puñetera existencia. El colmo de la generosidad, dar su cuerpo, ceder su belleza al ser que lleva dentro. Dejar de dormir, alimentarse para que él reciba los mejores nutrientes, cambiar de talla, padecer achaques nada agradables, como hemorroides, mareos, ciática, contracciones. En el momento del parto se produce un nivel de dolor intolerable en cualquier otra situación. Y todo eso no es más que ser un animal que se reproduce. Claro, que qué vais a saber tú y tu envidia cochina, de lo que supone el amor de una madre hacia esa criatura. 

Si algo lamento especialmente de tener hijos varones es que ellos estarán privados de esa maravilla tan grande que nunca seré capaz de explicar, aunque aquí lo intenté

La herida

Y entre el mar de besos supe que quería ser nosotros, y te lo dije, y tú también querías.
Y aquel deseo se nos resistió, con la tozudez de la mano que te corrige una y otra vez la caligrafía. Y ya estaba herida.
Y cuando se hizo burbuja, hubo más besos, y luz de luna redondeando mis curvas bajo tus caricias.
Y una tímida ala de golondrina tocó por primera vez mi vientre y quedé herida por siempre. Aquella herida del alma, herida de amor, herida de madre, herida de vida.
Y el día que mi cuerpo se rompió por él, y olí por primera vez a mar y a sangre, el día que conté por primera vez sus dedos perfectos y temí por su fragilidad, sentí palpitar el dolor, el dolor de la herida.
Mis senos alimentaron sus sonrisas y mis manos acariciaban sus minutos, y entendí que ya nunca cicatrizaría, que llegarían las noches de desvelo, los dientes, el olor a galleta, los virus malditos, las zapatillas diminutas, los niños que pegan, la lluvia y la niebla.
Y mientras, volví a empezar a sentir una nueva ala de mariposa, y llegó una herida nueva, y seguía con la antigua, y las fotos, los abuelos que besan, los celos, el amor por dos, amor al cuadrado hasta el infinito y más allá, la herida sobre la herida. Y más desvelos.
Y sin cerrar del todo, llega la primera excursión con el colegio, los compañeros que les dan la espalda, la primera vez que se quedan en casa solos, se ha roto su mochila, se han quedado cortos los pantalones casi nuevos. Y sentirían la ilusión inmensa de ver nacer gatitos, y el primer rosal pinchará su dedos por querer hacerme otro regalo y, a cada paso, un escozor en la herida.
Y lloraré con su dolor cuando les llegue el mal de amor y una  puñetera les rompa el corazón, y moriré de orgullo cuando les gradúe la vida para ser importantes para alguien, y sufriré cuando el trabajo les preocupe, cuando les acompañe en su dolor de barriga junto a un altar.
Y mi herida se hará infinita cuando ellos sean padres y les haga la primera fotografía con un retoño que ya no se parecerá tanto a nosotros, y besaré a la madre de esa criatura y le contaré que estará herida para siempre, y sabré que no podrá volver a dormir tranquila. Y me veré en la vejez de mi abuela, que siendo anciana, sigue herida por la herida de mi madre y ella, por mi vida.




miércoles, 13 de noviembre de 2013

Antropometría

Una parte importante de mi actividad laboral consiste en realizar reconocimientos médicos. Es un trabajo que no me gusta. Nada. Lo realizo de forma muy profesional, con la mejor atención hacia la persona que tengo delante, porque entiendo que, para ella, ese es un día importante. Pero cuando has tomado doce tensiones y has medido todo lo medible, y escuchado doscientas veces en un mes la misma línea del optotipo C N F M O H Z T R, terminas por detestar tu trabajo.


(He tenido que eliminar la imagen porque me llegaban comentarios spam sobre productos para perder peso!)

Dentro de esa rutina tan organizada (analítica, tensión, peso y talla, espirometría, audiometría, control visión y electrocardiograma si procede) suelo practicar un juego que consiste en calcular la edad de la persona que tengo delante de mis ojos. Me equivoco mucho. En lo que no fallo demasiado es en el cálculo del peso. Antes de que suban a la báscula pongo la pesa en el valor que creo que les corresponde, y suelo tener buen tino. Lo sé es un juego absurdo, pero me ayuda a mantener mi cabeza entretenida. Esto no se parece a la enfermería que a mí me gustaría practicar. 

Sé que en éstos tiempos es una temeridad querer introducir cambios en ejercicios tan rutinarios como la antropometría a la que me estoy refiriendo. Pero si me dejaran decidir a mí, valoraría el estado físico de los trabajadores desde otros criterios menos objetivables, por ejemplo, un cuestionario emocional.

Me explico. A menudo, al terminar de tomarle la tensión a alguien e infomarle de que se encuentra dentro de los límites normales, me pregunta "¿Pero está descompensada, no?". Otros, en cambio, tratan de quitarle importancia a algún problema real de salud porque no pueden permitirse el lujo de estar enfermos y no trabajar. Siempre son los mismos los que llegan tarde a la cita, te cambian cincuenta veces la hora o, simplemente no acuden. Los mismos, siempre, los que se disculpan por no haber podido venir recién duchados, y siempre, los mismos, los que llevan la camisa sucia desde hace, al menos tres días. 

Sólo si pudiésemos escuchar cinco o diez minutos lo que nos dicen sus palabras, el lenguaje no verbal, nos daríamos cuenta de cómo se encuentra en realidad la persona que tenemos delante y cual es su verdadero estado de salud. Claro, que eso no cambiaría la realidad de su cuerpo.

O sí.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Aquello que no queremos ni imaginar

Descubro Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett (Alfaguara, 2013) a través de en un blog.


Dicen que si uno habla de un sueño es difícil que éste pueda realizarse. Pues de esa forma infantil quise conjurar a la suerte: leí ese libro como si el mero hecho de haberme puesto en la piel de una madre que narra la muerte de un hijo pudiera crearme un escudo que me protegiera de semejante atrocidad.

De eso trata, de lo que no podemos siquiera nombrar: la enfermedad mental de un hijo que le conduce al suicidio. Yo, que me siento incapaz siquiera de imaginar a un conocido en una situación parecida, admiro la forma serena en que ésta madre es capaz de analizar, de tratar de comprender la piel de ese hijo que se le escabulle de entre los dedos, de resignarse ante lo inevitable. Sólo alguien que ha vivido una experiencia así puede explicarla. Sólo los padres sabemos el dolor que produce el dolor vivido por nuestros hijos, así que podríamos pensar en Lo que no tiene nombre como en un libro dramático y terrible. Lejos de eso, es un libro que debería ser de cabecera para darnos un baño de humanidad.

Por último, añadir que a la grandeza del sentido de sus palabras se añade la belleza y la sencillez con que las dice.


No voy a pronunciar ese nombre, dice el enfermo, porque van a huir de mí, porque me abandonarán, porque me recluirán, porque no me amarán ni se casarán conmigo. Porque me mirarán con miedo.
No voy a pronunciar ese nombre, dice el padre, dice la madre, porque no puede ser, no puede ser, no puede ser.

Me llama también la atención cómo se vive la muerte desde la ausencia de una dimensión religiosa. De cómo se renuncia a saber el paradero de los restos mortales del hijo. Cómo contrasta nuestro ritual funerario con el americano. 

Siguiendo una vieja costumbre norteamericana, los amigos de Renata han traído comida hecha por ellos en sus casas. Llegan hasta la puerta, discretamente, y se retiran de inmediato, para no perturbar la intimidad familiar. La nevera se va llenando de platos: hay tacos, comida hindú, pasta. Velan con esta ofrenda por nuestra supervivencia, para que las tareas domésticas no agobien más nuestros cuerpos, apaleados ya por la tristeza. Y de pronto nos vemos paladeando un helado de chocolate, elogiando una salsa, un pan tierno, un pescado. Estamos vivos. 

Muchas son las razones por la que creo que puedo recomendaros este libro, pero mis palabras aquí quedan pequeñas. 

domingo, 3 de noviembre de 2013

Retratos de noviembre

Estos días leía que, hasta hace no tanto tiempo, era bastante habitual hacer fotos a los difuntos. Para algunos de ellos, tal vez, el único testimonio gráfico de su agotada existencia. Bien, tentada he estado de colgar en este blog la foto de mi fallecido bisabuelo en el ataúd, junto a su mujer, con su luto envolviendo su cabello de plata en un pañuelo negro. 

Se acabó de nuevo el tiempo de los muertos. Regresan los cementerios a la tranquilidad que les es característica, sólo rota por los nuevos llegados a ese lugar, que se irán presentando con la realidad de la finitud humana bajo el brazo. Andan a todo gas recogiendo las últimas calabazas para enchufarnos a Santa Claus a tutiplén. En las lápidas permanecerán las flores marchitándose hasta la próxima visita al camposanto, y los retratos detenidos para siempre de aquellos que se fueron. Las fotografías no son más que los fotogramas de la película de nuestras vidas, así que, cuando veo las fotos de los que murieron demasiado jóvenes les imagino cambiando esa imagen detenida por una película, siendo adolescentes, y maridos y madres. 


Vuelvo a casa a abrazarme a la cotidianidad del día a día y sigo agradeciendo que el calendario nos obligue a fijarnos, al menos una vez al año, en que somos efímeros. 


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