© de la imagen La meva maleta

martes, 31 de agosto de 2010

Compartiendo soledades



Te invito a compartir tu soledad con la mía, en este banco de madera.

El silencio está por volver. Vendrá cuando el verano se marche, y el día sea cada vez más pequeño, y las horas tristes de la noche se adueñen de ti. Yo estaré aquí, navegando en el azul de mi propio silencio, el que se apodera de mí, el que jamás me ha abandonado.

Si acaso, se oculta, entre risas de niños o bajo un manto de música que mana de algún ingenio electrónico. Otras, arropado por el calor del amor, no ha sido más que silencio entre dos.

Pero ahora forma parte de mí. Aprendí a quererlo y a necesitarlo. Sobre sus páginas no escritas dibujo yo el trazo de mi vida.

Trae tu silencio contigo, y toma la mano de mis pensamientos, que hoy, son para ti, y para tu soledad.

lunes, 30 de agosto de 2010

De nuevo

Paso los dedos sobre los nuevos lápices de colores ordenados pulcramente en el estuche, también nuevo, de mi hijo.

Sin apenas darme cuenta, mientras sigo tachando cosas de la interminable lista que nos dio la maestra para el curso que va a empezar la próxima semana, mi memoria juguetea conmigo.



Puedo ver como en una antigua película, cada una de las batas de mis hijos, las mochilas con su etiqueta aún por cortar, los blocs de dibujo de blanco papel inmaculado, y los libros envueltos en plástico. Tiras que repiten los nombres de mis niños, listas para contarle al mundo que esos objetos les pertenecen.

La sensación de novedad me envuelve, y me conduce inexorablemente a una primavera lejana, en la que mis manos bordaban baberos, y doblaban pequeños trajecitos de punto, y camisas de batista.

Recuerdo que hice para mi primer bebé unas bolsitas de una tela de gasa transparente, bordadas también, para la primera muda en la clínica. Mis manos, acariciando mi vientre... ¿no sucedió ayer?

Mis manos, acariciando un cuaderno nuevo en el que ponía mi nombre con letra redondilla. Lápices de cabeza roja, y goma Milan cuadrada, imposible de conservar entera más allá de unos días. El imprescindible Aironfix, gracias al que los hermanos más pequeños podían reutilizar tus libros.

Mi primer recuerdo, el que tengo como más temprano en mi niñez, tal vez una voz al otro lado del teléfono, con una silla gris de tacto rugoso, unas manos de adulto que me sujetaban para poder alcanzar ese teléfono, del que no recuerdo el color, pero sí, que estaba frío.

Frío, como las mañanas de septiembre. Tal vez tendría que empezar a buscar algunas chaquetas finas para las mañanas. El día 7 empieza el cole
Una caja de colores de cera
Rotuladores de punta gruesa
Lápiz Staedler del número2, como los míos
Tijeras
Pegamento
Juego de regla de 30cm, escuadra y cartabón
Transportador y compás
2 cajas de pañuelos de papel
...

sábado, 28 de agosto de 2010

A disgusto

A veces pasa. Haces algo con ilusión. Esta vez ha sido un proyecto, que siempre he tenido ahí, esperando el momento idóneo para ser iniciado. Y ese momento llegó, para estas  bañistas de Tilda...


Trabajas con ilusión, esperando a tener la tela para el cuerpo (agotada toda la primavera), escogiendo los bañadores ideales, recuperando aquél retal de telita de rizo para la toalla.

Amplias el patrón al tamaño adecuado, lo pasas a cartulina, lo calcas a la tela, coses, planchas, te peleas con el maldito gorrito que no te ha quedado como te hubiera gustado, le das el último toque con la flor, y se lo enseñas a alguien, que, por las bravas, te lo desprecia y te lo ridiculiza.

Y la ilusión al traste.

Pues eso me pasó. Incluso fuia ver a Ana de Punts i draps, y estaba Marta también. Ellas me aseguraron que eran monas, y que si les tenía manía que las guardara por un tiempo. Me quedé convencida a medias.

Y tal cual salí de la tienda pasé por el mercadillo de rebajas de las tiendas del eje comercial, y paré en una de decoración que me encanta. Mientras me compraba el pañuelo de la foto, "venga, nena, en seda natural, de una casa que ha cerrado. Te lo meto en la bolsa que llevas. Que por cierto, qué muñecas más monas, ¿no?". Y me quedé algo más animada.

No le había pedido opinión, y me la ha dado... tendré que confiar en todos ellos. Gracias por el apoyo moral.

viernes, 27 de agosto de 2010

Lo que más extrañas

Trayecto en coche con mi hijo mayor. El sol nos acompaña en nuestro mini viaje, la música de la radio, tercer invitado al evento.

Se presta a tener una conversación de adultos, que inicio yo:

- Qué, cariño, ¿tienes ganas de volver al cole?




- Bufff, sí, muchísimas...
- Lo extrañas, claro, tantos días de vacaciones.
- Sí...
- ¿Y qué es lo que más echas de menos?- pregunto con la esperanza de que mi futuro ingeniero-médico-arquitecto-abogado-licenciado en económicas y máster en algo importantísimo me diga que las matemáticas o los horarios ordenados, o las clases de dibujo.

Marlin piensa un poco, y responde, convencido:
- ¡El recreo!

Me queda tanto por hacer...

jueves, 26 de agosto de 2010

miércoles, 25 de agosto de 2010

Punto muerto

El efecto de las vacaciones ajenas está provocándome una extraña sensación de vivir en un punto muerto temporal.

Me toca madrugar, algo que no me molesta en absoluto, porque lo hago siempre, pero a mis hijos también les suena el despertador temprano. Eso implica que cuando sus primos siguen en remojo en la piscina, yo tengo que recoger a mi pequeño rebañito y conducirlo al redil... si tienen que madrugar, tienen que acostarse pronto. Aunque no tuvieran que madrugar, yo pienso que tampoco es necesario terminar el baño en la piscina a las 8 de la tarde, bañarse de 5 a 7 ya sería suficiente.




Resulta gracioso comprobar que los mismos que critican mi actitud por no tener las vacaciones al mismo tiempo que ellos, son los que luego me dicen, cuando todo el curso mis hijos se acuestan antes de las 9, "¡Qué suerte tienes de que duerman tan bien." Claro, porque me he tenido que fastidiar, mientras tú estabas a la bartola, y no olvidar que su descanso tiene que ser respetado.

Esta, admito, es una batalla perdida. Llevo haciendo vacaciones en julio prácticamente desde siempre, por cuestiones laborales y familiares. Y me gusta. Julio suele ser aquí tanto o más caluroso que agosto. Y trabajar en agosto, es como ir a ralentí.

Cuando los demás trabajan y yo no, no me dedico a criticarles por los horarios que hacen; en cambio, ellos sí me juzgan a mí. Qué manía...

Cuando los demás se incorporen a sus labores, yo no podré contar con ellos para nada, ni siquiera tienen tiempo de responder al teléfono. Y yo, que ya llevo unos días con la carga laboral habitual, y compaginando el ritmo cotidiano con las vacaciones de mis hijos, podré, por fin, poner la marcha, primera, segunda, tercera, cuarta, y a volar.

Que acaben ya.

lunes, 23 de agosto de 2010

Alma de mar

Espero la noche con mi alma de mar. Alma de agua que vuelve, y vuelve, y vuelve a volver a esa arena, atada a sus pies con hilos de sal.



Con sombras de nostalgia vestidas de luz de luna casi llena. Mis ojos miran a ese horizonte perdido en algún lugar remoto entre el verde y el azul. E imagino su barco, y su casa en el campo, y su paseo junto al acantilado. ¿Cuándo volveréis al nido?

Me devuelve a la realidad mi madrugar. Y las risas de niños jugando con una manguera y una piscina ridícula.

Rumorea Alfonsina un susurro de olas, vestidas de encaje de blanco e hilo beige, como prenda del día que se va.




Siempre que la escucho siento en cada acorde una ola empujándola de vuelta a la playa.

domingo, 22 de agosto de 2010

Terrores infantiles

Que no cunda el pánico, los niños están bien. Durmiendo a pierna suelta, espero que al menos hasta las 9 (ayer se acostaron tarde)

Los terrores infantiles me pertenecen a mí.

Me crié en una ciudad pequeña, pegada a un pueblo mucho más pequeño aún, en el que vivían mis abuelos. Mi abuela era maestra, y él, agricultor. Complementaban los ingresos familiares con la cría de conejos para venderlos. Y para comerlos.

Mi abuelo, hombre cabal, jamás dejó que me encariñara con ningún animal que pudiera ser mi segundo plato. Aún así nos dejaba ver las pequeñas crías, y acariciar algún conejo blanco de vez en cuando.



A mi abuela le tocaba la parte difícil, la de matar al conejo y despellejarlo. Si nadie ha visto nunca la escena, no voy a relatársela. Mi abuela debía pensar que contemplar aquello formaba parte de la vida misma, y que no me afectaría, pero sí lo hacía. Yo pensaba de ella que era la mujer más bestia y más dura que había en este mundo. Ella no temía a nada.

Una mañana de sábado, la oí gritar !IIIIIIIIIggggggghhhhhhh! Me agarró de un tirón y nos encerró en la cocina.

Había un ratón en la sala de estar. Detrás del televisor. Llamó a mi abuelo, que nos rescató de semejante dragón. ¿Qué clase de bestiaparda podría ser, sinó, esa que atemorizaba a mi abuela?

Desde aquel día yo les tengo pánico a los ratones. Y a las ratas, más.

Ahora vivo en una casa. La parte de atrás está pegada a una zona sin edificar que hasta hace tres o cuatro años era un huerto. Y dos o tres veces he visto ratones, que se cuelan por una fisura que queda entre la pared de mi garaje, y la tapia del edificio contiguo, justo bajo el tendedero de la ropa.

La primera vez, lo vi desde el lavadero, dentro de la casa, llamé por teléfono, chillando, a mi marido, que por la magnitud de los gritos, pensó que a alguno de los niños se le había amputado un miembro. El hombre apareció en casa al cabo de ¡UN MINUTO! Cuando vio lo que era se enfadó, con toda la razón del mundo.

Este viernes por la tarde, estando en la terraza, vi pasar un un bicho asqueroso de esos (y creo que era una rata pequeña, no un ratón) hacia la fisura... Llevo desde entonces, sin salir, ni para tender la ropa. Ya echamos veneno, y Marido me dijo que lo habían comido. Aún así, sólo la imagen de un animal correteando bajo mis pies, me produce pánico.

Ayer por la noche, antes de acostarme, eché un vistazo al jardín, y vi una escena increíble. Una lechuza posada sobre la valla de atrás. Entre el castaño de indias y el Cercis, el árbol del amor.

Espero que diera buena cuenta de esos malditos roedores.

jueves, 19 de agosto de 2010

No, no he dejado de pensar en ti

Mientras yo quedé de guardiana en el castillo, tú te fuiste unos días a tu pueblo, para llorar -y espero que también reír- en los regazos de quienes más te quieren. Busco el mejor momento para llamarte, pero nunca parece ser el adecuado. ¿Estarás bien?

Hoy vuelves a tu realidad, que te recibirá entre las blancas paredes de la consulta de un médico. Él te devolverá la vida, envuelta en un recipiente con el símbolo de veneno estampado en su etiqueta.

Las cicatrices de tu vientre estarán sanando con la energía de tu cuerpo, y las de tu corazón, con los abrazos de tus hijos, y los cuidados de tu marido. Le imagino callado, con el ceño ligeramente tenso, tejiendo un mundo más cómodo para ti, y deshaciendo los nudos de sus hilos, con alguna lágrima furtiva que se escapa por la noche, cuando tú duermes a su lado.

A veces el amor queda oculto en una niebla, formada por las cenizas que desprende la rutina que arde durante años. Es preciso, entonces, que sople un viento fuerte que despeje esas cenizas y reavive las llamas del amor. De ese amor por el que lo dejaste todo atrás, incluso a ti misma.


No dejo de pensar en ti, y todavía soy incapaz de ponerme bajo tu piel para tratar de sentir como tú te sientes. Pero intuyo que sin haber protestado ni un solo momento por lo crudo de tu situación, estás subiendo con tesón esa montaña. Un pie delante del otro. Recuerda que puedes apoyarte en mí, aunque rechazas mi ayuda cada vez que te la ofrezco, te aseguro que estoy ahí, queriendo hacer algo por ti.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Ser buena

Se espera de mí que haga lo que hay que hacer, que calle ante quien tiene más edad, o autoridad moral, aunque no tenga razón.

Que haga como si no viera aquél cuadro que elegí para mí y hoy cuelga en otra pared.

Que aguante cuando critican mi forma de preocuparme cuando mis hijos se lastiman.

Que me resigne, cuando alguien opina sobre lo que ellos consideran que yo tendría que hacer. Siempre los demás creen hacer todo mejor que yo.

Se espera que comprenda la indiferencia hacia mí.



A pesar de todos, he conseguido trabajo que me da de comer, una casa bonita, una familia ejemplar. Mis hijos no van por las calles con las narices llenas de mocos, ni con las rodillas peladas por caerse de la bicicleta. Tienen comida hecha por mí todos los días en sus platos, y ropa planchada en abundancia, tienen más cosas de las que necesitan. Puedo trabajar en dos sitios, hacer labores, escribir, mantener dos blogs, ir bien vestida y arreglada con cuatro duros. Ahorrar para los estudios de los niños, y comprar aquello que necesito. Cuido de la relación con mi marido como de una flor. Visito a mis abuelos tanto como puedo, procuro que mis hijos tengan el cariño de su familia, y que no se sientan menoscabados por nadie. Me siento buena amiga de mis amigos, que, lamentablemente, viven lejos, muy lejos de mí.

Pero siempre hay alguien al otro lado dispuesto a hacer daño. Estoy harta de ser buena.

martes, 17 de agosto de 2010

Transformación

Dos de mis tíos cultivan sus hortalizas en sus huertos. Para ellos es un esfuerzo, y para mí, una delicia. El otro día entró por mi puerta esta maravilla:



El tarro de miel lo trajo un amigo, debe contener unos dos litros de miel... no sé describir lo buena que es, tendréis que utilizar la imaginación.

Y el resto de verduras, simplemente saben a sol y a buenos cuidados. Tanto, que cuando llega el otoño, y tengo que volver a echar mano de lo que encuentro en los mercados, me da la sensación de que en lugar de tomates, estoy comiendo corcho...

Un poco de cuchillo y de fogón después... (el diámetro del recipiente, es de más de 40 cm, tengo el congelador repleto de bolsitas de pisto :-)



NOTA: la finalidad de esta entrada no es causar envidia. En serio.

domingo, 15 de agosto de 2010

Vasos medio llenos

La otra tarde fui a convertir en realidad mi tratamiento de bienestar. Será por la buena vibración que me trajo el regalo, pero todo salió bien. A decir verdad, mi optimismo patológico convierte todo en vasos medio llenos, y si algo no salió perfecto, yo no lo noté.

Porque quedé en ir al Centro de estética a las 7, lo cual implicaba la colaboración de Marido, para quedarse con los niños media hora antes. Él tuvo trabajo ese día, así que tuve que pedir a mi suegra que se quedara con ellos. Lejos de angustiarme, me repetí hasta convencerme "Porque yo lo valgo, porque yo lo valgo, porque yo lo valgo". Así que subí sola al coche y disfruté de la compañía de la radio hasta la ciudad. El cielo me regaló una tarde de nubes amenazadoras de tormenta que no llegó a producirse, pero dejó en mis pupilas un precioso cielo teñido de rojos, grises, azules y blancos y una brisa amable que impedía cualquier sensación de bochorno.

Aparqué a la primera, cerca del lugar al que tenía que ir. Y cerca de la librería en la que yo esperaba comprar un libro para mi hijo. Eché una moneda en el parquímetro, y me la devolvió... descubrí que en las tardes de agosto no se paga, ¡bien, mi día de suerte! O no, la librería estaba cerrada por vacaciones. Pero me sobraba aún un buen rato para la hora de la cita, así que di un paseo. Lo más parecido a una librería que encontré fue un hipermercado de esos que no cierra nunca, y me metí a ver si la fortuna volvía a sonreír para mí. Y tal vez lo hizo. Vi una pila de libros con una portada que me resultaba muy familiar, porque muchas aficionadas a las labores lo han colgado en sus blogs. Y yo no había tenido la ocasión de topar con él.

Las oportunidades no deben dejarse pasar cuando llaman a tu puerta, así que lo compré.


El club de los viernes. Por lo poco que he leído ya, trata sobre un grupo de mujeres cuyo punto en común es tejer. Se reúnen en la tienda de la protagonista, que tiene una hija de 13 años... La narrativa no es ninguna cosa del otro mundo, pero tengo esperanza en que la historia me sorprenda.

Con mi nuevo libro en el bolso, y el tiempo apremiando, llegué a mi tratamiento. Me recibió una chica algo mayor que yo, con una amplia sonrisa y me preguntó qué quería que me hiciera. Le dije que me dejaba aconsejar, que mi punto más flojito, igual, la circulación de las piernas. Durante una hora estuvo aliviando el cansancio de mis extremidades inferiores, desde los tobillos a los glúteos. Quedé relajada, y agradecida. A ella, por su buen hacer, y a mi tía, artífice de esa TARDE PARA MÍ.

Mi realidad me recibió en casa, con media cena hecha, y dos niños en pijama y oliendo a jabón. Besé a cada uno de mis hombres y agradecí el cariño con el que me dejaron tiempo libre.

jueves, 12 de agosto de 2010

La magia de las pequeñas rutinas

Me veo a mí misma sentada en el taburete del baño, bailando mis piernitas, demasiado pequeñas para alcanzar el suelo. Frente al espejo, el rostro, curtido por el sol crudo del mes de agosto, de mi abuelo, con sus tristes ojos azules enmarcados por un millón de surcos bien definidos.
El espectáculo estaba a punto de empezar. Él utilizaba una maquinilla de afeitar eléctrica, que frotaba por toda su barba, convirtiendo sus mejillas-que-pinchan en campos de besos para mí. Estiraba su cuello, con la boca apretada, luego la pasaba por debajo de su nariz, de forma que siempre parecía que se  la iba a afeitar también.
Cuando acababa con su rasurado, se lavaba la cara con agua y jabón. Mi abuela compraba jabón Lux, o Tulipán negro. Mi abuelo, después de secarse, sacaba su peine del bolsillo de la camisa, y estiraba sus escasos cabellos de plata para tratar de disimular sus carencias. Lo pasaba con una mano, y con la otra, acababa de alisarlo.
Los domingos, después de peinarse, levantaba el cuello de su eterna camisa azul, pasaba la corbata, y ajustaba el nudo al cuello.

Mis pequeños rituales serán observados por mis hijos. A menudo siento el suave aliento de Marlin a mi lado, viendo como preparo la máquina para coser. O a Bufón, de puntillas junto a mí, ayudándome a preparar magdalenas.


Los movimientos repetitivos nos dan seguridad, y nos alivian un poquito el pensamiento. Si tienes paciencia para observarlos bien, son casi como un baile del alma.

martes, 10 de agosto de 2010

Apatía

Pudiera parecer que he dejado de escribir entradas largas por culpa de las vacaciones, o de falta de tiempo, o de lectores. Y no es así. No me apetece escribir. No estoy triste, pero estoy ligeramente bloqueada. Hay algunos asuntos en los que no me conviene pensar, y escribir, abriría la caja de los truenos, así que la voy a dejar bien cerrada.

La apatía me sumiría en un agujero negro que ya conozco, y que no me gusta. Lo cual me obliga a trazar mecanismos para alejarme de ella.

Cuando factores externos e incontrolables son  los causantes de tus problemas no queda más remedio que hacer lo imposible por levantar cabeza.

En ello estoy. Tejiendo sueños, remendando desaguisados, y luchando por no sucumbir.

lunes, 9 de agosto de 2010

Tratamiento bienestar

El mejor regalo de este año (y diría yo que de los tres últimos años, también), salvando por supuestísimo los hermosos dibujos, flores silvestres, notas y besitos de mis hijos, venía en paquete pequeño, como son los buenos regalos.




Un "tratamiento bienestar" en un Centro de Estética. Es evidente que mi tía sabe bien lo que me conviene... Un beso grande para ella.


Ah, que querréis detalles... Ya veremos. Es posible que no me salgan palabras para definir "bienestar" :-)

sábado, 7 de agosto de 2010

Hace calor

La excusa perfecta para esta camiseta.

Otra fiesta de niña, otra camiseta. Le pregunté a la interesada si tenía que ser de Kitty, y me miró seria y me dijo "Bueno, no, de Patito Feo". Un poco más y me caigo de culo... Acordamos (por suerte para mí) que haría lo que yo quisiera. Y le hice esta.


Eso es todo. Para los cuatro gatos que quedamos en la blogosfera...



viernes, 6 de agosto de 2010

Refrescar la memoria

Al poco tiempo de empezar el blog escribí esta entrada, a la que he recurrido en varias ocasiones para hablar de la maternidad. En aquel tiempo muchos de los que pasáis por el castillo no estábais aquí. 




Como este, para mí, es tiempo de abrir armarios para desempolvar viejos recuerdos, copio y pego este texto. Para las mamás, y para las que no lo sois aún.

SER MAMÁ



En este lugar de reencuentros recuperé a una amiga de mis años de estudiante, y ¡venía con relleno! Hace algunos días nació su bebé, el muñeco más lindo que he visto en mucho tiempo. Se me lamentaba el otro día, “Ay, Ana, que no me habíais dicho cuánto trabajo dan…”

No, no te lo dije, ¿para qué? No lo hubieras creído. No hubieras comprendido qué quiere decir ocuparse todo el tiempo de él, hasta el punto de olvidarte de ti misma. Hay tantas cosas que no supe decirte, Cris. Ahora que arrullas ya a tu niño, tal vez comprenderás algo de lo que voy a contarte.

No me siento una madre distinta de las demás, sé que el sentimiento de maternidad es común e inexplicable, lo cual no impide mostrar pinceladas de él.

Para mí ser madre supuso ya un reto. Mis niños no sólo fueron deseados, sino que costaron. No le añade más mérito, sino una mera curiosidad… mi recompensa al esfuerzo y a la lucha contra corriente fueron dos vidas cuya responsabilidad me fue encomendada.

Precisamente esa responsabilidad me abrumó más que otra cosa al principio. Ellos dependían exclusivamente de mí. Y de su padre; pero su padre confiaba plenamente en mi criterio, casi todo el tiempo. Así que yo decidía. Y si me equivocaba, me equivocaba yo. Si lloraban, yo estaba fallando en algo. Si le dolía la tripa por un cólico, sería porque mi leche no sé qué. Y así todo.

Los primeros días de la vida de mi primer hijo sufrí muchísimo la pérdida de mi libertad. Yo no era libre, no podía seguir haciendo lo que quería y cuando yo quería. Ni ir a ninguna parte sola. Pero era madre… lo cual era muchísimo mejor. Tenía un bebé, y era mío (y de su papá).

Asumido mi nuevo estado de falta de libertad, aprendí deprisa que las noches en duermevela tenían una recompensa: poder aspirar el aroma de la piel de mi bebé en mitad de la noche, como si de una droga emocional se tratara. Supe que el hecho de tener a esa garrapata colgada todo el día de mi pecho me permitía acariciar sus mejillas, ver sus esfuerzos por sacar la leche, sostener el leve peso de su cuerpecito acurrucado contra el mío, estirar sus delicadas piernecitas, frágiles como una ramita seca.

Era un regalo para la vista una hilera de diminutos calcetines tendidos al sol. Le preparaba la cunita con las sábanas de algodón de batista bordadas por su abuela con infinito mimo, y me quedaba horas pasmada viendo como dormía. Era como tomar un tranquilizante…

Con el segundo bebé es distinto. Ya no tienes que aprender a no ser libre, ya sabes ser responsable, y sabes de qué llora en cuanto abre la boca. Y eso te relaja. Aunque tengas muchísimo más trabajo, tu instinto está reforzado por la experiencia y, aunque surgen otras dificultades, no te agobias tanto.

Tengo hermosos recuerdos de aquellos tiempos, como las sonrisas de mi pequeño, o las manitas eternamente agarraditas del mayor. Recuerdo las posturas de mis bebés al dormir, les recuerdo con aquellos trajecitos diminutos. O me veo a mí misma cortándoles las uñitas ¡casi a diario!, o el olor de la loción Mustela (que acaba oliendo a pañal usado). No puedo evitar sentir una punzada de nostalgia cuando veo un bebé, porque mi sentido común me dice que no debo tener ya más hijos.

He aprendido que la época de bebé dura poquísimo. Que es dura, como casi todas las épocas de la vida. Los mejores tiempos, de los tres meses a los 9, cuando ellos son de la mamá y ya no son tan tan frágiles como al principio, y sobre todo, ¡no se mueven de forma autónoma!
Ellos dejan huellas en el cuerpo (envidio a las mamás de cuerpos perfectos, pero a mí me han quedado secuelas), y en el alma. Me he vuelto frágil. Me emociono viendo un anuncio de Disney, me emociono cuando oigo a un niño cantando, me emociono cuando escucho las noticias, cuando sé que hay niños enfermos. Niego la posibilidad de que mis hijos enfermen de forma grave, como si eso les creara un escudo protector. Ni siquiera contemplo la posibilidad de que yo pueda enfermar… ¡cómo iba yo a dejarles huérfanos! Se me rompe el alma cuando les veo sufrir, o cuando sé que no debo evitarles el sufrimiento, porque de él deben sacar su propia experiencia. Quisiera poder acolcharlos cual muñeco Michelin para que no se lesionen, pero no puedo. No debo. Lucho por contener la risa cuando sueltan una palabrota, y me disgusto cuando les veo pelear. Y ya sé que las peleas de cachorros sirven para su aprendizaje, pero me entristece leer en sus ojos un ápice de rencor. Cuando acaricio su piel de niño de colegio, mis ojos me devuelven aquella fragilidad de los primeros días.

Ya ves, te dan un bebé y de repente te dejan el alma en carne viva. Y para eso no hay tiritas. Disfruta cada momento, porque no vuelve.

La Princesa del Guisante
9 de febrero de 2010

jueves, 5 de agosto de 2010

Lectura imprescindible

Recibí un regalo precioso: un libro. Un libro para niños que habla de la pobreza. Sin demagogias. Sin rodeos. Un niño que mira a los ojos de nuestros privilegiadísimos hijos y les dice que ellos lloran por no tener un televisor en su cuarto, y él, por dormir en una caja de cartón.



Además, cada una de las ilustraciones podría ser enmarcada como un cuadro. Son del estilo de la portada, y os aseguro que son maravillosas.

Nuestros hijos tienen que leer este libro. Para que sepan que son muy afortunados. Y nosotros también, para darnos cuenta de cuánto tenemos.


Café dulce, café amargo.

Anna Obiols
Ilustrado por Subi

Edita Proteus. Proteus es una editorial especializada en libros de divulgación de ética. Su colección HELENA, a la que pertenece Café dulce, café amargo está destinada al público infantil. Ética para niños... bonita combinación, ¿verdad?

Os recomiendo esta lectura de todo corazón. Estoy convencida de que os gustará.

miércoles, 4 de agosto de 2010

La habitación de Marlin

Hemos invertido buena parte del verano en pintar, comprar muebles y decorar la habitación de mi hijo mayor. Estoy plenamente satisfecha con los resultados...
Los muebles y algunos complementos los identificaréis fácilmente... Visión parcial del armario y del diván.



La mesa nueva de estudio

Y la cama para la que encontré estos cojines ideales.

Colores marineros para el verano. Espero que en invierno no nos entre el pánico :-)

martes, 3 de agosto de 2010

Tormenta de verano

Las palomas empiezan a revolotear nerviosas. Una mosca pegajosa se ha colgado de mi hombro, convencida de que es un loro, y yo un pirata. Las golondrinas toman posiciones sobre el tendido eléctrico.

Los hombres, menos intuitivos, permanecemos parloteando alrededor de una piscina. El atardecer nos envuelve en un cielo oscuro. Parece que va a llover, dice el más descolgado de la conversación.

Los primeros aromas de las cenas de los hogares vecinos se cuelan hacia el jardín. La charla sigue amena, las primeras gotas se estampan sobre alguna cabeza. Empieza a chispear, comenta el afectado.

Las cigüeñas vuelven a sus nidos, no entonan su canto nupcial de castañuelas, por una vez. La brisa añorada durante el bochorno del día parece llegar. Pero la nube es demasiado blanca. Volvemos a casa.

Recojo las toallas, entro la jaula de los periquitos, subimos el toldo, acercamos las sillas al porche. Aquellas primeras gotitas se han transformado en tortitas de agua que tamborilean en las hojas del magnolio con un pequeño estruendo.

Rayos y truenos, gotas, y viento. Bajo las persianas, demasiado tarde, porque los cristales ya se han mojado. Los niños buscan el brazo protector de su padre, y se cobijan bajo mi falda. Observamos desde la puerta del porche como la tormenta pelea con nuestros árboles, en lucha desigual. Empiezan a caer algunas piedras de hielo, se las mostramos a nuestros hijos, que no entienden cómo puede pasar...



Olvidamos la lluvia y el vendaval. Cenamos, los niños se abrazan a sus peluches y les contamos que en el cielo las nubes están discutiendo y cuando chocan entre sí, caen lágrimas. No hay que pelear.

Cuando escampa, el olor del agua, y el de la lavanda entran mecidos por la brisa hacia nuestro hogar.
Amanece y busco una chaquetita que echarme a los hombros.

Tormenta de verano

domingo, 1 de agosto de 2010

Hay un amigo en mí


Este recorte pertenece a una foto del año 2004. Apenas unos días antes, Marlin vio en el departamento de juguetes de un hipermercado a los protagonistas de su película favorita, Woody y Buzz.  En cuanto les vio, corrió con ellos hacia nosotros, impactado por el hecho de que sus amigos se habían convertido en muñecos de carne y hueso. No pudimos evitar caer en la tentación. Porque nosotros también somos admiradores de la saga Toy Story.

Hemos adoptado a nuestro vocabulario familiar alguna de sus frases, especialmente, los mayores. Por ejemplo, cuando tenemos  a los niños delante y tenemos que callar algo, decimos que es "porque hay juguetes preescolares". El celo, ya no se llama así, se llama "cinta acopladora unidireccional". Y así con muchas de las frases que salen en la película.

Nuestros Buzz y Woody tienen una historia como la de la película, pero sin final feliz. En 2007 viajamos con los niños a Disneyland y nos los llevamos, porque Marlin dormía con ellos. Teníamos a nuestros amigos sobre el pijama preparados para ser introducidos en la maleta. Marlin no pudo resistir la tentación de jugar con ellos cinco minutitos más, y los dejó olvidados en el suelo. No los vimos, y se quedaron en París. Nos dio tanta pena, que estuvimos tentados de llamar al Hotel para que nos los mandaran por correo, pero nos pareció exagerado.

Busqué desesperadamente por todas las tiendas de juguetes de la provincia. Encontré a Buzz a la primera, pero Woody me costó mucho; claro, habían pasado tres años. A mi hijo le teníamos entretenido, diciéndole que estaban en la lavadora, pero al final le contamos la verdad. Lloramos un poco todos. Compré un Woody práctiamente igual de tamaño, pero su sombrero no era de fieltro sino de plástico. Y volvimos a empezar a quererles.


Siguen en casa, formando parte importante de nuestras vidas. Esta foto la acabo de tomar ahora mismo.

Todo esto lo cuento para dar sentido a lo que voy a confesar. Fuimos al cine ayer por la tarde a ver Toy Story 3. No solo no me decepcionó, sino que me gustó. Me gustó muchísimo, por su guión, como todos los de Pixar, por su sensibilidad, por su calidad de imagen, por sus gags cómicos, por los nuevos personajes, por el inicio, por el medio y por el final. Por todo.

Y yo lloré casi toda la película  (y Marido me pidió un par de pañuelos). Y yo lloraba porque mi Marlin está creciendo como Andy. Porque sus juguetes favoritos son como los de él. Porque he estado la mitad de mis vacaciones haciendo de su habitación infantil, un lugar en el que sus sueños de preadolescente, y de adolescente, y de joven puedan hacerse realidad. Y en ese lugar hay un lugar para Woody y Buzz Lightyear... Siempre han sido nuestros amigos. Fue como vivir en una película.

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